Press "Enter" to skip to content

Seis números rojos (VII)

Salimos los tres al bar y comprobé que todos los clientes y las otras chicas se habían marchado. Me coloqué de nuevo las gafas en su sitio y me senté en uno de los taburetes de la barra. Shena se sentó próxima a mí pero con una discreta separación entre ambos que no dejara dudas del sitio que ocupaba cada cual. Seguía dando sorbitos a su ginebra mientras la mía permanecía intacta. El Mechas abrió la puerta y entraron el francés y el Penta, éste conduciendo los pasos de Rice con una mano en su cintura y una de las de él apoyada por detrás de sus hombros, como los heridos de las películas de guerra cuando son trasladados hasta la tienda de campaña de la Cruz Roja. Algo había ido mal, y la peor parte se la llevó Rice. No paraba de repetir que todo le daba ya igual porque de esta no lo sacaba nadie. Casi sin mediar palabras, enfilaron las escaleras hacia el piso superior, portándolo entre El Penta y El Mechas. Sin que nadie me dijera nada, y en el más absoluto silencio, ayudé en lo que pude tanto en la subida como a la hora de abrir puertas ya arriba. Me indicaron que abriera la que luego resultó el dormitorio de El Mechas. Lo dejaron en la cama agonizando de dolor. Traía los pantalones manchados de sangre y, por su postura en la cama, vimos que en el costado izquierdo tendría la herida mayor, pues intentaba colocar su cuerpo de tal forma que no tuviese presión ahí. Aparte de que se apretaba una especie de apósito que le habían colocado con pañuelos para hacer hemostasia en la zona.

– Tú, el nuevo, Rockeg, o como te llames – habló por fin el francés -. Quédate aquí con él mientgas decidimos qué hacemos. Buscagé un médico paga ti, cocainómano de miegda. Pog ahoga, aguanta lo que puedas o muégete. Te dije que no fuegas ligego con las agmas y dale gacias a Dios que no me ha pasado nada, pogque si no, aquí no llegas. Necesito un tgago Mechas.

Dicho esto bajaron de nuevo al bar todos, hasta Esther, en un segundo plano todo el tiempo. Me dejaron sólo con el tercer cuasi fiambre que veía hoy. Rice me reconoció y me sonrió levemente, lo que sus pocas fuerzas que le quedaban le dejaron. Pobre chaval, me daba pena porque en el fondo no parecía mala gente. Algo viciosillo por la nariz. Le vi hacer gestos como de querer decirme algo, abriendo mucho los ojos como si eso le empujara las palabras fuera de sus labios. Me arrodillé junto a él cogiéndole su mano derecha libre, pues con la otra es con la que se apretaba el costado herido. Me quité las gafas de sol que allí poco me servían por lo lúgubre de la luz y le invité a decirme lo que quisiera. Parecía que se le iluminase la cara al reconocer al tipo que vio por la mañana con la pasma, sin las gafas y algo menos drogado que el resto de la noche. Un nuevo intento por hablarme arrancó una tos sobre mi cara con restos de sangre. Un hilo de saliva rojiza partió del ángulo derecho de su boca, contorneando la mandíbula y perdiéndose hacia el cuello debajo de su ropa. Por fin pudo centrarse un instante y contarme de carretilla lo siguiente.

  – Tú… tú eres el…panoli – y sonrió cuando lo dijo -…al que le…íbamos ..a endosar el asesinato… de Nola. AAAa – se quejaba de dolores entre frase y frase -. ¿Cómo… cómo has dado…? Cuídate mucho… o seguirás a Nola…El francés fue el… que… Aaaa… Yo sólo me… encargué de las llamadas… de teléfono – cada vez jadeaba más pero yo no quería interrumpirle para evitar que se distrajera en otras cosas -…a los bomberos… y la policía. Yo la quería….pero se negó… Aaaaa… a darle los… seis números rojos… Es un cabronazo … como el jefe…El Mando…ten mucho cuidado….y saca a Shena de la compañía…..Te toca demostrar …. Aaaa … muchas cosas…..Hay una bolsa…..de un hiper…….en una nevera portátil celeste…..tras la barra de esta pocilga…..con un trapo azul…..AAAAaaa – se le volvieron los ojos, se le encorvó el cuerpo rígido a la vez que daba un último alarido de dolor. Después cayó de nuevo a su posición, flácido, inerte, expulsando mucosidad sanguinolenta por boca y nariz. Ya no volvería a decir nada. Descanse en paz Rice.

