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Seis números rojos (VI)

– ¿Qué? ¿ Se te ha comido la lengua el gato roquero? Ves una tía y no sabes ni en qué mundo vives, aunque tengo que reconocer que te alabo el gusto. Shena, como la llamamos nosotros, está como el puchero de mi madre, que se come solo y uno nunca se harta, y quieres más y más. Pero te aconsejo que te la quites de la cabeza. Es del francés, un muy buen cliente nuestro y jefe ocasional, aunque no muy amigo de Rice a pesar de lo bien que le paga, ¿eh, ricitos de pubis? – le agitó la cabeza con la mano abierta para hacer saltar los rizos con los movimientos -. Son de pubis por lo negro, por eso no son de oro como la del cuento – y volvió a soltar otra estruendosa carcajada a la vez que le palmeaba otra vez el hombro a Rice que con un gesto de su pulgar sobre su copa señalaba a Leandro para que le llenase la misma.

– Siempre haces los mismos chistes Penta. Aquí al rocker lo entretendrás, pero a mí me aburres. Mientras esperamos al francés podías hacer algo de provecho por ti y le das alegría a tu cuerpo con las dos bellezas que hemos traído, a ver si haciendo ese ejercicio adelgazas por lo menos cien gramos.

– Pues también tienes razón. Me merezco un rato de distracción, que la vida que llevamos está llena de stress y no todo va a ser trabajo – dicho lo cual apuró su copa e interrumpiendo la conversación de las dos chicas, les volvió a poner una mano en cada trasero y apretándolas contra sí, y repartiendo besos de una a otra, de otra a una, las guió, escaleras arriba atravesando la pista de baile, supongo yo que a zonas más confortables y reservadas que las de abajo.

– Pues vaya temporadita que llevas de buenas noticias, ¿no? – inició de nuevo Rice acercando su taburete a mí para poder oírnos mejor -. ¿Pues sabes lo que te digo? Que, si quieres, por un buen precio, escarmentamos a tu ex-mujer y a tu ex-jefe en el mismo lote, y les mandamos un recado de tu parte. A veces es la forma más efectiva de que le respeten a uno. Todavía recuerdo una cliente que se quejaba de lo mujeriego que era su marido. No aparecía por casa ni le daba dinero alguno, ni para ella ni para los niños. Todo eran juergas o trabajo. Oye, pues bastó una sesión de nuestro tonificante muscular – me enseñó un rompecaras de hierro – para que el golfo entrara en razón. No hizo falta plomo de ningún tipo. Hoy en día hasta friega los platos por los dos lados en su casa y no se mueve ni al frigorífico sin comentárselo a la parienta. Besa por donde ella pisa. Y eso que el tío es alguien serio en el Ayuntamiento. Y es que hoy en día es fundamental que el cliente se quede contento, y que el servicio no se quede en chapuza. No es que exista mucha competencia, y si existe se elimina, pero hay que estar atento vayamos a que algún día nos toque el masaje a nosotros. Te voy a dejar un ratito, que parece que la madre naturaleza llama a mi vejiga. No te vayas que me estás cayendo bien, Rocker. Ahora le pedimos al negrata que busque algo de buena música y no esta mierda que nos mete todas las noches.

Dicho esto se marchó con rumbo fijo a la puerta de servicio. Me quedé pensando la pareja del siglo que hacían estos dos. Matones de encargo y, por qué no, asesinos a la carta. Esperaban al francés, y a mí me daba que algo tendría que ver con el francés que cortó la conversación telefónica de Esther con el cabo Ramírez. Pero ¿por qué ahora estaba con ella como si tal cosa? ¿La esperaría en el interior del reservado? ¿ Quién era este personaje y qué relación tendría con lo de Nola?. No la había visto regresar del lavabo y hacía ya tiempo de sobra como para haber evacuado treinta veces cualquier cavidad orgánica. Y no sería por exceso de ropa que tuviese que subir o bajar. Tampoco la había notado asustada ni presentaba mal aspecto de haber recibido ningún golpe. Por lo menos físicamente estaba bien. Yo diría muy bien. La recordaba de la farmacia de otra forma. No tan atractiva. También hoy estaba en pelotas, y no tiene punto de comparación una situación con aquella otra con Fran a mi lado diciendo sandeces como siempre. Eso de estar soltero no le sentaba bien a sus treinta y tantos. En esto se acercó Leandro tras la barra y, apoyándose en ella para no gritarme, susurró.

