Empezar a escribir estas líneas me evoca esta canción de Explosions in the Sky, Your Hand in Mine. Te recomiendo escucharla mientras que me lees, a ser posible con un volumen relativamente alto.
En realidad ni siquiera me recuerda a la canción, supongo que lo más que hacen determinados acordes es recordarme la nostalgia. Son sencillos acordes de añoranza. Casi todas las canciones de Explosions in the Sky me hacen recordar buenos momentos… lo malo de recordar buenos momentos con acordes de tristeza, es que la mezcla de felicidad con ansias de recuperar lo que tuviste entre tus manos, provoca una sensación de vértigo que puede superarte y convertirse, como la energía de la bomba atómica se convirtió en muerte, en una lágrima que se deje caer por tu rostro.
Pero hoy no estoy en ese punto, como dirían los anglosajones. Estamos cerca del final del verano. Siempre a mediados de agosto ya he tenido ganas de que se acabe el verano, aunque me lo esté pasando bien, debo de ser uno de esos animales que necesitan una pequeña dosis de rutina para poder sobrevivir. Este año no he tenido vacaciones como tal, me he quedado en Madrid, me he quedado trabajando. Pero gracias al milagro de la media jornada bien pagada y de la buena voluntad de tu jefe, bueno, de eso y de saber portarte bien con la compañía y con él, pero sobre todo con él cuando hace falta, nacieron 6 días de vacaciones entre amigos en Cádiz. Entre amigos no, entre mi familia de Madrid.
Era la primera vez que me iba de vacaciones así en plan verano+desparrame+playa+juerga+alcohol solo con amigos. Con los colegas, tronco. Me encanta imitar el acento madrileño cerrado, tiene una gracia especial, la gente de fuera no se lo suele coger, pero yo le tengo cariño a la gente de aquí, a la gente del barrio. Ya me estoy desviando del tema… En fin, un coche, tres amigos, rumbo al Sur. Rumbo al oeste de mi tierra. Allí nos esperaban más amigos, dos mellizas con las que compartir apartamento, la playa, el salero gaditano… Nos esperaba dormir la primera noche, mejor dicho, la primera mañana, en el coche de Diego con el aire acondicionado puesto, con el alcohol aún haciendo estragos en nuestros hígados y en nuestras cabezas. Javi confundió aquella churrería donde vimos el partido de baloncesto de España contra China, con una de La Herradura (Granada).
Estábamos desorientados, estábamos desatados. De hecho el GPS por arte de magia dejó de funcionar en Cádiz. Sinceramente, también podrían haberle seguido los relojes. Allí todo daba igual, sólo había una premisa: había que pasárselo bien. Y no hacía falta esforzarse demasiado para ello. La primera noche, la que aún no teníamos apartamento, estuvimos rodeados de abogados/as y fiscales/as del Estado. Algún Guardia Civil de Barbate se dejó ver incluso… de hecho no hacía más que abrazarse a nosotros mientras señalaba a su mujer y nos decía “¿no te parece acojonante la luna de Cádiz?”. -Pues sí, sí que me lo parece, pero usted va borracho, señor agente. -Lo sé, pero no te preocupes, si necesitas lo que sea en Barbate, pregunta por mí, pregunta por Jaime. Nunca me imaginé que acabaría en una discoteca de Cádiz bailando con las fuerzas de seguridad del Estado y con tanto alto funcionario. Con tanto alto funcionario y con una hermana de una de éstas a la que sin duda, si fuera un electrodoméstico, serviría para calentar la leche en un minuto dándole vueltas en su interior. Con Javi entrándole a saco a unas chicas de Loja a las que me atreví a decirles “pues desde luego que cojas no se os ve…”.