Como no noté movimiento alguno abajo, me permití un momento de descanso y de recopilación de datos. Primero me limpié la cara de la babaza de Rice con un extremo limpio de la sábana de la cama. Nuestras sospechas se confirmaban, con el francés como principal sospechoso de ser la mano ejecutora y Rice, y probablemente el Penta, como coautores o al menos encubridores. Se me aclaró el que todo coincidiera con mi llegada a casa para echarme a mí la autoría del crimen. Lo que me dijo explicaba la rapidez con que todo el personal de bomberos y policías habían acudido casi antes de pasar nada. Pero quedaban zonas oscuras todavía que iluminar como los seis números rojos que había mencionado, y que parecían la principal causa de que Nola fuera liquidada. También estaba la bolsa del hiper, que creía recordar haberla visto en las manos de Rice por la mañana. ¿Qué contendría esa bolsa aparte del trapo azul? ¿Era ese trapo una de las claves a tener en cuenta? Y a la hora en que ocurrió todo, ¿dónde estaban Chris y las niñas? ¿Las habrían entretenido de alguna forma para ocuparse de Nola mientras tanto? Me palpé el golpe de la frente y noté que había mejorado mucho con los hielos que me dejó El Mechas. Estaba cansado, tenía hambre y lo peor es que no sabía cuándo saciaría una cosa y la otra. Me quedaba aún conocer al jefe, o intentar conocerlo, antes de pensar en estas necesidades. ¿Quién será El Mando? También, de paso, podía enterarme de qué había ocurrido en El Mono Guirlache, el antro al que habían salido de faena a trío con el francés. La herida era sin duda de arma de fuego, y lo raro es que llegara vivo hasta donde llegó. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos a partir de ahora. Me puse mis gafas de sol y, antes de bajar, registré con cuidado los bolsillos del pantalón de Rice. Tres papelinas de coca, trescientos euros, de los que tomé prestados la mitad, y un mechero fue el botín que hallé. Menos el dinero, lo demás lo devolví a su sitio para no hacer sospechar a nadie si les daba por registrarlo luego. Bajé las escaleras sintiendo, al principio lejanas y luego cada vez más próximas, las voces de los demás que discutían con cierto grado de nerviosismo. El Penta estaba insistiéndole al francés para que buscara el médico prometido a Rice, pero éste, apurando de un sorbo otra ginebra recriminaba, una y otra vez, la ligereza de dedo que hizo gala el muerto en la anterior faena. Al verme bajar las escaleras todos callaron y me interrogaron con sus miradas. Shena, presa de un ataque de histeria y con los ojos enrojecidos, vino corriendo hacia mí agarrándome con ambas manos la pechera de mi cazadora. Apenas articulaba palabra pero yo sabía lo que me preguntaba. Negué con la cabeza y cayó de rodillas al suelo. El Penta se pasaba la mano de la cara a su barbilla una y otra vez, resoplando como un toro. Se le notaba angustiado por la pérdida de un colega y/o amigo. Vaya usted a saber qué era Rice para él. El francés, fumaba despacito un cigarrillo mientras El Mechas le llenaba de nuevo su copa. Recogí del suelo a Esther y la conduje hasta uno de los sofás. La senté allí y volví a la barra para que El Mechas me preparara una copa para ella.

 – ¿Estás segugo de que ha muegto, Gockeg?

 – Tan seguro como que hoy es lunes.

– Magtes ya.

 – Bueno, sí, martes.

 – Y el jefe está al venig. Bueno, te voy a dag una opogtunidad de demostragme que vales paga seg de los nuestgos. El Penta y tú os vais a deshaceg del cadáveg. No me impogta ni cómo ni dónde, pego aquí no puede estag más. Apgovechag la oscuguidad de la noche y lo dejáis en cualquieg sitio. Estoy segugo de que conoces algún lugag apgopiado paga la ocasión.

  – Por mí sin problemas – me sorprendí respondiéndole sin parpadear.

  – Pero francés…- comenzaba a replicar El Penta.

  – Ni pegos ni manzanas. Miga a veg si el chaval sigve y tiene madega paga el oficio. Y si no, tienes doble tgabajo al teneg que deshacegte también de él. ¿Lo habéis entendido los dos? Pues ni una palabga más. En magcha.

    – Ven conmigo – me conminó El Penta.

   Subimos junto a El Mechas de nuevo a la habitación donde dejé yo a Rice de cuerpo presente. Allí seguía en la misma posición en que lo había dejado. Sacó El Mechas una manta gruesa y, tras extenderla en el suelo, colocamos al muerto sobre ella y lo envolvimos. Así era más fácil de transportar y a la vez iba camuflado. De nuevo lo registró El Penta y se quedó con la droga, el dinero que dejé y el mechero. Lo bajamos a la entrada y, tras comprobar El Mechas que no había ni un alma a la vista, ni en calle Cuartelillo ni en Vinuesa, donde por cierto dejaron el coche, nos hizo una señal para cargar con la manta rellena y acercarla a la puerta de atrás del vehículo, un Mercedes gris metalizado de un modelo antiguo. Con agilidad El Penta sacó la llave y abrió el maletero. Había sitio de más, por lo que no nos fue difícil acoplarlo y todavía sobraba espacio. Al cerrar la puerta memoricé la matrícula. Se despidió El Mechas con un bufido ininteligible y El Penta me empujó al asiento del conductor, arrojando las llaves al techo de esa puerta y marchando él a la contraria. Me tocaba conducir. Dudé un momento, pero al verle esperando junto a la puerta del copiloto a que yo le abriera, tomé las llaves y entré en el coche lo más rápido que pude. Cuando le abrí y se sentó a mi lado portaba un revólver en su mano.

                                     – Mira Rocker, o nos llevamos bien, o no nos llevamos bien. Prefiero lo primero aunque esté acostumbrado a lo segundo. Como has oído al cabronazo del francés, no me dupliques el trabajo, porque si lo haces, no serás tú el que lo vea. Me vas a llevar a un sitio donde podamos aligerar nuestra carga, lo más rápidamente posible y sin testigos. Me da igual donde sea. Te lo inventas o lo fabricas, pero rápido. Al menor movimiento falso te curo de todos tus vicios de golpe. ¿OK? Andando.

