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Seis números rojos (II)

Sentí que me rodearon varios guardias, serían 3 ó 4 de los de metralleta en ristre, a la vez que un murmullo recorría el gentío allí acumulado, que ya rondarían los dos cientos de personas. Hasta un “parecía tan buen vecino y educado” me llegó a mis oídos, y un “y padre de dos nenitas pequeñas” sin saber si era ya conocido por todos el enigma en el que me hallaba o seguíamos en rumores falsos e inventivas de todo tipo. De pronto todo el mundo conocía de mí hasta la marca de champú con el que resuelvo mi higiene en la ducha. Que si ya habían oído peleas a voces con Chris a horas intempestivas con arrojo de jarrones, platos o similares al suelo, que si bebía de más, cuando lo único que paladeo son los sorbos de Oraldine que me alivian la garganta al final de la jornada, que si en varias ocasiones había llegado a amenazar a las niñas con llevarlas a no sé qué institución para no volverlas a ver, cuando, de seguro que si hago eso, la misma institución me devolvería el lote a los dos días por exceso de trabajo y cerrarían por descanso del personal un mes como mínimo y, en fin, todo un compendio de vilipendios, ofensas, infundios y fábulas que terminaron de paralizar mi mente y por supuesto mis piernas. Pero si hace unos minutos todos se congratulaban de mi salida ileso del percance de las lentejas y ahora, esta panda de hienas, poco menos que piden mi cabeza sin motivo alguno y sólo porque dos cabos se han puesto de acuerdo, por no sé bien por qué, para dedicarse a aumentar los decibelios de su voz delante de mí, descomponiendo todas las piezas de su cuerpo y volviéndolas a componer.

fotografía de Carlos del Haro Bardeci

– Señor cabo – intenté hablar provocando que el gentío, una vez más, se volviese mudo y fijasen sus ojos en mí, todos a una, girando las cabezas los grados que hicieran falta para verme lo mejor que sus posiciones les permitiesen, con lo cual la situación era más cómica y tensa – son las 15:15 horas…

– ¿A quién se dirige? – bramaron a dúo los dos cabos.

– Disculpen los dos señores, al señor excelentísimo cabo de la guardia civil – contesté para limar asperezas y ensanchar el ego del personaje con el que parecía tendría que aclarar algo que aún desconocía.

– Conque con coña encima. ¿Es este el individuo propietario del piso objeto de sus sospechas, cabo Rupérez? – señaló, ignorando mi loa, el cabo de la guardia civil al llamado cabo Rupérez, bombero de profesión y “quemavidas” a ratos.

-Sospechas ninguna, cabo Ramírez – otra R en otro cabo – verdades como puños que esperan su trabajo arriba, en el piso del individuo aquí presente, que, sin ser yo de su oficio, poco más puedo aclarar previo a sus pesquisas que lo que por teléfono señalé. Un fiambre adorna uno de los dormitorios del desde ahora presunto asesino, como dicen los telediarios. Ese es todo suyo al igual que el otro de arriba. Nuestra labor concluye aquí con un parte donde sólo reseñaremos el estampido de una olla exprés cargada de potaje indeterminado, por la quemazón del mismo, en la cocina del mencionado 2ª F, con desparrame del mismo por todo alrededor en un diámetro de 3 ó 4 metros, rotura de la ventana, cristalería y vajilla en diverso grado. De su “cliente” sólo comprobamos el que estuviera fiambre del todo, por si fuera necesario poner en práctica la teoría del curso de primeros auxilios que refrescamos hace unos meses, pero no hizo falta. Si no desea más por mi parte, nos marcharemos con viento fresco que es hora de echar algo al estómago lo más rápidamente posible, por si hubiese cualquier otro aviso – decía esto mientras se frotaba su panza con la palma de la mano derecha, a la vez que hacía un gesto con el dedo corazón para hurgarse bajo la camisa azul marino el ombligo buscando, supongo, algún resto de borra perdido en él -. Le he dejado la puerta del piso abierta para que inicie sus indagaciones de inmediato. En cuanto a ti – volvió su redonda cara hacia mí hasta situarla a apenas cuatro dedos de la mía, con lo que confirmé una de mis sospechas de que éste señor no ha visto un cepillo de dientes en su vida, o por lo menos en los últimos treinta años -, deseo te pudras en la trena toda tu puta vida hasta que se te caiga todo el pelo, ¿ me oyes ?, TODA TU PUTA VIDA – este estridente final me obligó a cerrar los ojos justo a tiempo de que una baba espesa del llamado Rupérez, producto del acaloramiento que puso creo que en la palabra puta, no llegase a dejarme ciego por vida y se quedara adornando mi entrecejo el tiempo que gasté en limpiarme con la manga de mi camisa semejante “regalo”.

