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Seis números rojos (IV)

– Poeta el chico – dijo con ironía el tercer cabo con R de la tarde –, pues o empiezas a cantar de plano o, amigo, se te va a caer todo el poco o mucho pelo que te quede – de nuevo el interés por mi caída capilar que tan poco me había gustado antes pero que era, al parecer, asignatura de elevada importancia en los cuerpos de seguridad -. Vaya cómo se te ha puesto el chichón de la frente. Para que veas mis buenas intenciones, ya que pareces buen muchacho, y recuperes ideas frescas, te voy a enviar un rato a enfermería aquí al lado para que te echen un vistazo los matasanos. Ve aclarando ideas porque cuando vengas, supongo, que estará ya aquí el cabo Ramírez de la guardia civil además de yo mismo, dos de tus últimas adquisiciones de amistad. Te hayan curado o no, cuéntanos todo lo que sepas y te preguntemos, ¿conforme?. Te doy este impasse para que recapacites. Aprovéchalo porque luego se acabó el mimarte. ¡SANCHEZ ¡ VENGA AL DESPACHO – acabó gritando. El tal Sánchez era el policía que me condujo antes aquí. No sé si preferiría seguir estresado entre carpetas y gabinas de cochero o entrar al despacho del cabo Rodríguez. Cuando apareció la orden fue escueta –. A enfermería con éste, que le vean la frente y rápido de vuelta. Respondes con tu vida, ¿entiendes?

Cómo no va a entender el pobre Sánchez si ni siquiera subió la cabeza para no enfrentarse con la mirada de su jefe. Asintió tres veces bien calculadas y asiéndome del brazo derecho, me levantó y salió conmigo conduciéndome por pasillos en los que veías de todo: otros esposados custodiados esperando en otros despachos a los que se les notaba cierto aire de veteranía en estas lides, prostitutas detenidas, vete a saber por qué, que vociferaban sapos y culebras al ser requeridas para su declaración, familiares, supongo que de detenidos, que pedían explicaciones y que los dejaran ver a sus mártires, abogados bien trajeados gestionando libertades, en muchas de las cuales no creen o tiene muy serias dudas, policías descamisados, sin afeitar y de modales obscenos, frente a otros que, al no ir de uniforme y sí bien maqueados, y con mejor trato popular, diría que parecían secretas; incluso había hasta los bidones de agua potable que ves en las películas con sus vasos de plástico de un solo uso y que dan burbujitas hacia arriba cuando los usas. Terminamos nuestro periplo desembocando a un largo pasillo en cuyo centro estaba la puerta de lo que un letrero verde anunciaba como enfermería. En cada extremo del mismo había salidas a la calle vigiladas por un policía cada una. Eran puertas de acceso restringido sólo a los agentes, que se utilizarían para tener una llegada sin público en caso de detenciones impopulares o en necesidades de asistencia sanitaria tras reyertas o accidentes. Sin pausa traspasamos la entrada de la enfermería y nos encontramos a una enfermera cuarentona que tonteaba con un jovenzuelo por el que yo apostaba sería el médico de guardia. Los dos se pusieron rápidamente en sus respectivos papeles disimulando unas explicaciones de curaciones sin mucho sentido. “Poco trabajo tienen estos y venimos a fastidiarles el único entretenimiento que les queda”, comprobaba yo al entrar. La enfermería se llamaba así porque tenía un letrero en la puerta, pero si en vez de eso ponen “trastero”, hubiese servido igual. Se notaba que poco uso se le daba a las “instalaciones”. Estas eran un cuarto de cuatro por cinco metros con una camilla, una mesa que se notaba era de las sobrantes de oficina que, o se utilizaba allí, o iba directa al chatarrero, dos sillas pintadas con poca destreza de blanco para hacer juego con el lugar, dos vitrinas con algún medicamento caducado, o a punto de, una pequeña nevera que a saber qué contenía y, acumulados en un rincón, tres muebles archivadores de carpetas que contendrían expedientes del año catapum. Lo mejor, de todas maneras, era el color de las paredes, un gris cenizo con innumerables desconchones por los que asomaban los ladrillos del muro. La luz la constituía una triste bombilla colgando del cable sin más adorno que el polvo que su parte superior acumulaba. Sin ventanas y sin aireación ninguna el olor humano era mucho más evidente que de donde veníamos. Los dos pinchoncitos no se darían cuenta, pero el que venía nuevo casi curaba por no estar allí mucho rato. Logré disimular mi repulsivo entrar y sentarme en la camilla.

