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Seis números rojos (V)

-Poco puedo decirte pues toda mi vida es secreta, aunque sí te diré que a veces he usado tu propia táctica de dar nombres en inglés para enmascarar las situaciones. Louis of the Castle, por ejemplo. Veo que podrías tener algún espíritu de inspector dentro de ti – intenté aumentar su estima por mí alabando lo que a este se le ocurría decirme -. A veces he usado alias, otros sobrenombres, seudónimos o apodos variando sus orígenes para que no puedan ser descifrados.

– ¡ Aaaah! – se pasmaba mientras yo le hablaba sin siquiera saber qué decía – y el más común que usas ¿ cuál es?. Lo digo por si alguna vez me hiciese falta tu ayuda en situación comprometida o tuviese que identificarte ante alguno de tus colegas para evitar sacudidas innecesarias de mi persona…

– Anda y deja tranquilo a nuestro invitado, que bastante tiene con aguantar el olor que saldrá de tus ropas como para también soportar las tonterías que discurren por tu cabeza. Ya metidos en faena, y con la confianza que hemos adquirido, ¿no podría hacer nada por un hermano mío que está en Quatre Camins en Barcelona? – intentó desviar Marga al tema que a ella le interesaba -. Aunque fuera un permisico de fin de semana al mes, pero que viera lo que tiene fuera. Lleva siete años entre rejas y otros siete u ocho le quedan. Total, por dar un palo en uno de los bancos más ricos de Barcelona y tener que salir utilizando algo de intimidación…

– Joder, intimidación dice, pero si dejó por el suelo a tres personas a base de balazos. Y todavía puede dar gracias a Dios de que sólo dejó un inválido y, él, salvó el pescuezo de milagro – intervino Mike para no dejar al hermano de Marga como un santo que no había roto un plato en su vida -. No sé cómo lograron sacarlo de allí sin llevarse el linchamiento que se merecía.

– Bueno, sin pelearse, que yo cuanto menos sepa de esos asuntos mejor. Es de noche y no he probado bocado en todo el día detrás del golfo éste. ¿No tendríais algo para echar a la boca y matar el gusanillo?. Creo que me espera una madrugada de guardia e investigación y no tendré mucho tiempo para ir a casa a comer algo – pensaba en las latas que había visto en la bolsa de las provisiones -. La mente sin gasolina es más espesa y mi cabeza parece pasar por un período viscoso. ¿Hay algo o no, Mike?

– Aquí siempre algo queda de reserva. Nosotros ya habíamos comido algo cuando llegaste, así que veamos qué encontramos por la bolsa. Dos latas de sardinas en aceite, una de calamares en tinta americana y otra de aceitunas. Están caducadas, pero saben igual que recién hechas. Las conseguimos en un supermercado de aquí cerca que las tiran al contenedor por las noches al cerrar y, si no nosotros, cualquier otro habitante de Los Palacios o alrededores se hace con ellas y sirven de comida a una población bastante amplia. Imagínate con lo que tarda en caducar una lata de estas y estos tirando si no todas las noches, casi todas, latas de todo tipo. Dónde deben de comprarlas y a qué precio para que se las den, y ellos las vendan, casi caducadas. Pero bueno, comer hay que comer, y si es gratis pues eso que ahorras. ¿ Cuál te apetece?. Yo te recomiendo unas sardinitas de primero y calamares de segundo. Las aceitunas a veces saben algo rancias. Lo que no tenemos es pan del día. Algún chusco de lo que nos sobró ahora sí que queda, pero no te garantizo que tenga menos de seis días.

– No importa – disimulé recordando las lentejas famosas que debían de estar de aúpa, pues a Nola le salen, o mejor, le salían, para resucitar a los muertos, nunca mejor dicho -. Seguiré las recomendaciones del chef y disfrutaré de esta opípara comida no pagada en las dietas del mes que viene.

Fotografía de José Luis León Padial

Devoré las dos latas y el chusco de pan ante la mirada atónita de mis dos acompañantes de cena, al mismo tiempo que seguimos hablando de temas triviales. Incluso una parte de pan, que presentaba comienzos de moho, la enmascaré mojando el aceite de las sardinas y la salsa de los calamares. A gloria me sabía tras el día en ayunas y repleto de sobresaltos, pero me rondaba una intranquilidad de cómo seguir mis investigaciones perseguido por la justicia. Miré la hora y, entre pitos y flautas, había pasado allí cerca de tres horas. Debía buscar El Terrao y hablar con el chico de la media luna roja. Calculaba que entre mi dinero y el de la cartera del policía, más bien poco, disponía de un capital de unos 240 euros, cuarenta mil calas de las de antes.

