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Seis números rojos (XII)

   – Voy a hacer con tus tripas cuerdas para mi guitarra, que las tengo desafinadas – me dijo para probar mi moral –. Je, je, je. Y con tus dientes, púas para tocarlas. ¿Te agrada la idea?

   – Penta,…- respondía yo intentando olvidar los dolores que recorrían toda mi anatomía – Penta, …

  – ¿Sí, cariño? Háblale a papá – seguía con un tono burlón mofándose de mí para divertimento de sus secuaces.

  – Penta,…- continué quejumbroso -, ¿me oyes bien? – entorné los ojos para hacer la escena más dramática.

  – Que sí, hombre, que sí. Dime lo que quieras – le dejaban regocijarse sus superiores para divertimento de sus camaradas mercenarios.

  – Sólo quiero decirte una cosa – mi voz dulce y agónica le hizo acercar su oreja a mi boca.

  – ¿Sí?

  – ¡Bésame el culo! – grité todo lo fuerte que mi garganta pudo, que no era gran cosa. El susto lo hizo tropezar al hacer el movimiento de separación de mi estridente boca para, posteriormente, rodar por el suelo hasta casi caer por las escaleras que conducen al piso inferior del inmueble.

  – ¡Serás hijo de puta! – bufaba mientras más de uno se tambaleaba de la risa – ¡ Voy a rajarte en filetes con cuchillas de afeitar! ¡Desecho de la naturaleza! ¡Despojo de los despojos! – entre cinco hombres tuvieron que sujetarle para que no llegara hasta mí, porque de haberlo hecho, ofuscado como estaba, cumpliría sus amenazas de sobra -. ¡Disfruta de tus últimas bocanadas de aire porque en cuanto te tenga entre mis manos voy a dejar tu pescuezo más fino que el hilo de pescar! ¿Me oyes masa de estiércol? – desgranaba una tras otra todas las caricias que me iba a dedicar junto con los compañeros que lo retenían y, posteriormente, lo obligaban a bajar a por las escaleras por orden del jefe.

  – Penta, cállate ya, luego tendrás ocasión de limar tus diferencias con mi amigo el Rocker – hablaba pausadamente el jefe – ya que por ahora me hace falta tenerlo completo. Aún así, veo que por poco no te faltan piezas por alguna parte de tu fachada. Una vida muy agitada e interesante la tuya, amigo Rocker – prosiguió iniciando un lento paseo de izquierda a derecha mía, unos cuatro pasos a cada lado. Observando atentamente a quién tenía ante sí, el lumbreras que los tenía inquietos a ellos, a la compañía. Y miraba y miraba, y yo creo que no se lo creía. La sonrisa recelosa que adornaba su boca desfigurada podría poner nervioso a cualquiera -. Una vida dura, sí, pero interesante. Creo que has solicitado personalmente a mi colega el francés mi presencia en esta reunión de…. ¿negocios, podríamos decir?. Según me consta tienes información muy valiosa que nosotros te sabremos valorar, ¿ no?. Seguro que estaremos todos encantados de oírte. Bajad todos las escaleras y dejadnos, al francés y a mí, a solas con nuestro invitado – se refería el jefe a otros tres matones que quedaban junto a ellos en la habitación, entre los que se encontraba el gorila que nos sorprendió al entrar. A éste último lo desvió hacia la zona por donde nos había localizado que, junto a la salida principal del edificio, escaleras abajo, eran los dos puntos de acceso a la reunión. No pensaba que pudiera ser peligroso en esas condiciones, ni en mis mejores condiciones -. Y respecto a ti – dirigiéndose a Esther -, ya hablaremos cuando esto termine. El Mando no parece que esté muy contento con tus actuaciones de los últimos días. Tienes muchas cosas que explicar y mejor que nos convenzas porque de lo contrario…..

  – Nada de nada – corté sus amenazas.

– ¿Cómo dices? – preguntó desafiante el jefe.

  – Que a ella ni tocarla, ¿ entiendes?. Tiene tanto de mérito en todo esto como yo, así que quítate de la cabeza el tocar uno sólo de sus pelos o atente a las consecuencias.

 – Otra chulería de esas y te forro el cuerpo de plomo – se aceleró el jefe para, a renglón seguido, apaciguarse gesticulando y aumentando el ritmo del paseo por la habitación -. Veamos, Rocker, cuéntame lo que has venido a decirme, sin enfados, sin malos rollos. Supongo que, cuando termines, podré valorar tu trabajo y el de Shena, ¿supongo bien?