 Di mi conformidad con una media sonrisa y arranqué el coche. Me acordaba de Esther y me preocupaba que no me fuera del todo fiel ahora que yo allí no estaba. Me preocupaba también que no le fuera a pasar nada. Y me preocupaba, por último, dónde llevar al difunto y a su último compañero de trabajo. Llegando a calles próximas a mi domicilio, me tenté de echar por mi calle, pero la supuse vigilada, por lo que deseché la idea y me dejé caer por la Cuesta del Caidero hacia el Paseo de la Bomba. Tan ensimismado iba con mis cábalas que no me percaté de un ceda que me impedía entrar tan a la ligera en la calle principal del Paseo. Un coche, que se nos echaba encima por mi lado, me obligó a dar un volantazo en sentido contrario, a la vez que por acto reflejo pisaba a fondo el freno. Iniciamos un espectacular trompo que terminó, tras varias vueltas, empotrándonos lateralmente contra una farola por el lado de El Penta. Por supuesto, el conductor del otro coche se limitó a pegar una enorme pitada y a cagarse en no sé bien qué parentela mía. Todavía con el coche encendido, y el susto fresco, no me dio tiempo a reaccionar al bofetón que me lanzó mi compañero de viaje como premio a mi destreza al volante y, de inmediato, me encañonó la sien para evitar ninguna reacción violenta por mi parte.

 – ¿Pero qué te crees que haces montón de mierda? Podría acabar contigo ahora mismo. Me da igual encargarme de uno que de dos. Luego le explicas al jefe y al francés lo del pequeño bollo que se ha hecho en la puerta del copiloto, para que te feliciten por dar la nota a las tantas de la madrugada.

 – Y tú les explicas qué coño hacía un desconocido conduciendo el Mercedes cuando el responsable de lo que pase en este entierro eres tú. Si hubiese querido, la cosa hubiera sido peor para ti. De hecho estoy dispuesto a que me pegues un tiro y luego te apañas tú solito el resto de la noche – eché bruscamente el freno de mano y abrí la puerta con intención de bajarme del coche. Al Penta le sorprendió mi reacción, mucho más valiente de lo que él esperaría nunca de este montón de mierda, como me llamó. Me agarró del brazo para que no saliera y le devolví el esfuerzo con un tirón para soltarme.

  – Está bien – el tono era más conciliador –, reconozco que estoy algo nervioso y mi genio me traiciona. Debemos llevarnos bien, aunque sea por esta noche. Podemos tener todos muchas complicaciones si no nos desprendemos de Rice. Aquí, te guste o no, te incluyes tú. Intentaré ser más condescendiente contigo, pero pon de tu parte algo. Dame motivos para hablar bien de ti al francés y al jefe. Si me llegas a conocer bien, te harás inseparable de mí. Ya lo verás. Arranca y vamos a ese sitio que seguro tienes ya en mente.

   No respondí nada. Me limité a poner primera y reanudar la marcha rumbo a la Carretera de la Sierra. Me acordé de una escombrera ilegal que alguna vez había usado para descargar materiales de obra de unas reformas que hicimos en la cochera hace un par de años. Tenía un camino de acceso no asfaltado que era usado para que alguna pareja noctámbula se entregara a sus pasiones imparables. Por algún lado de este camino podíamos dejar descansar a Rice hasta que alguien lo encontrara. Llegamos enseguida al desvío de donde partía el camino señalado y despacio inicié su recorrido. Cuando llevábamos cien metros largos, paré el coche y le señalé con el dedo a El Penta un hueco oscuro y de vegetación frondosa, a nuestra derecha, entre varios árboles que me pareció el sitio idóneo. Aparcamos y apagué las luces y el motor. La noche era fresca pero no extrema. Se oían las ramas de los árboles rozar unas con otras y sonidos animales que creo eran de búhos. No había luna y por tanto el lugar estaba completamente oscuro. Cuando nos acostumbramos a la oscuridad, nos pusimos manos a la obra. Descargamos la manta con Rice dentro y la llevamos hasta los matorrales que vimos anteriormente. A la de tres, lo voleamos por encima de estos y lo oímos caer dando un golpe sordo contra el suelo acompañado del de las hierbas y ramas que seguramente aplastó en su caída. De nuevo en el coche y, continuando conduciendo yo, dimos la vuelta y, sin apenas cruzar palabra, regresamos a El Terrao. Había sido un trabajo rápido, eficiente y sin incidentes reseñables, trompo con golpetazo aparte. Tras la llamada a la cerradura-timbre se abrió de nuevo la puerta.

    – Atentos que acaba de llegar el jefe – nos advirtió El Mechas –, y no parece que traiga muy buen humor. Pasad que cierre y comportaos como niños buenos.

