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Seis números rojos (VIII)

Fuera sentí cómo con altavoces se me invitaba a salir de la casa antes que ellos entraran por la fuerza. Decían saber muy bien quién era yo y lo peligroso que podía llegar a ser, por lo que no dudarían en abrir fuego si oponía resistencia. Estaba todo el edificio rodeado, según me amenazaban. “Pues yo por ahora me he escapado”, pensaba. Comencé a oír carreras cerca del contenedor y charlas a media voz entre los que supuse serían Fuerzas del Orden Público. No sé el tiempo que pasó hasta que comenzaron a oírse gritos como que “el nido estaba vacío”, “el pájaro ha volado” y demás chorradas que tanto gustan de decir cifradas cuando no interesa revelar el fondo del mensaje.

– Otra vez se me va a escapar el muy hijo de puta – reconocí cerca la voz, siempre “amable y simpática”, del cabo Ramírez. Un estruendo hizo temblar el contenedor producto de una patada que éste le propinó -. Aquí metía yo a ese montón de escoria, junto con lo que es: basura. Menuda peste mana de ahí, esto no lo aguanta nadie – “servidor”, me daban ganas de decirle metido entre toda esa porquería.

– Oiga – se oyó gritar algo alejado –, ¿ dan su permiso ya para retirar los contenedores?. Creo que todo el barrio está perfumado – y se oyeron varias risas de esa misma distancia.

– Sí, anda, pero hacedlo rápido que no estamos para bromas.

– No, si con el camión ni se hace ruido, ni se tarda nada – esta vez sí estaban más cerca. Me preguntaba si sería un camión de basura de los modernos. Si así fuera, terminaría hecho picadillo. Nuevamente tenía que pensar deprisa…

– Pero si esto es un camión normal y corriente – se extrañaba el cabo.

– Pues claro, mi capitán, no ve que por estas calles no entra un camión triturador moderno. Por eso tenemos que salir de aquí cuanto antes, para no cargar esto más de olores.

– Oiga, lo de capitán sobra. ¿O es que se quiere mofar de la Benemérita?

– No, hombre. Le hace falta una chispa más de humor. Que así se envejece uno muy rápido y lo quieren menos las niñas. Perdóneme si le he molestado. Nosotros a lo nuestro.

– Espere que me dé tiempo a alejarme de aquí, que lo que me falta es que me vuelque el contenido de estos cubos de bazofia en el uniforme. Buenos días.

Lo sentí irse con algún guardia más, pues eran varias las pisadas que se oían alejarse. Los basureros esperaron que desaparecieran de su vista para empezar por el contenedor más alejado del mío. Aproveché el follón que montaban al moverlo y desplazarlo hacia el camión para subir un poco de nivel, dentro del contenedor, y pegar la cara a la tapa del mismo, haciendo el menor ruido posible. El dejar el primero, y coger el segundo para hacer la misma operación, lo aproveché para empujar, con la parte superior de mi cabeza, la tapa y poder ver qué tipo de camión era el que utilizaban. No tenía trituradora ni nada parecido, sólo un sistema que enganchaba el contenedor para subirlo y volcarlo dentro de un container normal y corriente, sin techo, que lo único que podría hacerme es terminar de bañarme en detritos orgánicos las partes de mi cuerpo que ya no lo estén. Volví a mi posición intermedia en el contenedor y esperé el paseo. Tendría que buscarme un sitio dentro de la basura del camión donde estuviese escondido, pudiese respirar, no me aplastasen los futuros residuos que quedaban por cargar y, por supuesto, no fuera visto por nadie hasta ver qué ocasión tenía de escaparme de allí. En esto estaba, cuando comenzaron a zarandear mi contenedor y a desplazarlo al camión. Subí escuchando a los dos basureros hablar de fútbol y sentí el giro de mi receptáculo, expulsándonos afuera cual boca de borracho que emite su arcada. Y para arcadas, las que me daban a mí en medio de tanto residuo y tan mal olor. Una masa grisácea, con pintas rojas y amarillas, hizo de anfitriona y terminaba de dar color, olor y sabor a mi ropa. Deslizándome por ella creía que no habría en la vida, ni en el planeta Tierra, cosa más asquerosa que pudieran prepararme. Sacando fuerzas de flaqueza, al oír el nuevo trasiego del contenedor a su sitio, me desplacé arrastrándome, a la esquina delantera derecha del container, tapándome con unos cartones y bolsas. Si quería camuflarme, lo había conseguido y con nota.