– Muy bien – dijo el tal Ramírez -, gracias por avisarnos y si fuese necesaria su cooperación en algún momento ya le mandaría aviso. Vayan a comer que la tarde se echa encima y supongo que después de comer la gente se “animará” más a quemar sus casas con el consiguiente ajetreo que les causará. Descansen y lo dicho, de nuevo gracias. – otro que se vuelve hasta mí y cambiando también el semblante me comenta, esta vez en tono más bajo pero si cabe con más ira – Ya puedes inventar algo bueno porque si no se te va a caer el pelo, pero bien.

fotografía de Carlos del Haro Bardeci

Dicho esto se volvió hacia los guardias que me custodiaban, cuatro, repito, metralleta en ristre, y les ordenó que no se separasen de mí ni para cambiar el agua al canario. Si tal cosa hiciera falta, por lo menos dos fuesen conmigo para confirmar la meada. A otros cuatro los mandó separar a la gente de mí en prevención de males mayores, no sé si era por miedo a que me lincharan, que ya puestos era lo que me faltaba, o por miedo a que terminara mis andanzas con una fuga, secuestro y posterior suicidio o algo tipo yankee, tras lo cual, y al grito de “Dispérsense, dispérsense”, empujaron a la multitud, ya no sé ni cuántos asistían al espectáculo, 8 ó 10 metros alejados del portal donde me confinaron, a la vez que él subía con otros tres guardias y en ascensor hasta el 2ª F, mi casa.

– Oiga tengo que recoger el material de trabajo de mi casa – solicitó Don Carlos, futuro ex-presidente, a uno de los números de la guardia civil – Ya no pienso en comer hoy, pero en unos minutos tengo que estar en el taller.

– No puede entrar nadie hasta que no finalicen las primeras investigaciones y recogidas de datos – apostilló el agente muy en su papel -. Pueden destruirse pruebas sustanciales y esenciales para el normal devenir de la recogida de datos del caso. Aparte que cumplo las órdenes que mandan los superiores sin excepciones de ningún tipo.

Don Carlos volvió al grupo refunfuñando algo entre dientes, no sé qué de la madre que me parió, y con la promesa de que sería el primero en ser informado cuando el tránsito de los vecinos a sus respectivas casas fuera abierto de nuevo.

A todo esto, no dando mayor importancia a la preocupación por mi futura pérdida capilar por ambos cabos, estando ya en el portal, solicité sentarme en los tres escalones de acceso a los ascensores. Una vez concedido intenté ordenar en mi cabeza todas las piezas que en casi una hora habían saltado como un resorte sobre mí y no para mejorar mi calidad de vida precisamente. ¿Dónde estaría Chris con las niñas? ¿Por qué dejaron la olla a pleno fuego sin estar nadie echándole un ojo de vez en cuando, premisa fundamental de todo buen aspirante y/o veterano chef? ¿Por qué no estaba Nola en casa o no me había dejado algún recado escrito? Y por fin, y más preocupante, ¿qué fiambre adorna uno de mis dormitorios según el cabo Rupérez? A mí la sensación que me daba era que, precisamente, no iba a ser una paleta de jamón york el llamado “adorno”, ya que, si no, no entiendo las reacciones extremas de ambos cabos hacia mi persona y ese poco aprecio por mí sin conocerme de antes. Más bien pensaba que el fiambre hacía referencia a un difunto, también llamado por el vulgo muerto. Y digo yo, ¿qué hace en mi casa el susodicho? ¿Cómo Nola o Chris pueden haber dejado allí al extinto sin que se entere nadie? ¿No será alguna de ellas la protagonista del suceso y de alguna forma las hayan “licenciado” antes de mi llegada? ¿A ver si no es ni siquiera nuestro y nos lo ha colocado alguien?