– Espérate un rato que tardarán en regresar. El gordo por estar echando el desahogo mensual, que siempre hace a trío, y el ricitos porque estará metiéndose una raya de coca más gruesa que las de los pasos de cebra, y mientras la prepara, la ordena y le da tiempo a esnifarla y recuperarse un poco, suelen pasar unos minutos. Pero mejor. De esta forma luego estarán más asequibles a la plática y puedes indagar algo más. Por ahora lo estás haciendo de cine. No a toda la gente se abren estos como contigo parece que lo van haciendo. Con el que hay que tener más tiento es con el francés. Ese no tiene escrúpulos de nada ni de nadie. Si hasta le cortó una oreja a su propio hermano con el cuchillo del jamón porque le molestaba la música del walk-man que estaba escuchando mientras intentaba echar una siestecita en el salón de su casa. Noventa y seis puntos que le dieron a la criatura para dejarlo peor que estaba. La chica que has visto salir trabaja aquí pero, desde hace unas tres semanas, es como si fuera coto privado del francés. Se ha encaprichado de ella y paga toda su jornada para que sólo le dedique a él sus atenciones y, por supuesto, sus favores. De este modo no hay protestas ni por parte de ella, ni de mi jefe, ni por supuesto del propio francés. Y ella parece encantada.

– Pero es que esa chica…. – comenzaba yo a puntualizar.

– ¿Me das fuego? – de pronto nos encontramos la chica y yo frente a frente. Entre los dedos índice y corazón de la mano derecha, sujetaba un cigarrillo a medio camino entre su mentón y los labios. No reaccioné al pronto, absorto como estaba, tras la protección de mis gafas de sol y la gorra, recorriendo con mis ojos todo su cuerpo -. Oye, perdona, ¿tienes fuego?

– ¿Qué? .. No … lo siento. Sólo fumo en fiestas. ¿Fuego? Como solía decir cuando iba a ligar, “niña, fuego tengo en mis ojos, ¿no te derrite?”. Una cursilada como otra cualquiera que nunca funcionó.

– Tienes gracia. Pareces simpático. ¿Te conozco de algo? Así con ese aspecto juvenil no me cuadras de por aquí.

– ¡Nena ¡ Tgáeme una copita de ginebga, chata – se oyó desde el interior del reservado, entre una canción y otra del equipo, una voz de hombre con claro acento francés y que pondría las dos manos en el fuego que era la misma que cortó la llamada de Esther a casa -. Dile al neggata que sea del bueno, no del alcohol de cugag hegidas que suele poneg a estas hogas.

– Marchando copita de ginebra del bueno para el señor y cajita de cerillas para la madame – se puso a anunciar El Mechas a la vez que sonaba otra melodía empalagosa.

– ¿Y son buenos los recuerdos o no? – me acerqué a ella para que me oyera sin tener que elevar la voz y así de paso intentar oler si llevaba algún perfume. El cuerpo era de diez y, con sólo el tanga y unos zapatos de tacón negros, la verdad es que no dejaba a mi mente pensar lo que hacía o decía. Bajó la mano del cigarrillo y la posó en la cadera a la espera del fuego del Mechas, con lo que el cuadro frontal era completo a mi vista. ¡Vida mía! Cómo se pueden hacer las cosas tan bien hechas. Volví a sus ojos para descansar y ver su reacción -. Espero que no sean malos – dejé caer casi sin saber lo que decía.

– ¿Qué recuerdos han de ser buenos o malos?

– Bueno, como decías que te acordabas de mí, quería saber si el recuerdo es bueno o malo. Porque yo, si te hubiera conocido antes, te aseguro que no habría enviado esta imagen a la papelera de mi disco duro, si no que te hubiese colocado de fondo de escritorio y de protector de pantalla.

– Qué cosas más raras dices. Pero suenan bien. Yo es que creo que te he visto antes, pero no caigo dónde ni cuándo. Porque cliente sé que no eres, y de mis otros trabajos no veo donde ubicarte. Me llaman Shena. Encantada de conocerte – me extendió la mano – y tú, ¿cómo te llamas?

– Luis… digo … mmmm … Rocker, eso, Rocker, muy amigo del Mechas – estreché su mano y se me acercó para plantarme un beso en cada mejilla. Ruborizado, seguí divagando -…. esto … es bonito el bar, ¿eh? Y acogedor, muy acogedor. Le han dado un toque de distinción que deslumbra.

– Sí, cariño, pero así lleva más de doce años. Así que tampoco es como para tirar cohetes.

– Ya pero fíjate qué imaginación para aquella época darle este toque que no pasa de moda con los años.

– Pues el toque que yo le daba sólo dejaba en pie los pilares maestros, y estos, porque si no se cae el edificio entero, que si no también caían. Pero en fin, cielo, te voy a dejar un ratito. Si no te vas, luego charlamos un poco más, ¿conforme?. Trae negrazo – acababa de llegar Leandro con los pedidos – ya le llevo yo la copa y las cerillas. Hasta ahora, guapos.

La miramos volverse y dirigirse de nuevo al reservado con un contoneo de caderas que ni el negrazo ni yo articulamos palabra hasta que desapareció tras la correspondiente cortina. Tenía la curiosidad de olerme la mano que me estrechó para ver si percibía algún aroma, pues con colocarme más cerca de ella no había captado nada. Pero temía también los sitios donde esa mano había podido estar, antes y después de su visita al baño. Como la curiosidad mata al ser humano, me acerqué la mano a la nariz y, disimuladamente, aspiré hondo. Cuál fue mi sorpresa que el olor que mi cerebro distinguía era de colonia barata, tipo Pachuli, igual a la que noté en casa esta mañana al entrar. No podía ser de ella, o no debía ser de ella. Pensé que una sesión de manitas entre ella y el francés podría haber pasado ese olor del uno a la otra. Se hacía prioritario conocer también al francés. Menudas amistades estaba haciendo en poco tiempo.