Fotografía de José Luis león Padial

– MANU, VAMONOS – gritó uno de los operarios del camión al que conducía para que arrancara y fueran a la siguiente calle a por más contenedores que vaciar. Por los sonidos de radios, alguna sirena, walk-man y gritos de órdenes, comprendí que pasamos al lado de donde se apilaban el cabo Ramírez y compañía, y proseguimos dejándolos atrás, más atrás, cuantos más contenedores fueron desalojando alrededor mía.

Cuando creía que ya no podría esquivar más basuras, se escuchó el esperado “Se acabó por hoy. Regresamos a la central”, que daba por lleno el camión. Subieron a la cabina del mismo los dos encargados de manipular los contenedores y durante unos minutos no tuvo parada ninguna. Asomé algo la cabeza para ver por dónde estábamos y reconocí la entrada del Hotel Viejo Albaicín, en cuya puerta había un semáforo permanentemente en ámbar, como señal de atención para el cruce con la Cuesta del Caidero. Por estar próximo a El Terrao, donde quería volver a refugiarme, avancé entre toda la mierda del camión hasta situarme en la parte de atrás. En el momento de detener brevemente el vehículo para mirar el cruce salté fuera, a la calzada, ante el asombro, y gesto de asco, de un automovilista que seguía al camión. Corrí sin parar ni mirar a nadie hasta entrar de nuevo en la calle Cuartelillo donde, ya andando y disimulando el desasosiego que me invadía el cuerpo, me dirigí, sin mirar dentro del bar, a la casa deshabitada donde me escondí la noche anterior. Busqué poder subir a la planta de arriba, pero las escaleras no estaban para muchos trotes. Encontré una puerta cerrada que con un empujón con el hombro cedió y me descubrió lo que en el pasado fue el salón de estar de la vivienda. Por supuesto todo estaba destrozado. Mesas, restos de sillas, un sofá de tres plazas con los muelles asomando y la tapicería desgarrada, las paredes desconchadas y ennegrecidas, con pintadas incoherentes y hasta un graffiti de un gnomo con cara de mala leche y un dibujo de la hoja de la marihuana en el pecho. Cerré la puerta tras de mí y, con restos de cartones y dos cojines viejos y rotos que encontré en un rincón, restauré como pude el sofá, instalándome allí para recuperar fuerzas. Había una ventana que daba a la calle Cuartelillo, pero unos trapos blancos, curtidos de manchas de todo tipo, extendidos donde debían estar los cristales, impedían ver hacia fuera y desde fuera, aunque sí entraba luz suficiente para desenvolverse por la habitación.

Tumbado boca arriba valoré mi aspecto. Daba verdadero asco mirarme y olerme. Necesitaba ropa limpia y una ducha. El Mechas me lo daría si pudiese entrar ahí sin levantar sospechas. Un poco más tarde lo intentaría. No mucho más tarde, pues El Penta no tardaría en llegar. En esas estaba hasta que cerré los ojos, algo cansado y me dormí un rato. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero al abrir los ojos me levantó sobresaltado el ruido de la puerta de la habitación al abrirse de un empujón. Un chiquillo, de unos trece años calculé, despeinado, mugriento como yo, vestido con ropa militar desgastada al límite, gorra incluida, con un bocata en una mano y una botella de refresco cola de dos litros en la otra, estaba pasmado mirándome como si hubiese allanado su morada.

– ¿Y tú qué haces aquí? – preguntó con descaro.

– Supongo que lo mismo que tú, escapar de esta sociedad que no me da nada más que palos. Y aprovechar este ruinoso sitio para tener un lugar donde cobijarme, aunque sea temporalmente.

– Pues ya te estás apeando de mi zona de descanso que me ha costado mucho reunir aquí todos estos muebles – y acercó una mesa, con las patas apunto de claudicar, al borde del canapé. Al ver el apaño que le había yo hecho que permitía un sentado más confortable sonrió aprobando la mejora -. Parece que lo hubieses dejado nuevo.

– Hombre, tanto, tanto….menos molesto sí resulta para el culo y la espalda. ¿ Vives aquí?.

– Malvivo aquí, mejor dicho. Iba a comer algo, ¿ te apetece?.

– Mentiría si te dijera que no. ¿Dónde conseguiste el bocadillo? Quiero decir, ¿ está muy lejos?

– No, es un supermercado de aquí al lado. Te puedo decir dónde.

