Amaterasu se oculta, ante la insigne presencia de la noche, las nubes acarician su kimono con filos de sable, y es que el atardecer esconde una terrible semblanza: el tiempo domina el espacio. La locura oculta impasible al astro y sin recabar en ceremonias deja pasar a una temblorosa, llena y a veces menguante, que importuna a los dueños del sueño. Pues no es del todo cierto, que cuando ella aparece hay silencio. Los seres de la noche aterrizan para vislumbrar sus mejores estrofas. La poética luna rinde pleitesía el atardecer, a una noche que lo acuna, sirve el mito para descubrir la impaciencia de los ciclos, la ingravidez de la vida alumbra días mejores, mejores para los que aun no han probado la letanía de su propia vida, pues los que sobreviven a los ciclos, los que luchan contra el tiempo, sobreviven a la vida, silencio pues porque Amaterasu nos domina…






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