– ¿ No conoceréis el bar El Terrao?. Me soplaron que por ahí podría ser otro sitio frecuentado por el tipo que busco y me gustaría hacer una visita para ver el ambiente.

– Sí, lo conozco. Es un antro que de día da el pego de bar cafetería y por las noches se puede encontrar de todo. Marga estuvo allí trabajando una temporada al llegar a la ciudad, pero por discrepancias monetarias, y cuestiones de la edad, no hubo acuerdo para renovar el contrato. ¿No es así cielo?

– Chispa más o menos –respondió ella sin muchas ganas de hablar del tema-. Hice de puta fina unos diez meses. Ganaba una pasta. Pero de eso ya hace unos años, aunque en todo este tiempo creo que no se ha reformado el local, ni en chicas, ni en su arquitectura. Me rifaban los altos cargos de la ciudad. Y todavía conservo bastante de mi sabiduría carnal, ¿o es que no se nota? – se levantó y se volvió a sentar contoneando el cuerpo de forma muy sensual -. Si te apetece alguna vez un buen servicio, llámame. No te arrepentirás y te haré un buen precio. Si como dices, vas a visitar El Terrao, pregunta por Leandro El Mechas. Negro, brasileño, muy alto, pero es el único que vale la pena de la escoria que allí habita. Pone las copas y cuida de aquello. Si le dices que vas de mi parte, seguro que algún detalle tiene contigo. Todavía recuerdo lo bien dotado que está y las alegrías que nos hemos dado juntos.

Fotografía de Rocío SweetShot

– El Terrao lo encontrarás a espaldas del Hotel Viejo Albaicín, en una bocacalle de la Cuesta del Caidero, junto a la calle Vinuesa. Calle Cuartelillo creo que se llama – apuntó Mike -. Es gracioso, Cuartelillo, lo mismo lo llevan colegas tuyos. ¿Eh? Coges el chiste.

– Estás inspirado Mike –le respondí-. No sería de extrañar que de verdad lo llevaran otros secretas como tapadera de sus investigaciones en los bajos fondos. Ja, ja, ja, ja – sonreí hipócritamente, a lo que ambos respondieron con otras risotadas. También me sonó familiar lo de la calle Vinuesa, por la que también preguntó el de la media luna roja. ¿Serían solo coincidencias?

Me levanté con el estómago algo más calmado y comencé a despedirme de Mike y de Marga, prometiendo a ésta que preguntaría por el caso de su hermano y, que conociendo dónde solían parar a cenar, no sería difícil que nos encontrásemos por allí a menudo. La idea no les pareció mal, según reflejaban sus caras complacidas al estrechar mi mano Mike, y al acercarse para darme dos besos Marga, momento en el que pude sentir en mi pecho el suyo desprovisto del más mínimo sujetador, lo cual no hacía que perdiera un ápice de firmeza. No recreándome en este detalle marché a la calle con mi nuevo look. Me puse, a pesar de ser de noche, las gafas de sol y la gorra para disfrazar aún más mi aspecto. Destino: la calle Cuartelillo, el bar antro El Terrao. Deambulé por calles estrechas del Realejo bajo sin encontrar ningún policía ni Guardia Civil que eran mis principales temores. Pensaba en mi familia. En Chris, las niñas, en si alguien habría puesto orden en casa al desaguisado que había allí. En qué tipo de controles y búsquedas estarían llevando a cabo para dar con mi paradero. Paré en un viejo portal y encendí el móvil para llamar a casa de mis suegros. Suponía que mi teléfono estaría controlado y no sería fácil hablar con nadie. Esperaba que Jose y Rosa, los padres de mi mujer, pudieran darme una idea de cómo estaba la situación. Sonó la llamada quince o dieciséis veces y nadie descolgó. Lo intenté de nuevo y tampoco lo cogieron. Me acordé de mi cuñada Patricia e intenté recordar su número. Me acordaba pero de los nueve números dos me bailaban de posición, es decir, no sabía si era 36 ó 63. No importaba, como el teléfono me salía gratis comencé por el 36. Sonó y, cuando comenzaba a perder la esperanza, descolgaron.

