Todos hemos tenido algún hijo de puta en nuestras vidas. Si aún no lo has tenido, querido lector, no te preocupes, ya aparecerá. Mi padre, que está involucrado en el mundo de la construcción, una vez me dijo refiriéndose a dos individuos de los que ponen la pasta (aunque sería más propio decir chorizos), unos malayos cualquiera, pese a que esto no ocurriera en Marbella, bueno, pues me dijo que en ese momento entendía perfectamente cómo alguien podía perder la cordura en un instante de desesperación y pegarle cuatro tiros a otra persona, precisando, a un hijo de puta. Y es que cuando juegan con tu pan, con el pan que te has ganado con tu esfuerzo y trabajo, supongo que el odio y la ira generados desbordan cualquier razonamiento lógico.
El mayor hijo de puta que yo he conocido probablemente lo sea más que esos chorizos que juegan al golf (con mis respetos para los jugadores de golf) y conducen Ferraris (con mis respetos para Raikkonen). Y lo es más, porque al fin y al cabo, que alguien sea un cabrón para conseguir pasta es medianamente entendible, está socialmente aceptado en la España del pelotazo y del ladrillo. Pero el impresentable del que estoy hablando (curiosa palabra impresentable… que no merece ni ser presentado), juega con los sentimientos de la gente, la mayoría de las veces para obtener simplemente un polvo fácil allá donde va. Llegados a este punto tú me podrías decir “¡Ah! Pero de quien hablas no es un hijo de puta, es simplemente un ligón de los de aquí te pillo aquí te mato y adiós muy buenas”. Te equivocas. Porque este, cabrón hijo de puta manipula a la gente que siempre le ha considerado como amigo, que siempre estaba ahí en los momentos malos, para simplemente, perdóname la expresión, tener un sitio donde meter el churro. Incluso lo hace (meter el churro digo), en sitios donde a los que se creían sus amigos les importa. Y dado que hace cosas de este tipo, nuestro pequeño gran hijo de puta tiene un grado de desconfianza tal, que su paranoia y sus ganas de querer ocultar siempre todo a todo el mundo le convierten en un poco más hijo de puta.
Obviamente yo me consideraba su amigo y aunque no se tirara ninguna de mis novias, me vi implicado (lo estoy todavía) en una trama, que si bien no es de alta corrupción urbanística, ni me molesto en contártela porque es tan compleja que pensarías que es absolutamente ficción. Es tan compleja que sólo la puede haber ideado un hijo de puta. Y aunque no vaya a pegarle cuatro tiros, créeme cuando te digo que me alegraré de todas las pequeñas desgracias que le ocurran. Y me jactaré de las grandes, sonriendo mientras miro hacia el cielo, pensando en que existe algún tipo de justicia divina.
Por cierto, uno de los dos malayos que tanto hervían la sangre a mi padre, justicia terrenal, está en la cárcel.














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