fotografía de José Luis León Padial

Todo eso, y mucho más, rondaba mi mente y concluía que lo único que tenía claro era que yo no había sido la mano actuante de este affaire. Pero si yo me levanté a las 7:50, me lavé, limpié los dientes, me afeité como siempre oyendo la radio, me vestí con mis vaqueros azul marino, camisa salmón y mis castellanos burdeos, me puse mi parka y sin desayunar, como la mayoría de los días, di un beso a mi mujer, ¿habrá sido el último? y me despedí, a eso de las 8:20, hasta la hora de comer. En el portal Diego, con sus buenos diíñas raros que simulaban el “falar galego” que había perdido, me despedía del portal hasta mi regreso a la sobremesa. Unas seis horas y diez minutos que fue lo que estuve en mi trabajo y en la calle yendo y viniendo del mismo fueron suficientes para desarrollar este malentendido que ahora se gesta alrededor mío. Claro, supongo que al ser yo la última persona que se encontraba presente en la casa, previo a la entrada del cabo Rupérez y su tropa, también soy para todos el principal sospechoso de lo que allí se hayan encontrado y de lo que por cierto a mí nadie me ha dado ni pedido cuenta aún. Pero así de amedrentado tampoco es normal que me tengan y sin darme un sólo detalle de la situación.

– Oiga, señor guardia – antes había mirado si había indicios de graduación por algún lado por si encontraba otra respuesta como la del tal Ramírez y, al no encontrarla, me atreví a graduar al llamado de guardia a secas – ¿No me podrían informar sobre lo que ocurre supuestamente en mi domicilio? El tiempo pasa y lo único que sé es que me escoltan cuatro guardias civiles armados hasta los dientes cuando yo no mato ni una mosca.

– Cállese por ahora. Como le dijeron antes, todo lo que diga puede utilizarse en su contra y hasta ahora no sabemos si es usted culpable o inocente de los hechos que se le imputan.

– Pero, oiga, que a mí no se me ha imputado nada todavía. Ni siquiera sé por qué no puedo subir a mi casa a limpiar la cocina de los restos del potaje de lentejas.

– Cállese, por su bien, pues ni ese suceso que me refiere se ha comprobado todavía por las fuerzas del orden público.

– ¿Pero no ha escuchado al cabo de los bomberos…?

– ¡CÁLLESE!, y espere los resultados de la investigación que se hace en estos momentos en su domicilio.

Desde allí podía percibir conversaciones de lejos que se mantenían, supongo, entre el cabo Ramírez y sus tres guardias por las habitaciones de mi casa, pero sin entender nada de nada. Enseguida, claramente se distinguió cómo uno de ellos corría precipitadamente y comenzaba a emitir unos sonidos guturales que todos identificamos como una gran vomitera. Yo sólo esperaba que le hubiese dado tiempo a llegar a la taza del retrete y que, lentejas aparte, no tuviese que limpiar más que eso cuando, en un futuro próximo, y tras aclararse todo, pudiese yo volver al hogar dulce hogar.

– Suban al propietario o inquilino del piso – se oyó gritar por el hueco de la escalera a uno de los guardias.

– Cuasipropietario – respondí – pues el piso es de mis suegros y, si todo se desarrolla normalmente, siempre seré cuasipropietario porque mi nombre no va a constar ni en los créditos de agradecimiento del título de propiedad.

– No hable más que cuando se lo pidan – remarcó de nuevo mi “guardia custodio”.

Al llegar el ascensor hice ver la plaquita en él fija que dice “Prohibido subir más de cuatro personas o 300 kilos “, cantidades sobrepasados con creces tanto en personas como en kilos por los allí presentes, con lo que uno de los guardias, o yo solo, tenía que hacer el viaje a pie escaleras arriba. Por lógica, lo mío estaba descartado por obvio, posibles fugas y demás historias de inseguridad, y como ninguno optaba por hacer ejercicio, van los cuatro y deciden que todos, mi persona incluida, fuésemos por las escaleras para un mejor cumplimiento de sus obligaciones.