– ¿Sí, quién es? – oí la voz familiar y apesadumbrada de mi cuñada.

– Patri, soy yo, tu cuñado. ¿Puedes hablar libremente o te vigilan?

– A ratos sí, a ratos no – mientras se oía una voz en susurro interrogando sobre la llamada.

– ¿Y ahora?

– No.

– ¿No puedes hablar o no te vigilan?

– No puedo hablar, me están interrogando sobre…

– Dinos dónde te escondes y todo irá mejor – interrumpió la conversación una voz de hombre que supuse sería de algún agente de la policía o Guardia Civil -. Entrégate que bastante has liado las cosas como para que juguemos al escondite un rato. Antes o después, te encontraremos y las cosas se pueden arreglar sin perjudicar a nadie más.

– Identifíquese o no seguiré hablando.

– Soy el comisario Peana, Andrés Peana. ¿Se puede saber…?

– Escúcheme Peana. Voy a ser conciso y le ruego que no me interrumpa. No he visto interés por parte de ustedes de investigar el caso lo más mínimo. Se me acusa de algo que, créalo o no, no he cometido, ni yo, ni nadie de mi familia. Tengo una pista muy fiable que creo me llevará a poder desenmarañar esta intriga y dará con el auténtico responsable en sus manos. En cuanto lo pueda probar usted será el primero en ser informado. Pero mientras, no puedo fiarme de sus buenas intenciones ni de las de ninguno de los que le rodean. Yo soy el primero que no quiero liar más las cosas ni jugar al escondite que usted cree. Ni yo, ni nadie de mi familia sabemos más de esto que lo que ustedes han podido recopilar en mi domicilio. Por todo esto le informo que de entregarme nada de nada. Lo volveré a llamar en cuanto tenga noticias. Un saludo y espero que hasta pronto – tras esto apagué el móvil sin darle otra opción al comisario. Me sonaba el tal Peana de los números que repasé en la agenda del móvil en la llamada que hice con Mike. Calculé que el resto de casas de mi familia estaría igual de controladas, por lo que descarté más llamadas. La situación no era optimista pero algo me animaba a llegar por lo menos a conocer a Leandro El Mechas e intercambiar opiniones y conocidos con él.

Fotografía de José Luis León Padial

Llegué hasta la unión de las calles Vinuesa y Cuartelillo, escasamente iluminadas por nuestro querido Ayuntamiento y empeoradas por los diferentes vándalos que por allí rularían. El silencio se podía cortar lo cual junto a la poca visibilidad no tranquilizaba mucho mis ánimos. Al inicio de la calle Cuartelillo se podía ver un letrero luminoso, de banderola, negro y que con letras rojas anunciaba El Terrao, o por lo menos lo dejaba intuir, pues estaba bastante deteriorado por el tiempo y por más de una pedrada que algún cliente insatisfecho, o transeúnte maleducado, le había propinado a lo largo de los años. La puerta gris metalizada estaba cerrada y tenía una luz roja encima con dos amplios ventanales a los lados, asimismo cerrados, con sus persianas gris metalizadas. Otro escaparate prolongaba el local, a la izquierda del ventanal del mismo lado, por lo menos otros quince metros pero también presentaba cerrojazo con su correspondiente persiana gris metalizada. Se notaba que, con ese cierre nocturno de la visión al exterior, se quería dar privacidad a todas las actividades que se desarrollasen sin que ningún testigo importuno pudiera denunciar o reclamar por ello. Estudiando la puerta de entrada no conseguía entender cómo cualquier cliente que pudiera venir en esos momentos podría tener acceso al interior, pues ni había timbre de llamada ni nada que se le pareciese.

Sentí voces y risas que venían de la calle Vinuesa. Me volví buscando un refugio para ver sin ser visto. Metido en un ruinoso y maloliente portal, de puerta de madera carcomida por no sé cuántas generaciones de termitas, portal de una cochambrosa casa inhabitable hacía años, casi enfrente de la puerta de entrada a El Terrao, pude ver a dos hombres y dos mujeres que se acercaban a la entrada del garito tras doblar la esquina de la calle. Uno de ellos iba perfectamente caracterizado, con su traje de marca gris marengo, corbata amarilla con dibujos rojos, camisa negra y un sombrero, también gris, como de gángster de los años de la ley seca. Tendría más de cincuenta y era bastante grande, en alto y en ancho, calvo, con una nariz aplastada como de boxeador, llevaba la voz cantante del grupejo. Antes de entrar, y entre risotadas que no entendí bien, puso cada una de sus manos en los respectivos traseros de las señoras apretándolas contra su enorme panza.