  Pasamos y allí, tras la barra, estaba el que llamaban el jefe. Estatura mediana, pelo castaño corto casi de pincho, tendría unos cuarenta largos y en su rostro destacaba una cicatriz que partía los dos labios por la mitad de un, más que probable, navajazo. También iba trajeado, pero el color del suyo era de un tono beige, como arena de playa. Camisa azul marino y corbata blanca. Se fumaba su cigarrito nocturno y lo acompañaba de su correspondiente ron con cola. Tenía todo el dinero de la caja en una mano y lo contaba con la otra, a la vez que escuchaba el relato del francés sobre lo ocurrido en El Mono Guirlache. De vez en cuando hacía una parada en las cuentas para dar una calada al cigarro, un trago a la bebida o simplemente mirar con detenimiento al francés en ciertas partes de la historia. Historia que, por otro lado, me sirvió a mí, a Shena y al Mechas para enterarnos de qué había ocurrido. Al parecer, el objetivo era un famoso empresario de la noche que campaba demasiado a sus anchas en negocios oscuros que cada vez ampliaban sus horizontes, llegando a profanar locales de otro tipo de ambientes a los que estaba perjudicando. Parecía ser que el fulano en cuestión, que se hacía llamar Darbo Night, es una de las ramas más importantes de entrada y venta de drogas de diseño en la ciudad y, no limitándose a hacerla circular en los locales de su propiedad, en donde se obtiene con facilidad pero con muchísima discreción, quería introducirla también en locales donde no está tan bien vista esa mercancía con el objetivo de ahuyentar a la clientela y arruinar negocios rivales. El encargo que había llegado a la compañía procedía de un núcleo de propietarios de estos locales afectados, los cuales solicitaban un toque de atención y llamada al orden en toda regla, como primera muestra de sus intenciones, para posteriormente, si no surtía el efecto deseado a la primera, pasar a un encargo de mayores dimensiones aún por estudiar. Lo que no preveían el francés y compañía era que, los dos matones que siempre acompañaban al tal Darbo fuesen de gatillo más fácil que el propio Rice. Al parecer, nada más verlos dirigirse hacia ellos y reconocerlos, pues ellos también habían sido clientes de la compañía en algún momento, ni cortos ni perezosos empujaron a Darbo para esconderlo tras unos contenedores y sobre la marcha descargaron sus revólveres sobre ellos. Rice, que había desenfundado casi antes que ellos,  recibió un tiro en el costado izquierdo, mientras ni El Penta ni el francés fueron alcanzados. Bueno, el francés recibió un tiro que atravesó su chaqueta sin darle en el cuerpo, agujero que enseñaba mientras lo explicaba y que provocó cierta hilaridad en el jefe. Salieron de allí como pudieron prometiendo venganza y conminándole a dejar en paz los locales que no sean suyos, o si no, que se atuviese a las consecuencias, todo en medio de un griterío, con carreras de un sitio a otro de los transeúntes que en ese momento disfrutaban de una noche de diversión y que no les apetecía terminara en defunción. Finalmente le contó todo lo que yo ya conocía desde que entraron de vuelta por la puerta de El Terrao.

    – ¿Cómo ha ido todo, Penta? – solicitó el jefe con aparente tranquilidad y sin levantar la vista del fajo de billetes – ¿Crees que servirá para ser uno de los nuestros? – comentó en referencia a mí – El Mechas lo avala por su amistad, pero, ¿ tú qué opinas?.

  – Lo primero ha ido como era de esperar. Nos deshicimos del problema y sin más incidente que un patinazo del coche que me obligó a chocar con una farola por la puerta del copiloto. Pero eso mañana visito al Chapas, que más de un favor nos debe, y nos lo deja nuevo. Con respecto al chico, creo que tiene dos bien puestos. No habla gran cosa, pero tampoco hace falta. Puede suplir a Rice, por lo menos hasta que no demuestre lo contrario.

    – En tus manos lo dejo. Preparad algo para Darbo, no me gusta que se nos falte el respeto. Da mala imagen y para colmo elimina uno de los míos. Estará a la defensiva, así que tened cuidado. Si hace falta llamáis al resto – se guardó el dinero, no sin antes dejar algo para los gastos, y camino de la puerta se detuvo frente a mí -. “Bienvenido seas mientras nos defiendas y respetes, mal nacido serás si las reglas comprometes”. Me lo dijeron de pequeño y lo repito de mayor cada vez que alguien nuevo se incorpora a nuestra compañía. Pronto sabrás el alcance que tenemos y, cada día que pase, desearás habernos encontrado antes – dos tipos como armarios de grandes, provistos de gabardinas negras, precedieron la salida del jefe abriendo la puerta y cubriéndole las espaldas. Justo antes de salir se volvió por última vez y dirigiéndose al francés le avisó -. Está al caer un trabajito procedente de altas esferas de la ciudad. Cuidaros  mucho de no llamar la atención de la policía. Hay mucho dinero en juego para todos. Trabajos limpios, como siempre. Hasta mañana.

Fotografía de José Luis León Padial

 Se cerró la puerta y un largo silencio invadió el local, pues El Mechas todos los días corta la música una vez que entra el jefe para poder hablar sin alzar la voz y sin posibilidad de confusiones. A Shena la descubrí sentada al fondo del reservado donde estuvimos antes, pero con la cortina de entrada abierta para oír mejor. Había dejado de llorar y tapaba su cuerpo con una larga bata fucsia. El Mechas terminaba de lavar los vasos utilizados esa noche y ordenaba todo detrás de la barra, soltando de vez en cuando sonoros bostezos que invitaban al resto a dar por concluida la jornada.

