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Seis números rojos (III)

Viendo que el descuelgue de tripas no se producía, me sacaron en volandas hasta el salón, habitación más espaciosa y donde ya no estorbaríamos la labor del Juez y compañía para ordenar el levantamiento de los restos de la infeliz Nola. ¡Ay Nola! Tendría unos 28 años recién cumplidos. La conocimos a través de su hermana, que trabajaba de asistenta a su vez para un hermano de Fran, mi socio. Comentando en la farmacia un día que estábamos buscando una chica no muy joven, responsable, que supiera cocinar y se entendiera con bebés, coincidimos con que estaba allí la hermana de Nola, Esther, para comprar no sé qué cremas hidratantes para la cuñada de Fran, que por más cremas que se eche no tiene gran arreglo, pero como es bueno para las ventas, no le llevamos la contraria. Esta me dio el teléfono de su hermana y yo a su vez se lo pasé a Chris para la pertinente entrevista previa a la aceptación de sus servicios. Según Chris, le había parecido ideal, así que dicho y hecho. Tenía el pelo moreno, liso, media melenita, tan alta como yo y aspecto robusto. Se llevó a las mil maravillas, desde el principio, tanto con las niñas como con la que más le convenía, con Chris. A mí como me veía poco, pues ni fu ni fa. Estando contentas el resto, yo también, porque a mí lo único que me arreglaba era el comer, y tampoco yo soy muy exigente de paladar. No conocíamos que tuviese enemigos, ni nos hacía nada sospechar que tuviese un final tan triste y doloroso. Parecía, creo, que tenía un noviete con buenas perspectivas e intenciones nobles. Sólo una vez la oí hablar de que habían ido de viaje unos días, en verano, a no sé qué pueblo de la costa de donde era parte de su familia. Bueno, ya iremos conociendo más a la desdichada Nola conforme avance la trama y los sucesos se produzcan.

Estaba yo tumbado en el centro del salón, sobre la alfombra, recuperando algo mis sentidos, cuando, al grito de “apartar que a este lo arreglo yo en un decir Jesús”, el cabo Ramírez descargó una jarra de agua en mi cara. Me vi sentado en el suelo, chorreando agua desde mi cabeza empapada. Me quité el agua de los ojos que me hacía ver borroso y lo primero que vi fue la sonrisa de satisfacción del cabo que dejaba ver un diente de oro de los de antes en la fila superior de incisivos, en el que hasta ahora no había reparado. Su traje verde todavía se difuminaba a ratos por efecto del agua y del golpetazo que había sufrido en la cabeza, recuerdo del cual comenzaba a crecer un chichón en la parte izquierda de mi frente cual seta de bosque se tratase.

– Menudo susto nos has dado cabronazo. Por un momento temí hasta que te hubieses hecho daño, pero ahora todos pueden volver a verte tal y como eres, que no dejas de ser pieza clave en este culebrón. Bueno, ¿qué tal has encontrado el cuadro del dormitorio? ¿Reconoces a la de cuerpo presente? ¿Reconoces tu participación en los hechos y tu culpabilidad fuera de toda duda, o seguimos dando vueltas a esta perdiz? – refiriéndose a un guardia con libreta en ristre le comentó –. No deje de anotar todo lo que diga, puede ser fundamental en..

– ..el normal devenir de la recogida de datos del caso – completé la famosa frase que me hartaba de oír por momentos -. Pues sí.

– ¿Sí qué? ¿Se autoinculpa o qué?

– Nada de eso. Sí reconozco a la del cuerpo presente. Es Nola, la chica que trabaja, o mejor, trabajaba aquí en casa como asistenta cuidando de Rebeca, a veces de Luz, haciendo de comer y limpiando la casa.

– ¿Rebeca? ¿Luz? Agente tome nota y notifique los nombres a comisaría para comprobar los datos de estos nuevos personajes de la trama.

– Pero si son mis dos niñas pequeñas. Nola las cuidaba, hacía de canguro para que me entienda.