– Miren señores guardias, con todo el respeto entiendo sus pareceres y sus temores ante un presunto delincuente peligroso e imprevisible como yo, pero éste que les habla está al corriente de pago de todos los recibos de la comunidad por lo que tengo pleno derecho a utilizar, con la cabeza bien alta, el ascensor para mis idas y venidas del 2º al bajo y del bajo al 2º. Podrían dividirse en dos grupos de dos, que uno subiese conmigo, por ejemplo en una primera avanzadilla, y la otra pareja esperase el siguiente paseo para reunirse con nosotros arriba. ¿Ok? Además todos juntos más sus “juguetitos” armados podría derivar en un accidente que pudiésemos lamentar luego.

fotografía de José Luis León Padial

Un gesto del más veterano subiendo las cejas a la vez que inclinaba la cabeza en dirección a la escalera me hizo desistir de seguir insistiendo en mi comodidad y, precedido de dos, y seguido por otros dos, partió el cortejo rumbo al 2ºF. Veinticuatro por dos, cuarenta y ocho escalones nos comimos todos juntos, con paradita incluida en la entreplanta del 1º para recogida de oxígeno por parte de todos y acopio de fuerzas para afrontar el último tramo de la cronoescalada, como la denominé de broma sin mucho éxito entre mis compañeros de escapada.

– ¿Sube ése o vamos a estar aquí todo el día adorando el fiambre? -gritó esta vez la voz conocida del cabo Ramírez justo a tiempo de ver al “equipo” coronar la montaña arrastrando una más que notable insuficiencia respiratoria sobre todo en los dos últimos miembros – ¿Pero qué coño hacéis? ¿Se ha estropeado el ascensor o qué cojones pasa? Decidme algo, leche, que parecéis cuatro asmáticos en pleno ataque de las gramíneas esas de los huevos. Bueno, dejadlo y vamos al lío….

– El ascensor…el letrero… somos cinco… pensamos que… se atrevió a decir uno que más en forma estaba.

– Callaos de una vez, coño, y vamos a aligerar que ya mismo viene el juez de guardia, el de la funeraria, y hasta la prensa es capaz de venir, y luego ya sabéis que todo son prisas. Vamos dentro tú que tienes que ver el regalo que te espera, y vete explicando rápido que no quiero largos interrogatorios luego, que creo que hoy hay partido en la tele y no estoy para tirar el tiempo en mequetrefes como tú.

En la entrada de mi casa, apostado contra el marco de la puerta, uno de los guardias, con la cara más blanca que la Venus de Nilo de escayola que teníamos en el salón, delataba quién había sido el protagonista de la pota anteriormente oída. Hasta allí, desde la taza, había un recorrido que seguía esperando hubiese hecho tras evacuar en donde debía. Una vez dentro de la casa volví a recorrer el pasillo hasta el distribuidor y volví a mirar, por el mismo orden, cuarto de baño, donde existían pruebas de que a éste no le había dado tiempo a llegar al retrete, mi dormitorio, el salón, donde seguía mi parka colgada de la silla y otro guardia buscaba por todos los cajones con guantes de látex para no dejar huellas, el despacho con su puerta semiabierta y la cocina, que seguía tal cual tras la explosión. Me fijé algo más en el techo de escayola ya que había caído parcialmente al suelo, ya no sé si producto de los rebotes de la tapa de la olla despedida, o por efecto de la humedad general de la habitación tras el desparrame. De estas cábalas me sacó la voz ya familiar del cabo Ramírez requiriéndome al cuarto de las niñas, al fondo del pasillo, y único que se me quedó sin mirar en el repaso rápido que di en mi anterior llegada, junto con un pequeño aseo que es el que normalmente uso para afeitarme y otros menesteres que no vienen al caso.

– ¿Cuál ha dicho que era su nombre? – me preguntó el cabo mientras me acompañaba por el pasillo al dormitorio referido.

– No le he dicho todavía cómo me llamo – respondí secamente.

– ¿Se niega a facilitar información de extrema necesidad a un miembro de las fuerzas de seguridad del estado?