  – ¿No va a venir nadie más a la reunión? – contesté no haciendo mucho caso a lo que acababa de decir -. Suponía que El Mando estaría interesado en conocer de primera mano qué hacen sus hombres con sus negocios – les cambió la cara como si les hubiese nombrado al diablo, mirándose el uno al otro sin saber qué responder. Tenía la sospecha de que estaba en otra estancia, apartado de miradas indiscretas, no perdiendo detalle de todo lo que se estaba hablando -. Es una pena que tenga que negociar con segundones que poco pintan en las decisiones importantes – mi chulería aumentaba por momentos ante la ira de mis interlocutores-. Creo que lo que vengo a discutir es lo suficientemente importante como para que la presencia del señor que os manda hacer las cosas que hacéis esté asegurada.

 – Maldita sabandija – me insultó el francés –, cómo te atgeves a nombgag a quien ni conoces. Podgíamos haceg contigo albóndigas si quisiégamos. Recuegda que no egues nada más que un vulgag fgacasado que vino a implogagnos un chusco de pan que llevagse a la boca. Y ahoga muegdes la mano que te da de comeg cual peggo sagnoso desaggadecido.

 – ¿Me permites que te dé un consejo? – me dirigí a él. Como refunfuñó, y antes de que me cambiara el tercio, proseguí -. No hables más en público mientras no hayas “apgendido” – le imité – a pronunciar correctamente el castellano, porque cuesta entenderte la misma vida. Cierra el pico y, en adelante, limítate a escuchar – le provoqué para exaltar sus ánimos.

  – ¡No te pegmito más ¡ – dijo buscando en los bolsillos internos de su americana la pistola que, en milésimas de segundo, contemplaba dirigida hacia mi entrecejo para, posteriormente, en otras milésimas idénticas a las anteriores, enfilar el techo desviada en la misma mano portadora hacia dicho sitio por las dos manos del jefe que, en un alarde de reflejos, reaccionó con suficiente celeridad para salvar mi vida. Las doce balas del cargador se incrustaron en el techo, haciendo caer un trozo de éste sobre los dos mafiosos que terminaron llenos de yeso y cal -. ¡Déjame que acabe con él! ¡Dame ese placeg y ya no pedigé nada más en tgeinta años! – le pedía a gritos el francés al jefe que trataba de calmarlo como podía ante el intento de éste de recargar la pistola. Por suerte para ellos, el silenciador instalado en el arma impidió que medio barrio se enterara de que estaban a punto de licenciarme de la tierra. Sin tiempo a parpadear, subieron en tropel el ejército de animales que guardaban las espaldas de estos dos. Traían las caras desencajadas y se ordenaban en una especie de formación de asalto, cada uno con su correspondiente revólver en la mano. El jefe los tranquilizó y los hizo volver a sus posiciones, agradeciendo la atención prestada al percance -. ¡Y encima se guíe el muy cabgonazo! – terminó por decir el francés en su desesperación al advertir que un esbozo de sonrisa se dibujaba en mi cara por lo cómico de la escena.

 – Tú también podrías cooperar algo – se dirigió a mí el jefe buscando apoyo para apaciguar los ánimos bastante alterados -. Olvidemos nuestras diferencias personales y vayamos al grano del asunto que nos trae aquí. ¿ Sabes algo del botín que custodiaba Nola o es otra artimaña de las tuyas?. Si tienes algo que contarnos que nos interese comienza a largarlo, o si no, no perdamos más el tiempo, ni tú con nosotros, ni nosotros, por supuesto, contigo.

– Conforme – me encontraba bastante más recuperado de mis dolores articulares. Me levanté despacio para no forzar el cuerpo y que éste no me doliera de nuevo. Me apoyé en la pared mientras Esther continuaba en su posición. Moví despacio mi hombro derecho, al principio solo y posteriormente con el brazo extendido,  para terminar el ejercicio con desplazamientos a un lado y a otro de la cabeza, con objeto de comprobar si me hallaba en condiciones de mantenerme estable al caminar. Sentía molestias fuertes en la espalda pero no parecía tener nada roto, por ahora. Paseé un trecho corto al centro de la habitación y finalmente retorné a mi sitio.