Fotografía de Carlos de Haro Bardeci

– Aquí os lo dejo un momento y aprovecho para salir a comprar tabaco en el estanco de enfrente. Son dos minutos. Rodríguez dice que le miréis no sé qué en la frente. Bueno, que os lo explique él mismo. Y tú – dijo refiriéndose a mí –, ni una jugada rara que me la cago contigo. De todas formas, no le quitéis las esposas, cierro con llave y aviso a quien esté en la puerta para que esté atento. No parece peligroso, pero a ver si despierta su instinto y la liamos. Ahora vengo – y cerró la puerta desde fuera.

– Adiós simpático – dijo la enfermera en cuanto lo hubo perdido de vista y segura de que no lo oiría -. Este tío cada día está más amargado con Rodríguez. Es la chacha del Nº 2 y eso, a un tío orgulloso como él, no le sienta muy bien. Bueno, Don Fermín, vamos a lo nuestro – cerraba sus divagaciones en voz alta.

– Eso, atendamos a este señor y no lo mezclemos con nuestros problemas laborales que supongo le importarán un pito. ¿Qué le sucede? – me interrogó.

– A la vista está que me crece en la parte izquierda de mi frente un nuevo compartimento en mi azotea – dije intentando restar importancia al asunto – fruto de sendos cabezazos a un armario y al pico de una mesa.

– ¿Y esa afición viene de familia? – comentó riéndose Don Fermín al que parece caí en gracia. Reímos todos y al acercarse a ver de cerca mi porcino se apartó alarmado por unos gritos que venían del pasillo. Miró la enfermera por el cristal de la puerta, que aún estando enrejado, permitía por sus finos barrotes ver el pasillo por donde yo entré, y se percató de un ir y venir de policías hacia las dos puertas de salida, tanto la que da a la misma Plaza de los Campos como la que da a la calle de Santo Domingo, a las espaldas de la entrada principal -. ¿Pasa algo ahí fuera?

– Dame las llaves de esta puerta que vienen heridos – tuteó ahora sin dudar la enfermera – y parece que son varios.

– Socorro, abran rápido que se muere – chillaba un agente tras el cristal -. Está herido de bala. ¿Pero por qué coño no abren?

Tras abrir la puerta la enfermera, me empujaron de la camilla para poner allí el cuerpo inconsciente del agente herido que traían entre dos policías compañeros. Buscó pulso Don Fermín en la mano derecha a la vez que auscultaba el pecho intentando hallar algún rastro de latido cardíaco. Hizo ocho o diez masajes en pecho, tras un boca a boca poco convincente, y lo dio por muerto, aunque con sólo apreciar la mancha de sangre que empapaba todo el uniforme a la altura del abdomen, y que había dejado un río rojo tras su estela, no había que ser Don Fermín para saber que poca solución tenía. No dando tiempo al descanso sonó el walkie-talkie de uno de los dos policías informando que hacía falta que el médico se desplazara a la cercana Plaza de Mariana Pineda donde otro policía herido requería sus servicios, esperemos algo más productivos que estos últimos. Menudo cacao. Don Fermín recogiendo el maletín. Los dos policías apremiando histéricos y maldiciendo la suerte de su compañero muerto por un atracador, al parecer, en la sucursal bancaria de la Plaza Mariana. La enfermera recogiendo “vendas, suero, jeringas, catgut de sutura, agujas, …” todo cuanto le decía Don Fermín.

– Vamos ya, coño, que a este paso se os muere también el otro – increpó uno de los policías – Salgamos zumbando cuesta abajo a ver si llegamos a tiempo.

– Ya está. ¿Ve como tampoco hemos tardado tanto? – replicó Don Fermín -. Usted ni se mueva de aquí que volvemos enseguida y veremos su herida. Creo que su cura puede esperar un rato todavía – se refirió a mí que había estado, y estaba aún, todo el tiempo paralizado en una esquina y más callado que el de la camilla -. Cierren la puerta al salir.