– Me harías el favor de traérmelo tú. Dos, a poder ser. De mortadela con aceitunas y de chorizo. Si vas, te invito a otro. ¡Ah! Y otra botella de dos litros para beber. ¿Qué dices? ¿ Aceptas o no?

– Pero el mío ha de ser de jamón.

– Pero del barato, no pata negra de veinticinco años.

– Son ocho euros más otro de gastos de transporte.

– Me estas robando, lo sé. Pero bueno, hazme otro favor y te completo hasta los diez euros. Entra en El Terrao y le dices al negro de la barra que Rocker está aquí. Roc-ker, acuérdate. Sin que nadie más lo escuche. Que te diga qué hago después de comer. ¿ Te acordarás de todo?

Cogió el dinero y marchó corriendo cerrando la puerta de la estancia. Me intranquilizaba la idea de que fuera la segunda comida que pagara esa mañana, y la segunda que volara sin ser catada. Al menos esta vez tenía su bocata y sus dos litros de refresco. Ni diez minutos habían pasado cuando otro empujón a la puerta permitió que entrara el chaval con todo el material consumible, esta vez metido en una bolsa de plástico. Lo dejó todo encima de la mesa, sacando su correspondiente bocadillo de jamón y escondiéndolo junto a él. Comimos y bebimos sin intercambiar palabras, sólo gestos de satisfacción y gemidos de placer palatino. De vez en cuando, sonoros eructos se le escapan a mi infante acompañante, pero se los perdonaba como agradecimiento a su inmejorable compra. Sin agobios de tripas vacías, ni sed que nuble la mente, me apoltroné contra el respaldo del sofá dejando espacio de distensión al vientre lleno. Y más con las burbujas del refresco. Medio somnoliento terminé de ver a mi joven compañero devorar sus últimos bocados, dando un largo trago al refresco y eructo inmenso de traca final de fiestas. Todo un espectáculo este querubín tiznado.

Fotografía de José Luis león Padial

– ¿Y por qué hueles tanto a mierda? – me soltó a quemarropa.

– No, si tú hueles a gloria – le bromeé dándole un golpecito en el hombro -. Y el esmoquin que usas me quita el sentido.

– Ya, pero lo tuyo parece que ha sido recochineo, revolcarte con gusto.

– Pues no, hijo, no. Gajes de la vida. Por cierto, ¿le diste el recado al negro?

– Claro, se me había olvidado concentrado como estaba en dar un bocado tras otro. Me dijo que en media hora te asomases a la puerta del bar y, si no había nadie, como presumía él por la hora, subieses las escaleras. Lo que no me especificó fueron qué escaleras. Supongo que tú sabrás cuáles son, ¿no?

– Sí, lo sé. Mira, te propongo otro trato. ¿Tienes algo que hacer las próximas horas? – como me negó con la cabeza proseguí mi exposición -. Quédate aquí, abres un poco el trapo que tapa la visión de la calle y observa si entra en el bar un tipo alto y gordo, con o sin un tipo delgado, calvo y con un parche en un ojo. Si entran, calculas treinta minutos, y, si no he salido en ese tiempo, llamas a la policía y les adviertes de un asesinato en este bar. ¿OK? Si salgo antes, pues nada. A cambio te doy cincuenta euros, veinticinco ahora y veinticinco al terminar el trabajo.

– Al gordo y al tuerto los conozco de verlos a veces por aquí, por el barrio. Pero, ¿y si te liquidan? ¿Cómo cobro yo la otra parte? – se interesó por sus emolumentos sin tacto ninguno con mi destino.

– No llegarán a liquidarme. O salgo con ellos, o salgo con la policía. Por lo menos eso debemos pensar.

– Pues con tu aspecto y olor, creo que con la policía poco vas a salir.

– ¿Aceptas o no?

– Venga, sí. Por no hacer nada, no está mal lo que pagas. Lo único, que si tengo que llamar por teléfono, puedo tardar un poco. Pero ya me las arreglaré.

– No, no. Menos mal que lo has comentado. Te voy a dejar a cargo de un móvil que no has de conectar si no necesitas hacer la llamada. No tiene número de bloqueo y apretando una tecla llama directamente a la persona con la que tienes que hablar – le enseñé la tecla de encendido y la de rellamada que volvería a reflejar el teléfono del comisario Peana, último número marcado por mí -. Como ves es fácil. Cuando identifique el número que le llama, sabrá el caso que es y no le tendrás que dar muchas explicaciones. Entonces, te dejo. Toma tu primer pago y después terminamos de hacer cuentas.