– Voy a cumplir con el ritual, muñecas, y en un momento está papá con vosotras. ¿Eh?. No os vayáis muy lejos, pichoncitas mías – les decía mientras las apretaba una y otra vez contra él. “Pobres culines”, pensaba yo viéndolo todo.

– Voy contigo Penta, no vayas a hacértelo fuera y nos regañen los vecinos – vociferó el otro entre carcajada y carcajada -. Además, el ritual es cosa de, por lo menos, dos.

Los vi desplazarse hacia mí dándose empujones medio en broma, medio en serio. Me parapeté al fondo del portal, pegado al muro, a oscuras, lo cual me hacía casi imposible de ser visto yendo de negro casi entero como iba. Los dos figurines se plantaron delante de la entrada al portal, se sacaron sus respectivos miembros viriles y comenzaron a descargar hacia mí unas inmensas meadas compitiendo por quién de los dos llegaba más lejos y más alto. Todo acompañado de sus desagradables murmullos y posteriores risas estridentes. Al no poder moverme por temor a ser visto, algún resto de orín sí llegó a darme directa o indirectamente. El gordo hasta creo que me salpicó en la cara. Así me explicaba el estado de estas viviendas y sus accesos. Cuando la luz del mísero farolillo que alumbraba la calle dio de lleno en el par de infelices, pude reconocer al instante quién acompañaba al Penta en su concurso. Era el joven que tenía el tatuaje en forma de media luna roja en su mano derecha que vi esta mañana. Sin apenas esfuerzo había encontrado la presa que buscaba. Los observé mientras recogían armas y regresaban al lado de sus acompañantes. Bravuconearon un rato sobre quién había ganado el ritual de esa noche, y por fin el gordo Penta pulsó lo que a mí me había parecido el ojo de la cerradura de la puerta en mi primera visión rápida. Hacía, por lo visto, el mismo efecto que un timbre, sólo que en el interior, en vez de sonido, se percibía una luz para avisar que alguien quería entrar sin necesidad de cortar la música, cosa que más tarde presencié. Al pronto un enorme negrazo los recibió con un saludo aprobatorio y les franqueó la entrada al interior, donde se podía sentir a otras personas conversando alegremente mientras se deleitaban los oídos con ritmos salseros en un ambiente cargado de humo de cigarrillo. Una mirada del negro a un lado y a otro de la calle para cerciorarse de que no había nada raro, y de nuevo vuelta a cerrar el chiringuito.

Fotografía de Rocío SweetShot

“Debía de ser Leandro, El Mechas “, pensé. Si es así, puede ser más fácil entrar con la historia de ser poco menos que familia de Marga. Si no era, tendría que improvisar alguna quimera más o menos creíble, pues sospecho que el local de noche es para determinada clientela de confianza. Como sea pero hay que entrar ahí y, lo más difícil, averiguar algo de provecho para mí. Salí de mi escondite mirando qué aspecto tenía tras la gracia de los otros dos. Apenas se notaban algunos salpicones en los pantalones y botines. Me fui para la entrada de El Terrao y, antes de pulsar en la cerradura-timbre, plantado de pie delante de la misma, respiré hondo y agité varias veces la cabeza para despejar mis ideas. Tan concentrado estaba que no reaccioné al abrirse de nuevo la puerta, a tal velocidad que, cuando quise acordar, me encontré tumbado en el suelo, de cara a las estrellas y con mi chichón tomando medidas desproporcionadas. Habían salido unos clientes que daban por finalizada la velada, abriendo con tanto ímpetu el portón, que arrollaron con mi persona. Varias caras desconocidas preguntaban sobre mi estado de salud y, entre ellas, surgió el negro que, ya sea para que nadie me viera allí tirado, por quitar el entuerto a los salientes o por que se preocupó de veras por mi salud, me agarró de ambos brazos, me puso en pie y, viendo que me tambaleaba, me volcó a cuestas sobre sus hombros y me llevó adentro del local. Me transportó hasta una pequeña trastienda sin que apenas ninguno de los parroquianos consumidores se diera cuenta. Me sentó en una silla y me palmeó la cara para despabilarme un poco a la vez que me encajaba la gorra de nuevo y me ponía las gafas de sol, que milagrosamente no se habían roto del porrazo.