Fotografía de José Luis León Padial

Tras Don Fermín salió a toda pastilla la enfermera, y tras ella los dos policías, en tropel, que se limitaron a dar un portazo a sus espaldas jaleando al médico para que, en vez de correr, volase. Me quedé solo. Bueno, en “compañía” del policía de la camilla que era poco hablador. Contemplé la situación en global. Cómo se me acusaba de algo que obviamente no había hecho. Cómo estaba en comisaría aislado, con un futuro interrogatorio negro, en donde querrían que cantara lo que ellos les venga en gana y, lo que es peor, con pocas perspectivas de investigación seria dada la naturaleza de los agentes que me habían tocado en la supervisión de los hechos. Además, hacía rato que había reconocido por fin la voz que llamó a casa y habló con el cabo Ramírez advirtiendo lo que ya era evidente. Era Esther, la hermana de Nola. Aunque distorsionada por el miedo, pero el timbre de su voz me fue familiar enseguida. ¿Qué lío tendrían las dos hermanas que derivara en este final?. ¿ Qué peligro sería el que acechaba a Nola?. ¿ A qué compañía se refería de no fiarse?. Y, ¿a qué media luna roja debía unirse? Resolviendo estos enigmas sabía que conseguiría lavar mi nombre, pero ¿quién investigaría todos estos interrogantes? ¿El cabo Ramírez? ¿ El cabo Rodríguez?. Estaba seguro que a ambos lo que les urgía era darme como culpable cuanto antes mejor y dar carpetazo al asunto conmigo, y mis huesos, en la cárcel. Les había salido todo redondo conmigo dentro de la casa y esa llamada de teléfono les puede trastocar un poco sus planes a la hora de resolver el caso. También me preguntaba si tendría algo que ver con esa media luna roja la que vi tatuada en el dorso de la mano del chico que preguntó al cabo Ramírez por El Terrao. Podría ser una forma de comenzar las investigaciones. Pero cualquiera les sugiere algo a esta panda de necios. Pensé que lo mejor podría ser indagar por mis propios medios. ¿Pero cómo hacerlo si estoy detenido, aislado y sin capacidad de movimientos? Comencé a registrar a toda prisa al inquilino de la camilla tomando prestado, probablemente por tiempo indefinido, sus gafas de sol, su cartera con la documentación y placa, un pequeño móvil de una conocida marca cuya publicidad hacía hincapié en la duración de sus baterías sin tener que recargarla, y ésta estaba recién cargada, así como de una diminuta pistola que escondía bajo los bajos del pantalón del uniforme y que era independiente de la oficial que portaba al cinto algo más armatoste. Todo lo iba metiendo en los bolsillos de mi parka. Tras esto me volví a la puerta escudriñando el exterior y viendo que no había moros en la costa, tiré de la puerta para abrirla cuando me percaté de mis esposas. Vuelta a registrar al policía hasta encontrar un pequeño llavero con cuatro o cinco llaves que supuse eran maestras para todos los cerrojos de este tipo. La tercera entró perfectamente y sin problema me libró de mis ataduras. Tiré el manojo de llaves al suelo menos la que había utilizado que, junto con las esposas, me las guardé también en el abrigo. Me lavé algo las manos para quitarme restos de sangre del anterior registro en un lavabo que tenían para Don Fermín con más lamparones que la bata de un forense, y ahora ya sí me dispuse a salir al pasillo. A pesar de haber cerrado de un portazo el policía la puerta no fue difícil escapar desanclando la otra hoja de la misma, de sus cerrojos superior e inferior, y pegando un tirón de ambas hojas hacia mí con la suficiente fuerza como para vencer la débil unión que quedaba entre ambas.

