Historias de harina, sal y levadura
Escrito por: Sebas L. en Pensamientos rápidos, Tensión sexual, Vida cotidianaHay una panadería de mi barrio, en lo que los americanos llamarían mi hometown, que abrió no hace más de cinco o seis años cosechando rápidamente un gran éxito. Tienen probablemente el mejor pan que he probado nunca, con cientos de formas distintas. Se nota que es una buena panadería, porque a partir de las 12.30 horas se forma una cola que se extiende hasta unos diez metros fuera del local y se mantiene constante hasta el cierre. Las colas son los índices que marcan la calidad en los barrios.
Hacía unos seis meses que no venía a mi ciudad y como mínimo unos ocho en los que no compraba en esa panadería. Pero me miró y sé que me reconoció. A sabiendas de la hora en que se forman las colas y ya que estoy aquí de vacaciones, fui a las 11 a comprar unos minicastellanos, unas miniaturas de pan castellano que están muy buenas. Cogió titubeante una bolsa, la abrió sin dejar de mirarme a los ojos y con su sonrisa que ha permanecido inalterada con el paso de los años, me dijo con su roto acento andaluz: “Hasta las doce y media no me llegan”. Hizo una pausa, a punto de decir que si quería otra cosa. Pero no me lo dijo. Tal vez quería generar ese tenue lazo que me lanzaba para volver a verme, aunque solo fuera dentro de hora y media. Quizá era yo el que quería volver a verla. Así que le dije “¡Ah! De acuerdo, luego me paso”. Y me fui a dar un paseo de hora y media mientras observaba a la gente comprando en las tiendas y probaba bancos en los que sentarme.
Volví a por el pan y ella me lo tenía preparado en una bolsa. La panadería ya estaba llena y sus padres, dueños de la panadería y del propio obrador, también estaban despachando. En realidad, cuando fui a las 11 fue la primera vez que había estado a solas con ella en la tienda. Me dio la bolsa, me cobró y me despidió con una sonrisa. Sin saber cuando volverá a verme, sin saber que esta noche me vuelvo a Madrid, sin saber ni tan siquiera mi nombre y sin saber si la harina algún día tendrá ocasión de coger forma, o simplemente se desvanecerá con el viento.
Tags: ligar, panaderia, Vida cotidiana













Entradas (RSS)
10 Enero 2008 a las 1:13 pm
Una historia tan sencilla pero entrañable
11 Enero 2008 a las 5:57 pm
Te vas a descojonar si te lo cuento. ¿No te he hablado nunca de cierta panadera de mi barrio?.
11 Enero 2008 a las 6:07 pm
Qué tendrán las panaderas… ¿Será acaso que estar rodeadas del azúcar que contienen los pasteles que venden les hace tener esa sonrisa especial?
Historias de la vida cotidiana, entrañables como el día a día.