Me asomé desde la ruina de portal a la entrada de El Terrao. Efectivamente estaba vacío, por lo que sin pestañear entré decidido y me subí las escaleras a la planta superior. La puerta de acceso estaba abierta y, al no ver abajo a El Mechas, lo llamé en voz alta sin obtener respuesta. Miré en su habitación y todo seguía igual. Por el resto de habitaciones no parecía oírse movimiento alguno que indicara estar arreglándolas. Extrañado, y con ganas de soltar una larga y cálida meada, me dirigí al lavabo. Mientras me aliviaba, no alcanzaba a entender cómo dejaba el negocio abandonado, aunque fuera por un momento. Decidí asearme un poco y esperarle abajo, tomándome un café, cuando llamó mi atención la cortina del baño descolgada por un extremo, como si hubiesen arrancado esa parte de las anillas correderas que se mantenían en el mástil. Al acercarme para recomponer aquello un poco, me encontré la cara de El Mechas con los ojos abiertos fijos en mí, tumbado a todo lo largo de la bañera, la boca también abierta y un agujero, entre los ojos, de entrada de bala por el que apenas había manado un par de hilos finos de sangre. Debajo de su cuerpo se acumulaba un charco rojo proveniente de su nuca, por donde habría salido el proyectil. Presentaba también señales de golpes en pómulos, sienes y por la posición anormal en que se veían, ambos brazos y piernas rotos. Me aventuré a realizar un registro rápido al tercer cadáver que examinaba en veinticuatro horas, cosa que ya me estaba resultando familiar, pero para nada agradable. Encontré las llaves del negocio en un manojo de por lo menos quince, unas siete monedas de euro, un pañuelo sucio, varios palillos de dientes, aparentemente sin usar, y una pequeña funda de plástico, de las que envuelven los carnés de conducir, con muchos papeles de identidad suyos y otros con algún apunte que no era el momento de valorar. Limpié de sangre una de las caras de esta funda con papel higiénico, me lo guardé y me lavé las manos. Algo me decía que era mejor poner pies en polvorosa ante lo que podía ocurrir.

Me disponía a ello, cuando sentí unas voces que subían las escaleras hacia el piso. Rápidamente me introduje con ligereza en el dormitorio más próximo que alcancé, casi a oscuras y escondiéndome tras la puerta a medio cerrar. Esto me permitió poder ver, por la rejilla que queda entre puerta y marco, a dos tipos con toda la pinta de Los Blues Brothers, uno gordo, bajo, y otro delgadito y alto, con sus mismos trajes negros, camisas blancas, corbatas negras, zapatos y gafas también oscuros, patillas a media cara, sombreros negros con una tira blanca en medio y andares chulescos. Casi discutían entre ellos, por el tono que manejaban. Portaban en sus manos una pistola cada uno. Por instinto palpé que la mía estuviese donde siempre y rezaba, primero por no tener que usarla, y segundo porque, llegado el caso, toda la ponzoña que le habría llegado con seguridad en mi baño basurero matutino no hubiese afectado a su mecanismo de acción.

– …porque antes, si te hubieses enterado de todo, no teníamos que estar aquí de vuelta. Ahora cualquiera toca al negro. Estará cubierto de sangre hasta los ojos. Y que lleve encima la famosa cartera.

– Pero si es que no se han aclarado hasta que la faena estaba terminada. Dicen una cartera, y lo mismo es la mochila del Tercio de la Legión. Nos mandan a buscar algo que ni ellos saben lo que es. Es más, nos mandan liquidar al negro por una sospecha de una chivata que capaz es de no ser verdad. ¡ Joder qué peste huele por aquí!. Parece como si se hubiese descompuesto ya el cabronazo ese.

– O como si hubiesen descargado aquí un camión entero de basura. Qué digo un camión, toda la flota de camiones de la ciudad. Menudo asco.

– Y mientras el mamonazo este del Darbo Nigth y sus gorilas esperando bien cómodos en su Mercedes. Como están los dos gilipollas de turno ahí, que ellos se la jueguen.

– ¿Van a esperarnos aquí en la misma calle?

– ¿Tú eres imbécil o te lo haces? Esos nos esperan ahora en La Paloma Blanca, ahí en calle Aljara o algo así.

– ¿Y tú sabes ir?

– Que sí. Vamos rápido con esto y salgamos flechados.

