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Recuerda lo que les ocurrió a los Inspiral Carpets. Eran los favoritos de la prensa cuando empezaron. No podían hacer nada mal. Salieron en la tele, en todas las revistas, hasta en 'Smash Hits', eran colegas de los periodistas, bebían con ellos, jugaban juntos al fútbol, se iban de marcha. Podías pensar que ya lo tenían asegurado. ¡Mucha mierda! Pasaron de ellos. ¿Inspiral qué? ¿Nuevo disco? ¡No me hagas reír! Eso es lo que le ocurre a cada banda que hace todo lo que se le ofrece, que sale en todas las portadas y todos los programas, que harta a la gente. No hay lealtad, no hay un sistema que premie a los grupos que se pliegan al juego de los medios. ¡No hay nada de eso! La prensa sólo piensa en joderte. Desde el momento en que te consagran están buscando las grietas. Todo lo que podemos hacer es retrasar la agonía, el momento en que empezarán a estrangularte. Kevin Sampson
Spike apretó el acelerador, quemando kilómetros, mientras Wigan se aproximaba. Con una sonrisa colocada, me recliné sobre el asiento de cuero y contemplé la carretera en movimiento, bordeada por árboles azotados por la tormenta. Llevábamos dos días sin dormir, de fiesta en fiesta, alimentándonos de éxtasis para mantener el ritmo. Tom me pasó un porro, la marihuana recorrió mis pulmones y despejó mis sentidos embotados por el MDMA. En la radio, sonaba una melodía desagradable, algo similar al tecnopop propio de la década pasada, acompañado por guitarras estruendosas. Tom susurró: I don’t have to sell my soul I wanna be adored Me hormigueaban los dedos, la hierba era cojonuda, sus efectos relajaron mi sistema nervioso. Luego de cuarenta y ocho horas necesitaba un respiro, o explotaría por alguna parte. Spike subió el volumen, las guitarras colmaron el interior del viejo Mustang, desvaneciendo el mundo exterior en una nebulosa incierta, las responsabilidades de la vida cotidiana podían esperar. Extático, me incorporé unos centímetros, pegué la nariz a la ventanilla y formé una estela de vaho en el cristal manchado por las gotas de lluvia. La autopista estaba vacía, no veía tráfico por ninguna parte, éramos los únicos supervivientes de una Tercera Guerra Mundial imaginaria, las bombas atómicas exterminaron al resto: la raza humana era historia. I wanna be adored Spike sonreía, sarcástico, mientras terminaba el porro: Como de costumbre, los ejecutivos discográficos luchaban por explotar a sus artistas, el talento o la calidad de la música era irrelevante, sólo importaban las ganancias. El mundillo musical era una porquería, estaba lleno de sanguijuelas, de capullos trajeados puestos de cocaína dispuestos a aniquilar a quien hiciera falta. Tom replicó, hastiado: Sin darle importancia al tema, continué enfrascado en mis pensamientos, pendiente de los postes eléctricos de alta tensión que quebraban la monotonía de las colinas cubiertas de niebla. El vehículo había respondido de puta madre, Spike era uno de los mejores conductores que conocía, en ningún momento perdía el control, a pesar de toda la química que pudiera circular por sus venas. La noche anterior regresó a mi cabeza: estuvimos bailando hasta la salida del sol, en una casa abandonada, bebiendo cerveza como locos, perdidos en lo más profundo del bosque. Como siempre, reconocí a la peña, venían de todas partes: Bolton, Liverpool, Preston, Warrington, Cheshire, Southport, Gales, y Manchester, cuando te mueves en los mismos círculos, terminas por averiguar de dónde es todo el mundo. Tenía la garganta seca, me costaba tragar saliva, las secuelas de las pastillas eran leves, esperaba que no me jodieran la jornada, aún quedaba mucha distancia hasta Wigan. Mark abrió una botella de Bell’s, era la última del lote, tendría que durar hasta la noche, cosa que me parecía improbable, éramos borrachos por antonomasia. No quedaba nada con que mezclarla, bebimos a palo seco, soportando el sabor amargo del whisky, que apartó el frío que nos hacía estremecernos. El primer álbum de los Stone Roses continuaba sonando por los altavoces, debía reconocer que era un discazo, pocos grupos noveles tenían tanto talento desde el principio, el noventa por ciento necesitaban años de rodaje para sacar al mercado una obra maestra. Enumeré sus virtudes: la portada del álbum, con su fondo expresionista a lo Jackson Pollock, la excelente producción de John Leckie, los temas, que revelaban un groove heredado del rock clásico de los sesenta. Sin duda era el mejor elepé publicado en Inglaterra en años. —¿Mark? La escena de Madchester cambió nuestras vidas, luego de probar el éxtasis no fuimos los mismos, nunca volveríamos a ser inocentes, la infancia estaba enterrada en una tumba de gravedad. —¡Qué listo eres!