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Billy Wilder y Sabrina

Uno de los grandes directores del cine es sin duda Billy Wilder; El crepúsculo de
los dioses, La tentación vive arriba, Testigo de cargo, Con faldas y a lo loco,
El apartamento, Uno, dos, tres, Irma, la dulce, En bandeja de plata, La vida
privada de Sherlock Holmes,… no pasarán a la historia del cine sino que pertenecen ya a ella.

No obstante, este mes vamos a hablar de Sabrina.

Quizá la mujer más bella que trabajó con Wilder fue Audrey Hepburn (ésta es
la hija, Katharine, es la madre, la cual había compartido cartel con Bogart en La
reina de África tres años antes), y digo lo quizá porque Marilyn Monroe lo hizo el mismo número de veces, dos, al igual que Marlene Dietrich y Shirley MacLaine. Ahí es nada. La elección de Wilder de los actores nunca fue accidental y si no que se lo pregunten a Jack Lemmon, el cual es el protagonista de siete películas porque era el actor que mejor representaba al hombre de la calle.

Sin embargo en Sabrina sí encontramos una elección más accidental que de costumbre. Wilder sacaba el máximo de sus actores pero ver a Humphrey Bogart en un papel de comedido enamorado romántico en lugar de al estilo Casablanca, estilo frecuente en casi todas sus películas, es complicado. El papel estaba destinado en principio a una de los grandes vacíos de Wilder como fue Cary Grant junto a James Steward, más experimentado en este tipo de papeles y, probablemente, el mejor actor del momento en lo referente a comedia romántica. William Holden tampoco interpreta el papel de su vida.

Sin embargo, Audrey Hepburn, como el maestro Yoda nos diría, pantalla llenar ella; si bien Wilder nos dirá que en persona era poca cosa, en los ensayos pasaba totalmente desapercibida, como si no existiera, pero que al ponerse la cámara delante, llenaba todo: no es su belleza, es todo.

Las comparaciones son odiosas pero la hija, si no fue tan buena actriz como la madre, que tampoco se quedó muy atrás, contrarrestaba todo con su presencia, con su mirada dulce y con su sonrisa encantadora (uy qué pasteloso soy a veces).

Cuando empezó esta película venía de ganar un Oscar a la mejor interpretación femenina con Vacaciones en Roma, de William Wyler, pero la fama no se le subió a la cabeza ya que, a pesar de que evitó durante toda su carrera granjearse fama de actriz difícil o tiquismiquis, ayudó al director cuando se quedaron sin guión y éste le pidió ayuda para que, con el folio y medio que quedaba, aguantar todo el día. Bogart no encajaba todo esto muy bien.

Centrándonos en la película, es una comedia romántica de este alumno de Hawks o Lubitsch (casi nada) que se ganó el grado de maestro y el que él quisiera. La historia es relativamente simple, no obstante con bastante consistencia y con detalles de los que no se pueden olvidar en toda la vida, como por ejemplo cuando Linus (espero que no lea esto Bill Gatex) le pide al padre de Sabrina que lleve a ésta a una cita: «Señor, viajamos en el mismo coche pero entre el asiento delantero y el de atrás hay un cristal invisible que nos separa». Pobre hombre, consciente hasta la saciedad de las diferencias sociales que separan a la pareja. La diferencia de clases está presente desde el principio: el chófer fue importado junto a un Rolls Royce desde Inglaterra

Pero esta diferencia se nos manifiesta una y otra vez, sobre todo por parte de Thomas Fairchild. Se nos recuerda constantemente que entre una clase y otra hay un cristal de separación y que éste es inquebrantable. Debemos ser conscientes de nuestro lugar en la sociedad, como le dice a su hija, y no pretender alcanzar la luna. El problema viene cuando Sabrina vuelve de París y es la Luna la que quiere alcanzarla.

Enamorada de David hasta los tuétanos, su padre la manda a París para que estudie cocina para ver si así se olvida de su amor, al que vigila y observa desde lo alto de un árbol en las fiestas y lo sigue hasta la pista de tenis cubierta, donde tienen lugar sus encuentros.

Pero David, miembro del rico clan Larrabee, no le hace el menor caso; su mirada se dirige hacia sus nuevas conquistas.

Desesperada, Sabrina decide quitarse la vida, algo que, como en el resto de películas de Wilder, nadie consigue. Se encierra en el garaje y tras poner todos los coches en marcha, incluido uno que hace roscos con el tubo de escape, queda esperando que el monóxido de carbono haga su efecto.

Afortunadamente llega Linus, el hermano trabajador y responsable de la familia, el que se dedica a los negocios sin tener tiempo para nada más ya que se ha hecho cargo de todas las responsabilidades al tener un hermano vividor y un padre que se dedica a fumar y beber a escondidas de la mujer.

Sabrina pasa el tiempo en París y vuelve con la Luna pisándole los talones. Su cambio de suerte se aprecia desde el primer momento de su vuelta cuando en la estación se encuentra con David, el cual cae rendido a sus pies sin reconocerla.

Éste se encuentra comprometido por intereses comerciales por lo que Linus, por medio de una estrategia que «cristaliza» bien, intenta conquistar a la hija del chófer y mandarla de nuevo a París, lejos de hacer fracasar la fusión comercial. Para ello toma cartas, mejor dicho, copas, desde el principio en el asunto porque «todo queda en familia».

Como no podía ser de otra manera, Linus cae enamorado aunque su sentido del deber le impide, al principio, mostrarlo. La razón por la que toda su vida ha estado enfrascado en el trabajo es la soledad que siente y la desesperación que provocó un amor perdido.

París es la meta del amor, de la vida, en donde la vida es de color de rosa, como la canción que suena de fondo, y en donde la gente va sin paraguas y con el ala del sombrero bajada, donde el amor no es sólo posible sino inevitable.

 

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