– Está buena la jodía, ¿eh? – me chinchaba el negrazo con media sonrisa cómplice -. Ya quisiera yo con esa una relación como la que tuve yo con Marga. Pase lo que pase, averigües lo que averigües, dile que la echo mucho de menos. Que otra tía como ella no la encuentro ni en mi país. Y que perderse como se perdió, sin más rastro, y más ahora sabiendo que está montada y con una buena posición. Supongo que no fui más que un pelele para sus ratos de ocio. Si pudiera echarme una mano, aunque sea de mayordomo en su casa. La vida aquí es dura, tras la barra, bregando con las chicas, el jefe, los clientes, la policía, los vecinos y para colmo con historias como la tuya.

– No te preocupes Mechas. Estoy seguro que ella se acuerda de ti tanto como tú de ella. Lo que pasa es que estará buscando el momento óptimo y adecuado para poder regresarte a su vida. Me ha hablado de ti infinidad de veces. Creo que te quiere pero ……la vida, que es muy perra cuando quiere. Te pueden pasar cosas que no esperas y encontrarte de lleno en un mundo desconocido e irreal que te confunde y del que no sabes cómo salir. Tú me entiendes, ¿no?

– Pues no mucho, pero qué más da. Eres abstracto hablando y tendrías que llevar un traductor de ideas, pero pareces legal y lo que dices me crea muchas ilusiones.

Pasamos un buen rato de charla distendida. Me habló de lo mucho que añoraba su país, Brasil, aunque allí, por desgracia, ya no quedaba nadie de su familia con vida. Tenía un primo en Montevideo con el que de vez en cuando se carteaba, pero cada vez menos y, sin roce, sentía que la estima por él se desvanecía cuanto más hojas de almanaque van cayendo. Vivía sólo, en la planta de arriba del local, con dos habitaciones acondicionadas para él, una como dormitorio-salón y otra como cocina-comedor, aparte de otras dos habitaciones con cama de uso público, utilizando un baño completo que disfrutaban las chicas y clientes tras sus servicios. Él se encargaba de su limpieza, de regentar el negocio, dirigir a las chicas, de hacer los pedidos de bebidas y de todas las tareas burocráticas y administrativas. Las dos únicas cosas que no hacía eran fundamentales, a saber: disfrutar de lo obtenido en caja y decidir qué chicas eran aceptadas dentro de la plantilla. Ambas cosas eran lo único que aportaba el jefe al negocio. Apenas lo conocía y su personalidad era un misterio para él. Todos los días, a eso de las seis de la mañana, se pasaba por allí muy bien vestido, peinado y afeitado, apenas comentaba nada, se tomaba un ron con cola en el tiempo en que se fumaba un pitillo y hacía caja, acordando con Leandro qué cantidad era necesaria para pagos al día siguiente. El cinco de cada mes, dejaba en una cartera de mano, de esas que llaman maricona, seis sobres, cada uno con el nombre de la persona a la que va destinado, que no otros que Leandro y las cinco chicas de la plantilla. Al parecer, y en contra de lo que Marga creía, sí cambiaban de chicas con relativa frecuencia. El horario también era muy esclavo. De once de la mañana a ocho de la tarde, se cierra dos horas y se abre de nuevo de diez hasta las seis nombradas antes. Por las mañanas y tardes el local se abre al público sin restricciones, como bar-cafetería, pero por las noches está un poco de tapadillo, para clientela selecta y conocida, haciendo las veces de night-club o club de alterne y/o relax. Leandro, el Mechas, topó por casualidad un día con Marga en una redada de la policía en El Campo del Príncipe, y mientras les pedían los papeles de identificación. Enseguida surgió entre ellos una atracción sin cruzarse palabras, sólo con la mirada. Cuando pasó un poco el lío y detuvieron a quien vinieron a buscar, los dejaron marchar. Marga, esto siempre según la versión del Mechas, lo tomó del brazo y lo invitó a que lo acompañara a su lugar de trabajo. Entraron en El Terrao en el momento en que, en acalorada discusión, el jefe despedía ipso facto al anterior encargado por unas diferencias monetarias, como siempre. Sobre la marcha, y como si el plan hubiese estado trazado hacía días, Marga se encargó de que el jefe, con quien en esos tiempos se manejaba de maravilla, diera una oportunidad al negrazo mintiéndole al decir que le merecía toda su confianza al conocerlo de varios años atrás. Esa fue la entrada en el negocio y de eso hace ya cerca de cinco años. Hoy creía que el jefe no podía pasar ya sin él, pero tampoco le apretaba las tuercas por su mísero sueldo por si se encargaban de darle pasaporte, como en su día también se hizo con Marga. Esos trabajos sucios eran propiedad del Penta y Rice, al igual que lo de Nola, según yo creía. Llevarte bien con ellos era sumamente fácil si no había órdenes del jefe, las cuales solían llegar por medio del francés. Eran dos zopencos que no sabían otra cosa que no fuese dar mamporros, amenazas o algo más. Por lo demás, no los consideraba mala gente, y un rato de risa siempre le hacían pasar en las largas noches que no tenían faena o que la habían adelantado a la mañana, como bien podía ser hoy.