– No me líe con declaraciones abstractas que me conozco todos los trucos. A mí no me la ha pegado nunca un pelagatos como usted. Bien, ¿qué me dice de la estampa que ha visto ahí dentro? ¿No me negará que no sabe nada? Aquí sólo estaban ustedes dos, y una obviamente es la que se ha llevado la peor parte. ¿Homicidio pasional? ¿Discrepancias insalvables con el servicio por parte suya? ¿Algún tipo de asunto oscuro, tipo drogas o trata de blancas? ¿Dónde ha echado el arma del crimen? ¿Y las ropas que tendría en el momento de la hazaña? Sé que le costará al principio cantar de plano, pero sepa que cuanto antes lo haga mejor para todos. Incluso hay rebajas de penas por arrepentimiento espontáneo, aunque yo les daba arrepentimiento a sabandijas como usted, con un pico y una pala toda su vida y arrastrando una bola de hierro atada a su pie hasta para ir al retrete. Ya me entiende, yo soy de la vieja escuela y tenemos otros medios que esta gente joven desconoce – comentó a la vez que miraba a los guardias jóvenes que le acompañaban – y funcionan de otra manera, más dialogante. Cante o si no calle para siempre.

– Eso suena a boda – bromeé -. “Hasta que la muerte os separe” también vendría al caso, sobre todo para la pobre Nola.

– Seguimos de coña, ¿ no?. A la lechera con él. Guardias, esposadlo y aisladlo hasta comisaría, en la Plaza de los Campos. Parece que esto se va a prolongar más de lo deseado.

– Espere. Era una pequeña broma. Déjeme explicarle lo poco que sé.

Escúcheme – rogaba mientras me levantaban dos guardias tirando de mí con sus manos metidas en mis axilas. Luego cada uno cogió un brazo con sus dos manos y me empujaban hacia la puerta cuando volví a pedir cambiarme de camisa, algo de abrigo y mi cartera con mi documentación.

– Concedámosle sus últimas voluntades como gesto benévolo, para que no piense que lo único que queremos es el mal para usted. Acompáñenlo a coger una camisa nueva y la documentación. De abrigo se llevará esta especie de trenca que hay en esta silla. Pero vamos, rápido.

Cambié mi camisa “salmón lenteja” por una burdeos como los zapatos, dejando la sucia tirada en el suelo. Cogí mi cartera que nunca llevaba encima y volví al salón todo acompañado de los dos guardias. Al hacer el amago de hablar, el cabo Ramírez me lanzó la parka. Me la puse y enseguida sentí las esposas que abrazaron mis muñecas. Llegaba ahora el sonido de flashes de cámara fotográfica desde la habitación donde reposaba Nola, junto con un continuo murmullo entre el Juez y sus acompañantes, digo yo que preparando el atestado y posterior levantamiento. Sonó el teléfono provocando algún respingo e inmediatamente el cabo mandó callar incluso las conversaciones del Juez. Me fijé en que el piloto luminoso del contestador que dejé en pause estaba apagado por lo que alguien ya había repasado los dos mensajes que yo encontré, incluido el que me faltó a mí por oír. El cabo se acercó al teléfono y, mientras se llevaba el dedo índice a la boca para mandar callar, algo típico en él, pulsó el manos libres para que todos pudiéramos ser testigos de la conversación.

Fotografía de Carlos de Haro Bardeci

– ¿Sí, dígame? – respondió afeminando la voz mientras al otro lado sólo se percibía una respiración jadeante – ¿Hay alguien ahí? ¿Por quién pregunta? – seguía afeminando la voz más todavía, lo cual resultaba ridículo y cómico pero cualquiera se reía ahora en mi situación.

– ¿Está,….está Nola? – una voz femenina, temerosa y a medio camino de llorar, que entrecortaba de jadeos las palabras.

– ¿De parte de quién, por favor? – seguía amariconado, pero muy correcto el cabo.

– ¿Qué…? Qué más da…..si la ve, o si está por ahí, o ….o si puede localizarla, ¿ le podría dar un mensaje? – algo drogada sí estaba quien fuera.

– Sí, claro. Dígame de parte de quién se lo digo o dónde puede localizarla y qué mensaje es y …- “y hasta el DNI te va a decir pedazo de melón”, pensaba yo.

– Yo soy lo de menos – cortó la voz femenina, que no sé por qué me comenzaba a ser familiar –. Dígale, y dígaselo lo más rápidamente posible, que su vida corre peligro. Que no se fíe de la compañía y que se una a la media luna roja para salir cuanto antes. ¿Se acordará de todo tal y como se lo he dicho? …o ..espere….- se aleja la voz como si se separase del teléfono y con un “vete..Aaarg!!” se oyen dos golpes secos y el caer de, suponemos todos, el cuerpo al suelo.