– ¿Estás bien? ¿ Pero cómo se te ocurre ponerte detrás de la puerta tan arrimado a ella?. Venga, despierta de una vez que no tengo toda la noche para estar contigo. A poco que te mejores ya puedes largarte, que a esta velada nadie te ha invitado. Pues menos mal que la gente que salía son de lo más respetuoso que cae por aquí, porque si hubiesen sido otros, lo mismo, hasta te rebanan el pescuezo por interferir en su camino. A todo esto, ¿qué hace un tipo con pinta rokera por estos parajes? ¿ No serás poli, verdad?. Porque si no…

– Vengo recomendado por Marga, que me da muchos recuerdos para Leandro El Mechas, ¿lo conoces? – contesté recuperando el sentido.

– Joder que si lo conozco, que llevo toda la vida con él. Soy yo. Pero cuéntame, ¿dónde está Marga? ¿ Cómo le va? Llevo mucho tiempo, quizás dos años, sin saber nada de ella, y como por aquí no viene desde su trifulca con el jefe, apenas sí han sido dos encuentros esporádicos por la calle. ¡Qué recuerdos! – y puso cara de auténtico placer dejando ir sus pensamientos durante breves instantes -. Al amanecer, tras despedir al último cliente, eran los mejores momentos para los dos. Pero bueno – reaccionó de nuevo -, y yo para qué te cuento esto. Si estás mejor, arrancas y te enfilas la puerta de la calle, pero esta vez como las personas normales y sin dar más vueltas por aquí. Toma esto y póntelo sobre el chichón – y me dio una bolsa de plástico pequeña llena de cubitos de hielo.

– Me tienes que ayudar. Creo que eres la persona que puede sacarme del embrollo en el que me he metido. Marga me dijo que eres la única persona fiable de este maravilloso bar y por ello me animé a venir a hablar contigo. Para ella soy como un padre y es mejor que no entre en este asunto para no manchar su reputado nombre y su alto estatus social. ¿Entiendes algo de lo que te digo o te quedan dudas?

– Algo, algo, sí que entiendo. Viniendo de Marga algo de reputado sí tiene su nombre, o mejor, su antiguo arte. De lo demás creo que no hablamos de la misma Marga, pues lo único de alto estatus social que tenía la Marga que conocí es el ático dónde vivía y remataba algún trabajillo que fuese más íntimo.

– Sí hombre, es la misma. Lo único que en los últimos tiempos las cosas le han rodado muy bien. Se relacionó con gente de alto copete y, un empujoncito por aquí, un codacito por allá, un buen servicio por acullá, ha terminado recogiendo sus frutos en la gran señora que hoy es, respetada por gente muy influyente de la ciudad y, ya te digo, si me apuras, puede conseguir todo lo que se le antoje. Pero, en asuntos de baja ralea, prefiere delegar en otras personas, como tú, en las que confía ciegamente, en su discreción y buen saber hacer. Tras esto, no te preocupes que tendrá un muy buen detalle contigo, quién sabe si arreglándote la vida para siempre. Aún te recuerda como tú a ella. Pero has de ayudarme a dar con el responsable de la tragedia que embarga mi vida y la de Marga. Hoy, en mi casa, han asesinado a una asistenta, joven, muy amiga de Marga, y a la que ella debía multitud de favores de sus primeros tiempos después de salir de aquí. La quería como a una hija y ha sentido mucho su muerte. No sé cómo, ni me lo preguntes, pero ella cree que tiene algo que ver en todo esto alguien asiduo a este lujoso lugar de reposo donde trabajas. Me lo comentó mientras la policía registraba mi domicilio, y unos minutos antes de que me declarasen culpable del mismo, esperando en la calle como estábamos a ver si encontraban al asesino en el bloque. Tras escaparme, tampoco preguntes cómo, pude hablar por teléfono con ella los minutos previos a que fuesen a interrogarla a su casa un par de agentes de paisano. Afortunadamente ella tiene los medios y los contactos necesarios para salir de atolladeros de este tipo sin despeinarse. ¿Me sigues, Leandro? – tras asentir con la cabeza, atento a cómo estaba, a lo que le contaba, proseguí informándole de lo que me interesaba -. Escucha, busco, o mejor, buscamos Marga, yo y ahora tú, a un tipo con una media luna roja tatuada en el dorso de la mano derecha que suele venir por aquí. ¿Te suena el dato? Lo vieron salir del portal segundos antes de que yo regresara a casa y me encontrara el pastel. Podría ser el autor del magnicidio o poseer información altamente valiosa. Di, ¿es posible que lo conozcas? – pregunté haciéndome el tonto.

