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(Viene de “Una noche sin dormir I”)

¿Dónde están las croquetas?

Soy un oyente habitual de radio. He llegado a un punto en el que no me puedo dormir sin escucharla. Ello hace que sea siempre consciente, como máximo cada media hora gracias a las señales horarias, de qué hora es… incluso de la hora aproximada a la que acabé dormido. Pero anoche no era consciente de qué hora era, no tenía ningún locutor que me dijera que era una hora menos en canarias. Estaba profundamente sumergido en la novela de Millás. Estaba profundamente sumergido en mi propia novela. Si bien es cierto que de forma directa la historia de Laura y Julio no tenía nada que ver con la mía, la novela que me tenía a mí como personaje principal, en mi cabeza, estaba perfectamente estructurada y coordinada con la que estaba leyendo. Aproveché bien la madrugada, me leí dos novelas, escribiendo mentalmente una de ellas. Ambas me dieron mucho que pensar.

“El alimento preferido de la mezquindad era el miedo” proseguía unas páginas después el libro. Explicaba cómo las ocasiones en que Julio peor se había portado con Laura (y también consigo mismo) coincidían con etapas de miedo: “miedo a perder lo que tenía, [...], a no ser tenido en cuenta por otros”. Siempre que he pronunciado palabras de las que luego me he arrepentido, siempre que he recriminado a otros de forma agresiva que no me daban lo que creía que me correspondía, ha sido en momentos de auténtico pánico interior, en los que sentía que mi mundo se desmoronaba. Es un momento cargado de rabia, en el que ves que ya no tienes nada que perder y te enfrentas al mundo. En parte, se corresponde con la sensación que describía en ‘Dolor.’, cuando se desvanece la cortina de humo y todo se muestra ante ti tal y como es. Esto me transporta a un centenar de páginas más allá de la novela (anoche el tiempo se medía en páginas, no en minutos).

Pero antes, me entró un hambre voraz. Debían de ser las tres de la madrugada, pero para mí supongo que sería alrededor de la página ciento veinte. Hambre de desesperación, de necesidad de parar de leer para asimilar todo lo que estaba entrando en mi mente, energía para todo lo que mi mente estaba creando, esa otra novela con mi cara y con las caras de la gente que está involucrada en mi vida… Recordé que mi madre por la tarde había hecho masa de croquetas expresamente por petición mía… Supongo que dado que cada vez vengo menos por casa, los derechos de atenciones al venir se convierten en mayores. Nunca había probado la masa de croquetas cruda, pero unos días antes una amiga de un antiguo amigo, en una extraña conversación, me había hablado del placer de comer masa de croquetas cruda. La fuente no estaba en la encimera de silestone. No estaba dentro del horno, ni guardada dentro del microondas. La nevera no sabía nada de ella. Hasta que de pronto se me ocurrió asomarme a la terraza, donde encima de la secadora, estaba como si fuera un tesoro, bajo un paño de cocina, la Fuente (de la felicidad añadí mentalmente). Armado con una cuchara, habiendo quitado previamente el film transparente que preservaba su preciado contenido, fui raspando una capa superficial, que iba dejando uniforme el área que recorría la cuchara para que no se notara el hurto que estaba cometiendo. Estaba muy rica. Sació mis ganas de sabor maternal, pero no mi hambre. Así que cogí un paquete de galletas y me lo llevé a la habitación, para seguir leyendo.

Retomé la lectura y como ya he dicho, unas cien páginas más allá, me topé con un rotundo “Sólo nos enteramos de lo que sabemos”. Millás se refería a que hay cosas que siempre sabemos, pequeños o grandes engaños que dejamos que ocurran ante nosotros, que se nos engañe a nosotros mismos, pero que siempre hemos sabido que han estado ahí. Incluso antes de que conociéramos al que está tras los hilos de las sombras chinescas. Yo pensé en todas aquellas cosas que siempre he sabido, pero de las que cuando me enteraba, reaccionaba con mezquindad y reprochándoselo al titiritero. Pensé en aquellos secretos de familia que siempre se te habían ocultado, pero que siempre has sabido. Pensé en aquella chica que me rechazó, creyendo firmemente que le gustaba, aunque siempre había sabido que no. Pensé en aquella mujer que creía que era mi amiga, pero en realidad, me quería. Y en realidad, siempre supe que me quería. Aún lo sé, pese a que aún no me he enterado. Pensé en mis proyectos por cumplir, que me repetí tantas veces que acabaría y para los que siempre tenía el plan adecuado con el que llevarlos a buen puerto. Pero en realidad, siempre soy yo el que me dejo engañar. Siempre nos dejamos engañar.

Continúa en Una noche sin dormir III

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