  – ¿Pero qué estás haciendo? ¿Un pase de modelos? ¿Lecciones de aerobic del viejo rockero? Ni vistes, precisamente, un traje italiano, ni tu corte de pelo ni tu peinado son lo más chic del momento, y mucho menos aún tu cuerpo se puede calificar de envidiable. Por Dios, te rogaría que te centraras de una vez por todas.

  – Que sí, que sí. Sólo comprobaba el estado en que esa bestia amigo vuestro me ha dejado.

  – Nada compagado como te iba yo a dejag – saltó el francés.

  – Deja ya las amenazas y escuchemos lo que tiene que decirnos – zanjó el jefe.

 – Muchas gracias por su comprensión a esta audiencia que creo que no me merezco – inicié mi perorata ante los resoplidos del francés -. Sé que la narración que voy a hacer ahora sorprenderá a unos, enrabietará a otros, calmará la conciencia de algunos y liberará de toda culpa a los menos, o sea a mí, pero es la verdad pura y dura, fastidie a quien fastidie – en este punto ya comencé a tomar el gesto más serio e incluso a levantar la voz -. Espero, y de eso estoy seguro, que esta conversación llegue a todos los oídos de todas las partes implicadas que voy a nombrar para que, como se suele decir, cada mástil aguante su vela, con todas las consecuencias que esa vela le traiga, buenas y malas. Sólo os pido que a cambio de la información que os voy a pasar, me confirméis la verdad de la parte que os toque de la historia – los dos, casi sin parpadear, asintieron en la pausa que hice para ello -. Bien, buenos chicos. Empiezo con los hechos – carraspeé para aclararme la garganta y darme más importancia -. Leandro, alias El Mechas, planeó con Esther, alias Shena, y Nola, quedarse con el botín que ésta última tenía escondido, bajo su custodia por orden vuestra – Esther en esos momentos dio un respingo al sentirse traicionada por mí, intentando decirme algo que era indescifrable por el hinchazón de sus labios. Se abrazó a mi pierna clavándome las uñas de pura rabia, para luego aflojar a medida que el llanto le nublaba las fuerzas. Acaricié su pelo para transmitirle confianza, aunque su desolación la dejó insensible a nada en esos momentos -. El botín estaba, sin que lo supierais vosotros, en una de las cajas de seguridad de la consigna de la estación de autobuses, y allí tenía pensado dejarlo Nola  hasta que se lo pidieseis. Averigüé este dato, como la mayoría de los que he recopilado, por casualidad, al encontrar mi teléfono particular entre los papeles de El Mechas como teléfono de contacto con Nola, señalando, junto al número, el horario en que ésta siempre se encontraba allí, así como el teléfono de Esther con sus señales previas de identificación. El resguardo de la caja de seguridad, junto a los seis números escritos con tinta roja que eran la clave de apertura, también estaba entre los papeles que llevaba consigo El Mechas. Al negarse Nola a devolver el botín cuando le fue requerido, y dar largas a la compañía sobre el paradero del mismo, decidieron, o mejor, decidisteis,  eliminarla para darle un escarmiento, de lo que sólo sospechó Esther cuando ya estaba muerta – de nuevo Esther, esta vez contra los dos oyentes de lujo que teníamos, profirió insultos indescifrables arrojándoles restos de yeso y escayolas de la pared sobre la que se apoyaba. Le sujeté las manos hasta calmarla de nuevo. Con la llantina la cara se le congestionó aún más, así como sus ojos. De su nariz pendían dos velas de moco que intentaban sortear los labios hinchados. Continué – El Mechas ni se enteró que se planeaba liquidar a Nola. Confiaban en Rice, al que no le habían dicho nada del plan del botín, pero este era un cocainómano confeso, y pensaba más en dinero para sus dosis que en echar una mano a Nola para escapar. Él fue quien llamó a la farmacia para comprobar que hubiese salido yo de allí, y supongo que fue quien dejó la olla con las lentejas al fuego para que reventaran. Comprobó, asimismo, que entraba en casa y de inmediato llamó a bomberos y policía. De ahí la rapidez con que se desató todo. No creo que ejecutara a Nola, pero sí que intervino en abrir el acceso a mi casa a ti, francés, por su amistad anterior con ella. El francés y el Penta consumarían el asesinato, y dejarían encargado el resto a Rice, incluso del arma homicida, que paseó por media ciudad envuelta en el trapo y en la bolsa del hipermercado que ahora están en posesión de la policía. Pero, y esto era una de las cuestiones que más me obsesionaron tras los sucesos, ¿ dónde estaban mi mujer y mis hijas a esas horas en las que normalmente comen en casa?. Mi curiosidad por una tarjeta de invitación a una fiesta infantil de cumpleaños, y una posterior llamada desde una Residencia de un amigo mío al lugar de celebración, me sacaron de dudas. Confieso que al principio pensé de todo. Hasta me planteé que mi mujer hubiese montado un complot contra mí para deshacerse de mí. Lo que no me cuadraba era que en el complot entrara liquidar a Nola. Menos mal que la explicación, aunque sorprendente e inexplicable para mi cabeza, no incluía a nadie de mi familia. La clave se llama Fernando Lamberg, el Mando – les noté de nuevo nerviosos al nombrarles a este tipo, mucho más cuando oyeron su nombre y apellido. Me daba en la nariz que este pájaro tampoco rondaba muy lejos lo que justificaría el sin vivir que recorría los cuerpos del jefe y del francés. Nadie que no fuera de los de su confianza conocía estos datos y eso los aturdía más -. ¿Algún problema?. Os noto temblorosos. ¿Miedo, terror, indecisión?. En fin – continué -, ¿ Por dónde iba?. ¡Ah, sí! Fer-nan-do Lam-berg – recalqué cada sílaba subiendo el tono a medida que terminaba el apellido -, abogado y jefe en el bufete donde trabaja mi esposa. Él, a media mañana del día de autos, habría llamado a mi mujer desde el despacho a su móvil para que trajera a las niñas, tras la escuela,  allí cerca, a un centro de recreo infantil donde supuestamente celebraría el cumpleaños de su hijo con un almuerzo-fiesta. Inocentemente, mi señora esposa habría aceptado, dejando a Nola sola sobre la una y media de la tarde, tiempo de sobra para que ocurriera todo. Luego, con mi aparición en El Terrao, les rompí los planes a todos sin saberlo, ni ellos, ni yo. El único que podría haberme reconocido era Rice, pero esa noche no habría reconocido ni a su padre, y yo no me quitaba las gafas ni la