Fotografía de José Luis León Padial

– Es posible, y hasta es posible que esté ahí fuera esperando que le sirva una copa de ginebra a palo seco como casi todas las noches. Todo esto me suena bastante raro. Marga una señora, tú amigo de ella, el asesinato ese de que me hablas, que yo sea la persona elegida para ayudarte, … Todo, todo, suena raro, aunque muy posible. Pero no sé por qué me has caído bien y tal vez te ayude. El tipo que buscas está en la barra con dos chicas y otro tipo muy gordo. Se podría decir que es el recadero del gordo al que llaman el Penta. A él le apodan Rice, que en inglés es arroz, pero para los muy gilipollas estos quiere decir “rizo” por la mata de pelo rizado que tiene. No te fíes, a pesar de ser un segundón, alguno de los mandados que tiene que realizar es para dar matarile a cualquier pintas que encarte. A mí me da la sensación de que ambos, Penta y Rice, son dos soplapollas de medio pelo mercenarios a las órdenes de gente bien posicionada que no se mancha las manos de sangre. Me puedo equivocar y van para el Pulitzer o el Nobel, pero lo dudo. Vamos a salir a la barra, entre otras cosas porque se van a impacientar y gritarán en cuanto se queden sus gaznates secos. No tengo ganas de broncas con ellos. Yo soy un extranjero contratado que no se puede quejar de cómo le ha ido la vida y no la quiero torcer. Te presentaré como un viejo conocido. Serás el Rocker. Aquí nadie tiene nombre y apellidos, sólo alias. ¿Entiendes? – ahora era yo el que asentía atento a sus planes y me metía en mi papel de inspector -. Si la lías más de la cuenta, te hecho de aquí como a un perro y no querré volverte a ver. El recuerdo de Marga me provoca tremendas sensaciones. Por eso, y por lo que pudiese yo luego recoger, te voy a echar un cable, pero no me pidas que me juegue nada por ti porque aprecio mi pellejo como supongo aprecias tú el tuyo. Salgamos y tú te apañas como sea a partir de que te presente. ¡Ah! Otra cosa. No te fíes de ninguna de las pelanduscas que trabajan aquí. La mitad no pasaría precisamente un control antidoping y, con la otra mitad, cualquier microbiólogo haría un doctorado completo en cinco minutos. Vamos.

Tiré la bolsa del hielo, ya derretido, a una papelera y salimos a la vez que El Mechas soltaba una enorme carcajada que oiría todo el mundo pero que a mí me cogió de sorpresa. Dándome unas palmadas en las espaldas y, abrazándose a mí como colegas de toda la vida, me acercó sin querer queriendo al grupo del Penta y Rice, los cuales se volvieron sentados como estaban en taburetes de barra esperando oír el chiste.

Fotografía de Carlos de Haro Bardeci

– Este tío es buenísimo – exageraba El Mechas cara al Penta -. Hacía años que no nos veíamos y en cinco minutos te hace partir de risa – hasta lloraba el muy teatrero para hacer su actuación más convincente -. ¡Qué recuerdos ¡ ¿ Sabéis una cosa? Gente así hace falta en el mundo para no contarnos tantas guerras, malos rollos y demás. ¡Cuánto me alegro de volver a verte! – y me daba otro abrazo mientras yo ponía cara de halago y asentía a todo lo que decía. Me daba miedo que Rice se acordara de mí, de verme esta mañana en el tinglado de mi portal y no le cuadrase lo de ahora -. Fijaros en él, se ha quedado sin trabajo, su mujer le ha echado de casa, le acaban de robar el coche y su tío abuelo, su única familia, murió hace dos semanas. ¿Y cómo sigue él? Pues con su buen humor y buena cara de siempre. ¿No es cómo para estar contento de tener a alguien así, que se acuerda de sus viejos colegas por mucho que pase el tiempo? Bueno, tengo que seguir en la faena. Luego continuaremos con nuestro periplo mental por las andanzas de antaño. Te dejo con estos clientes que, más que clientes, son ya amigos de vida noctámbula y, si no te quieren, te apañas con una de nuestras chicas que son un encanto – y me guiñó un ojo a vista de todos.

