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Virginie Despentes: La Teoría King Kong

Ya bien entrada la democracia, a mediados de los noventa, aún quedaban aulas de EGB de vocación atávica en las que convivían lo mejor y lo peor de la vieja escuela: la enseñanza rigurosa y vocacional de algunos profesores con la actitud autoritaria y arbitraria de otros. Recuerdo un verdadero amor por la docencia de mi profesor de Matemáticas, un hombre que se jubiló a los pocos años de terminar yo la EGB, después de varias décadas explicando cómo despejar incógnitas en ecuaciones de segundo y cómo medir la altura de una pirámide truncada, pero sobre todo cómo disfrutar del conocimiento enseñando a otros y enseñándose a uno mismo: aprendiendo a aprender, decía. Recuerdo también una dura reprimenda de una profesora a una chica que estudiaba mal, una repetidora de aquella clase de sexto o séptimo de EGB que debía vivir una preadolescencia complicada. 

Lo que yo recuerdo del aula es que era de tonos sepia, como si quisiera preservar hasta en lo cromático la nostalgia por el tardofranquismo, y que daba a un patio de recreo en el que siempre estaba nublado. El silencio durante aquellas regañinas, como en las figuras retóricas que enseñaba el libro de Lengua y Literatura, era atronador. En todas las clases había un crucifijo y una foto de los Reyes de España; en algunas, una foto de Andrés Manjón. Nos enseñaban a estudiar bien, a amar bien a Dios y al prójimo -el prójimo era el de al lado, el similar, el vecino-. Nos enseñaban también a hablar bien: por supuesto, no podían decirse palabrotas. La peor de todas era hostia, ni como interjección ¡hostias! ni como sinónimo de golpe ¡te doy una hostia!.  Yo, personalmente, me guardaba de llamar hostia consagrada a la sagrada forma y le decía oblea, a secas, renegando sin querer de su consagración. A los profesores se les ustedeaba y se anteponía el “don” a su nombre, a las profesoras se las trataba de “señorita”, salvo escasas excepciones. Allí aprendí mis primeros rudimentos de ciencia e ingeniería, algo de matemáticas y física y un tanto menos de biología, pero nada de literatura o de historia, no más allá de la justa que sedimentaba a lo largo de los años para construir un cierto orgullo de la ciudad en la que había nacido: Granada, el símbolo de la culminación de la reconquista, el lugar fundacional de la Corona Española, la piedra angular de la identidad nacional católica de este país.

En lo que respecta a la educación en valores que nos llegó, aparte de lo que cada cual tuviera en casa y más allá de ciertas abstracciones religiosas, más o menos turbias, no salimos del todo bien: la mayoría fuimos unos perfectos hijos de puta. La máxima de que la letra con sangre entra tiene un reverso sin marcas visibles: el golpe moral, el ensañamiento desmedido al reprender, la humillación. Aquella niña debió de sacar la nota más baja en un examen o no llevar los deberes hechos y eso desencadeno la ira de la profesora. Pienso ahora en todas la veces que dejé los deberes sin hacer por pereza, en todos los exámenes que debí suspender y la cantidad de reprimendas de los profesores que debí recibir. Pero no recuerdo ninguna. Yo pertenecía a esa clase de alumnos que al final siempre aprueba. No fuimos amigos, no recuerdo haber hablado con ella nunca en los dos o tres años que estuvimos en la misma clase: se nos ordenaba en los pupitres por apellido y cuando se formaban equipos de deportes siempre se segregaba por sexos, ellos al fútbol y ellas al baloncesto. Que un niño y una niña de doce años estudiaran juntos parecía ser algo opuesto a los valores que querían inculcarnos. Cuando terminé el colegio, no volví a saber nada de ella.

Aquel día, durante la entrega de notas del examen, la chica salió al estrado, la profesora le comunicó su cero delante de toda la clase y después de una homilía de quince o veinte minutos todos escuchamos en silencio la sentencia: eres una vergüenza, tú sólo vas a servir para fregar escaleras. 

La violencia verbal -había quedado claro- no necesita palabras malsonantes. También me sorprendió que aquel vaticinio, o aquella condena, era exclusiva para las malas estudiantes. Los alumnos de sexo masculino estaban exentos de fregar escaleras, o cualquier cosa. Podían ser vagos o zoquetes, pero nunca niños con problemas sociales o gente predestinada a trabajar en equipos de limpieza  -si acaso, podrían acabar barriendo calles, tarea aparentemente mucho más noble-. Había quedado claro, en cualquier caso, que la limpieza era una tarea indigna, un castigo. No consigo recordar cuál de los diez mandamientos que representaba el crucifijo había infringido mi compañera. Tampoco recuerdo que la humillación figurara entre los castigos impuestos a los malos estudiantes. El hundimiento moral de las clases bajas empezaba muy temprano, aún en el mundo moderno en que creíamos vivir en los noventa. El de las mujeres, además, llegaba más hondo.


Virginie Despentes, La teoría King Kong
Virginie Despentes, La teoría King Kong

Al leer ahora a Virginie Despentes, su forma punk puede resultar insufrible pero a la vez es inevitable: la violencia verbal que utiliza para enviar su mensaje es fruto de una urgencia en defensa de los derechos individuales, no sólo de los derechos de la mujer. La teoría King Kong tiene el armazón de un libro feminista que parte de una postura voluntariamente sexista que se va diluyendo a través de diferentes explicaciones, narraciones autobiográficas y exabruptos en contra de la virilidad -la virilidad como imposición, como forma de dominación no sólo hacia la mujer, sino también hacia el hombre-. 

Había que canalizar esas ideas a través de la cólera y el resultado fue un golpe en la mesa en el que la realidad de las opresiones se exponen de manera cruda. Pero que el ruido de la forma no pervierta el mensaje: en el fondo no se trata sólo de un feminismo abstracto en el que se defienda la libertad de las mujeres como colectivo, sino en el que reivindica la absoluta libertad de cualquiera con un andamiaje racional irrefutable. Hay en la forma de pensar de Despentes una lucha que transciende la lucha de sexos hacia la lucha de clase.

La primera liberación que se produce es la del lenguaje, porque sólo es plenamente real aquello que se pronuncia. Se rompen los límites de la forma para darle la máxima precisión posible a ese mensaje -y aún así, Despentes tiene dificultad para pasar por ciertos capítulos especialmente dolorosos-. Y esa liberación, ese lenguaje aparentemente ofensivo, es en realidad un parapeto, un escudo con el que defenderse del primero de los abusos: el abuso verbal que martillea continuamente no desde la sociedad como conjunto, sino desde todos y cada uno de sus individuos.

Tan necesario como era escribir La Teoría King Kong es leerla, no por quienes ya están convencidos del alcance que deben tener la igualdad y y el respeto, sino especialmente para quienes aún no han visto clara esa necesidad. Paradójicamente, es un libro especialmente constructivo para gente que nunca lo leería.

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