– Que no, que no. Que no me lo ha preguntado hasta ahora y tampoco me han dicho ni mu de lo que, primero el cabo bombero y segundo ustedes, han encontrado aquí como para que se forme el cirio padre que se ha formado.

– Limítese a responder concisamente lo que le pregunto y punto. Explicaciones, datos, conclusiones, inferencias, desenlaces, pronósticos, diagnóstico y demás resultantes de esta trama son sólo de mi incumbencia. ¿OK?

– Sí pero no cree –traté de insistir- que me merezco una explicación a…

– QUE ME DIGA SU NOMBRE Y PUNTO.

– Bien, bien, tranquilo –intenté apaciguar su ánimo-. Luis, Luis del Castillo.

– ¿De qué castillo?

– Castillo de apellido.

– No intente confundirme, que yo os conozco a todos los de tu calaña y luego donde dije digo, digo Diego, o algo así es el refrán ese que nunca memorizo bien.

– Ya, bueno, no importa, yo le entiendo – le dije por decir algo a aquel cazurro.

Se paró justo delante del cuarto de las niñas que tenía la puerta cerrada y cuya entrada estaba vigilada por otro de los guardias que subieron con él. Puso su mano izquierda sobre mi hombro derecho para pararme un instante, quiso decirme algo, calló, aunque finalmente mirándome a los ojos me susurró.

– Lo que ha ocurrido ahí dentro es muy fuerte. Piense bien lo que me vaya respondiendo en adelante porque me va a tener que convencer que no piense algo que ya me reclama mi propia conciencia. Justicia busco para quien reposa para siempre ahí dentro, y justicia hallaré con o sin su ayuda, y a las malas, le confieso que tengo muy mala leche, aunque esté feo que yo lo diga -decía esto mientras apretaba su mano sobre mi hombro con objeto pienso de intimidarme. Asentí con un leve cabeceo y bajó su mano a su posición anterior, caída a lo largo de su cuerpo.

fotografía de Carlos del Haro Bardeci

Dicha esta advertencia, yo ya no podía esperar más para ver qué cuadro se había pintado dentro del dormitorio infantil. Se apartó el guardia custodio de la puerta y el cabo Ramírez con movimiento firme asió la manivela de la puerta y la bajó a la vez que empujaba la misma hacia atrás. La luz estaba encendida probablemente por estar la persiana bajada, deduje sin mucho esfuerzo. Otra cosa extraña. Percibí también el fuerte olor a colonia barata que, aun estando presente en toda la casa, en esa habitación se acentuaba a grados mareantes. Desde allí no podía ver todo el cuarto pues, en parte los pies de las literas que tenía de frente al entrar, en parte el giro a la izquierda que el propio cuarto hacía tras una entrada de un metro aproximadamente, me impedía hacerme la idea de lo que unos pasos adelante podía encontrar en el resto de la estancia. De pronto flaquearon mis piernas para dar el primer paso que resolviera mis dudas. No sé el tiempo que estuve indeciso, pero mi amigo Ramírez se encargó de darme el empujoncito necesario.

– Venga, entre, coño, o es que no conoce el sitio – bufó de nuevo el cabo.
Como de pronto no me daba buena espina esto de andar esos pasos hacia dentro me hice el remolón rascándome como pensativo la nuca jugando con mis pelos entre mis dedos. ¿No sería esto una pesadilla y la estoy llevando demasiado lejos? ¿Por qué no me despierto y termino con esta agonía? Para agonía la que creo que me esperaba unos pasos más adelante. ¿Y si los invito a unas cañitas, con sus buenas tapas, en el salón por supuesto, y les doy unas botellitas de buen vino, del regalo de Navidad que yo nunca me bebo y los laboratorios se empeñan en regalarme para desperdiciar en las comidas y que aún quedan cinco, y tenemos otra conversación más relajada y sin acritud. ¿Colará con la presente situación? Como temía que no, me armé de valor y con voz firme apunté al cabo Ramírez unas notas que me moría por soltar.

– Antes exijo saber qué está pasando aquí. Estoy en mi casa, están ustedes en mi casa, y, en todo este tiempo desde que me desalojaron los bomberos hasta ahora, hace ya una hora aproximadamente, no se me ha informado de nada de lo descubierto aquí, en concreto en esta habitación de mis pequeñas, sólo me han llegado ciertos rumores de la presencia de un tal Fiambre por estos lares.