Al día siguiente llegaron las mellizas. Si las tuviera que calificar con una palabra sería liberales. 19 añitos, en topless todo el día. Hablando con total libertad de cualquier materia de sexo, pudiendo hacer bromas con ellas 24h del día. No, ya os digo que no nos aburrimos. Y Paco, que es del Puerto de Santa María, se nos apuntó a la fiesta, nos llevó todas las noches a hacer nuestra ruta del Tequila Sunrise. Descubrimos este cóctel a base de Tequila, zumo de naranja y granadina en un sitio que él llamaba el pantalán, aunque no se llamaba así, si que estaba encima del mar. Luego íbamos a otro garito en el que uno de los porteros se parecía a Wisley Snippes sin parar de sonreír, y así lo llamábamos “mira el joputa el Güisli, na más que se le ven los dientes al jodío”. De la mano de Paco, aparte de a nuestra bebida oficial, conocimos a todas las relaciones públicas de ese bar, donde colgaban las banderas de todos los países excepto la de Australia.
Bailé con las gemelas el baile de las tres vueltas, teoría de Diego y Paco que me funciona para liarme con guiris Australianas (de ahí mi preocupación porque no estuviera esta bandera en el local). Pues la teoría también habría funcionado con estas dos chicas, pero claro, uno ante todo es un gentleman y posó la mano sobre sus labios antes de besarlas. Dormí en la cama con una de las mellizas pensando que era Diego y otro día dormí con Diego pensando que eran las dos gemelas. Preparamos nuestra bebida oficial a base de tequila en una cala de Conil, mientras escribíamos “Property of Black Demons” en la espalda de las hermanas, cuando por el sol y por el alcohol, dormían impasibles.
Escuchamos canciones míticas en aquél Golf GTI. Míticas no por las canciones, míticas porque estaban impregnadas por las notas de la historia, por las notas de “recordaré este viaje, te recordaré a ti, os recordaré a vosotros, pero sobre todo, recordaré este instante”. Sonaba Estopa, sonaba Fuente de Energía, y aunque a ninguno de los que íbamos allí nos gustaba especialmente Estopa, la repetíamos una y otra vez porque sentíamos que hacía más larga la noche. En el coche de Paco sonaban canciones de DJ Shadow que ahora no puedo dejar de escuchar compulsivamente, porque no quiero irme de allí, no quiero dejar de sentir la arena, no quiero dejar de ver la sonrisa de las gemelas mientras Diego les pregunta si llevan depiladas sus partes íntimas o no. Este año no quiero volver a la rutina. Pero volví, volví en un sucio autobús de Secorbus, sentado al lado de una Gaditana muy guapa, un poco cateta, pero muy guapa, que iba a hacer un casting de Gran Hermano y su mayor preocupación era saber cómo llegar de Méndez Álvaro a su hotel. De hecho no es que fuera su mayor preocupación, era su único objetivo en la vida, no escuchaba nada de lo que le decía/decíamos el resto de la gente.
No quiero volver a Madrid, no debí haber dejado que me dieras esos dos besos, Nati, antes de subir al autobús. No debí dejar que me dieras ese abrazo, Estefi, antes de subir a un sucio Secorbus. No debí dejar que os despidiérais con coñas, que es como son nuestras despedidas, Diego y Javi. Quiero quedarme allí, con Estefi llamando a su novio “compañero”, con un tono que más que a novio, sonaba a “Camarada”. Quiero bañarme en el sol. Quiero bailar con la Guardia Civil. Qué coño, ¡quiero Tequila Sunrise!
It´s A Small World After Allse titula la canción que cantan los pequeños muñecos que hay en cualquier parque temático de Disney, en una atracción que recuerdo con mucho cariño de mi primera visita a Disneyland Paris con unos ocho añitos. Con esa edad, aparte de montarme en esa barca que te paseaba por todas las naciones del mundo con una canción que incita al buen rollo mundial, televisivamente hablando era un fan del Club Disney, supongo que como casi todos mis contemporáneos.
Lo que ya no sé si compartía mi generación o solo era yo que desde siempre he sido un pervertido era mi gran atracción por las sucesivas presentadoras de ese programa. Ahora mismo no recuerdo el programa en sí apenas, más que unos fragmentos del Tío Gilito huyendo con sus sobrinos cargados de bolsas de dinero. Lo que si recuerdo son las caras de dichas presentadoras. Ahora me gustará Scarlett Johansson pero entonces era la prima de Emilio Aragón (¿Mónica?) y compañía las que me hacían estar pegados a la pantalla.