Contaba el Mechas, y soñaba también, que su ilusión era tener su negocio propio algún día, pequeñito, acogedor, sin malas historias y sin chicas de alterne. Un pequeño bar del que vivir honradamente. Era un excelente cocinero, y de hecho fue su oficio durante una larga temporada en la prisión de Vanacú, en Brasil. Estaba seguro que si el negocio fuese suyo, y pudiera desarrollar la gama de platos que él conocía, se haría famoso por las tapas que se servirían acompañando a cervezas y vinos. Pero era eso, soñar. Ahora, con lo que le conté de Marga, le brillaban los ojos de ilusión. ¡Pobre Leandro! Cuando sepa toda la verdad espero estar a salvo de sus posibles iras, aunque en el fondo me remuerda la conciencia. No me parecía mal tipo.

Estábamos en esas, hablando, divagando, soñando y conociéndonos, cuando de nuevo se abrieron las cortinas del reservado donde entró Shena. Salió de allí un tipo alto, delgado pero sin pasarse, completamente calvo, con traje negro sin una arruga y camisa con corbata también negras. Resaltaba en su aspecto un parche, también negro, que tapaba el ojo derecho y que se sujetaba por detrás de la cabeza. Me recordaba a un político medioriental que hacía años había visto en la tele, Moshe Dayan o algo así se llamaba. Reconocí en él al francés y, la verdad, es que tenía pinta de muy malas pulgas. Avanzó hacia nosotros cerrando los botones de su chaqueta y con pasos lentos, moviendo la cabeza como si buscara algo o a alguien. A medida que se acercaba el olor a Pachuli se incrementaba. Sin duda este personaje era una de mis claves. Al llegar a nuestra altura se humedeció los labios, resopló por las narices y, apoyando un codo en la barra, se dirigió a El Mechas.

– ¿Y estos dos mequetgefes dónde están? ¿No saben que tenemos una faenita dentgo de un gato? Búscamelos lo más gápidamente posible y les dices que dejen lo que tengan entge manos, entge piegnas o en las nagices, que ya está bien de holgazaneag. Pog ciegto, la ginebga estaba de diez. No cambies de magca. Vamos, coggiendo, que se nos echa el tiempo ensima.

Mientras Leandro iba a sacar a uno de la cama y al otro del wáter, nos quedamos solos mirando cada uno al infinito al principio, para poco a poco ir interesándonos por el aspecto el uno del otro. Le sacaba partido al único ojo que tenía. Lo tenía perfilado con lápiz de ojos y las pestañas también parecían arregladas para curvarse hacia arriba de forma artificial, lo cual unía a su aspecto duro un aire glam no del todo incompatible. Aun teniéndolo cerca, no lograba poder ver ningún resto del ojo tapado, lo cual aumentaba mi curiosidad por saber qué le habría ocurrido. Del bolsillo derecho de su pantalón extrajo un paquete de cigarrillos, lo abrió y asomaron varios pitillos dispuestos para ser encendidos. Me ofreció uno con un gesto en silencio. Yo para seguir la historia de tipo duro, cogí uno y con una inclinación de la cabeza se lo agradecí. Esperé que sacara cerillas y que se encendiera primero el suyo. Recordando las toses de mi último cigarrillo, y para evitar situaciones como aquella, no tragué el humo de mi primera calada. Luego jugué un rato con la punta encendida en el cenicero que Leandro nos había puesto cerca, esperando que se fuese consumiendo y tener que dar las menos chupadas posibles. A todo esto, el sesentón que estaba con la amante, se levantó y, muy agarradito a ella, se despidió de nosotros y de los engominados, que poco caso le hicieron, pues cada uno estaba arrulladito con su pareja de esa noche, saliendo del local a seguir su peculiar juerga. A los que había perdido de vista eran los tres estudiantes y la madurita, aunque suponía dónde estarían.

Fotografía de José Luis León Padial

– No te conozco de pog aquí. ¿Egues nuevo en este antgo? Pog tu aspecto no pageces el típico político, policía, empgesagio, abogado o médico que suelen venig acompañados de habituales nuestgos. ¿No segás una estgella del gock que yo, pog supuesto, no conozca?. Tu aspecto te delata – comentó irónicamente -. ¿Egues amigo de alguno de los chicos? ¿O tal vez conozcas a alguna de las chicas? – y expelió tal bocanada de humo hacia mí que por un instante lo perdí de vista.

