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Luna Pequeña salió de la tienda y el gélido aire del amanecer se le filtró hasta el tuétano. Se acomodó la piel de búfalo y se apresuró en busca de unas ramas secas con las que hacer lumbre para el desayuno. La cordillera estaba completamente blanca y la temperatura indicaba que ese año se adelantarían las nieves del frío invierno. Hasta el agua del arroyo llegaba anormalmente álgida para la época en que se encontraban. Luna Pequeña llenó la gran vasija de barro con las cristalinas aguas, cargó el haz de ramas que consiguió recolectar y se adelantó a paso firme hasta la aldea de nuevo. Corazón de Oso, su marido, se levantó del lecho, retiró las legañas de sus ojos e hizo un movimiento hacia adelante con los hombros para que la piel de búfalo le cubriese mejor el torso.

-Mujer -dijo Corazón de Oso-, voy a hablar con nuestro Jefe para plantearle la posibilidad de que este año tendremos que emigrar más pronto.

Luna Pequeña asintió con un gesto que indicaba su conformidad, ya que toda decisión de hombre debía ser aprobada por su esposa o madre y toda decisión de mujer debía ser aprobada por el esposo, padre o hermano. Ellos casi nunca discutían, como ocurría con otras parejas del poblado, ya que eran almas afines según había dicho el Chamán cuando fueron prometidos.

-Luna pequeña nació en el año del lobo -había afirmado el Chamán-, y Corazón de Oso nació en el año del perro guardián. Perro y lobo se complementan en finalidad y carácter, son fieles, pero feroces, defensores de su territorio, su pareja y su prole. Habrá poca discordia entre ellos y engendrarán niños fuertes y niñas trabajadoras y fértiles.

Nunca olvidaron estas palabras que serían parte predicción y parte condicionamiento, porque como decía el Chaman “lo que las estrellas nos indican, que el hombre traduce en palabras, se cumple por dos vías: la del destino y la del condicionamiento de haberlo escuchado”.

Un año más, las nieves obligaron al pueblo a emigrar hacia el sur. La tarea de recoger las tiendas era pesada, pero con la colaboración de todos se hizo más llevadera. Las mujeres envolvieron religiosamente sus utensilios, los útiles de artesanía, las pieles y abalorios y todo lo de los niños, mientras que los hombres dejaron preparadas sus armas de caza, las puntas de lanza bien sujetas, las hachas afiladas y los arcos bien tensados junto con suficientes flechas, ya que nada más llegar a su nueva zona de asentamiento, debían salir a cazar para recuperar las fuerzas perdidas en el viaje.

Los caballos cargaban lo más pesado, los bebés eran transportados por sus madres, porque los hombres debían ir libres de sobrepeso en caso de que acaeciese algún acontecimiento hostil con animales salvajes u otra tribu migratoria. Los niños que podían, iban a pie en algunos tramos, pero se les permitía ir sobre los caballos durante largo trayecto para evitar el agotamiento y la deshidratación. Subieron por el sendero de La Gran Montaña de Fuego, un cono volcánico extinto, y volvieron a bajar, como cada año. Recorrieron Las Llanuras del Depredador, llamadas así por las águilas de gran envergadura que cazaban roedores. Atravesaron El Bosque del Holocausto, en el que sus antepasados habían luchado y perecido en una batalla contra la tribu de los Hombres Roca. Subieron hasta la cima del Acantilado del Ojo, desde donde se veía la línea del fin del mundo. Y por fin, bajaron serpenteando hacia la Llanura de las Flores de Invierno, donde se asentaban cada año en esa estación.

Reconstruyeron el poblado en poco tiempo, aliviados y contentos por estar en su hogar de nuevo, después de tantos días de viaje. Los hombres salieron a cazar  y trajeron muchas piezas de un pequeño venado propio de esas lindes. De manera que al anochecer festejaron La Celebración del Invierno, como era costumbre, con cantos y danzas y abundante carne para todos.

Los días transcurrían prósperos y pacíficos. Las frutas de temporada abundaban por doquier y habían proliferado las piezas para la caza desde el año anterior. Luna Pequeña estaba encinta de nuevo, iba a ser su tercer hijo. Los Ancianos siempre decían que un embarazo era buen augurio, aunque esta vez se habían equivocado o tal vez algún dios estaba enfadado, porque no se aproximaban buenos tiempos.

El vientre de Luna Pequeña había crecido mucho. Su madre y su suegra le palpaban para ver si el bebé estaba bien, ya que apenas le quedaba un ciclo lunar para el desenlace de su estado.

-Nuera querida -dijo la suegra-, tenemos dos noticias que darte, una buena y una mala.

Los ojos de Luna Pequeña se abrieron de par en par.