La experiencia me ha hecho creer desde hace bastante tiempo que el mundo es un pañuelo, pero esta semana tras haber conocido a una presentadora del Club Disney he reflexionado más de lo normal sobre ello. Esta presentadora es muy joven y ya ni siquiera trabaja ahí. Lo presentó cuando yo ya perdí el interés incluso por la televisión. Habrá sido el mito erótico de generaciones más recientes que la mía, aunque en el fondo sí que me atrae… supongo que un cargo como el de “Presentadora de Club Disney” lleva consigo un morbo especial. Supongo que será el subsconsciente cargado de extraños deseos pseudo-pedófilos, porque aunque esta chica es mayor de edad… es que joder, la verdad que la palabra Disney aparte de ternura, ¡lleva implícito cierto morbo si se la adjuntas a cualquier mujer!
Y la conocí sin más, he estado con ella una semana entera de vacaciones simplemente porque hace poco conoció a un amigo mío en un gimnasio. Existe una teoría en sociología que mantiene que todos los seres humanos estamos relacionados entre sí por no más de 6 personas de por medio. Es decir, que yo conozco a alguien, que conoce a alguien, que conoce a alguien (como máximo hasta 6 veces) que conocería al dueño de una tienda de buceo de Australia. O a un recolector de arroz de China. O a un alto directivo de Wall Street. Recientemente Microsoft dice haber demostrado dicha teoría vía Messenger, aunque me de qué pensar el hecho de qué información confidencial han podido utilizar para hacerlo, voy a centrarme en el tema de los Seis Grados de Separación. Os voy a poner un ejemplo real con famosos que yo creo que es más ilustrativo: Yo conozco a una persona famosa que sale prácticamente todos los días en televisión. Por su trabajo esa persona conoce a periodistas “del corazón”. Algún periodista de esos conoce seguro a Penélope Cruz. Penélope Cruz ha trabajado recientemente en la película que Woody Allen rodó en España con Scarlett Johansson. ¡Luego para mí la teoría se cumple con mi mito erótico!
Os podría poner ejemplos de esos a patadas, o si no, ¿a quién no le ha pasado eso de “ah, que conoces a fulanito, el panadero del pueblo de mi primo de Minnesota”? También es verdad que no todo el mundo estamos igual de relacionados, yo me considero una persona que quizá esté mejor relacionada que la media. Ojo, no os confundáis con el ejemplo porque con mejor relacionado no quiero decir que conozco más gente del famoseo, ni que tenga más dinero ni nada así. Todo lo contrario, quiero decir que conozco un mayor número de gente que abarca un mayor espectro del abanico de la vida, lo cual me ha sacado de problemas muchas veces o me ha otorgado beneficios otras tantas.
En definitiva, el problema para conocer a ese cantante de moda que te gusta no es que sea imposible que llegues a él, es que hay que saber buscar el camino para llegar hasta a él. Cambia lo de cantante por cualquier persona que necesites conocer y entenderás un poco mejor lo que quiero decir. Lo que hay que hacer es saber relacionarse, es saber mantener las relaciones y saber utilizarlas solo en el momento en que haga falta. Leyendo sobre este tema he visto como un reportaje de la BBC profundizaba en que una de las bases para que esta teoría pudiera demostrarse a nivel práctico, era que había que incentivar a los individuos y que cuanto mayor era el incentivo, más fácil era de demostrar. Por ejemplo, yo nunca en la vida me pondré en contacto con Woody Allen, aún siendo ya consciente de que estoy a unos 3 ó 4 grados de él, porque aunque lo admire como director, ¿qué voy a hacer? ¿darle una palmadita en la espalda? Pero sin embargo, ¿y si este señor tuviera una fundación que lucha contra una enfermedad que tuviera mi hijo y fuera la única forma de salvarlo?, ¿sería capaz de ponerme en contacto con él? Yo estoy seguro de que sí, el problema en la vida es que muchas veces el bosque nos impide ver el árbol, nos impide ver a aquél que nos podría ayudar, o simplemente nos parece un esfuerzo mantener relaciones que creemos inútiles. Somos así de egoístas, las relaciones siempre se mantienen por interés, algunos más éticos tipo de nivel afectivo y otras menos aceptadas socialmente, como las que se mantienen por razones económicas.