gorra en ningún momento. El francés y El Penta nunca me habían visto y, como les fui útil esa noche, algo pensarían explotarme confiando en la supuesta amistad que tenía con El Mechas. Nunca sospecharon que yo pudiera ser el que esclareciera el ajuste de cuentas con Nola, pues me consideraban un desgraciado por la historia que le contamos El Mechas y yo aquella noche. El Mechas supongo que sí quiso ayudarme sin conocer que la muerta de la que le hablaba era una de sus socias. Creo que no llegó a enterarse de lo de Nola y, en el fondo, le seducía la idea de un posible reencuentro con Marga, más creyéndose rico, a corto o medio plazo, y creyendo rica a Marga, como yo le mentí. Los chicos de Darbo Night se lo cargaron tras un soplo que lo delataba como poseedor de las claves del destino del ya comentado botín, soplo que sospecho provenía de Nola, la cual jugaría a dos bandas con los dos grupos mafiosos, y que últimamente no disfrutaba ni de la amistad, ni de la confianza de El Mechas. Por su parte Esther – volví a acariciar su pelo mientras seguía mi relato. Parecía que se hubiese calmado un poco, por lo menos ya no sollozaba como antes -, una vez perdida su hermana, y enterada de que yo era el principal sospechoso de su asesinato, pues se lo dije yo mismo, aun sabiendo que yo no fui, prefirió entregarme a la policía en su casa, cargarme ese muerto y seguir con su plan a medias con El Mechas para disfrutar del botín de Nola. Ahí sí que me sentí traicionado, y abandonado, como una rata en su agujero a la que esperan multitud de gatos hambrientos en el exterior. Pero se cargaron a El Mechas, a la vez que cerraron El Terrao, arrasaron con Darbo Night y los suyos, y yo me escapaba otra vez de la policía. Nadie la defendió, y estuvo en la cárcel detenida, como sospechosa en los asesinatos de Nola y Rice, hasta que todo se aclaró. Sin quererlo, o queriendo, quién sabe, te ayudé con mis conversaciones con el comisario Peana. Yo le avisé de lo de El Mechas, para que diera cuenta de sus asesinos. Todo te salió mal, querida, pero puedes ser de gran utilidad para desenmascarar multitud de faenas del francés, El Penta, del jefe, del oficial Justo y por último, hasta del mismísimo Fernando Lamberg, el Mando. Y seguro que alguno me dejo en el tintero. Sobre el oficial Justo, poco hay que decir. Era un pelele en las manos de Esther. ¡Qué infeliz! ¡ Menudo iluso!. Esta lo utilizó, enamorándolo,  para seguir los movimientos de Fernando Lamberg. Le prometió amor eterno y lo que le puede buscar es la ruina infinita. Lo veía, a escondidas de todos, en su casa. A última hora de la mañana o primeras de la tarde. Lo conoció de rebote, en el juzgado, estando ella de testigo de una amiga acusada de tráfico de estupefacientes. Lo cameló, al principio como un tonteo y, después, sabiendo que trabajaba para el que trabajaba, puso más énfasis en ello. Pero el pobre nunca llegó a sospechar nada de nada. Menudo bobo. Esta mañana lo llamó nada más terminar de hablar conmigo, eso no lo sabes – me dirigí a ella -, cometiendo el fallo de contárselo todo, aunque ya le había yo puesto sobre aviso anteriormente. Creía que su amor por ella pesaría más que la tomadura de pelo a la que lo había estado sometiendo. Pero él, despechado y mucho más fiel a Fernando Lamberg, quiso tomarse la justicia por su mano e intentó acabar con ella esta misma tarde para quitar un quebradero de cabeza a su jefe, y de paso vengar su orgullo herido. Craso error que lo mete de lleno en el saco de este espinoso juego. Por último, Fernando Lamberg – sonreí agitando la cabeza como si aún no me lo terminara de creer -. ¡Qué sorpresa la primera vez que vi su teléfono en la agenda de Esther! Este es el cabecilla de la organización que todos llamáis la compañía. Reconocí su teléfono en la agenda como el mismo del despacho donde llamaba yo a mi esposa de vez en cuando. Lo único que, junto al teléfono, en la agenda había un apunte: SOLO DE DOCE A DOS DE LA MADRUGADA, horas extrañas de charlar con los amigos. Además, al lado de su nombre estaba su alias: El Mando. Yo lo llamé esta mañana para que desconfiara del francés en el caso del botín de Nola, para que no lo llamara hasta la noche, cuando  yo se lo iba a ofrecer. De todas formas, él tenía en el jefe su perro de presa para ponerlo en los talones del francés y mantenerse informado de sus movimientos, más si cabe tras confesarle yo mis sospechas – una mirada del francés fulminaba en esos momentos al jefe -. Al igual que en El Terrao, en otros locales de similares características mantenía una jerarquía igual, con un jefe poco visible que promovía negocios varios a una red menor o mayor de mercenarios, siendo su mayor competencia Dabor Night. Nadie, excepto sus jefes, lo conocían directamente. De día era un responsable, reputado y serio abogado, que dirigía un bufete de renombre, y en nada hacía sospechar lo que de noche maquinaba. Probablemente su afán por el dinero o sus también luego comprobadas aspiraciones de poder, primero entre el gremio empresarial de la noche y, después, dominada esta faceta, entre grandes poderosos de la política, subiendo hasta los escalafones superiores, lo habían cegado llevándolo a ampliar la llamada compañía a límites y negocios que en un principio no se habrían planteado, pero que luego hubo de asumir conociendo que jugaba con fuego en el marco de la ilegalidad. Lo que me apena de él es que no le tembló la mano al planear implicarme en el asesinato de Nola, sin importarle lo más mínimo el futuro de mi familia, entre la que se encuentra una de sus mejores colaboradoras en tareas legales, mi mujer – volví a pasear dejando unos momentos de reflexión que permitieran a cada uno ver el lugar donde había quedado. Se notaban caras de preocupación por las traiciones y dudas que mi relato les había dejado a los dos, o mejor dicho, a los tres, incluyendo a Esther. Todos esperaban que continuara o anunciara el fin de mi declaración -. En fin, como diría el famoso cerdo de la tele, “eso, eso, eso es todo amigos”. Ja, ja, ja , ja – me permití carcajear ante los aspavientos y bufidos de mi audiencia. Ninguno parecía haber quedado contento, lo cual me satisfacía por lo que unos y otros pudieran largar a continuación. Me desplacé hasta una columna desde donde podía observar a los tres y esperé reacciones.