– Sí – respondí –, conozco a El Mechas hace tiempo y hoy me decidí a ver su lugar de trabajo. Coincide que me han despedido y me preguntaba si por aquí encontraría algo en lo que ser útil. Me manejo con la furgoneta muy bien y conozco la ciudad como la palma de mi mano. Tengo don de palabra y de gentes, y no me asusta nada ni nadie – chuleé un poco para quedar mejor -, así que para chófer, relaciones públicas o para otros menesteres puedo demostrar lo que valgo. Y el sueldo creo que no sería ningún inconveniente – volví a insistir -. ¿No necesitarían de alguien con mis características en su plantilla? Conocí al Penta y a Rice hace un rato y parece que congeniamos. ¿Es usted su jefe?

– Más o menos, pego como sigan sin venig no lo segé pog mucho tiempo. Odio espegag y menos cuando hay tgabajo impogtante pendiente. ¡Vienen o no esos dos, Mechas! – gritó enfadado de tal forma que los dos ejecutivos y sus acompañantes dieron un respingo en sus asientos quedando con cara de pocos amigos pero sin atreverse a quejarse.

Aparecieron los dos, cada uno por donde se había ido y en situaciones semicómicas. El gordo Penta arrastraba la chaqueta por el suelo agarrada por una mano, la corbata aflojada, camisa semiabierta, pantalones cerrados sólo por un botón, bragueta abierta y los zapatos en la otra mano con el sombrero ladeado. Resoplaba como un cerdo antes de la matanza. Rice tenía los ojos como brótolas, restos de polvo blanco en las alas de la nariz y una media sonrisa de imbécil propia del que está flotando fruto de la droga. Bajo la mirada inquisidora del francés terminaron de arreglarse mientras El Mechas proponía otra ronda previa a su partida.

– Luego habgá tiempo paga más celebgaciones. Ahoga hay que cumplig el encaggo que nos dejó el jefe. Segá gápido y esta vez no compliquemos más las cosas de lo que son. Que nadie se vaya de ligego con las agmas. A las tges en El Mono Guiglache encontgagemos a nuestgo hombge. Espegamos que salga y le dejamos el gecado. Sin más, ¿de acuegdo? – los dos asintieron sin decir ni pío -. Y abgóchate la bgagueta que se te va a veg el pajagillo. Y tú, cocainómano de miegda, a veg si dejas esa afición o ella te dejagá a ti, pego tigado en cualquieg lavabo una noche de estas – antes de irse se volvió hacia mí y me susurro -. ¿Cómo dijiste que te llaman?

– Rocker, ¿y a ti?

– Tienes valog chaval. Fgancés, el fgancés me llaman toda esta chusma y así segá mejog que me conozcas. Tengo ganas de continuag esta convegsación, así que si sigues aquí cuando volvamos, podgemos intentag llegag a algún acuegdo sobge tu futugo. ¿Ok?

– Aquí seguiré para ver cómo os ha ido y para terminar esta conversación que hemos iniciado. Suerte en la tarea.

Dicho esto salieron los tres por la puerta no con muy buenos modos. Tras de sí dejaron un halo de olor familiar. Tenía que esperar a que regresaran y seguir mis investigaciones para concretar cuál de ellos licenció a Nola, a estas alturas no dudaba de su autoría, y por qué. Debía de ser paciente y no manifestar para nada, y con nadie, mis intenciones. Sólo El Mechas me despedía algo de confianza. Aunque tampoco podía confiar en él a ciegas. Parecía que el darle noticias de Marga lo hubiese allanado todo. Pero, ya veremos.

– ¿Te dejaron solo? – noté un susurro apenas a medio palmo de mi oreja. Me volví y tuve sus labios junto a los míos. Labios carnosos, rojos de carmín. Era Shena. Con una sonrisa se sentó en un taburete junto a mí. Seguía con la misma equipación que antes por lo que era difícil no recorrer, de vez en cuando, algún recoveco de su anatomía -. A mí también.

– A ti, tan bien como siempre. Poco has cambiado desde la última vez que nos vimos, lo cual es digno de agradecer.

– ¿Siempre eres tan simpático o sólo cuando hablas con tías buenas?

– ¡Qué estúpido soy! Perdóname, pero llevo un día que no se lo deseo ni al que inventó las caries. ¿Cómo ha sido tu día? ¿Bueno o malo?

– No estuvo mal. Normal. Aburrimiento, rutina, no gran cosa – “Pero qué mentirosa. No he conocida personaje más frío, calculador y cínico en mi vida”, pensaba yo.

– ¿ Algún disgusto familiar?. Suelen ser los que más nos fastidian y afectan, aunque a veces no les demos importancia al principio por desconocimiento del desenlace final de nuestras sospechas – “Demasiado rápido y directo”, seguí sopesando.

– ¡Qué bien hablas! Eres distinto de todo lo que conozco. Noto algo en ti que me atrae, una paz que nunca tendré – “Qué vas a tener si pareces la perfecta cómplice de esta panda de asesinos”, yo en lo mío – y algo me dice que el destino nos ha unido para caminar juntos un largo trecho – “Sí, el que separa la libertad de las rejas del trullo” – que iremos descubriendo poco a poco.