– No, no, por favor, si precisamente necesitamos savia nueva en nuestras amistades que nos hagan olvidar un rato los problemas. Me llaman el Penta, encantado de conocerte – se presentaba el gordo extendiendo su mano hacia mí. Al responderle pude apreciar que más que mano tenía un martillo pilón. No me gustaría ser blanco de su puño -. Los amigos del negrazo son amigos nuestros, ¿ no es cierto Rice?

– Sí, claro. Tómate algo con nosotros ahora que el Mechas parece disponible. Parecía que hubieseis estado en paradero desconocido tanto tiempo ahí detrás. Mechas, estoy más seco que la momia de Lenin. Ponte unas ginebritas y aquí al amigo lo que quiera.

– Ahora mismo. Antes os presento al Rocker. Tratádmelo bien que demasiado buena gente es. Al Penta ya lo conoces y éste de pelos rizados le decimos Rice, por los rizos, ja, ja , ja. Las dos señoras presentes no tengo el gusto, pero ellos ya harán los honores si lo creen conveniente. ¡Marchando una de ginebritas para este grupo tan gracioso! – y se marchó pasando al otro lado de la barra por encima de ella.

– ¿Y ese golpe en la frente? Parece que tuvieras un adosado en el ático – se mofó Rice de mi chichón.
– ¿ …esto..? Bueno, nada, quise abrir una puerta blindada sin manos, como los equilibristas del circo – le seguí la tontería – pero la muy jodida se resistió.

– Bueno Rocker, ¿ y a qué te dedicas?. O mejor, ¿ a qué te dedicabas? – preguntó el Penta acompañando el final con una de sus risotadas.

– Ja, ja – le seguí la broma -. Muy ingenioso. Soy transportista, de enviar y recibir paquetes. Con mi furgona para arriba y para abajo. Me conozco toda la ciudad mejor que cualquier taxista, siempre y cuando tenga a mano mi callejero. Ja , ja, ja..- intenté hacerles reír en vano, aunque una sonrisa de compromiso sí esbozaron los dos. Las chicas se quedaron a espaldas de Rice hablando entre ellas, como si hubiesen esperado el momento de poder desprenderse de aquellos dos, aunque sólo fuera un minuto. Bebían algo parecido a zumo, o eso creía yo por el color melocotón y los restos en los bordes de sus copas -. Y vosotros, ¿ a qué os dedicáis fuera de estos momentos de asueto?

– Negocios de diversa índole con chapuzas por encargo. Somos, podríamos decir, mercenarios de caprichos. Concedemos deseos y hacemos realidad sueños de personas que de otra forma no podrían nunca obtener – me contestó el Penta.

– ¡Qué humanitarios! – exclamé.

– Pero cobramos, eso sí. No te creas que somos hermanitas de la caridad. Aunque te hagamos feliz, pero eso tiene un precio. Lo uno, por lo otro. Merece la pena, ¿no crees?

Fotografía de José Luis León Padial

– Ya lo creo. No hay nada como los negocios propios en donde uno es su jefe. Y es que, por mucho que diga el gobierno, son los autónomos los que soportan al país – divagué un poco -. Pues yo ahora estoy en paro, como habéis oído al Mechas. Si necesitáis de mis favores, sólo decírmelo. Soy discreto, responsable, hogareño sin hogar y mis honorarios no serían problema. Soy, lo que se dice, un auténtico chollo. Y la cartera de clientes que tenéis, ¿ es amplia?. Me refiero a que yo también trabajé en seguros, puerta a puerta, y podría dedicarme a captar clientes para el negocio – me sorprendía la capacidad de inventiva que estaba desarrollando en ese día -. Iría a comisión, estoy acostumbrado a ello. Tengo labia, y lo mismo te vendo un depilador de ingles, que el caballo de Pipi Calzaslargas. ¿ Qué os parece? Bueno, tampoco me tenéis que dar la respuesta ahora mismo. Puedo dejaros, por ser vosotros, cuatro o cinco segundos para que reflexionéis – y solté una carcajada que esta vez sí pareció contagiarlos a los dos. No debía desaprovechar el momento dulce que tenía -. Venga, ya está aquí el colega negrazo con la gasolina para todos. Creía que te olvidabas de nosotros, Mechas, y ya les iba a comentar a estos amigos el dicho popular de que “a los negros y las mujeres, desde arriba si pudieres” – con lo que una nueva oleada de carcajadas invadió la paz del local, incluida la de Leandro al que poca gracia le haría.

