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Archivo de la Categoría “Navidad”


Ayer, durante una conversación de esas intrascendentes que se tienen por internet, pero que son capaces de ponerte una sonrisa en el rostro, iluminándolo más que el faro de xenón más potente del BMW más flamante, una muy buena amiga me envió este dibujo:

Camion de fresones atacado por franceses

El qué describía el dibujo o la conversación que inspiró ese dibujo no importa, aunque para los más curiosos os diré que se supone que es un camión de fresones destrozado por nuestros amigos franceses (un saludo a mi amigo Luis, que sé que me suele leer y que está “sufriendo” de Orgasmus en tierras galas).

Ella suele hacerme bastantes dibujos cuando estamos con nuestras tonterías, con nuestras conversaciones vanales, que son las que importan realmente. Yo trato de devolvérselos, pero la verdad sea dicha, no nací para dibujar. Probablemente, tampoco para escribir. Pero lo que quiero decir es que me fascina cuando dibuja para mí, me fascina cómo con tan sólo un par de trazos, un par de golpes de ratón (o de bolígrafo si es que ese día tengo la suerte de tenerla cerca), es capaz de expresar mucho más de lo que dicen las palabras. Es capaz de expresar, seguramente sin ni tan siquiera ella darse cuenta, toda la ternura e ingenuidad que ella desprende a cada instante. Al fin y al cabo, las obras pictóricas son las causantes de la mayoría de los síndromes de Stendhal; al fin y al cabo, en Atapuerca lo que hay son dibujos y no largos y emotivos poemas cargados de rimas consonantes.

Ese dibujo del camión con su fruta, que desborda dinamismo mientras explota como un cohete de fuegos artificiales, me hizo recordar un episodio que me ocurrió en un restaurante de los que tienen doscientosmil galardones, probablemente alguna estrella michelín, en el que me encontraba yo tomando una caña y algunas tapas en la barra. En dicha barra había un papelote arrugado. Nadie le hacía caso, estaba ahí, al final del mostrador, tratando de pasar desapercibido entre las servilletas de papel.

Pero yo me fijé y el papel contenía un dibujo, realizado a base de garabatos, claramente realizado por un niño, aunque tal y como dibujo, como ya os digo, podría haber sido dibujado por otro patoso como yo. Pero no, en el dibujo había una casa que estaba pintada como característicamente la pintan los niños. Un Sol radiante, radiante tal y como lo dibujan los niños, con sus largos rayos concéntricos. Y delante, una familia, probablemente la del niño junto a unas palabras que no alcancé a poder leer. Además, estábamos en Navidad, lo que hacía que toda esa escena fuera mucho más tierna.

Pero toda esa dulzura, todo ese momento emotivo de película americana pastelosa, fue a dar al traste cuando el camarero, perfectamente uniformado y repeinado, al pasar su impoluta bayeta por el mármol de la barra, se topó con el dibujo. Lo cogió, lo extendió para verlo en toda su plenitud y justo, justo en el instante en que creía que su corazón estaría tierno como una patata asada y guardaría el folio en un cajón del restaurante con la esperanza de que su autor volviera a por él, justo cuando la lagrimilla estaba apunto de saltar, el camarero, que estaría harto de su jornada de quince horas de trabajo, lo despedazó, disfrutando de la separación de cada partícula del papel. Regocijándose en el ruido del papel, regocijándose en el dolor como quien por fin ha logrado su venganza.

Y es que tal vez no sea compatible vivir la realidad y seguir dibujando. Vivir la realidad y seguir soñando. Por eso yo, sin duda, aún sabiendo que no sé dibujar y probablemente tampoco soñar, sigo haciéndolo cada día, aspirando a que no hagan añicos mis dibujos, mis ilusiones.

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Hoy es el día en el que celebramos la Nochebuena. Particularmente, no tenía pensado escribir nada sobre la Navidad, sus fiestas, sus grandes comidas, ni sobre nada de lo que la rodea. Yo trato de que esta época del año pase lo más rápido posible (ingenuamente creo que el segundero del reloj va a ir a más de 60 revoluciones por minuto porque yo lo pida con los ojos cerrados). Aunque trato de aparentar que para mí es una época del año más, que me importa un carajo, obviamente no lo hace, a nadie le pasa desapercibida la Navidad. Pese a que trates con todas tus fuerzas alejarte de ella, siempre estará presente en sus luces, en sus villancicos o en los anuncios de juguetes.

Pero ya dije que no quiero hablar de la Navidad. La frase que da título a esta entrada la utilizó mi amigo Gotardo J. González en estas palabras que dedicó a la “apertura” de este Bisturí Eléctrico. Realmente sí que se han repetido esos mismos pasajes en nuestras vidas en más de una ocasión. Pero más allá de eso, dándole vueltas a esas palabras desde que las escribió, me he dado cuenta de que los mismos pasajes se repiten en mi propia vida. Como si la vida fuera una sucesión cíclica de sucesos en los que nada más que cambian pequeños matices de una vez para otra. Sin embargo, esos matices pueden parecer más grandes de lo que son, confundirnos y hacernos pensar que no estamos ante una sucesión de los mismos hechos disfrazados.

En donde esos matices me confunden menos, dejando ver más claramente el hecho de la ciclicidad, es en las decepciones, que en mi vida son muchas -aunque no creo que más que en las del ciudadano medio. Probablemente porque en los aciertos, o precisando más, en los momentos en que aún no nos hemos decepcionado, la euforia no nos permite pensar en momentos anteriores, mientras que en los errores solemos recapacitar sobre lo que ha ocurrido de forma considerable.

Pero yo, como ya he dicho en otras ocasiones, soy un soñador. Y sueño con salir de este bucle infinito de decepciones en algún momento. Como quien sueña con ganar dinero suficiente como para cambiar de vida con la Lotería de Navidad. Y esto, nos devuelve a la Navidad. Que suele ser un ciclo de decepciones que nos toca vivir una vez al año. Y a su vez, todo lo que sucede una vez cada cierto tiempo, es por deficinición cíclico.

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