– Bueno, Penta, ¿nos vamos? – rompió el silencio el francés -. Shena, ¿te llevamos a casa o te vas en taxi?……. ¿ Sigues enfadada? – se levantó y, sin ánimos de más discusiones, se dirigió a la puerta saliendo al fresco de la noche. Se le notaba cansado y tocado por lo de Rice, pero tenía que mantener el perfil de tipo duro.

– Tú quédate aquí con El Mechas – me dijo El Penta antes de seguir al francés -. Come algo y duerme. Dentro de unas horas vendré por ti. A la hora de comer, tal vez. Mañana puede ser un día duro. Buenas noches.

De nuevo cerrojazo a la puerta y nos quedamos solos los tres. Shena salió de su escondite y se sentó junto a mí en la barra, mirando a El Mechas terminar su faena. En silencio. Había sido un día duro para ella perdiendo a su hermana y a un buen amigo en pocas horas. Sin hablarlo, El Mechas le puso una copa de ginebra e intentó ponerme otra a mí, pero la rechacé. La idea de quedarme con El Mechas no me desagradaba del todo. Me permitía seguir escondido, sin dejarme ver mucho, y me daba la posibilidad de poder tener acceso a la nevera que nombró Rice. Pero tampoco quería dejar sola a Shena.

 – Prepararé arriba las camas para que descansemos un poco, ¿te parece? ¿O prefieres comer algo primero? – me hablaba El Mechas de espaldas rematando ya la tarea.

 – Lo que tú prefieras, eres el anfitrión.

– En ese caso, preparo las camas en un momento y ya te aviso para comer, porque probablemente luego me dé el sueño fuerte y no estaré para preparar nada más. Dame cinco minutos. Y tú, llorona, arréglate y llama ahora después al Herniao para que te lleve en su taxi a casa. Y anima esa cara, que más se perdió en el frente y volvían cantando.

 Perdido el sonido de sus pasos escaleras arriba, me deslicé despacio tras la barra haciéndole la señal de silencio a Shena. Me siguió con sus ojos, curiosa de ver qué buscaba, hasta que di con la nevera celeste. Apareció escondida en una doble puerta en la parte baja del mostrador, un compartimento que no guardaba nada más. Era la típica nevera de dominguero para ir a la playa o al campo y llevar las bebidas frescas. No fue difícil abrirla y, efectivamente, allí estaba la bolsa con el trapo azul en su interior. Busqué por algún sitio, si hubiese, otra bolsa de plástico, que a modo de guante, me sirviera para manipular lo que me encontrara sin dejar mis huellas. Un paño viejo de limpiar el polvo me valdría para mi propósito. Me envolví la mano y, con mucho tiento, saqué el trapo y lo deslié. Conforme se abría el trapo las manchas de sangre eran más intensas. Lo que aquello guardaba era un cuchillo de cocina, de mi cocina, que reconocí y cuya última misión habrá sido, con bastante probabilidad, rebanar el pescuezo de la pobre Nola. Lo guardé todo de nuevo en la nevera, y ésta en su sitio, regresando junto a Shena a tiempo de oír a El Mechas descender de nuevo las escaleras.

 – Arriba tengo unos restos de embutidos y algo de pan – comentaba El Mechas mientras iba apagando las luces del bar -, podemos subir y dar cuenta de ello. Sube tú también Shena y comes algo antes de irte.

  Sin comentario alguno aceptamos la oferta y subimos a la cocina-comedor, donde estaba la mesa preparada con los fiambres sobre ella y una barra de pan partida en rodajas en un plato. Comimos vorazmente, sin prisa, pero sin pausa. Cada uno respetaba la aproximadamente tercera parte que le correspondía sonriéndonos unos a otros mientras masticábamos nerviosos. Como colofón de la cena, El Mechas tenía un vaso de yogurt de fresa de los de medio litro. Lo abrió y, por turnos, íbamos metiendo la cuchara entre risas pero por riguroso orden. Si alguno hacía el amago de saltárselo era recibido por un grito de desaprobación de los otros dos. Así, entre cachondeo y saciando nuestras descuidadas tripas, transcurrió el rato hasta que los trinos de algún gorrión madrugador nos llamaron la atención de que estaba amaneciendo. Ni corto ni perezoso, El Mechas se levantó y se despidió de nosotros para ir a acostarse. Me indicó que una de las habitaciones habituales de las chicas, contigua a la suya, tenía una cama con sábanas limpias. Podía instalarme allí por el momento y, si quería, en el cuarto de baño encontraría una toalla limpia para mi aseo y un pijama viejo pero también limpio. Camino de su cuarto lo sentimos eructar como un cerdo en su charca. No parecían malos ninguno de los dos, pero la vida a veces te aprieta a situaciones que, o las afrontas y superas, o acaban contigo. O acabas adaptándote a ellas, como los dos casos que nos ocupan. Estaba seguro de que a ninguno de los dos le agradaba su trabajo, ni las compañías a que los obligaba este a frecuentar. Pero no tenían otra cosa. O se aferraban a esto o el barco de sus vidas haría aguas por todas partes. ¿O es que hay alguien que pueda disfrutar siendo la puta de un asesino a sueldo, más sospechando que éste mismo había terminado con los días de su hermana? ¿O es mejor ser el correveidile y chico para todo de una banda de desalmados dentro de una rutina de vida llena de mala gente de corazón y espíritu? Pero mira que es injusta la vida con ciertas personas. Y se ensaña con ellas hasta convertirlas en seres insensibles a cosas que para cualquier humano serían impensables. En esto estaba entreteniendo mi intelecto cuando, con un gesto a mano abierta, Shena llamó mi atención.