– ¿Oiga? Aquí la policía, respóndame – a buenas horas mangas verdes. Nos mirábamos todos imaginando que si no estaba ya lista de papeles, poco le faltaría a la mujer propietaria de la voz que llamó y poco iba a poder responder a la “eminencia” Ramírez.

– Como siempge, llegáis tagde paga las chivatas. Au revoir, monsieur – se escuchó decir al otro lado del aparato a un hombre con acento francés, dicho lo cual empezó el típico pipipipipipipipipi de final de llamada.

Pulsó de nuevo el botón de manos libres el cabo para colgar la llamada maldiciendo el resultado de su charla. Para colmo habían marcado desde un número privado no identificable en el visor de mi teléfono, con lo que era del todo imposible saber de dónde provenía la llamada. Y para remate, había la posibilidad de otro asesinato que diese a la investigación mucho más enredo. En el silencio presente todos esperaban la reacción del cabo Ramírez para hacer o deshacer, hasta el Juez había oído toda la conversación y miraba incrédulo lo que podía suceder a continuación.

– Seguimos en marcha, cada cual a lo suyo. Señoría disculpe haberle interrumpido, perdóneme y prosiga con su trabajo. ¿Le queda mucho?

– No, ya casi habíamos terminado. Cuando venga los de la funeraria que suban y retiren el cuerpo antes de que la rigidez impida la entrada normal del mismo en el ataúd. Las fotos y primeras apreciaciones de los forenses ya han terminado quedando pendientes del informe de la autopsia. Termino el papeleo y me voy en diez minutos.Guardias, ya lo han oído. En cuanto vengan los de la funeraria que suban. En cuanto a este – refiriéndose a mí – lo dicho, lechera y para comisaría. ¿Qué pasa en la entrada, Jiménez?

– Aquí hay una señora con dos niñas pequeñas que dice ser la propietaria de la casa, una Chris o algo así.

– Déjeme pasar o me explica a qué viene este alboroto – discutía Chris con el tal Jiménez, mientras las niñas entre divertidas y asombradas intentaban mirar al interior de la casa. Traían gorros como de fiesta y bolsas de “chuches” en las manos.

– Tranquila Chris, ya te explicaré, o te explicarán estos señores tan simpáticos, qué ocurre en nuestra casa – dije yo mientras me aproximaba a la entrada “arropado” por los dos guardias y camino de la calle -. Hay una confusión conmigo que quieren que aclare en comisaría y yo he aceptado encantado.

– Claro tú, y no hay otro que lo pueda aclarar más que tú. ¿Y qué hago yo esta tarde con las niñas? Esperaba que al irte hoy temprano, Fran estaría por la tarde en la farmacia para que libraras y pudieras quedarte con ellas mientras voy al despacho.

– Chris, cariño, siempre pensando en los demás, compréndeme, que esto es un poco más serio de lo que imaginas – ironicé a la vez que le enseñaba disimuladamente las esposas para evitar que las vieran las niñas. Cambió su cara de enfado por una de sorpresa interrogándome con la mirada a ver si le decía algo más.

– Basta ya de cháchara y continuemos la marcha. Señora, en la comisaría de la Plaza de los Campos podrá visitar a su esposo si se le concede régimen de visitas. Llame a un abogado y que se presente allí para apoyarlo jurídicamente. Hasta que todo eso ocurra lo mantendremos aislado – cortó por lo sano el cabo Ramírez -. No os separéis de él, ¿de acuerdo?

– Pero, ¿y la herida que tienes en la cabeza? ¿Te han maltratado? – seguía dirigiéndose a mí Chris.

– No es nada. No entréis en casa y menos al dormitorio de las niñas – le recomendé tanto por lo de Nola como por la puerta del armario que a buen seguro iba a traer cola -. Llévalas a casa de tus padres y luego manda ordenar esto un poco.

– Le pediría que se mantuviese localizada en todo momento por si es necesario interrogarla. ¿Cómo ha dicho que se llama? Bueno, déjelo ya le avisaremos. ¿Están ahí los de la funeraria? Que pasen y hablen con el Juez para ver cuándo podemos ir desalojando el piso.