-No pongas ojos de culo de mono -se burló su madre-. La buena noticia es que el embarazo va perfectamente. La mala noticia… es que vienen dos bebés -tanto madre como suegra rieron a carcajada limpia. Así que Luna Pequeña no pudo más que reír con ellas, aunque su sorpresa era grande. Su esposo la abrazó y se arrodilló para hablar con halagos a la tripa prominente. Decidieron ir a hacerle una consulta al Chamán, ya que no era común la llegada de gemelos.

El Chamán tomó un puñado de huesos que metió en un pequeño cuenco. Lo tapó con un trozo de piel. Aspiró el humo de su pipa y, levantando ligeramente la tapa del recipiente, expulsó el humo en su interior, para volver a taparlo rápidamente. Lo tomó en sus manos, una palma abajo y otra arriba, se levantó y comenzó con un rezo y una danza, repetitivos, y un gesto pélvico como el de un rito de apareamiento. Hasta que por fin, puso cara de susto y lanzó los huesos ante la hoguera. Se sentó con parsimonia y observó el resultado apoyando la cabeza en su mano derecha. Su semblante no se inmutó durante unos minutos, hasta que por fin habló:

-Las estrellas me dicen que estás encinta de dos bebés, una niña y un niño, pero sólo tendrás un niño.

-¿Cómo? ¿Morirá mi hija durante el parto? -preguntó Corazón de Oso con inquietud.

-No -aseveró el chaman-, no morirá la niña, nacerá y vivirá, pero sólo tendrás al niño.

-No entiendo lo que quieres decir -dijo Luna Pequeña-. Si voy a tener una niña y un niño y mi hija no morirá, ¿cómo es que sólo voy a tener a mi hijo?

-Los huesos hablan en nombre de las estrellas y yo hablo en nombre de los huesos. Pero ni uno ni otro me dicen el porqué de las cosas, sino sólo los hechos. Puede que me esté haciendo viejo y esté perdiendo mis capacidades o puede que la pregunta que habéis hecho sea incompleta. En cualquier caso, estoy agotadísimo y os agradecería que os marcharais a dormir, que ya es muy tarde. Mañana será otro día. Que tengáis sueños prolíficos.

El matrimonio marchó a la tienda. Estaban muy preocupados por las predicciones del Chamán. Nada más llegar al lecho, Luna Pequeña se echó a llorar.

-Amor mío, no llores, me partes el corazón. Te prometo que no perderemos a nuestra hija, te lo prometo. Ahora duerme y no te preocupes por nada. Tienes a tu marido para protegerte. Recuerda que somos el lobo y el perro guardián y nadie nos va a arrebatar a nuestra prole.

Se abrazaron hasta que por fin quedaron dormidos.

A la mañana siguiente, Corazón de Oso se desperezó. Escuchó a los niños correteando fuera de la tienda, jugando al predador y al conejo. Hacía un día especialmente bueno y tenía un hambre canina, así que se puso a atizar el fuego mientras su mujer habría ido a buscar agua para la tisana del desayuno. Sacó unas tortas de trigo silvestre y varias tiras de cecina. Pero Luna Pequeña estaba tardando demasiado. Cuando ya habían pasado dos horas, fue en su busca, pero no la halló. Preguntó a todas las vecinas y tampoco la habían visto ir a recoger agua de la fuente. Entonces Corazón de Oso comenzó a temer una desgracia.

Unas horas antes, en la madrugada, tres figuras femeninas, pero gallardas y robustas, atravesaron el poblado con sigilo y se introdujeron en la tienda. Una de ellas quemó un poco de adormidera junto al rostro de los cónyuges y esparció el humo delante de sus fosas nasales. A continuación, tomaron a Luna Pequeña y se la llevaron.

Cuando Luna Pequeña despertó, se sentía algo mareada. Abrió los ojos y se encontró en un lugar desconocido, que interpretó como una cueva, por las paredes de piedra pintadas con motivos de caza y la necesidad de antorchas que diesen luz. Estaba atada de pies y manos. Comenzó a gritar llamando a su esposo, pero no vino. Apareció una mujer atlética que le habló en una extraña lengua y le hizo un gesto para indicar que se mantuviese callada. Lo peor de todo, es que el parto se había adelantado y Luna Pequeña sentía que se desgarraba por dentro. Un charco de líquido amniótico empapó el suelo del habitáculo. Poco después, tres mujeres la ayudaban a aliviar el dolor, con un ungüento fétido pero muy eficaz aplicado en la zona lumbar. Primero nació el niño, al que cortaron con maestría el cordón umbilical, lo limpiaron, lo envolvieron en una piel y lo depositaron suavemente en una pequeña cama de cañas y un urdido semejante al mimbre, cerca de su madre. Cuando nació la niña, procedieron igualmente, pero una de las mujeres se la llevó. Luna Pequeña gritaba pidiendo que se la devolvieran, pero nadie la traía. Le entregaron al bebé para que lo amamantara, pero su estado de histerismo no se lo permitía. Así que, una vez más, la obligaron a aspirar el humo de la adormidera, con lo que quedó en un estado semiconsciente y delirante. Más tarde la trasladaron hasta las afueras del poblado junto con su hijo y se marcharon. No había transcurrido una hora, cuando el llanto del bebé alertó a alguien de la aldea y, por fin, la encontraron inconsciente, pero viva.