 – Hey, despierta. Baja de la nube y vuelve con nosotros – me regañaba divertida. Parecía que por un momento había olvidado todo lo que había ocurrido -. Tengo que irme. Tienes mi dirección y teléfono. Recuerda las contraseñas. Ven cuando quieras.

  – ¿Te acompaño? – pregunté de mala gana.

  – No, descansa. Tenemos que encontrar al que utilizó ese cuchillo y darle su merecido. Esperemos que mañana no sea tan movidito como lo ha sido hoy. Hasta mañana – y se despidió con un beso al aire para perderse escaleras abajo. La sentí un rato, supongo que cambiándose. Habló por teléfono para llamar al Herniao y que la recogiera en la puerta enseguida. Después, de nuevo el cierre de la puerta de abajo me dejó completamente solo.

Encontré, tal y como dijo El Mechas, el pijama y luego la cama. Me sumergí en ella deseando coger el sueño cuanto antes. Y me dormí profundamente, a pesar del olor a colonia barata que se mantenía entre las sábanas, no sé si de alguna de las chicas o de algún cliente de los que se encolonian para enmascarar otros hedores. Tuve de todo tipo de sueños y pesadillas. En uno, me veía de jefe de la compañía, pero con un traje negro con finas rayas blancas verticales, un puro en la boca, los dedos llenos de gruesos anillos de oro y piedras preciosas, pelo engominado hacia atrás, con Chris a mi lado en su versión  rubia, de pelo largo ondulado, con un vestido negro escotado y ceñido a su cuerpo hasta los tobillos, labios fresa fuerte y zapatos negros de aguja. Jugando, cerca nuestra, las dos niñas se divertían amordazando, y atando de pies y manos a su niñera, amenazándola con tirarla a la piscina si no cumplía sus órdenes. Angelitos, tienen a quién parecerse. Hasta en sueños, afloraba una media sonrisa en mi cara al ver esas secuencias. De pronto esta película se cortaba y aparecían todos mis más acuciantes temores. Nola abierta de oreja a oreja, risas de policías, carreras por las calles huyendo de sombras que no llegaba a visualizar por completo, dedos erectos señalándome culpable, ríos de alcohol entre copas y copas, bofetadas que buscaban mi sumisión y confesión rápida, y cadáveres, muchos cadáveres.

Fotografía de José Luis León Padial

Desperté sudoroso, con la cama deshecha y con muchas ganas de orinar. Al principio no recordaba muy bien dónde estaba, pero no tardé en caer en la dura realidad. Comprobé de un vistazo que todas mis pertenencias seguían en su sitio y volví a desperezarme varias veces más antes de levantarme. Habría dormido cinco o seis horas calculaba. Salí de la habitación y miré en la de El Mechas. Ya se había levantado y arreglado por completo su cuarto. Cualquiera diría que hace unas horas reposó allí el cuerpo sin vida de Rice. La puerta de acceso a este piso superior estaba cerrada. Oía de lejos ruido de vasos y conversaciones como en las de un bar normal. Me lavé y aseé un poco, usando un cepillo de dientes que me encontré en el lavabo y supuse sería del fortachón de color. “Lo que no mata engorda”, pensaba al cepillarme. No me afeité para dar más aspecto duro a mi cara y porque la cuchilla que me encontré tenía más afeitados que los toros de Las Ventas.

  Me vestí y repasé, una a una,  todas mis pertenencias para asegurarme del arsenal del que disponía. Me calé la gorra y me puse mis gafas para seguir con mi nuevo look. Necesitaba, a medio plazo, lavar mi camisa y ropa interior, pero eso eran detalles de menor relevancia y podía esperar. Decidí bajar sin llamar mucho la atención y desayunar algo. Esto de la investigación me abría el apetito. Despacito abrí la puerta de acceso a la escalera, la cerré y comencé a bajar como el que no quiere la cosa. Aun siendo el mismo local, con las persianas levantadas, con la luz del día entrando por ellas y con la distinta clientela que se disfrutaba, aquello parecía otro sitio absolutamente distinto. Una marquesina de madera con las letras ALMACEN escritas tapaba la pared donde se abrían los reservados por la noche. Enseguida El Mechas se percató de mi presencia y me señaló un extremo de la barra para que me acomodara.

  – ¿Qué? ¿Dormiste bien? Creo que puedo considerarte de los nuestros. Hace una media hora llamó El Penta y me dijo que te recogería aquí después de comer. Así que no te muevas muy lejos no sea que te metas en algún follón que tire por tierra tu buena imagen con nosotros.

 – ¿Qué hora tienes? Se me ha parado mi reloj.

 – Son la una menos cuarto. Por lo menos hasta las cuatro no aparecerá El Penta por aquí. Por qué no te sientas y te pongo un cafetito caliente. ¿O prefieres una ginebra?.

  – Por Dios, Mechas, no sé qué vicio le tenéis a la ginebra pero yo no la soporto. Si es aguarrás potable de curso legal.

  – Pues anoche bien que te las bebías.

