Esta mañana he salido de hacer una gestión en el ayuntamiento. De pronto, nada más pisar la calle, veo un accidente entre una bicicleta y un taxi. El taxista se baja muy enfadado, la calle que tan sólo tiene un carril en cada sentido se colapsa al instante. ¡Pero mujer, te lo has cargado entero! -espeta el taxista. Ella, una ciclista con la melena al viento, montada en su bicicleta amarilla chillón, muestra una cara de “esto no me puede estar pasando”, aunque yo sé que en realidad se sonreía por dentro, victoriosa, pensando en que la bici le había ganado la batalla a la gran mole de acero con cuatro ruedas. En la parte izquierda del manillar llevaba una gorda cadena con la que seguramente asegurará su preciado vehículo en su facultad o a la puerta de su trabajo de mileurista. Bien, pues al girar el volante para adelantar al taxi atrapado por el tráfico, la cadena “ha volado” dándole un buen golpe al piloto trasero derecho y ha hecho añicos el plástico con sus diferentes tonalidades de rojo y su naranja intermitente.
A una ciclista no le puedes decir “saca los papeles del seguro”… Ella estaba desconcertada a la par que preocupada, viendo que el accidente, ese hecho totalmente inesperado en su vida, le iba a costar una parte del dinero (de esos mil euros) que gana al mes con el sudor de su frente. Antes de que el taxista dijera nada, y ante el agobio, para resolver la situación, la chica apresuradamente saca de su bolso 20 euros en billetes de 5, aún a sabiendas de que eso era menos de lo que costaba la reparación. Mientras, dos señoras de unos 80 años esperaban en el interior del taxi, preocupadas de si el conductor había parado el taxímetro o no, ajenas a la tremenda escena que se iba a producir a sus espaldas. El taxista, ante el gesto de la joven estudiante, cogió los billetes, se rió, la miró a la cara, sonrió y le dijo “anda guapa… ten más cuidado, ya llevaré el coche esta tarde al taller”.
Tags: accidente, bicicleta, taxista, Vida cotidiana













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