 De repente, a mis espaldas, se oyeron unas palmadas a ritmo lento que se fueron acercando poco a poco. Me volví inquieto y comprobé que las mismas venían de un cuarto, aledaño al nuestro, del que nos separaba una puerta de madera descolgada de sus bisagras superiores. Alguien tiró de ella hacia el interior de la habitación dejando visible a mis ojos al autor de todos mis males: Fernando Lamberg en persona. Quien había tirado de la puerta era el oficial Justo, sempiterno lameculos del primero, que peleaba por mantenerse en pie sobre un colchón viejo abandonado que habría dado descanso con seguridad a más de un peregrino ocasional. Este último parecía traer peor cara que El Mando, como si mi charla se le hubiese indigestado. La verdad que de cara a todos los había dejado a la altura de las ratas de alcantarillado y supongo que estaría maquinando la forma de lavar su imagen y de hacerme pagar por todo lo dicho. Los dos trajeados, impecables, sin un resto ni de sangre, ni de yeso o escombros, muy típico por estos lares. El traje de Fernando en especial era de mi agrado, propio de un gusto refinado como el suyo, de color burdeos oscuro y con americana en vez de chaqueta. Como siempre, presentaba un peinado peculiar, con un flequillo que casi llegaba a tapar su ojo izquierdo. Era guapo el muy jodido. Y alto y con billetes en la cartera. Demasiados billetes diría yo, aunque pensando de dónde procedían la mayoría, prefería mi triste cartera llena de telarañas. A veces me había asustado la posibilidad de que algún día flirteara con Chris, pero enseguida me tranquilizaba pensar que no era su tipo. Encajaban muy bien para el trabajo, pero se repelían como pareja, a mi modo de ver. Caminó despacio hacia mí, sin parar de palmear sus manos con idéntico ritmo. No apartaba la mirada de mis ojos, con una risita falsa que dejaba ver su inmaculada dentición libre de caries, sarro o empastes que sufren el resto de los mortales. Se detuvo justo delante de los dos pájaros que me habían estado atendiendo hasta ahora, dándoles la espalda. Era como si el director de la empresa, una vez comprobada la ineptitud de sus obreros, saliera a dar la cara por el producto defectuoso que el cliente venía a reclamar. Tras él, el jefe y el francés modificaron sus posiciones para poder seguir viéndome al completo. Se encontraban ante una situación nueva para ellos pues, hasta ahora, nunca El Mando había dado la cara de aquella manera. Pero en esta ocasión, el cliente lo merecía. Era un cliente especial del que estos dos mamarrachos esperaban diera buena cuenta la máxima autoridad.