  – Anoche no bebí ni un buchito de ginebra. Pero ya me dirás, con toda esta panda alrededor, quién se pide una tónica. En fin, no me pongas nada. Como tengo tiempo, voy a darme un garbeo. Llámame al Herniao para que me lleve a un sitio.

  – Ni hablar, hombre. Faltaba más. Tú no vas a ningún lado. Y si le da a El Penta o al francés por pasarse por aquí. Tú eres hombre muerto, y yo probablemente.

– No olvides que estoy aquí por un asesinato que tengo que aclarar o me lo cargarán a mí. Entre otras personas que he de ver, está Marga, que querrá saber si he averiguado algo. Monta un numerito si quieres, pero yo me voy un rato con o sin tu ayuda. Soy el primero que no necesita más líos, por lo que ya haré por estar por aquí a su debido tiempo. Venga, negrazo, que le voy a dar recuerdos a tu Marga – le tocaba la fibra sensible para que entrara por donde yo quisiera.

   – Yo no sé nada de ti en caso de que aparezcan esos dos. Haré creer que en un descuido desapareciste como llegaste. ¿Entiendes? – y se dio la vuelta para no verme marchar atendiendo a otros clientes de otra zona de la barra.

Fotografía de José Luis León Padial

  Salí con intención de ir a casa de Esther. Tenía su dirección, en calle Matamoro Nº 2,  y me acordaba de la contraseña que me indicó. Aunque no era lejos, preferí parar el primer taxi que pasara y evitar callejear en exceso. A los cinco minutos ya me bajaba en el portal de la casa de Esther. Era típica del Realejo Alto, antigua, con un portón de madera de entrada y una vieja balconada encima de él. El tejado mostraba zonas carentes de tejas por donde, en días lluviosos, aparecerían goteras. Las paredes pedían a gritos una mano de cal que embelleciera algo su presencia. Tenía que hacer frío en invierno y fresco en verano. Desde el mismo sitio donde estaba se podía ver parte de la Alhambra, con sus torres y murallas rojas, que de noche eran iluminadas por estratégicos focos de luz. Había que reconocer que aquel barrio tenía su duende, que fácilmente atrapaba al forastero, pero no era aconsejable frecuentarlo antes del amanecer. Por eso Esther utilizaba el taxi para regresar de madrugada. Lamenté el descuido, si no abandono, en que las autoridades competentes mantienen la conservación de esta populosa barriada. Ya podían las instituciones, que tanto dinero despilfarran en otras cosas menores, fijarse en el mantenimiento y mejora de las calles y casas que lo componen, algunas centenarias. Pero eso es tema para discutir en otros foros. Llamé utilizando la contraseña acordada y tuve que esperar un tiempo para que se abriera la puerta de la balconada por donde asomó la cara de Esther somnolienta para sonreírme. Me arrojó un juego de llaves para que yo mismo franqueara la entrada.

– Estoy arriba. Sube por las escaleras. Yo voy a darme una ducha y ahora mismo salgo – se la oyó gritar con voz tocada por el sueño.

El interior de la casa no era precisamente un derroche de decoración. Los muebles, pocos y muy deteriorados, parecían sacados de un rastro de segunda mano. Arriba el cuarto de estar tenía una mesa camilla, tres sillas mal encoladas, un sofá de terciopelo verde con más años que el Hombre de Atapuerca, y el televisor, que dudo funcionase o dejase ver más de dos canales. Eso sí, encima de este último, sacaba pecho un torito de plástico negro con sus divisas en rojo. La pinacoteca tampoco tenía desperdicio, con unos “Girasoles” de Van Gogh y unas “Meninas” de Velázquez. Dos puertas en la habitación daban paso al servicio, por un lado, y al dormitorio por otro. Seguí de pie por los accidentes que pudieran derivar del uso del mobiliario. Pronto salió Esther de su baño cubierta sólo de un batín minúsculo. Vaya afición por las miniaturas de esta chica.

  – Pero hombre siéntate que de pie vas a crecer un rato.

  – No ..si yo…así estoy muy bien.

  – Me cambio en un momento – y se perdió en su dormitorio que no pude ver al cerrar ella la puerta -. Oye, ¿has comido algo? Podemos ir a una tasca cerca de aquí o comprar un pollo asado en El Que No Corre Vuela que los hace muy ricos – alzó la voz para que la entendiera bien -.

   – Prefiero lo del pollo para no ser muy visto. No soy un personaje popular muy querido, como bien sabes, y tengo un nutrido grupo de fans que no quieren de mí un autógrafo precisamente. ¿Has comprado el periódico? Bueno, es imposible, si te he levantado yo. Quiero ver si la portada es para mí, que es lo que me falta.

 – Pues no salgas. Yo voy y lo traigo todo en un santiamén – decidió saliendo del dormitorio ajustándose unos vaqueros que parecían su segunda piel -. ¿Lo quieres con patatas fritas o croquetas caseras? Y una cerveza no puede faltar.

   – Yo mientras no sea ginebra, lo que te apetezca. Toma, te invito yo – y le di treinta euros para todo -. Otro día me invitas tú. Me lo debes – le sonreí.

  – Ahora mismo vuelvo. No te vayas, ¿eh?

  – No, te espero impaciente.