Yo nunca he borrado un contacto de mi agenda por muy antiguo que sea o por mucho que haga que no hablo con esa persona. Nunca sabes cuando necesitarás su ayuda, es más, nunca sabes cuando la podrá necesitar él de ti. Y tú, ¿a cuantos grados estás de mí?
La residencia es acogedora, una de esas de las que están a las afueras de una gran ciudad con grandes zonas ajardinadas y fuentes que dan sensación de fluidez, de vida, incluso de eternidad. La gente que viene aquí es reiticente a ser ingresada en primera instancia, como el niño que llora en el primer día que su madre le deja en la guardería. Y es que acabamos la vida como la empezamos… Los niños y los ancianos se parecen en tantas cosas, hay que prestarles tanta atención…
Ellos dos se conocen de toda la vida, literalmente. Y cuando sus respectivas familias vieron que era inviable soportar la carga de los cuidados que ahora, a sus ochenta y ún años necesitaban, decidieron que por los menos el fin de sus días estuvieran como cuando empezaron, estando juntos. Sonó el teléfono en casa de la hija de ella: -Irene, soy Juan, hemos decidido ingresar a mi padre en la residencia de ancianos, esa que hay en la carretera de Andalucía… dicen que cuidan muy bien de los mayores… Si, si que es esa que anuncian en la tele… Te lo digo porque como hace unas semanas me comentaste que también estabas algo agobiada con el tema de tu madre…
Ninguno de sus hijos lo sabía, nadie nunca sospechó nada, pero él siempre había estado enamorado de ella. Y ella, aunque nunca lo confesó, también lo estaba de él. Pero la vida, que en el momento de nacer los unió, les fue deparando caminos separados, como el arroyo que diluye su caudal para formar dos pequeños hilillos de agua que discurren por la tierra seca sin tanta espectacularidad. Tuvieron épocas en las que perdieron el contacto, otras en las que éste fue de una intensidad superior a la de cualquier río en temporada de lluvias. Cada uno se casó, tuvo sus hijos, formó su hogar y quizá hasta tuvieran algún perro que se llamara Toby (lo de los gatos es más cuestionable).
También tuvieron sus deslices, engañaron a sus parejas porque el amor que les unía desde que nacieron era más fuerte que cualquier anillo de compromiso. Pero simplemente, era un amor inviable, de esos en los que la mujer tiene que hacerse la dura a cada momento que puede, sin ser fácil, mientras que el hombre no deja de halagarla. Y ahí estaban, años después, jugando al juego que toda su vida les había invitado a practicar. Él seguía cortejándola mientras les paseaban sentados en silla de ruedas por los verdes jardines de la residencia. Las enfermeras le regañaban por destrozar los rosales y llenarse las manos de cortes mientras buscaba la flor más bonita para ella. Y ella seguía diciéndole que no con la boca, pero un sí enorme con sus avejentados ojos.
Hasta que un día, ella cayó en un desliz que a esas edades y con la responsabilidad que tiene un recién nacido, ya no significa nada, no tiene nada más que la importancia que le dan los viejos a tradiciones inexplicables. Y el desliz deslizó un beso, probablemente con sus blanqueadas dentaduras postizas puestas. Desde entonces, como si fueran amantes paseaban por los pasillos del blanco edificio cogidos de la mano cuando sabían que nadie les veía. Se daban besos entre visita y visita de sus hijos. Eran amantes con la particularidad de que no engañaban a nadie, a nadie que no fuera a ellos mismos siguiendo la inercia de su juego vital.
Semanas después, les encontraron a los dos, en la cama del anciano, abrazados, sonriendo, descansando en paz.
