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Las flores del señor Ibrahim

Pero si yo no sé nada. Tan sólo sé lo que hay en mi Corán.

Eric-Emmanuel Schmitt, El señor Ibrahim y las flores del Corán.

Si, como dicen, una gran novela contiene siempre un viaje, en El señor Ibrahim y las flores del Corán hay dos, pese a su brevedad. El primero es el que transcurre en el sentido del tiempo y en el sentido de la narración, en el que Momo crece y deja atrás su infancia de la mano del señor Ibrahim, un humilde tendero en una de esas calles pequeñas y céntricas que parecen inmunes a la belleza de la arquitectura. Están en París, pero París se les niega, es para otros, como dirá Momo en algún momento: yo no vivo en París, vivo en la calle Azul. Es imposible, por cierto, no ver al señor Ibrahim con el rostro a la vez pícaro y algo triste de Omar Shariff, que interpretó al personaje en la versión cinematográfica de 2003 y por el que ganó un premio César (se trata de uno de esos raros casos de intromisión grata del cine en la literatura).

El señor Ibrahim existe en el espacio reducido detrás del mostrador de su tienda. Nos cuenta el libro que de él sólo se esperaba que diera bien el cambio. La primera vez que le vemos abandonar su sitio es para asomarse a la puerta de la tienda porque en el barrio está rodando una película Briggite Bardot. El padre de Momo se deja llevar del apartamento a su trabajo de abogado y de vuelta, languidece, mientras Momo se encarga de las tareas domésticas: limpia y cocina y hace la compra en la tienda del señor Ibrahim a la vez que aprende ciertas técnicas picarescas para poder ir de putas a la cercana calle Paraíso. No sé si hay en Momo, a la vez, esa furia del Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes y la inocencia del Toto de Cinema Paradiso, o es que veo en el señor Ibrahim a un Alfredo, sabio y cariñoso como un mar en calma, y en el padre de Momo al padre ausente de Antoine Doinel. Quizás, nuestro Momo tenga que ver más con aquel otro de La vie devant soi.

Es también un libro en el que islamismo y judaísmo se hablan y se entienden, Momo y el señor Ibrahim dialogan como padre e hijo, como maestro y pupilo y también como gurú espiritual y aprendiz, hablan sobre la vida desde un punto de vista moral y religioso pero trascendiendo doctrinas, desnudos de fe y sin más creencias que la que tienen en ellos mismos. «Sé lo que hay en mi Corán», dice siempre el señor Ibrahim, aunque no podemos saber aún qué quiere decir exactamente, refiriéndose con más probabilidad a un tesoro personal y secreto más que al texto sagrado. «Mi provocación fue dar una imagen positiva del islam en un momento en que los terroristas desfiguraban esa fe entregándose a actos inmundos», comentaba en el prólogo su autor Eric-Emmanuel Schmitt.

Y el segundo viaje de la novela, quizás el más importante, va en cierto modo hacia atrás: Momo se reconcilia con su infancia, con su abandono, y sólo así consigue crecer; mientras que el señor Ibrahim va buscando el camino de vuelta “hacia el mar que le vio nacer”. Momo deja ir al niño que era, al que ya estaba dejando de ser al principio de la novela, al mismo ritmo que madura y descubre el sexo, el amor, el mundo o la muerte. El relato de Schmitt tiene la belleza de los libritos pequeños, los que en pocas páginas son capaces de contar muchas cosas sin perder esa sencillez iluminada de las grandes obras. El mar se va colando en sus páginas como las flores que se cuelan en el Corán del señor Ibrahim. Hay una infancia que hay que abandonar, nos dice el señor Ibrahim, y una infancia a la que hay que volver.

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