– ¿Funeraria? ¿Juez? ¿Qué pasa aquí? – seguía en su asombro Chris viendo como me rodeaban de nuevo los cuatro guardias armados con los que subí y desaparecíamos hacia el portal escaleras abajo – ¡ Luis! Pero …..- y oí el comienzo de sus sollozos desde lejos al que se le unió el de las niñas que no sabían nada pero lo intuían.

Fotografía de Carlos de Haro Bardeci

Ni que decir tiene cómo estaba el acceso al portal. Los cuatro guardias que se habían quedado para mantener alejada a la multitud no daban abasto con los empujones, preguntas, gritos, quejas y demás actividades que el gentío allí reunido no paraba de inventar. Al verme a mí aparecer por las escaleras comenzaron a abrir un corredor entre la gente que me llevaba a mí y mis acompañantes hasta la furgoneta, o lechera según el cabo Ramírez. “Ríete tú de la llegada de Los Beatles a Madrid en comparación con esto”, cavilaba yo al comenzar a salir del portal sin darme cuenta que uno de los gemelos del primero rompió el cordón policial y al acercárseme pregonó al mundo entero que estaba esposado “como los de las pelis de polis y ladrones”. ¡Qué gracioso el niño! Como todo lo que hacen los dos angelitos. Hasta Roberto, el dueño del obrador donde encargaba las tartas de las celebraciones de cumpleaños, y que sabía de mi buen carácter y simpatía desbordante, me miraba como si estuviese viendo al mismísimo Al Capone pasar por delante suya. Murmullos, alguna exclamación de sorpresa, preguntas de los que habían llegado tarde y miradas, muchas miradas, excesivas miradas me parecían a mí, que se clavaban por todo mí en el trayecto hasta la furgoneta. En otras circunstancias, la verdad es que yo habría husmeado igual que ellos lo hacen ahora, pues todos tenemos nuestro rinconcito cotilla que aflora sin avisar y sorprende en la capacidad de sentenciar situaciones, hechos y personas que nos permitimos, tanto apiñados en masas, como en la confianza y resguardo del hogar.

Abrieron la puerta corredera del lateral derecho de la furgoneta y me sentaron en un banco que recorría dicha pared, desde la mitad del vehículo hasta el final. A ambos lados se sentaron dos de mis vigilantes y enfrente los otros dos. Delante subieron dos de los cuatro que se habían encargado de mantener el orden en la calle quedándose los otros dos custodiando el portal para que todavía no subiese nadie. Pobre Don Carlos, esta tarde llegaría tarde a la joyería o no abriría. Con la sirena a toda pastilla salimos de allí rumbo a comisaría que tampoco estaba muy lejos. Mi calle, cercana al Paseo del Salón, dista unos centenares de metros de allí. Entramos por la puerta de cocheras al interior del edificio. Bajamos de la furgoneta y subí acompañado de uno sólo de los guardias por unas escaleras hasta las oficinas de atención al público. Se notaba que, al no estar presente nuestro querido cabo Ramírez, la cosa se relajaba al punto de que ni las armas bajaron del furgón y el resto decidió quedarse en la cochera a echar un cigarrito sin tener que aguantar a ningún mando que ordenase más estupideces.

– Aquí te traigo este presunto en referencia al asesinato de la calle Teniente Plimunt – le comenzaba a explicar al policía nacional que allí tras el mostrador no daba abasto con denuncias, llamadas que recibir, papeles a archivar, ingresos de presuntos, llamadas que realizar y demás ocupaciones propias del puesto que ocupaba y que a él maldita la gracia que le hacía –. Te lo dejo y os hacéis cargo de él ¿OK?

– Sánchez, lleva a éste al despacho dos – contestó dirigiéndose a otro policía más joven que pasaba por allí mientras cerraba una carpeta con una mano, atendía el teléfono colocado entre el hombro y su cara, deslizaba el ratón del ordenador con la otra mano y yo no sé si con las orejas, cejas, boca o nariz llegaría a hacer algo pues tiraron de mí hasta el despacho 2.

– ¡Fuera de mi vista, inútil, inepto, descerebrado, a picar piedras a Siberia os mandaba yo! – rugió una voz desde el interior del despacho dos a la vez que volaba un archivador por encima de la cabeza de un joven policía que salía por piernas de allí y que en su precipitada salida chocó con nosotros, yendo todo el mundo de bruces al suelo lo que provocó la algarabía general de los mostradores y despachos de alrededor -. ¿ Y vosotros quiénes coño sois?. Como vengáis con otra minucia, en vez de a voces, os corro a bofetadas por toda la comisaría.