– Tú tampoco te expresas nada mal. ¿Qué era eso? ¿Otelo, La Ilíada, Platón o alguno más contemporáneo? Te lo sabes del tirón.

– Ven al reservado. Hablaremos más tranquilos sin testigos engominados ni negratas cotillas de lengua larga. ¡Negrete, pon dos ginebras de las buenas que nos vamos dentro! Si se enciende la luz de la entrada, me avisas antes de abrir, ¿conforme?

– No juguéis con fuego que las quemaduras aquí no tienen cura. Mayorcitos sois para que os diga lo que tenéis que hacer y lo que no. Yo te aviso en todo caso, pero me desentiendo de lo que pase entre los dos. Negaré saber nada de nada ante cualquier pregunta y miraré para otro lado si hacen tirantes con el forro de vuestras tripas. ¿De acuerdo? – advirtió El Mechas mientras desenroscaba el tapón de la botella y llenaba las dos copas.

Yo no había ni casi probado la anterior copa cuando me vi con otra en la mano y siguiendo a Shena al interior del reservado. Tras la cortina el espacio no era muy amplio. Dos butacones, también burdeos, con capacidad para tres plazas cada uno, formaban una ele con una pequeña mesita en el punto de unión. La luz, más tenue que en el resto del tugurio aquel, hacía que nos moviésemos despacio hasta habituar la vista. Una percha en la pared invitaba al visitante a quitarse la ropa para estar más cómodo. Se sentó Shena en mitad de uno de los butacones y, con unas palmaditas en el mismo, me invitó a sentarme junto a ella. Sonrió un poco nerviosa, con los dedos de sus manos entrelazados y estas entre sus muslos que transmitían la misma inquietud, oscilando por efecto del movimiento de la punta de sus pies. Quería hablar pero a la vez no quería meter la pata, por lo que esperé que tomara ella la iniciativa. Algo la roía por dentro y no sería la ginebra, a juzgar por los lingotazos que daba como si fuera aquello zumo de naranja. Me preguntaba qué podía querer decirme y que no le interesase que oyera El Mechas.

– Siéntate a gustito y quítate la chupa y la gorra que te vas a asar, hombre.

– No, si estoy bien así.

– ¿Te acuerdas de mí? – preguntó tímidamente sin levantar la cabeza de su pecho en donde la había hundido.

– Sí, Esther, aunque hay partes de tu anatomía que no recordaba tan exuberantes – respondí con una mirada a sus pechos -, ¿Y tú de mí? – improvisé una sonrisa que la animase.

– No te impresiones, son operados, con silicona. Un detallito de un cirujano antiguo admirador mío – me confesaba cogiéndoselos con ambas manos y haciéndolos rebotar -. Ahora he terminado de caer en quién eres. Menudo follón. Supongo que vienes para pedir explicaciones y yo no sé por dónde empezar. ¿Cómo diste conmigo?

– Es una historia larga y rocambolesca, que otro día te cuento. A mí lo que me interesa es quitarme este entuerto de encima y conocer toda la verdad de una vez por todas. ¿Fuiste tú quién llamó a mi casa a la hora de comer y hablaste con el cabo de la Guardia Civil?

– Sí, pero…

– …y estaba contigo el francés, que fue el que colgó el teléfono, ¿no es eso?

– Sí.

– ¿Sabes algo de tu hermana, de Nola? – la interrogué primero, por si no sabía el percance mortal de esta -. En tu conversación por teléfono la avisabas de algún peligro y la aconsejabas que buscara a Rice, ¿no es cierto? – me preparé, a la vez, por si los nervios la hacían romper a llorar, gritar, golpearme o cualquier otra defensa le afloraba.

– ¿Qué hacían unos polis en tu domicilio a esas horas e intentando sonsacarme información con una estrafalaria interpretación de voz afeminada? A todo esto, yo de mi hermana no sé nada más que está metida en más líos de los que quisiera ella y yo. El problema es que, aun siendo una don nadie, conoce demasiadas cosas que implican en actos ilegales a gente muy poderosa, lo cual no es bueno para su salud, pues un día le va a costar caro tanto flirteo con negocios oscuros – “Y tan caro”, pensaba yo mientras se me deshacía la imagen de muchacha trabajadora, amable y educada que tenía de Nola -. La avisaba del peligro que creo puede representar para ella la llamada “compañía” en la que se encuentra, y le aconsejaba buscar a Rice para salir de ella y denunciar todo lo que rodea a la misma, aunque Rice no siempre está disponible por su adicción a la coca. Ya lo habrás notado. Los ojos constantemente rojos le delatan y, aún controlando el hablar cuando está drogado, su mente presenta lagunas que muchas veces se hacen mares. No es la primera vez que le siento decir que ha tenido que venir hasta aquí preguntando a la gente, porque no recordaba dónde está el bar. Y cada día que pasa está peor. Pero creo que es al único que salvaría de aquí porque su corazón no es malo, a pesar de hacer cosas…

– ¿Como asesinar o dar palizas por encargo?