Fotografía de José Luis León Padial

Corrí hacia la salida que daba a la calle de Santo Domingo, pues la otra es por donde regresarían luego Don Fermín, Sánchez y compañía. ¡Pobre Sánchez ! Se le caerá el pelo. Ninguna pena me da. Que espabile y no se escaquee más. Con el paso acelerado llegué a la Plaza de Santo Domingo y luego seguí en dirección al Realejo. Me acordaba de unas callejuelas con casas abandonadas, Los Palacios decían con sorna, que eran refugio de drogatas, okupas y mendigos, que visité en una ocasión, haría año y medio aproximadamente, junto con voluntarios de la Cruz Roja para llevar comida y medicinas a gente sin techo, o con techo derruido, en una actividad que pretendía ser más frecuente y que no se volvió a repetir por falta de subvenciones municipales creo. Allá por la Plaza del Realejo, reconocí una de aquellas ruinas y, tal como en aquella ocasión tuvimos que hacer, trepé por una de las ventanas que no estaban tapiadas, o escasamente con ladrillos mal adheridos, y me introduje para pasar allí las próximas horas. Eran sobre las siete de la tarde y no hacía mucho frío. Para quitarme un poco de la vista me adentré algo en el edificio y subí por unas escaleras al piso de arriba. Conforme subía comencé a ver luz y oír voces procedentes del piso donde yo iba. Al llegar arriba, tres hombres y una mujer estaban sentados en sillas de tapicerías raídas alrededor de un camping gas pequeño, fumando unos y comiendo otros, en lo que parecía una charla entre amigos. Uno mandó callar a los demás al percatarse de mi presencia. Era el mejor vestido, de forma juvenil, como dicen ahora. Levantándose me dejó ver que para ayudarse en el comer, portaba en su mano derecha una navaja de unos 15 centímetros de hoja a la cual echaba mano para ese menester y, si hiciera falta, para otro.

 – Tranquilos, soy gente pacífica. Vengo buscando a alguien que no es ninguno de vosotros. Os enseñaré su fotografía por si le conocéis – les hablaba a distancia para no asustarles. Despacito metí la mano en mi parka y extraje la cartera del policía confiando que tuviese alguna foto suya sin uniforme. Encontré una foto carné en la que por lo menos tenía 15 años menos, pero eso daba igual en esa situación. Se la mostré de lejos y les pedí permiso para acercarme -. Si le reconocierais me haríais un gran favor – mentí aproximándome poco a poco.

– ¿Eres poli? – preguntó la mujer del grupo rubia, pelos largos ondulados y enmarañados, de unos cuarenta largos y con un vestido floreado como de hippie que dejaba ver, en su escote generoso, un par bien puestas. Era atractiva y en su momento tuvo que serlo más.

 – No os voy a engañar. Sí lo soy, pero no temáis. Lo que aquí vea, oiga y hable con vosotros y lo que podáis estar tramando o haciendo me lleva al fresco. Necesito encontrar a este hombre urgentemente. Es un violador peligroso y hasta ha asesinado a alguna de sus víctimas. Llevo unas semanas tras su pista y me han soplado que anda por aquí. ¿Lo habéis visto alguna vez? – seguí con mi trola para ganar tiempo y poder seguir escondido en ese lugar a pesar de que por dentro de mí todo temblaba y gentuza como aquella podía poner incluso en peligro mi existencia.

 – ¿ Y cómo sé que es verdad lo que nos dices?.    ¿Tendrás algún carné o placa que te identifique? – seguía mandando la mujer al tiempo que el de la navaja parecía bajar la guardia.

 – Bueno, sí, tengo mi placa. ¿Te vale? – y se la mostré de la cartera del policía fallecido -. Además como hay compañeros esperando instrucciones mías para intervenir este edificio voy a llamarlos y decir que esta zona la despejen al no haber encontrado nada y así podemos charlar más cómodos ¿OK? Y si tenéis entre manos algo truculento, no de sangre, esta noche por lo menos no os molestará nadie.

– A ver, llama a esos compañeros que comprobemos lo que prometes, ya que la placa sí es real, pero no intentes ninguna gracia que te cuesta el hoyo, ¿eh? – me instó el de la navaja a la vez que tocaba la placa con la punta de la misma. Busqué en la agenda del teléfono un número grabado que se identificara con algún policía o comisaría hasta que me apareció el del cabo Rodríguez. “Vamos a darte las buenas noches”, pensé para mí. Marqué y le di el teléfono al de la navaja para que leyera el número identificado y luego oyera quién se ponía al otro lado

– Comprueba que es mi jefe, el cabo Rodríguez. Pero prepárate a recibir una buena reprimenda – le advertí.