Fotografía de José Luis león Padial

Entraron al lavabo y los sentí discutir sobre quién sería el encargado de registrar el cadáver de El Mechas. Aproveché para escurrirme sigilosamente a las escaleras y volar al portal de la casa ruinosa. Abrí la puerta donde me esperaba el chaval y me lo encontré dormido en el sofá.

– Contigo estoy protegido – le recriminé mientras le arrancaba el teléfono, lo encendía y llamaba a Peana.

– Los bocadillos me han dejado rendido. Hacía que no comía así semanas.

– Pues venga tira para la puerta que me tienes que llevar a una dirección sin que nos vea nadie. Y corriendo, que esto se va a llenar de policías.

Salimos corriendo mientras al otro lado del teléfono tardaban en descolgar. A unos doscientos metros paré y volví a llamar. Esta vez sí lo cogieron rápido.

– Peana, soy yo. Como siempre calle y escuche. Es urgente – le expliqué lo de El Mechas, el sitio, la presencia de dos matones, la espera en La Paloma Blanca del llamado Darbo Nigth, la peligrosidad de todos y le pedí que registrara a fondo El Terrao hasta encontrar la nevera portátil con el cuchillo. Que estudiara sus huellas y la sangre que en él había. Le pedí que fuera a recoger el cadáver de Rice y que tuviese paciencia conmigo pues pronto esperaba conocerlo en persona, pero con mi inocencia como tarjeta de visita. A todo esto, se notaba que mi discurso lo estaban oyendo varias personas en un teléfono en abierto pues, conforme les comentaba cosas, se daban órdenes de enviar elementos de las Fuerzas de Seguridad a un sitio u otro con la máxima discreción y prudencia -. Seguirá teniendo noticias mías – concluí.

– Cuídese y no me olvide – le oí decir antes de desconectar de nuevo el móvil.

El chaval se conocía el barrio al dedillo y sabía por dónde podía llevarme, con el mínimo riesgo de ser visto o reconocido. A veces, me hacía entrar en casas abandonadas para salir por la puerta trasera, o descolgarnos por un balcón derruido, o me hacía esperar por la presencia de gente hasta que no hubiese moros en la costa. Parecía muy identificado con mi causa. Y yo se lo agradecía de corazón ya que dependía en ese momento de él. El empedrado que muchas calles del barrio presenta resulta muy apreciado por los turistas, por la diversidad de dibujos que se obtienen con piedras de diferentes tamaños, formas y colores, pero para mis pies ese día era una auténtica paliza. Correr, saltar, en definitiva, ir sin la tranquilidad del guiri en su paseo vacacional, con los botines de Mike Rivers por estas superficies, estaba aumentando la temperatura de mis zapatos hasta cotas molestas. Necesitaba llegar a mi destino y poder darme descanso, porque vaya día el que llevaba.

Próximos a calle Matamoro, le describí la casa objeto de mi destino, pero manteniendo que podía ser muy peligroso, en ese momento, ir sin estudiar previamente la situación en los alrededores. Me aconsejó que esperase en otro inmueble ruinoso próximo mientras él mismo indagaba cómo estaba el patio. De nuevo me admiraba el valor de este mocosillo que, no teniendo mucha edad, tenía camino recorrido en este mundo. Para él era un juego divertido, del que no sabía todas las reglas, pero del que se sentía parte activa e importante. Como yo acepté su ofrecimiento, me condujo a lo que en su tiempo debió ser un taller de coches pequeño o de motos. Presentaba un aspecto mucho más sucio que el que había sido hace un rato nuestro salón. Todavía colgaba de la pared un almanaque del año 1988, con una rubia impresionante que sonreía permanentemente a todo el que la miraba. También se podían ver dibujos de herramientas en la pared, en donde se supone estarían colgadas en otro tiempo cada una, en riguroso orden que impidiese perderse al operario que la buscara. Las borras de todo tipo y colores adornaban el suelo, junto a broza asilvestrada que surgía de las grietas repartidas por todas partes. Apoyado en los restos de un viejo gato hidráulico pude ver, por un hueco en el panel de madera que tapaba una ventana del local, cómo el chaval se acercaba a la casa de Esther y, sin temor ninguno, aporreaba el timbre para ver quién salía. Una vecina se dirigió a él y estuvieron hablando un tiempo, tras lo cual se despidió y se marchó cada cual por un lado. No pasó mucho hasta que vi entrar, por otro ventanuco de la pared de enfrente, a mi pequeño aliado.