Ya tenía escrita (mentalmente) esta entrada, totalmente pensado de qué iba a hablar hoy en este ’seguimiento electoral’, cuando de pronto, justo mientras me duchaba, escuché en la radio al dirigente socialista Pedro Zerolo, seguramente durante un mitin, pronunciar estas palabras:
“Cuanta felicidad nos ha traído Zapatero en esta legislatura, si es que algunos no hemos terminado de tener un orgasmo detrás de otro. Un orgasmo detrás de otro. Nunca había tenido yo tantos orgasmos. Primero los que me da mi marido y luego los que me da Zapatero, orgasmos democráticos”
Sinceramente, no he podido parar de reír. Y sé que en mucha gente que lea estas palabras, especialmente cuando Zerolo habla sobre los orgasmos que le proporciona su marido, se les habrá reflejado una expresión en la cara que auna el asco con la extrañeza, bañada por un toque de falsa naturalidad. Porque sí, porque en esta sociedad, aceptamos a los homosexuales, aceptamos que se casen, aceptamos que adopten (algunos), pero no aceptamos que follen. O por lo menos, no que lo hagan público. Y eso me hace reír aún más, porque me imagino esas mismas caras delante del dirigente socialista, tratando de mostrarse lo más socialista posible, lo más abiertos posible, pero sin poder ocultar lo que sienten realmente. Luego, me ha dado que pensar lo del orgasmo socialista…
Si recurrimos al tan manido símil de que las elecciones son ‘la fiesta de la democracia’, podríamos decir que el hecho de que gane el partido político que te gusta, o que consiga buenos resultados, es el equivalente a ligar en dicha fiesta con una chica o un chico (que estamos ya con los cambios de género como los políticos, que les falta decir “mujeres y mujeras”) y lograr el consabido orgasmo (u orgasmos, u orgasma). Perder unas elecciones es como volver a casa siendo el único del grupo de colegas que no ha ligado, el patito feo de la fiesta… luego… podríamos decir que perder las elecciones es una gran paja para el candidato, en la que la única opción posible es correrse (en el sentido de botarse, con b, no os confundáis por estar en campaña).
Suele ocurrir. Cuando escuchas una palabra “extraña”, no habitual en el vocabulario cotidiano, ten por seguro que en las próximas horas/días volverá a aparecerte delante de tus oídos o de tus ojos.
Formulaban en un concurso de la radio, mientras tan solo se oía de fondo en una de estas tardes de estudio de final de enero, una pregunta en relación a un palíndromo. Y como en todas las frías tardes de estudio de final de enero cualquier distracción es válida, me puse a buscar información sobre palíndromos. Si estuviéramos en los lascivos finales de mayo, me habría dedicado a ver las chicas pasar (como aquella canción de los años 80), vistiendo sus cortas minifaldas que lucen sus aún poco bronceadas piernas y sus tops que insinuan sobremanera, poniendo enfermo incluso al mayor nerd entre los nerd que haya en tu universidad. Si estuviéramos en los desganados finales de agosto, cuando el ver a una chica en bikini empapada de sudor y agua en la piscina ya es tan rutinario que ni llama la atención (no te echaré de menos en septiembre), me habría ido al sofá a tumbarme delante de la tele poniendo lo más fuerte posible el aire acondicionado.
Pero no, las distracciones invernales son mucho más parecidas a una tarde de domingo lluvioso. Y encontré este palíndromo en latín, que me pareció de lo más interesante:
SATOR
AREPO
TENET
OPERA
ROTAS
Por lo visto significa “el sembrador Arepo guía con destreza las ruedas”. Y llama la atención el que puede leerse desde cualquier posición del cuadrado. Y llama mucho más la atención cuando leyendo sobre el tema, averiguas que probablemente es una oración cristiana, dado que si reordenas el cuadrado, puedes obtener PATERNOSTER sobrándote dos ‘A’ (Alpha) y dos ‘O’ (Omega). Las religiones siempre se han quedado con los mejores investigadores en todos los campos… Siempre han sabido hacer las mejores campañas de marketing…
Un palíndromo es una palabra o frase que se lee de igual forma en ambos sentidos. Es muy descriptivo el palíndromo de Diego Vidal (extraído de Wikipedia): Sé verlas al revés.
Un bifronte es una palabra o frase que se puede leer en ambos sentidos, pero obteniendo significados diferentes. Probablemente uno de los más conocidos en castellano sea el de Amor - Roma. Uno de los que he leído que me parece más curioso es el de Laicos - Social, muy apropiado para estos tiempos que vivimos tan ásperos en política, donde parece que existe una fuerte dicotomía entre ‘lo social’ (sea lo que sea eso) y lo eclesiástico.