—exclamó. Como de costumbre no me hicieron caso. Tom dormía, roncaba torcido en posición fetal, con las manos hundidas entre los muslos, utilizando su arrugada chaqueta de pana como manta. Satisfecho, prendí un Marlboro y expulsé una bocanada azulada hacia el techo. Los Stone Roses, James, los Happy Mondays, 808 State, los Inspiral Carpets, A Guy Called Gerald, y los Charlatans, tornaron el panorama musical británico, convirtiéndolo en una juerga perpetua, que se desvanecía a pasos agigantados, con su sonido que bebía del funk, de la psicodelia, del pop sesentero y de la reciente escena house. Oscilábamos a la deriva, naufragando en una tierra extraña, entre los escombros del pasado, espoleados por un futuro incierto. Spike era nuestro guía espiritual: estudiante fracasado, viajero incansable, consumidor de XTC, visionario... El verano pasado escuchamos un rumor que circulaba por las catacumbas del campus: durante una rave enloquecida que duró tres días consecutivos, de jueves a domingo, a las afueras de Heywood, después de una semana drogado, Spike decidió robar un automóvil, supuestamente, quitando de en medio a su dueño, volándole la cabeza de un disparo a quemarropa. Como era lógico, ninguno terminaba de creer la historia, no encajaba con el carácter de nuestro colega, que con su malicia habitual, no se molestó en desmentirla. Spike llevó el Mustang al arcén, aparcó cerca de la valla y saltó afuera para estirar las piernas. Curioso, estudié su cuerpo nervudo, terriblemente delgado, de metro noventa, mientras se alejaba del coche, oscilando los hombros con chulería. Como siempre, el pavo llevaba ropa descuidada, que se ajustaba a su personalidad como un guante: zapatillas deportivas Converse All Star, vaqueros amarillentos, camisa arrugada y chupa de cuero negra. Spike se detuvo y echó una meada contra un seto, su cabello grasiento ondeaba al viento, e ignoró la lluvia que manchaba sus hombros: Deseé volver a casa, descansar unas cuantas horas, pero aquello era imposible, el regreso a Wigan era lejano, interminable. Quise dormir, echar una cabezada rápida, reunir fuerzas para el resto del viaje: —¡Despierta, Tom!—gritó Mark—.¡O te quedarás en la cu- neta! Una oleada de cansancio me invadió, estaba hecho una mierda, la tristeza informe se apoderó de mis músculos, haciendo que me retrajera en un estado silencioso, depresivo. Mientras me sentaba en una silla metálica, estuve apunto de darle un cabezazo a la barra, la maría distorsionaba mi sentido de la orientación. Nadie pareció percibir el incidente, entorné los ojos para evitar el destello de las luces, que herían mis retinas hipersensibles. Mi entorno me resultó amenazador, espantoso, desenfocado, cubierto por una nebulosa deforme, que transformaba el local en un erial lúgubre. A través del humo en suspensión de los cigarrillos, un rostro hermoso ocupó la barra, sus ojos castaños me llegaron al alma, parecía una estrella warholiana congelada en un primer plano. Spike sonrió, mostró su irregular dentadura a lo Mick Jagger y pidió con su tono más amable: Respiré hondamente, estaba apunto de vomitar, el sabor amargo del Bell’s se pegaba a mi paladar. Como siempre, no sabía controlarme, nunca sabía cuales eran mis límites, me gustaba demasiado sobrepasarlos. Luché por recompo- nerme, mientras rezaba porque ninguno de mis colegas se percatara de mi estado, se burlarían de mí durante semanas. Apreté los dientes, el “Adam” estaba demasiado fuerte, ya no lo cortaban con nada, la resaca era fenomenal. Cerré los párpados durante unos segundos. Ahogué los latidos de mi corazón y busqué un atisbo de estabilidad. La puerta del establecimiento se abrió, un par de policías entraron en la cafetería. El bajón desapareció de inmediato, la sorpresa me puso los pelos de punta. Al ver mi cara de alarma, Spike se volvió, provocador: Get back, get back again and again El ambiente lisérgico de la canción se apoderó de nuestros corazones, era increíble que el grupo fuera de Wigan, lástima que no se nos hubiera ocurrido montar una banda, nos lo hubiéramos pasado de puta madre tocando en directo. Ahora éramos libres, la próxima semana regresaríamos a la rutina habitual, a un trabajo de doce horas en una fábrica de mierda, guardando reses muertas en congeladores, hasta caer reventados de cansancio. El bajo llevaba la melodía, secundado por los punteos psicodélicos de la guitarra principal, encuadrados por el ritmo monocorde de la batería. La voz soñadora nos arrastró al límite, forjando un paréntesis entre el cielo y la tierra, transportándonos más allá del sol... Go down on your light
FIN Alexis Brito Delgado VEA TAMBIÉN Alexis Brito DelgadoOtras obras de Relatos Este artículo en los foros de Lenguas de Fuego
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Revista de Cultura Lenguas de Fuego - ISSN 1886-3027
Última actualización: 1 de abril de 2008 |