– Me pregunto si es que es así de gilipollas o entrena para ello -respondió el cabo-, o se hace el tonto como tantos otros han intentado hacérselo ante la evidencia de una acusación de homicidio o peor, de asesinato en primer grado con alevosía y ensañamiento hasta lo más sanguinario imaginable. Pues bien, sepa usted que ahí dentro, en el dormitorio infantil, hay un cadáver todavía caliente con graves indicios de violencia feroz y saña por todo el cuerpo, el cual espero, cuando a usted le dé la gana de entrar y verlo, y si no lo meto yo a pescozones, identificar para proseguir el proceso de recogida de datos que completen esta primera fase de la investigación. Ahora, una vez le he informado del asunto que nos ocupa, ¿le importaría de una puñetera vez entrar y que continuemos con las pesquisas, o me obligará a hacerle pasar a la vieja usanza, es decir, a mamporros limpios?

– Una vez informado del suceso, y sopesando las últimas razones expuestas por usted para que pase y vea el panorama, no tengo inconveniente en colaborar con la justicia para dar luz a esta fea trama. Entremos, pues, al dormitorio y que Dios me coja confesado.

– Por fin. Vaya cruz que me ha tocado hoy. Y de verdad que debiera de estar confesado, tanto si es el autor como si no -suspiró el cabo.

La habitación siempre había tenido un color claro en las paredes. Al principio fue salmón, y hacía poco que Chris y yo nos propusimos, como entretenimiento de fin de semana, volver a darle otra manita de pintura a las paredes por el desgaste que sufren con las dos pequeñas y sus juegos. Esta vez decidimos cambiar de color al celeste, azul cielo ponía el bote de pintura. ¡Qué fin de semana más largo! Lo que es no tener ni idea de pintar, pronto se transformó en pintura hasta en las lentillas. Eso sí, equipados con brochas, papel de periódico, cinta adhesiva para no manchar los marcos y rodapiés, aguarrás para ducharnos si hacía falta, y un largo etcétera que de poco nos servía.

Bueno, pues este color celeste, que tanto trabajo nos costó aplicar con cierta igualdad por todas las paredes, se encontraba ahora salpicado de múltiples gotas de sangre que tomaban un tono marrón conforme se iban secando y se incorporaba ese nuevo color al de la pared. Hasta el techo, este de color blanco, se presentaba moteado en rojo tras llegar hasta allí las salpicaduras de algo que mal presagiaba  ya a estas alturas. Toda esta sangre procedía sin duda de la joven Nola, la cual presidía la habitación sentada en una silla de escritorio con ruedas junto a la ventana, cabeza hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par, fija su mirada en el techo, gesto de pánico en su cara con la boca abierta es de suponer por intentos de gritar en su defensa, lengua morada, carrillos contraídos e inflamados a golpes igual que su nariz partida, pelo y piel manchados con coágulos sanguinolentos, y lo más grave y probable causa de su muerte, una herida por arma cortante que unía los lóbulos de ambas orejas por su cuello, herida en la que perfectamente entraba un puño cerrado de una persona normal y que dejaba al descubierto y abierto todo el paquete traqueo-esofágico, con sus vasos principales seccionados, ambas yugulares y carótidas. Mal pronóstico tiene una herida de este calibre pensaba mi mente mientras el resto de mí se mantenía expectante por percibir todos los datos posibles que eran captados a través de mis ojos. Como es de imaginar, supe que era Nola por la eterna sudadera gris y vaqueros que siempre usaba para trabajar en casa, ya que por la cara era imposible saber qué o quién era. Había papeles por el suelo y desordenados encima de la mesa, uno de los cuales mantenía Nola cogido en su puño cerrado. Todos eran de libros infantiles, creo yo que sin importancia para la investigación, y fruto de la pelea y posterior agonía que había librado con su oponente que ya quisiera yo saber dónde encontrar. Toda la frontal de la sudadera, vaqueros, zapatillas de deporte, la silla y el suelo justo debajo de ésta, habían formado una catarata roja que, secada con el paso del tiempo, formaba un gran coágulo tipo gelatina de las de postre industrial no apetecible sólo para paladares morbosos tipo gore.