– Vaya lío en el que está metida tu amiga. Según me ha contado la vecina, esta mañana la han detenido por ayudar a un asesino a escapar de la justicia. Parece ser que los tenían controlados y, en una redada rápida, la consiguieron detener a ella cuando iba a comprar comida para su compinche. Él se ha escapado y es sólo ella la que se está comiendo el marrón. Ahora la casa está precintada y no se puede entrar a ella. ¿ No tendrás algo que ver con ellos?. Joder, lo suponía – exclamó cuando vio mi cara asintiendo a todo lo que me contaba -. Tú serás el asesino y yo tu próxima víctima.

– Calla un momento. Si lo hubiera querido o creído necesario, ¿no crees que hace rato te hubiese eliminado? Debes creer en mí como yo tengo que fiarme de ti – me sonaba la frasecita -. Te explicaré un poco lo que pasa – y por encima conté que estaba perseguido equivocadamente, que Esther era una de mis claves para demostrar mi inocencia y que necesitaba una pequeña agenda que esta mañana encontré, y volví a dejar, en un bolso de fiesta dentro de esa casa, pues contenía teléfonos y direcciones fundamentales en la resolución del caso -. ¿Me crees?

– Puede que todo sea verdad, y que lo único que seas es el típico pamplinas que está en el sitio menos oportuno en el momento menos adecuado. Iré a por esa agenda, pero te va a costar ciento cincuenta euros a sumar a los veinticinco que me debes.

– Pero si te quedaste dormido y por poco me dan el pasaporte…

– O lo tomas o lo dejas y hasta aquí ha llegado mi colaboración contigo – hizo amago de irse, se paró y me miró esperando respuesta -. ¿Qué? ¿Aceptas o no?

– ¡Qué remedio me queda! Ten cuidado y que no te vea nadie.

– Ya soy mayorcito para consejos de ese tipo. No te muevas de aquí.

Lo vi por medio de la calle dirigirse a la parte posterior de la casa. “Entrará por el muro de los contenedores y luego se colará forzando la ventana del dormitorio de Esther”, pensé. Unos minutos después apareció un todoterreno de la Guardia Civil con una pareja de guardias. Pararon frente al portón de entrada a la casa y sacaron dos cestas verdes de mediano tamaño, como de llevar fruta, para recoger efectos sospechosos, supongo. Temía por el chico, cuando inmediatamente después de entrar los civiles en la casa, surgió su figura por donde había desaparecido. Sentí mi corazón recuperar sus latidos normales, pues si al chico lo cogen, mi situación para salir de allí no era la mejor. De inmediato llegó hasta mi lado sonriente.

– Por poquito no me pillan. No contaba yo con la visita de esos dos, y sin la sirena no hay quién se entere ahí dentro. Bueno, al grano. Aquí está tu bolso de fiesta – dijo mientras me enseñaba el pequeño bolso dorado -. Ahora quiero ver mi pasta. En total son ciento setenta y cinco euros por ser para ti. Precio de colega, ¿eh?

– Baratito, ¿eh? – ironicé a la vez que abría mi cartera. Al pensar que me faltaban algunos euros me acordé del dinero de Rice que llevaba aparte. Lo busqué en mi bolsillo, saqué el fajo y le completé sus emolumentos hasta la nada despreciable cifra.

– ¿Siempre llevas tanta guita encima? – preguntó curioso el chaval no acostumbrado, supongo, a ver tanto billete junto.

– No, sólo si salgo a tomar café, por llevar algo de cambio.

– Qué gracioso…- murmuraba mientras contaba el dinero para asegurarse que no faltara nada -. Y ahora, ¿ desea algo más de mí el caballero?

– Depende. ¿Será gratis? Porque contigo, o se es ministro, o le toca a uno la lotería para tenerte como empleado.

– Está bien. La casa invita. Escúpeme lo que te corroe.

– Necesito ir a un lugar tranquilo donde estudiar mis planes, descansar y, a poder ser, me duche y tenga ropa limpia sin que me hagan muchas preguntas.

– Puede ser que conozca ese lugar, pero lo de la ropa te lo propongo como un trueque. Yo te consigo otra limpia pero me quedo con la tuya, chupa y botines incluidos. Yo me encargaré de lavarlos.

– Con cena y cama.

– Pero sólo por esta noche.

– De acuerdo. ¿Vámonos ya?

– Esperemos a que se alejen de la zona los civiles. Aunque vayamos por sitios escondidos, mejor cuanto más lejos los tenga.

Continuará…

Imagen de cabecera fotografía de José Luis León Padial

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