 – Aquí el cabo Rodríguez, ¿quién coño es? – respondió desde su despacho enfurecido. Rápidamente el tipejo de la navaja me devolvió el aparato con gestos de que fuera yo el que siguiera la conversación. Me volví para que no oyeran ni de lejos la voz del cabo y hablé con toda naturalidad y sin darle tiempo a respirar –. Hola jefe, soy yo Luis. Mi zona está despejada y el pájaro voló del nido hace ya rato según me cuentan fuentes dignas de todo crédito. Yo sigo mi investigación hasta que aclare todo respecto del caso y vea si el acusado por usted es culpable o no. Ahora tengo que colgar y desconectaré el móvil hasta que tenga nueva información, no vaya a gastarse la batería, que ya se sabe suele fallar cuando a uno más falta le hace. Me voy de la zona al otro punto de sospecha. No se preocupe por mí que estaré en contacto. Corto y cierro – y colgué y apagué el móvil mientras al otro lado del teléfono el cabo Rodríguez no paraba de lanzar improperios varios contra mis ascendentes, descendientes y contra todo el que le rodea a la vez que me ordenaba entregarme lo antes posible por mi bien y el de la humanidad, jurando por lo más grande que daría conmigo aunque fuera lo último que hiciese en su vida profesional.Me miraron los cuatro con cierta incredulidad. Se volvió a sentar el de la navaja y me invitó a buscar entre los restos de un montón de sillas viejas apiladas en otra habitación, una que me pudiera servir para sentarme con ellos.

– Manda narices – se sorprendía la mujer – hasta un pasmarote vamos a tener en la banda. Pues a mí no me suena la cara del quinqui éste que buscas. ¿Y dices que está por estos barrios? – preguntaba pasando la foto a los otros dos que permanecían callados hasta la fecha y que también negaron con la cabeza cualquier reconocimiento del policía -. Por cierto, ¿qué te ha pasado en la frente? Tienes un porcino como mi puño – exageró un poco.

   – Gajes del oficio – no quise especificar más.

 – Si de verdad buscas a este tío por aquí cometes un fallo imperdonable – comenzó a explicarme el de la navaja al acomodarme mi silla entre la suya y la de la mujer -. Vas vestido demasiado bien como para pasar desapercibido y no levantar sospechas entre gente como nosotros. Debieras llevar un abrigo menos llamativo, zapatos que no sean precisamente los castellanos que llevas y, si acaso, algo más despeinado y con un afeitado menos apurado. De lo contrario puedes salir mal parado la próxima vez que topes con gente así. Al  tipo de la foto tampoco yo lo conozco, pero por un poco de pasta puedo mover mis enlaces a ver qué podemos hacer.

Fotografía de José Luis León Padial

 – No quisiera molestaros ni tampoco levantar demasiado ruido vayamos a que de verdad escape el tipo – comenté yo intentando limitar el interés por buscar al poli vayamos a que alguien lo reconociera de verdad –, pero en el vestir creo que llevas razón. Llevo tiempo comentando lo mismo con mis jefes y ni caso. Ellos opinan que un secreta debe ir bien vestido, y yo creo que, dependiendo del momento, es aconsejable algo de camuflaje o disfraz. Podemos llegar a un acuerdo – proseguí calculando que éste vestía y calzaba aproximadamente la misma talla que yo -, siempre y cuando estés de acuerdo. Como a mí la ropa me la proporciona la Jefatura, y puedo declararla como extraviada o cualquier otra causa, te propongo un cambio de mi parka y mis zapatos por tu cazadora y tus botines – la primera de cuero negro algo pasado y los segundos, también negros, y de piel artificial que no durarían mucho pero que a mí podría cambiarme el aspecto para pasar más desapercibido -. Qué opinas, ¿aceptas?

 – ¿Y la camisa burdeos? Me gusta la tela que tiene – añadió el tipo. “Tonto que es y mal gusto que tiene el muy jodido”, pensaba. La camisa era del cocodrilo famoso, costaba una pasta y además era regalo de mi mujer por el día del padre. Verás qué disgusto junto con la puerta del armario, pero la investigación lo requería -. Si incluyes la camisa, me lo pienso un rato.

– OK, tú decides.

