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La residencia es acogedora, una de esas de las que están a las afueras de una gran ciudad con grandes zonas ajardinadas y fuentes que dan sensación de fluidez, de vida, incluso de eternidad. La gente que viene aquí es reiticente a ser ingresada en primera instancia, como el niño que llora en el primer día que su madre le deja en la guardería. Y es que acabamos la vida como la empezamos… Los niños y los ancianos se parecen en tantas cosas, hay que prestarles tanta atención…

Ellos dos se conocen de toda la vida, literalmente. Y cuando sus respectivas familias vieron que era inviable soportar la carga de los cuidados que ahora, a sus ochenta y ún años necesitaban, decidieron que por los menos el fin de sus días estuvieran como cuando empezaron, estando juntos. Sonó el teléfono en casa de la hija de ella:
-Irene, soy Juan, hemos decidido ingresar a mi padre en la residencia de ancianos, esa que hay en la carretera de Andalucía… dicen que cuidan muy bien de los mayores… Si, si que es esa que anuncian en la tele… Te lo digo porque como hace unas semanas me comentaste que también estabas algo agobiada con el tema de tu madre…

Ninguno de sus hijos lo sabía, nadie nunca sospechó nada, pero él siempre había estado enamorado de ella. Y ella, aunque nunca lo confesó, también lo estaba de él. Pero la vida, que en el momento de nacer los unió, les fue deparando caminos separados, como el arroyo que diluye su caudal para formar dos pequeños hilillos de agua que discurren por la tierra seca sin tanta espectacularidad. Tuvieron épocas en las que perdieron el contacto, otras en las que éste fue de una intensidad superior a la de cualquier río en temporada de lluvias. Cada uno se casó, tuvo sus hijos, formó su hogar  y quizá hasta tuvieran algún perro que se llamara Toby (lo de los gatos es más cuestionable).

También tuvieron sus deslices, engañaron a sus parejas porque el amor que les unía desde que nacieron era más fuerte que cualquier anillo de compromiso. Pero simplemente, era un amor inviable, de esos en los que la mujer tiene que hacerse la dura a cada momento que puede, sin ser fácil, mientras que el hombre no deja de halagarla. Y ahí estaban, años después, jugando al juego que toda su vida les había invitado a practicar. Él seguía cortejándola mientras les paseaban sentados en silla de ruedas por los verdes jardines de la residencia. Las enfermeras le regañaban por destrozar los rosales y llenarse las manos de cortes mientras buscaba la flor más bonita para ella. Y ella seguía diciéndole que no con la boca, pero un sí enorme con sus avejentados ojos.

Hasta que un día, ella cayó en un desliz que a esas edades y con la responsabilidad que tiene un recién nacido, ya no significa nada, no tiene nada más que la importancia que le dan los viejos a tradiciones inexplicables. Y el desliz deslizó un beso, probablemente con sus blanqueadas dentaduras postizas puestas. Desde entonces, como si fueran amantes paseaban por los pasillos del blanco edificio cogidos de la mano cuando sabían que nadie les veía. Se daban besos entre visita y visita de sus hijos. Eran amantes con la particularidad de que no engañaban a nadie, a nadie que no fuera a ellos mismos siguiendo la inercia de su juego vital.

Semanas después, les encontraron a los dos, en la cama del anciano, abrazados, sonriendo, descansando en paz.

Una Respuesta a “Historia de un amor inviable”
  1. Florie dice:

    Moderno García Marquez con personalidad literaria propia, ole y ole.

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