Al levantar la vista desde mi posición culo en tierra apenas veía quién había detrás de la mesa del despacho, aunque sí percibía, por debajo del tablón frontal de la mesa, unas piernas colgantes de una silla de escritorio que a duras penas llegaban a tocar el suelo con la punta del zapato. “Es un tapón y el cabronazo tiene a toda la comisaría acojonada”, fue lo primero que se me ocurrió. ¿ No tenían otro despacho dónde enviarme?. Conforme me levantaba, que con las esposas puestas era algo más difícil, el tipo que veía tras la mesa con cara de pocos amigos era clavado a Danny de Vito, el actor yankee, bajito, calvorota y regordete. Podría ser simpático, pero a mala leche no le ganaba nadie. Me miró fijamente mientras entraba empujado por el guardia, que de inmediato se quitó de en medio ante lo que pudiera caernos y me dejó sólo ante el peligro plantado de pie justo después del marco de la puerta. Con el ceño fruncido, ojos semicerrados de miope y labios contraídos con tal fuerza que le temblaba la barbilla me fue escrutando de arriba abajo sin dejar un solo resquicio por analizar. Al fin con la mano derecha abierta hacia arriba, la estiró para señalarme una silla que había delante de su mesa, algo escorada a la izquierda, con gesto de que me sentase. Lo hice y seguía el silencio entre ambos, sin separar la vista de mí. Ruidos de tripas vacías, las mías. Despacito, extrajo un cigarrillo de un paquete de negro que había sobre la mesa. Lo encendió, dio la primera calada y, despacito, me lo ofreció, todo esto sin quitarme el ojo de encima. Fumar, no fumo, pero cualquiera decía que no. Agarré el cigarrillo y, sin prisas pero sin pausa, me lo llevé a los labios. Con la tensión no caí ni en que la calada que estaba dando no era apta para pulmones novatos como los míos, ni que el tabaco negro de por sí “raja” el pulmón como una navaja, y para colmo el policía no dejaba de hipnotizarme. Al aspirar el humo inicié un ataque agudo de toses que, por su violencia, a poco me abro la cabeza con el pico de la mesa con el que me golpeé, a la vez que el cigarrillo volaba justo a la entrepierna de mi incansable observador, lo cual, dado su buen humor y mi pánico en tal situación, aumentó si cabe más la intensidad de mis toses y de su enfado hacia todo lo que le rodease.

– Pero ¿es que pretendes incendiarme, trozo de carroña? – aulló dando un salto de su silla que ya quisieran algunos atletas olímpicos. Se daba manotazos en los muslos, barriga, piernas, culo y entrepiernas para evitar que el uniforme que llevaba se achicharrase y con él la parte de su cuerpo que pillara -. Maldito muerto de hambre que lo primero que haces al llegar es intentar pegar fuego a un miembro de las fuerzas de seguridad del estado y sin presentarte siquiera. Esto sólo me lo pueden enviar a mí, me cago en todo lo que se mueve – y por fin pisoteó la colilla contra el suelo, con tal gana y tantas veces, que no me hubiese extrañado terminar en la planta de abajo por hundimiento de nuestro piso.

– Lo…lo siento – tartamudeé intentando recuperarme de la crisis de tos que me impedía expresarme correctamente y del dolor de cabeza tras chocar con la mesa. De nuevo se quedó paralizado mirándome, ahora de pie, aunque en altura daba igual así que sentado – no….no era mi intención. Nunca fumo…y….¿no será usted cabo por casualidad?

– Y si no fuma, ¿ quién coño le dice que acepte el cigarrillo?. Hay que ser palurdo y torpe como usted para….y SI, SI soy cabo, ¿por qué lo pregunta?

– ¿ …y de apellido con R?

– Con R sí, Rodríguez, ¿ por qué?. Aquí quién pregunta soy yo. ¿A qué viene todo esto de cabo con R?

– Es una larga historia de cuyo inicio no quiero acordarme.

Continuará…

Imagen de cabecera de Carlos de Haro Bardeci
Próxima entrega el 27 de mayo

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