A todo esto, a Justo se le ocurrió seguir la estela de su superior mirando, alternativamente, a Esther y a mí. Llegando a la altura de ésta, recibió, sin previo aviso, un puñetazo en la entrepierna – vaya obsesión de esta chica por la zona – que lo hizo caer primero sobre sus rodillas, y finalmente se derrumbó sobre su costado izquierdo poniendo su traje a la altura del resto de los asistentes, obviando claro está el de El Mando. Tras esto, Esther se arrastró hasta refugiarse en la columna donde yo me apoyaba. Nada de lo que ocurría detuvo el palmoteo de Fernando, que parecía disfrutar de las torpezas de todos sus subordinados sin apenas pestañear. Parecía divertido con el espectáculo. Y eso a mí no me calmaba los nervios. Y, para colmo, Esther volvía a gimotear a mis espaldas.

– Una conferencia perfecta para un conferenciante no menos perfecto – comenzó a decir El Mando -. La verdad que ha sido todo un trabajo de investigación al que no hay pega que ponerle. O, tal vez, siendo severos en la puntuación de tu exposición, quizás haya un pequeño detalle que te has saltado, sin darte cuenta, por supuesto, y sin maldad ni malos rollos, y que sí pediría yo que nos aclarases para demostrar a estos, llamémosles señores que nos acompañan, cómo se culmina una búsqueda con resultados positivos. ¿Me sigues?

 – Como el coyote al correcaminos, Fernando. ¿O debo llamarte Don Fernando o, en su defecto, El Mando que rima con Fernando? – le respondí con sorna intentando no dejar ver miedo alguno -. Dime, ¿en qué más puedo ayudarte?