 Ni pensárselo ni historias marineras. Dicho esto se quitó la chupa, los botines y su camisa, también negra y esperaba que no muy sudada, colocándolo todo al lado mía y comenzando a palpar la tela de la parka que también era de su agrado. Hasta me regaló una gorra tipo béisbol azul marino con unas letras blancas que decían “Warriors”. Me desnudé e intercambié mis atuendos con él previo al vaciado de los bolsillos de la parka para amontonar las gafas, móvil, cartera, esposas y pistola del policía en mi silla. Al ver el arma quedaron mudos un momento pero luego siguieron como si no le dieran importancia al detalle. Una vez vestido y colocado en la chupa lo extraído de la parka, me quedé de pie ante ellos para recabar sus opiniones acerca de mi nuevo look.

 – Hombre, no eres el agente 007 ni tampoco tu percha es la mía, algo más conseguida, pero despeinándote un poco y cuando te crezca algo la barba mejorarás. De todas formas, el trato está cerrado y aunque me lo ruegues por lo más grande no te devuelvo toda la ropa ni muerto. Por estas prendas sé de quien mataría incluso. Se les puede sacar una buena pasta si se mueven bien y sin problemas legales. ¿No estarán marcadas por la pasma de alguna forma?

– No, de ninguna forma, tranquilo. Si estas, aunque no lo pongan por ningún lado, nos las fabrica la misma industria textil que al Corte Inglés – le dije para dar más bombo a su trueque y soltaron un “¡Ah!” de admiración todos al unísono -. Tú mismo has comprobado la calidad de las telas. Para vosotros es algo nuevo, pero nosotros cada dos meses podemos recibir ropa nueva sin cargo alguno. Esto, poca gente normal lo sabe, así que tampoco vayáis publicándolo por  ahí. Para no desprestigiar a los Cuerpos de Seguridad del estado. Bueno, y ahora que hemos intercambiado prendas de vestir, que hemos intimado un poco, y mientras hago tiempo a ver si doy otra ronda por las casas de alrededor o aparece el rufián que busco, ¿no tendríais algo de beber por ahí, sin alcohol por supuesto, ya que estoy de servicio? Tengo la boca seca.- Sí hombre, agua hay toda la que quieras de un grifo ilegal en el mismo cuarto de dónde has cogido la silla, y vasos puede quedar alguno de plástico en la bolsa de las provisiones, como la llamamos nosotros, detrás de una puerta rota que hay al lado. Sírvete tú mismo, como si estuvieses en tu casa – hablaba satisfecho tras su exitoso canje.

 Fui hasta allí y me encontré los restos de una puerta blindada apoyados contra la pared, a la derecha del montón de sillas. Al mirar en el hueco que quedaba entre ésta y la pared, vi una bolsa de deporte pequeña, azul y blanca, de la que asomaba una ristra de 10 ó 12 vasos de plástico de supermercado. Extraje la bolsa y noté que dentro había también alguna lata de conserva. Me volvieron a crujir las tripas recordándome que en todo el día apenas había comido nada. Al sentirse el sonido de mis entrañas en el silencio de la otra habitación, me invitaron a traer hasta la reunión la bolsa entera. Saqué un vaso, lo llené de agua del grifo y me volví con ellos de nuevo cargando con la bolsa. Los dos hombres que no habían abierto la boca en todo este tiempo se habían largado, dejándome en compañía de la mujer y del conocido ya por el de la navaja. Le di la bolsa esperando que invitase a algo comestible. Hurgó por el interior buscando no sé qué hasta extraer una lata de cerveza.

 – Como tú no bebes alcohol, esta nos la bebemos entre Marga y un presente. Me llamo Mike, Mike Rivers es mi nombre artístico, salvaje, para la jungla y chusma con la que me codeo. Es igual que el nombre de un famoso cantante pero camuflado con el idioma de Shakespeare. Ingenioso, ¿eh?. Es que tengo una mente privilegiada amigo. Por cierto cuál es tu nombre, ¿algún alias espectacular?. ¿ Alguna clave para no ser reconocido?. ¿ Una familia arraigada en el oficio?. Cuéntame algo de ti y de tu trabajo.

Imagen de cabecera fotografía de José Luis León Padial
Próxima entrega el 29 de mayo

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