Y quizá ahora te preguntes que a cuento de qué viene lo que voy a decir a continuación, pero es que en realidad aquí no hago más que tratar de hablar sobre la vida… Y llegado a este punto de eso, de la vida, me he dado cuenta de que el secreto para entenderla, para tomar las decisiones que se suponen acertadas, es que seamos capaces de poder leerla tanto en un sentido como en otro. Lo ideal sería que naciéramos con el conocimiento de lo que llaman eufemísticamente la tercera edad y fuéramos acabando como niños, preocupándonos solo de divertinos, comer, chupar teta y hacer caca. El gran Quino opina lo mismo. Pero como eso es irremediable, que nacemos siendo unos ineptos irresponsables cargados de potencial para cometer errores (como ponerse a escribir sobre bifrontes cuando se debería estar estudiando sobre física nuclear), es adecuado, si queremos hacer eso que llaman ‘madurar’ (hay mucho inmaduro de 50 años y bastantes viejos de 20), reflexionar sobre los fallos del pasado y sobre los que están por venir, para antes de llegar al final de su lectura, comprender el palíndromo de la vida.
“Para”, le susurré con voz alta hasta cinco veces. Pero no lo hizo. Eyaculé. Ella se reajusto su ropa, yo me subí los pantalones y salimos del cuarto de baño, con esa cara que quiere mostrar que no has roto un plato, pero revela que acabas de destrozar la vajilla entera.
Mientras andábamos por los eternos pasillos de la facultad, me soltó:
-Eres un cerdo.
-Pues bien que te lo has tragado.
-No quería mancharme el vestido.
Salimos del edificio por la puerta principal. -¿Quieres que te acerque a casa? Me pilla de camino. -No gracias, ya me cogeré el autobús. -Como quieras, había quedado con Ana al lado de tu casa para ir de compras.
Y sin mirarnos, nos dijimos hasta luego sin dejar de andar, ella hacia su coche, yo hacia la marquesina de la parada de autobús.
Hay una panadería de mi barrio, en lo que los americanos llamarían mi hometown, que abrió no hace más de cinco o seis años cosechando rápidamente un gran éxito. Tienen probablemente el mejor pan que he probado nunca, con cientos de formas distintas. Se nota que es una buena panadería, porque a partir de las 12.30 horas se forma una cola que se extiende hasta unos diez metros fuera del local y se mantiene constante hasta el cierre. Las colas son los índices que marcan la calidad en los barrios.
Hacía unos seis meses que no venía a mi ciudad y como mínimo unos ocho en los que no compraba en esa panadería. Pero me miró y sé que me reconoció. A sabiendas de la hora en que se forman las colas y ya que estoy aquí de vacaciones, fui a las 11 a comprar unos minicastellanos, unas miniaturas de pan castellano que están muy buenas. Cogió titubeante una bolsa, la abrió sin dejar de mirarme a los ojos y con su sonrisa que ha permanecido inalterada con el paso de los años, me dijo con su roto acento andaluz: “Hasta las doce y media no me llegan”. Hizo una pausa, a punto de decir que si quería otra cosa. Pero no me lo dijo. Tal vez quería generar ese tenue lazo que me lanzaba para volver a verme, aunque solo fuera dentro de hora y media. Quizá era yo el que quería volver a verla. Así que le dije “¡Ah! De acuerdo, luego me paso”. Y me fui a dar un paseo de hora y media mientras observaba a la gente comprando en las tiendas y probaba bancos en los que sentarme.
Volví a por el pan y ella me lo tenía preparado en una bolsa. La panadería ya estaba llena y sus padres, dueños de la panadería y del propio obrador, también estaban despachando. En realidad, cuando fui a las 11 fue la primera vez que había estado a solas con ella en la tienda. Me dio la bolsa, me cobró y me despidió con una sonrisa. Sin saber cuando volverá a verme, sin saber que esta noche me vuelvo a Madrid, sin saber ni tan siquiera mi nombre y sin saber si la harina algún día tendrá ocasión de coger forma, o simplemente se desvanecerá con el viento.