Repartió Rice las copitas de ginebra entre los tres presentes, invitando al negro a que nos acompañara. Me sirvió el momento para ojear con más detenimiento el local que era más grande de lo que aparentaba en la fachada. A la izquierda nuestra, en un fondo, perpendicular a la barra, se abrían lo que se conocen como “Reservados”. Tres eran en total y cada uno presentaba de entrada unas cortinas gruesas negras de terciopelo que impedían ver lo que se cocinaba en su interior, aunque se imaginaban escenas de esparcimiento y locura, combinando sexo y drogas con alcohol. Risitas, voces, besos y algún jadeo se percibían entre canción y canción del viejo equipo de música. Mucha salsa y merengue de la tierra del Mechas mezclado con románticas melodías del año de Maricastaña. Casi los mismos años tenían los discos de vinilo que usaba y a los que acompañaban unos ruidos de fondo que pronto terminarían en rayajo. Moderno, sí. Igual de moderno que los butacones rozados millones de veces, de color burdeos oscuro, que se repartían por diversos sitios, con su mesita compañera para apoyar las bebidas. Pequeños focos de luz daban un aspecto discotequil al tugurio. Había hasta una pequeña pista de baile, entre cuatro columnas forradas de diminutos espejitos, de la que partía una escalera al piso superior. Pero bailar no bailaba nadie. En la barra, una cubierta de escai verde oliva cubría un interior de gomaespuma que hacía cómodo el apoyarse de espaldas en la misma si tenías que mirar atrás. A espaldas de Leandro, un enorme espejo recorría de un extremo a otro la longitud del mostrador reflejando la imagen del que consumía su copa y dándole opción a ver reflejado la mayor parte de lo que sucedía en el local sin tener que volverse, soportando repartidos equidistantes unos de otros varios estantes de cristal que servían de reposo a las botellas de licores. El suelo era de mármol blanco con manchas irregulares oscuras, típico de las casas de los setenta. Un servicio remataba el local entre los reservados y la barra, al final de un estrecho y corto pasillo, diferenciando entre mujeres y hombres. Aparte de nuestro grupo, y de los que hubiese en los reservados, en esos momentos en el local estaban dos ejecutivos de pelo engominado con dos mujeres ligeritas de ropa, sólo llevaban sujetador y unas minúsculas braguitas, a nuestra derecha que parecían divertirse mucho con la conversación, tres jóvenes que parecían ser estudiantes con otra señora, ésta más madurita y también de alegre vestimenta, próximos a los anteriores y, detrás de nosotros, un señor sesentón largo con otra señora, ésta ya correctamente vestida de calle, que bien podía ser la amante por los arrumacos que le hacía. En fin esta era la fauna y flora con la que me codeaba. Me mentalicé para convertirme camaleónicamente en uno de ellos. Confieso que la ginebra no es mi bebida favorita ni de olor, ni mucho menos de sabor. El latigazo que me pega en la garganta me lleva a soltar lagrimones como puños, pero tampoco era la ocasión de pedir una gaseosa blanca con un gajo de limón.

– ¡Salud para todos menos para los muertos! – rebuznó Rice antes de despachar por su garganta el contenido de su copa de un trago como si fuese agua mineral sin gas -. Venga, que no se diga, de un golpe que es como le sienta bien al estómago.

– Pues será al tuyo, capullo – resoplaba el Penta tras catar un sorbito de su copa -. Esto es agua de fuego traída por el negrata para abrasarnos por dentro. Pero está riquísima. ¿Tú qué opinas roquero?

– Pues…- y en ese instante del primer reservado vi salir, con tan solo una braga tanga rosa puesta, y con dirección al servicio, a Esther, la hermana de Nola, arreglándose el pelo, mucho más rubio y corto que cuando la conocí, como el de un chico. Me miró, la miré, no me reconoció con mi nueva pinta y siguió sus pasos hacia el retrete.

Continuará…

Imagen de cabecera Rocío SweetShot
Próxima entrega 31 de mayo

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