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Borges nipón

"La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido"

J.L. Borges

Hablar de Jorge Luis Borges, como se me ha encargado para este número, es una de las cosas que más temo. Hablar de Jorge Luis Borges es adentrarse en un mundo donde lo real y lo irreal se entrecruzan una y otra vez, donde lo onírico sobrevuela un amplio horizonte cuyos matices cambian conforme lo observamos una nueva vez. Hablar de Jorge Luis Borges es entrar en una vida que gira velozmente, en un árbol invertido en el que partiendo de la copa viajamos de rama en rama, de hoja en hoja y, cuando creemos que hemos llegado al tronco nos damos cuenta de que la raíz no está ahí. Ésta va a ser la primera vez que voy a escribir sobre Borges, tal vez la última, porque el pánico se apodera de mis manos y de mis pobres pensamientos ante una de las figuras a la que más admiro literariamente. Ésta va a ser la primera vez que escriba sobre Borges, quizá la última, porque nunca he conseguido recorrer todos los rincones de sus bibliotecas, nunca he conseguido encontrar las salidas a sus laberintos, nunca los espejos me han devuelto la imagen que yo esperaba ver. Voy a hablar de Jorge Luis Borges, probablemente por primera y última vez, porque cada vez que he terminado uno de sus cuentos, he cerrado el libro y lo he vuelto a abrir, el sentido de sus palabras ha cambiado, lo real se ha convertido en ficticio, lo sobrenatural en cotidiano, pero eso sí, su obra para mí siempre será inmortal.

Para conocer y adentrarse en el mundo borgiano es imprescindible tener unos vastos conocimientos en mitología, algo que se ha tratado en muchas ocasiones, en tantas como veces se ha olvidado esa mirada hacia oriente que siempre planeaba sobre su pluma. No vamos a defender aquí que el exótico oriente ejerce una influencia decisiva en su obra, especialemente porque no lo creemos, no obstante sí humedece las letras que componen su universo, mejor su galaxia.

Poco antes de recibir el Cervantes, Borges, acompañado por María Kodama, viaja a un Japón que prácticamente desconocía; las tenues pinceladas que habían llegado hasta él estaban teñidas por el acre de la guerra además de sus incursiones en el budismo. Sin embargo, el argentino encuentra algo que no esperaba, halla la solución a la "decadencia de occidente" en una sociedad alejada de los dogmas, en una sociedad que considera salvadora inmersa en una refinada eucación que se nos muestra en su amabilidad, que ha sabido aunar el oriente y el occidente tomando lo mejor de cada uno, que cultiva el espíritu colectivo y se aleja de esa gloria individual que nos hace pasar por encima del resto. Así, una de las figuras a las que más admira es al guerrero, al soldado japonés, que antes que buscar su destino personal, antepone una causa abstracta. De hecho, en la cultura japonesa la vida se rige por el Bushido o "ética guerrera", basada en el valor y la espada, frente al Furyu o "estética", el destino personal, la vocación y la pluma. En este sentido quizá podamos obtener una visión nueva del cuento "El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké", basado en la historia de Yohinaka Kira.

Otro de los aspectos que calan más hondo en Borges de la cultura japonesa es el religioso. Si bien ya se había adentrado en el budismo en Qué es el budismo, escrito en colaboración con Alicia Jurado, ahora contemplará él mismo esa "panteísmo" que inunda una sociedad más civilizada, vivirá de cerca una religión que da libertad en la creencia. En su viaje se acerca a numerosos templos ("De la salvación por las obras") en los que tendrá un contacto directo con una religión a la que admira y sobre la que en distintas ocasiones trata, abierta o sucintamente, una religión cuyo estilo de vida, cuya esencia primera, se deja notar en varios de sus escritos. Algo de esto lo podemos ver en Shinto, poema incluido en La cifra.

Pero sin duda será la literatura japonesa la que cale en Borges más hondo, obras como Los cuentos de Ise o La historia de Genji. Los clásicos y sus formas provocarán al argentino en una imitación occidental tanto de los tankas, la forma dominante en la poesía clásica japonesa, como el tan practicado hoy en día haiku. En El oro de los tigres incluye una serie de seis tankas, formados por cinco versos de 5-7-5-7-7:

"No haber caído,
como otros de mi sangre,
en la batalla.
Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas."

Aunque lo que más llame la atención a este Borges viajero será el haiku, un verso de diecisiete sílabas compuesto por 5-7-5 que siempre va ligado a una época o estación del año, denominadas con multitud de nombres que repiten distintos autores, unida a un breve instante que se aprisiona para la eternidad, de un pequeño detalle cuya hermosura sea inmensa que nos baste expresar su esencia por medio de un contraste de imágenes basadas en el sentimiento (kokoró) y la sensación (kimochi). Jorge Luis Borges no podrá evitar intentar imitar tal expresión en dicha forma, tal vez no con la calidad esperada para un japonés; de hecho alguno que escribe es más un microrelato que un haiku:

"Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero"

Japón enriquece la vida, el universo, de Boges, completa una forma de mirar, de escribir, de sentir, colorea diversos matices y llena de espiritualidad diversas páginas. En Kyoto concibió el poema Cristo en la Cruz cuyos últimos versos nos van a servir a nosotros para finalizar este pobre discurso sobre una de las figuras más importantes de la literatura, sobre Jorge Luis Borges, un escritor imprescindible que, tomándome cierta libertad, "sobre una campana de bronce, se posó una mariposa", un "dios" al que despedimos con

"¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?"

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