Fotografía de Carlos de Haro Bardeci

  Se marchó y me quedé contemplando desde el balcón cómo se perdía entre las callejuelas que conforman este barrio. Me volví y fui a su dormitorio a olismear qué podría haber interesante que yo supiese. Una cómoda pequeña con tres cajones, un armario de dos puertas descolgadas y una mesita de noche eran los muebles a investigar. Como presentía que tenía poco tiempo, comencé por abrir el único cajón de la mesita y descartar esta rápido para meterme en faena con los otros dos que consideraba tendrían más meollo. En efecto, un completo surtido de lencería fina, y menos fina, ocupaba todo el cajón. Introduje una mano para ver si debajo encontraba algo, pero aquello estaba a reventar de prendas íntimas sin más tesoros. Lo cerré y me dediqué a la cómoda. Ninguno de los tres cajones arrojaba nada destacable. Sólo ropa y un juego limpio de sábanas. Con las puertas del armario debía tener cuidado de que no se cayeran del todo para que no se diera cuenta Esther de mi registro, y para no aplastarme un pie si me caía encima o abrirme la cabeza, debido a su estado de deterioro. Chirriando, como si estuviesen acostumbradas a mantener un equilibrio para no desprenderse, las abrí de par en par y lo primero que me llamó la atención fueron los espejos que colgaban en las caras interiores de las puertas. Presentaban, desde un punto común, líneas de rotura hacia los cantos como si en ambos hubiesen golpeado con algún objeto contundente sin que hubiese llegado a  desprender trozo alguno. Se suponía que era allí donde Esther se miraba lo bien que le quedaba la ropa. Era un poco rompecabezas. Colgando de perchas, cuatro o cinco vestidos, junto a unos vaqueros de repuesto, componían el fin de un fondo de armario nada profundo. A punto de cerrar las puertas, me fijé en un pequeño bolso que llamaba la atención entre los zapatos del suelo del armario. Era uno de esos de mano pequeñitos que llevan las señoras a las fiestas, de color dorado. Lo abrí y me fijé en una agenda diminuta, como de teléfonos, de pastas coloradas. La ojeé por encima leyendo nombres que ni conocía, ni conocería probablemente nunca, hasta llegar a una parte que, precedida de una hoja con la inscripción LA COMPAÑÍA, podía tener, y de hecho tenía, teléfonos y direcciones que me interesaban muchísimo. Me quedé helado, primero porque Esther no era la mosquita muerta que creía si disponía de esta información. Y segundo, porque allí aparecía un teléfono con una dirección muy familiares ambos para mí, junto al sobrenombre de El Mando. Cerré la agenda. Un sudor frío me helaba el cuerpo. Ahora sí me habría tomado una de esas ginebritas de anoche. Y un litro. No debía perder la cabeza o podría descubrir más de lo que ellos creen que sé. Decidí esperar a Esther en el cuarto de estar y actuar como si no hubiera descubierto nada. Por ahora.

 Dejé todo en su sitio, miré por la ventana del dormitorio y vi que daba a un patio trasero, con un muro de unos dos metros, tras el que tres contenedores verdes de basuras próximos rebosaban de bolsas y cartones no recogidos vaya usted a saber por qué. El silencio del barrio se rompió de repente con un ulular de coches de policía que me hicieron temblar más de lo que me había hecho los hallazgos de mi registro. Me asomé con mucho cuidado por la balconada del salón que da a la entrada y vi llegar, y bloquear el portón de madera de la entrada, a dos vehículos policiales y un todo terreno de la Guardia Civil. Me imaginaba que un chivatazo les puso sobre mis talones. Sin tiempo para pensar, corrí a la ventana del dormitorio por la que acababa de mirar, la abrí y me descolgué por ella al exterior hasta dejarme caer a pocos centímetros del suelo. Me acerqué al muro y lo salté, no sin dificultad, ya que uno no es ya ningún chaval. Varias calles estrechas se entrecruzaban a  mi vista despistándome sobre qué camino tomar. Y las voces y sirenas cada vez parecían más, y más alto la algarabía que formaban. Nadie pasaba por allí, ni para orientarme, ni para delatarme. Era tal la congoja que recorría mi cuerpo que no hilvanaba una idea con otra. Mi mente bloqueada, y mi cuerpo asustado, no emitían ninguna orden coherente que me diera alguna posible salida. Lo único que se me ocurrió fue mirar en el interior de los contenedores y, sudando, obsesionado con ser detenido como un asesino o delincuente más, temblando de miedo y con miedo a, perdónese la expresión, cagarme literalmente de pánico,  en el que vi más lleno calculando que yo también cupiese sin grandes apreturas, me encaramé y me dejé caer dentro. Busqué taparme con las bolsas y cartones, hasta situarme en un punto intermedio del contenedor, con basura por debajo que me acolchara, y con basura por encima que me tapara. Me conseguí acomodar lo mejor posible, dentro de las posibilidades de la situación, y coloqué la cara de tal forma que pudiese respirar sin apretarme la boca con nada que pudiese asfixiarme. El aroma, de todas formas, era para asfixiarse. Y sentía humedades por todo mi cuerpo, de las que no quería o prefería no saber su procedencia. No había sentido más asco en mi vida, pero tampoco había sentido tanto miedo. Y eso que era de la policía de la que huía.

Continuará…

Imagen de cabecera: Carlos de Haro Bardeci

Indice

Be First to Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies