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Mi dolor físico emanaba de una operación quirúrgica tras una lesión deportiva. Tras dicha cirugía me vi sometido a un duro proceso rehabilitador con fisioterapeutas, que a diario me obligaba ir hasta la clínica con unas muletas que hacían que el peso de todo mi cuerpo se marcara en mis manos; que a diario me hacía someterme a una especie de tortura, que si bien buscaba la curación, en el día a día lo que obtenía era  sufrimiento. Si conocéis como suelen ser las clínicas convencionales de rehabilitación, no esas privadas que son muy caras y que salen en los medios de comunicación donde acuden los grandes deportistas de élite, sabréis que son unos lugares grises, unos sitios donde quienes acuden apenas ven progreso y donde en sus caras se puede leer el gran dolor físico que soportan sobre sus espaldas (o brazos, o piernas, o cuello…).

Lo que hacía que me levantara de la cama cada mañana, una cama en la que, debido a mi inmovilidad, había tenido que estar desde toda la tarde del día anterior, con pequeños descansos para ir a tumbarme al sofá , no era otra cosa que ella. La mujer de ojos claros que me mandaba mensajes al móvil cada mañana. Mensajes cariñosos, mensajes de ánimo, mensajes en los que me decía lo que me quería. Yo, que además estaba embarrado en el dolor, inundado por una soledad extrema, acudía a rehabilitación a subir y bajar con duros ejercicios mi maltrecha pierna pensando como única motivación en los paseos que podría dar con ella por Madrid. Alentándome con los únicos ánimos que provenían de su sonrisa, de oír su voz por teléfono al despertar.

Y dimos esos paseos por Madrid. Y se preocupaba por el estado de mi pierna que comenzaba a caminar. Y yo me preocupaba por mi amor hacia esos labios, que de igual forma, comenzaba a echar a andar. En realidad nuestro amor, si bien no imposible, digamos que es inviable. Hace no demasiado me dijo que me tengo que contener, porque cuando estamos con más gente rebosa mi amor por ella, fluyendo por el sumidero de los ojos. Dice que la miro a ella como no miro a nadie. Y probablemente no me lo reconozca, aunque ya lo haya visto cientos de veces, pero ella me mira a mí de forma distinta a los demás. Sus ya de por sí brillantes ojos se inundan de una luz especial al encontrarse con los míos.

Cuando le mencionas a alguien la palabra rehabilitación, probablemente en lo primero que piense sea en algún tipo de adicción y el proceso consecuente para poder desintoxicarse, deshabituarse de aquello de lo que ha estado abusando, olvidarse de eso sin lo que ya no puede vivir. Ahora, meses después, me pide que me rehabilite de su amor. Me lo pide justo cuando empiezo a pensar que la magia se puede desvanecer y el hecho de que pueda estar haciéndolo, no hace más que ponerme nervioso y acelerar un proceso que en realidad no es real, nos unen demasiadas cosas. Sus palabras me dicen que me olvide de ella, mientras que sus ojos siguen chillándome un no te alejes de mí. Pero como ya comprobé, los procesos rehabilitadores son largos y duros. Y ahora no tengo a nadie que me anime a subir esa escalera. Es más, no quiero subir la escalera de olvidar a quien más quieres. Me dirá que me busque otra compañera que me ayude a subir la escalera, pero me niego a separarme de quien más me ha querido… de quien más me quiere.

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