  – Tienes gracia – me respondía mientras con la punta del pie empujaba el trasero de Justo, que en esos momentos se levantaba como podía tambaleándose ligeramente, para alejarlo no fuera a mancharle a él también en cualquier tropezón que diera -. Me haces gracia y, aunque no te lo creas, te aprecio muchísimo. Elegirte a ti como principal sospechoso en el asunto de la difunta Nola no fue fácil, pero no me quedaba otra alternativa. Era… digamos… una chica un poco atrevida y alocada, lo cual no era compatible con sus responsabilidades con nosotros. Tú eras la pieza más fácil de encajar en el puzzle sin hacernos buscar nuevas coartadas a los demás. Nos ha sorprendido tu capacidad de supervivencia y estaremos encantados de que seas uno de los nuestros, si ese es tu deseo. No tienes que abandonar tu vida normal. Es más, no debes abandonar esa vida, porque será la que siempre te elimine de las sospechas en cualquier golpe. De lo contrario, si no quieres disfrutar de la expansión de nuestra empresa, tampoco podemos, ni queremos, obligarte a nada. Sólo te pedimos que olvides estos tres días de tu vida para siempre, y lo de Nola, se lo cargamos a Rice, que nos sea útil en algo ahora que no está entre nosotros. No es mal trato, ¿no?

  – Yo sólo sé que eres más falso que las tetas de Esther – Justo levantó la cabeza asombrado, no sé si por el insulto o por la afirmación pectoral, con su cara de imbécil retorcida todavía por el dolor -. Si piensas que sigo este juego por placer es porque estás tan ciego en tu locura de poder que no ves más allá de tus narices. En mi vida he hecho tantas locuras como en estos tres días, y todas a la fuerza, por conseguir dar con la verdad y poder demostrar a la policía que yo no tengo nada que ver en esto – Esther me miraba perpleja ante los cambios de identidad que a cada rato tomaba para mí. Creo que estaba tan confundida que no sabía si seguir confiando en mí o intentar volver con la otra parte. Comenzó de nuevo a emitir frases incoherentes a la vez que tiraba de la pernera de mi pantalón, solicitando alguna explicación -. ¡Tú calla y ya te aclararás luego! – le grité airado por su intervención en estos momentos claves. Proseguí como si no hubiese pasado nada -. Escucha un segundo. Yo he venido aquí para daros lo que queréis, afirmar mi inocencia y que todo el mundo olvide que existo. Vosotros os entendéis con la policía y la Guardia Civil para explicarles la bondad de vuestros negocios, y….

  – ¿Y dónde está lo que queremos? – se atrevió a intervenir el jefe a pesar del riesgo que ello podía conllevar de ser reprobado por El Mando.

 – Eso, danos una muestra de buena voluntad tuya hacia nosotros que nos haga más creíbles tus sanas intenciones – completó lo anterior Fernando Lamberg.

– De acuerdo, ahí va eso – arrojé a los pies de Fernando la bolsa olímpica que no había soltado en todo el rato -. Dentro está lo que yo calificaría, más que una muestra de intenciones, un cumplimiento por mi parte del compromiso aceptado con todos vosotros por teléfono. Como veréis, no falta ninguna pieza, está todo lo que Nola mantuvo en custodia. Y ha sido tan fácil como ir con un resguardo a la consigna de la estación de autobuses y pedir el contenido de una de las cajas de seguridad. En concreto, con este resguardo – y enseñé el papelito que Quini me había devuelto tras su odisea en la estación -. ¿Lo reconoces? – bajé la mano a la altura de la cara de Esther y se lo mostré. Lo agarró de un tirón y cerrando la mano lo apretó contra su pecho, como si de una reliquia se tratase, iniciando otra sesión de sollozos -. Abrid la bolsa y comprobad que es el botín famoso – invité a mi audiencia. Fue el francés el que a diversas señas provenientes del jefe reaccionó, y un gesto de El Mando lo decidió; se puso en cuclillas junto a la bolsa y corrió su cremallera. Extrajo la única bolsa de basura que yo había dejado y la abrió bien para observar su contenido. Una sonrisa delataba su satisfacción al comprobar que todas las joyas de las que él tenía referencia estaban allí. Por lo pronto, esto calmaría algo los ánimos de los contactos de la costa, principales “propietarios” y muy buenos clientes de la compañía. Alzó la cara hacia El Mando y le sonrió, lo que relajó el ambiente tenso que flotaba entre ellos. No obstante, el jefe no parecía muy animado, como si algo no terminara de agradarle. Se agachó también junto a la bolsa e introdujo su mano en su interior. Registró por todos sus rincones, que tampoco digamos fueran muchos, cambiando su cara de preocupación a enfado absoluto a tenor de la congestión que reflejaba, con el entrecejo arqueado y contraído, y ambas filas de dientes rechinando por el frote a que se veían sometidas.