 Toda esta escena me dejó atónito. “Y en mi propia casa“, pensaba perplejo de lo que estaba viendo. De toda mi estupefacción me sacó de nuevo un grito del guardia  que custodiaba la entrada que anunció la llegada del Juez de turno para autorizar el levantamiento del cadáver. Pedía permiso para entrar ya que, en un principio, se le denegó, según explicó después que le habían comentado, de nuevo para no entorpecer el normal devenir de la recogida de datos en el lugar del suceso.

– Pero si es el Juez, ¿cómo le ha impedido la entrada a la casa hasta ahora? – llamaba al orden el cabo Ramírez al guardia, que no estaba pasando precisamente por el mejor de sus días aunque parecía recuperado de la vomitera –. Pase señoría. Me alegro de verle, aunque preferiría verle en otros tipos de fiestas más que en estos lances. Estamos terminando con el reconocimiento del difunto por parte del presunto autor de los hechos y dueño de este piso.

– No soy propietario – mascullé o casi gemí para mí en la habitación terminando de despedirme de Nola cuando comencé a sentir las voces de la entrada cada vez más lejanas. La imagen de Nola se desdoblaba en dos e incluso en tres, para a renglón seguido volver a unirse e iniciar el desdoblamiento. Sentí un sudor frío recorrerme la cara, el pecho y la espalda. Di un paso atrás para equilibrarme e intenté avisar de lo que enseguida ocurrió.

Un estruendo de rotura de cristales alteró a toda la casa con el cabo Ramírez a la cabeza. El guardia apostado en la puerta de la habitación del crimen sacó su arma reglamentaria y le quitó el seguro apuntando hacia el interior en espera de que a él le viniera algo encima. De inmediato aparecieron, por este orden, el cabo, el guardia del salón con sus guantes de látex y el Juez con dos señores más que serían de su séquito.

 – Baje la pistola, imbécil, o cómo quiere que entremos – le recriminó Ramírez.

 – …por seguridad…el estruendo… en fin, a sus órdenes mi cabo – acataba el guardia con cierto recelo y sin dejar de mirar al interior de donde vinieron los ruidos.

fotografía de Carlos del Haro Bardeci

Entraron y me encontraron empotrado en la puerta izquierda del armario, con medio cuerpo dentro del mismo y el culo en pompa hacia fuera. Había roto la puerta izquierda al desvanecerme sobre ella y me apoyaba en la cajonera  del interior y en la mitad inferior de la puerta que quedaba indemne. Tenía, adornando la cara interna de la puerta, un espejo que era el que destrocé con mis manos y cabeza en mi caída, siendo de madera muy fina y poco pesada, “aunque queda muy bien” a  decir de Chris y del carpintero que lo construyó. Asustados comenzaron las tareas de mi rescate intentando, sólo intentando, que no sufriera más daño del que me había hecho. Sólo les faltaba tener un nuevo fiambre y perder a su inculpado, que tan fácil les había sido encontrar con lo que eso complicaría el asunto. En esas un gemido de dolor salió de mis entrañas, lo cual los tranquilizó celebrándolo todos con unas sonrisas cómplices que se mostraron unos a otros, Juez incluido. Me cogieron entre dos o tres, de hombros, caderas, muslos y hasta del trasero para descolgarme de allí. Temían por unos instantes que estuviese ensartado en algún resto de cristal y que se me descolgaran las tripas a poco que se me agitase. Por eso, y para prevenir un nuevo contratiempo vomiteril, el cabo Ramírez ordenó al guardia que antes custodiaba la entrada que volviese a su posición para a la vez seguir impidiendo la entrada a nadie que no estuviese relacionado con el caso. Este fue sustituido por uno de los guardias que subieron las escaleras conmigo.

Continuará…

Imagen de cabecera de Carlos de Haro Bardeci
Próxima entrega el 24 de mayo

One Comment

  1. Inma Acosta Inma Acosta 25 mayo, 2019

    Esto se empieza a poner interesante…

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