– No seas duro con él. No tiene nada ni a nadie. Lo único que sabe hacer bien, y cada día mejor, es amedrentar a cucarachas que, se lo merezcan o no, tampoco son trigo limpio. Con eso saca su vida y sus vicios adelante, que no es poco.

– Muy bien. Entonces, ¿ desde cuándo no sabes nada de tu hermana?

– Anteayer me llamó asustada por la noche, hará poco más de veinticuatro horas. Me pedía que hablara con el francés para ver si él tenía conocimiento de una trama de blanqueo de dinero y joyas procedentes de varios robos a bancos y particulares en la Costa Tropical, ya sabes, Motril, Almuñécar y resto de pueblos. Al parecer, detrás de todo estaba una banda de atracadores butroneros que, al estar muy vigilados y bajo sospechas, habían confiado el botín a la “compañía” para su custodia temporal y, a poder ser, lo dicho, blanqueo del dinero y venta de joyas en mercados de los bajos fondos. Hablamos de cantidades importantes, nada de calderilla. Todo a cambio, obviamente, de un porcentaje de los beneficios a acordar entre ambas partes.

– Y en todo esto, ¿ qué tenía que ver Nola? No veo la relación de una muchacha ejemplar como ella con todo este tinglado. No es que tenga un master cum laude en tu hermana, pero algo la conocía, y su relación con las niñas, con Chris, nada de todo esto me hubiese hecho sospechar de esta doble vida. ¿Y qué es la “compañía”? ¿ Qué relación tiene con Nola, o contigo, o con Rice o alguno de los conocidos de esta noche?

– Bien, bien, no lo sé, pero por lo que he captado de unos y otros, es como una organización dedicada al robo, extorsión, protección en algunos casos, asesinatos en otros, préstamos de grandes cantidades de dinero, contrabando, blanqueo y venta de piezas robadas, por ellos o por otros, robo y venta de coches de lujo y un sinfín más de trapicheos que puedes imaginar. Mafia pura y dura. ¿Por qué le llaman la compañía? Pues tampoco lo sé. Será para suavizar los términos. Sólo sé que entre ellos es como identifican a la cúpula de la organización que tampoco es conocida de todos. Nola, en todo esto, sólo es utilizada como recadera o como guarda y conductora de materia diversa entre unos y otros. La usan durante un tiempo hasta que se apaciguan los ánimos y el botín puede de nuevo circular. Ahora creo que tenía guardado algo en no sé qué sitio procedente de los de la costa que antes mencioné. Fundamentalmente es Rice quien la llama para hacer estos trabajillos cortos, pero según creo, muy bien pagados. Tuvieron algo entre ellos hace tiempo, y parece que algo más que amistad podría quedar, aunque Nola tenga, o tenía ahora, su novio formal. Por ahora, Nola no es una persona sospechosa para la policía y puede hacer estos trabajos perfectamente. Los demás estamos fichados, entre unas cosas y otras, hace tiempo ya.

– Entonces Rice, el francés, El Penta,…..son todos de la compañía, ¿no? – ella asintió en silencio a punto de sollozar de nuevo -. Y El Mechas, ¿tampoco es de fiar?

– Mira, sé que es tu amigo, que os conocéis hace tiempo, pero hoy El Mechas no es el que era antes. Sigue mucho el juego que marcan el francés y el jefe, así…

– No es mi amigo, lo he conocido esta noche.

– Pero tú dijiste…y él dijo…

– No importa lo que yo dijera o dejase de decir. Y menos lo que dijera El Mechas. Créeme, aquí conozco tanto a la gente como a ti puedo conocerte, o sea, nada de nada. Necesito confiar en alguien para seguir averiguando cosas y no sé dónde puedo apoyarme y dónde no. Quisiera creer en ti, pero si te digo la verdad tampoco me inspiras mucha seguridad. Pero te soy sincero para que tú lo seas conmigo, porque creo, y espero, que tú no tienes nada que ver en estas sucias operaciones. ¿Qué pintas aquí? ¿No estabas de asistenta en casa del hermano de mi socio? ¿Llevas también una doble vida como llevó Nola?

Fotografía de José Luis León Padial

– Bueno…te explico…yo…pero… ¿ por qué hablas en pasado de Nola? ¿No le habrá ocurrido nada malo?… – cerró los ojos y escondió su cara entre sus manos – ¿La policía…en tu casa…? ¡Oh, Dios mío! Dime que no es cierto lo que pienso. Dime que llegó mi mensaje a tiempo, que tan solo es una figuración mía la sospecha que acaba de alterar mi cabeza. Dime, habla de una vez. ¿Cómo está Nola? – y se quedó mirándome.

– Nola…..Nola está…mal. No mal. Está peor que mal. Esther, debes ser fuerte y juntos debemos de dar con el responsable de su fin – la abracé suavemente mientras volvía a encajar la cabeza en su pecho llorando amargamente -. Tengo varias pistas y bastante interés por dar con su asesino. Fue en mi casa y a mí se me acusa de ser el autor.