Corazón de Oso se reunió con el Jefe, los Ancianos y el Chamán, para tratar los hechos acaecidos con Luna Pequeña, su rapto, la desaparición de la niña y su aparición sólo con el hijo. Se sentaron en corro en la tienda del Jefe.

-Las leyes de nuestros ancestros no se pueden transgredir -dijo uno de los ancianos-. No sabemos si tu esposa fue o no fue violada. Ya sabes que la mujer violada, se convierte en mujer errante y pública, esté o no esté casada, sin derechos sobre los hombres, pero todos los hombres tienen derecho sobre ella. Si fue violada antes de dar a luz, los bebés corruptos han de ser despeñados. Debemos indagar sobre este desafortunado suceso. Debemos interrogar a la involucrada.

Corazón de Oso gemía y se daba golpes en el pecho, balanceándose de adelante hacia atrás, consumido por el dolor.

-Estoy de acuerdo en que hay que cumplir las leyes, pero necesitamos pruebas o testigos -afirmó el Jefe-. No podemos condenar a una mujer inocente ni despeñar a un bebé puro. Si no hay hechos demostrados o algún testigo, por mucho que interroguemos a Luna Pequeña, no tenemos derecho a ejecutar una sentencia.

Una de las mujeres viejas del pueblo entró en la tienda.

-No podemos saber si ha sido violada, porque su matriz está recién parida -dijo ella-, esa prueba no les valdrá de nada. Y tampoco creo que sea justo que vayan a condenar a una mujer que ha tenido que pasar por esta tragedia -espetó mirando a todos con cara de desprecio.

-¡Mujer, nadie te ha pedido tu opinión! -gritó uno de los Ancianos.

-¡Aunque no me la pidas yo la doy! ¡Y no hables así a alguien más viejo que tú! -gritó la anciana. Luego dio media vuelta y se marchó refunfuñando.

El interrogatorio a Luna Pequeña fue largo y tedioso. Le hacían las mismas preguntas una y otra vez, cada uno de los Ancianos y el Jefe. El Chamán se abstuvo de participar, porque decía que la verdad está en al aire, pero no vive inmutable en la mente de una persona, y que al intentar sacar la verdad de la cabeza de alguien para introducirla en la cabeza de otro, esta se deforma y se convierte en mentira.

El Jefe y los Ancianos volvieron a reunirse.

-Esta mujer no las tiene todas consigo -afirmó alguien-, dice que la secuestró una tribu donde no había hombres, le robaron a la niña y la devolvieron aquí.

-No existe una tribu donde no haya hombres -afirmó el Jefe-, jamás he oído hablar de ello. Mi padre y mi abuelo jamás me nombraron tal cosa. Esta mujer nos oculta algo.

-Claro -habló otro Anciano-, está ocultando que fue violada para que no despeñemos al bebé. No dudo que a la niña la hayan robado, seguramente la utilizarán como esclava o la venderán, algunas tribus lo hacen con las hembras. Pero lo que es un cuento es la existencia de un pueblo sólo de mujeres.

-Yo llegué a la misma conclusión durante el interrogatorio -se animó otro de los Ancianos-, creo que la respuesta está en que esta mujer nos está mintiendo. Intenta ser más lista que nosotros, haciéndonos creer que no había ningún hombre presente en esa tribu, para que la violación fuese imposible. Pero lo que no piensa es que nadie va a creer que haya una tribu de mujeres.

El Jefe se levantó para hablar:

-Ahora debemos votar acerca de si hubo o no hubo violación. Que lleven su mano al corazón los que crean que sí la hubo y los que no, que se abstengan.

El voto fue unánime.

La anciana que escuchaba junto a la tienda salió corriendo para avisar a Corazón de Oso y Luna Pequeña. Cogieron al bebé y dos hatillos que habían preparado previamente y marcharon del pueblo a caballo. Nadie los siguió y así pudieron llegar a un lugar seguro donde instalarse para mantener a su pequeño sano y salvo. Sus otros dos hijos se quedaron con sus abuelas, porque llevárselos habría sido condenarlos a un futuro incierto.

Si siguen con vida y son felices, nadie lo sabe, porque jamás pudieron regresar al poblado para que se siguiese contando su historia.

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Una Respuesta a “La verdad está en el aire”
  1. Dolores dice:

    Se puede escuchar el texto a voz en el siguiente enlace:

    http://www.readthewords.com/work/output/11405_text64249AM.txt.mp3

    Saludos.

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