– ¿Y quién me dice a mí que no lo eres? – sus ojos desprendían odio. Su boca, con las dos filas de dientes apretadas una contra otra, abría y cerraba los contraídos labios en señal de ira. Las mejillas húmedas eran una mancha oscura, mezcla de rimel con colorete. La vista fija en mis pupilas. Manos temblorosas friccionando una con la otra. Parecía a punto de explotar. Apreté un poco más mi abrazo para hacerle notar mi sentimiento solidario de dolor pero con un empujón de sus hombros me dio a entender que no era eso lo que quería. Quería respuestas y explicaciones -. Dime la verdad y convénceme de que tú no tienes nada que ver en esto.

Sin nada que perder a estas alturas de la noche y con ganas de ganarme definitivamente una aliada, la solté de mi pequeño abrazo y, quitándome las gafas para mirarla directamente a los ojos, comencé a relatar todo lo que me había ocurrido desde que me levanté hasta que entré con ella en el reservado. Interrumpí varias veces mi relato para darle tiempo a recuperarse de los sollozos que la atenazaban en determinados puntos de mi narración. Incluso, una de las veces, fui a la barra a por una nueva ginebra que le lubricara el gaznate. Al final de mi historia se hizo un silencio sepulcral que me pareció eterno. De lo que opinara a partir de este momento Esther, dependía el que mi pescuezo valiera o no un mísero céntimo. De todas formas, si la cosa se torcía, pronto podía intentar salir por piernas ahora que estábamos solos. Cuando regresen los demás sería más complicado escapar ileso de allí. Se hizo el silencio, propio de entre canción y canción, y me llegó el ruido de su respiración cada vez más sereno. Con un pañuelo de papel se limpió la cara. Extrajo de un pequeño bolso que tenía en un rincón de la mesita un pequeño espejo de maquillaje con colorete y lápiz de ojos para terminar de arreglarse, no sin antes vaciar parte del contenido en su regazo. Tenía, entre los papeles que extrajo, una tarjeta de invitación a una fiesta infantil, fechada esa mañana, que me era familiar, pues la empresa que las organiza no está muy lejos de mi casa. La cogí, la ojeé por encima y se la devolví. Actuaba en el mismo silencio desde que terminé de hablar. Lo guardó todo de nuevo en el bolso y echándose hacia atrás en el asiento tomó mi mano entre las suyas y mirándome de nuevo a los ojos hizo un gesto afirmativo con su cabeza.

– ¿Sí, qué? – pregunté no fiándome todavía de su reacción.

– Que sí te ayudaré a desenmarañar este asunto. Pero prométeme una cosa.

– ¿Cuál?

– Quiero estar informada en todo momento de lo que vayas averiguando. Yo a la vez te informaré de todo lo que crea que es importante para el caso. ¿De acuerdo? Formamos un equipo o de lo contrario no quiero volver a saber nada de ti. Acabo de recibir la peor de las noticias y voy a luchar por encontrar a quién o quiénes sean los responsables. Con lo que me has contado parto de una base y unas sospechas que apuntan hacia el mismo lado. Al francés nunca le ha caído muy bien Nola, aunque verse se han visto dos ó tres veces. Pero no había feeling entre ellos. No sé por qué. Ahora yo soy su chica y puedo acceder mejor a su confianza para ver si se le escapa algo.

– Ya, pero ten en cuenta que la víctima es tu hermana y él tampoco estará por la labor de confesarte nada que te enemiste con él. Ten mucho cuidado. Estaré todo lo cerca que pueda de ti, pero siendo realistas, ni soy un superagente, ni soy un portento de fuerza, así que haré lo que pueda y me dejen por protegerte.

– Te voy a dar mi dirección y mi teléfono – y comenzó a registrar en su bolso y sacó un trozo de papel donde apuntó un teléfono y una calle con su número -. Guárdalo. Ahí me encontrarás entre las ocho de la mañana y las nueve, o nueve y media, de la noche. Si llamas por teléfono, deja que suene dos veces y luego cuelgas, para llamar de inmediato y saber que serás tú. Tenía esa contraseña con Nola y ahora la tendré contigo. Y si llamas al timbre del portal, toca dos veces rápido seguidas, descansas y lo haces tres veces rápido otra vez. No pongas esa cara – sonrió ante mi expresión confundida intentando memorizar tanta llamada y pitido –, que parece que te hablo en chino. Te espero allí…

– Dejad la tertulia para otro momento – avisó nervioso El Mechas, entrando en el reservado como si lo persiguiera el diablo –, acaban de encenderse las luces de llamada y no sé si serán ellos u otros clientes que vengan a por la penúltima. Tanto si es una cosa como la otra, salid fuera que nadie sospeche nada. Me la estoy jugando con el francés y tú más todavía, Shena.

– Venga, no seas tan cagón que no es para tanto.

Continuará…

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