– ¿Pretendes tomarnos el pelo? – estalló en un grito.

– ¿Qué ocurre? – reclamó El Mando.

  – ¿Qué pasa? ¿Qué falta? – preguntó el francés -. Pog lo menos la pagte que yo conozco está íntegda.

 – ¿Y el dinero? Aquí falta el dinero. Unos cuatro millones de euros. ¿Dónde los has metido? – siguió interrogando el jefe ante la curiosidad de los demás.

– No tengo ni idea de qué me hablas – mentí -. Bastante me ha costado encontrar las joyas esas como para pensar en dinero. Eso es todo lo que había en esa consigna: una bolsa llena de alhajas y nada más. Si hubo o no hubo dinero en esa bolsa alguna vez nunca lo sabré, porque yo no fui quien la guardó anteriormente. ¿Quién me dice a mí que el dinero ese del que hablas nunca llegó a estar en la bolsa y se quedó por el camino, en algún olvidadizo bolsillo cuyo propietario o propietaria están criando malvas en este momento? ¿ Por qué no pensar que ese dinero nunca ha existido y lo único que quieres es enfrentarme todavía más a la compañía?. E incluso, puestos a ser mal pensados, lo mismo ni siquiera Nola sabía de ese dinero y eres tú el que lo ha retirado de la circulación – comentario que hizo flotar de nuevo las dudas entre esta pandilla. No había excesiva camaradería entre ellos y rezumaban tensiones arrastradas a lo largo de su convivencia, lo que se traducía en situaciones como la presente, en la que no se creía ninguno la inocencia cien por cien del jefe, pero tampoco podían enterrar de golpe los muchos años de fidelidad y confidencialidad que sumaba fundamentalmente con Fernando Lamberg. Pero hasta éste tenía un gesto excesivamente grave.

– Shena – preguntó El Mando suavemente -, ¿Tú no sabrás nada de ese dinero? ¿No, querida? Si lo supieras quiero pensar que me lo dirías, ¿eh? – pero Shena mantenía su cabeza agachada y lo ignoró, cosa que le irritó sobremanera – ¡Shena! – terminó por gritar sin previo aviso, lo que llevó a mi corazón a querer salirse de mi boca, cabalgando a mil revoluciones por minuto -. ¡Me has escuchado!. Que quiero que me expliques lo que sepas de ese dinero, querida – cambiaba a un tono más dulce una vez que comprobó que la chica estaba angustiada mirándole, con esa cara hecha un Cristo -. Sé que lo sabes, y también sé que me lo vas a contar, cariño.

 – A ella dejadla en paz o no tenéis suficiente con haberle destrozado la cara – la defendí no con muchas ganas, pues sabía que sería una misión imposible si se empeñaban en atosigarla -. No veis que no puede ni hablar. ¿Cómo va a responder a tus preguntas?

 – Si es necesario le traemos un intérprete del lenguaje de los signos o un transmisor de morse que emita el mensaje que nos quiera comunicar la dama. Tú, en cualquier caso,  harías bien en guardar las formas y no inmiscuirte más de lo que estás en temas que no te incumben. No sé si has caído en la situación en que os encontráis: en un caserón abandonado, heridos, rodeados de esbirros sin escrúpulos, sin posibilidad de salir de aquí, sólo por encima de nuestros cadáveres, cosa bastante improbable por no decir imposible, y pendientes de la suerte a que queramos destinar vuestro pellejo, y te puedo asegurar que tengo varios postores pujando por hacerse un monedero con el forro de tus partes blandas y un juego de pendientes con las mismas – algo se retorció en mi bajo vientre sólo de pensar que se cumplieran los augurios que el fulano mentaba. Por fortuna yo tenía, o creía tener, un as en la manga preparado para cuando la ocasión lo requiriese -. ¿Qué podemos deducir de todo esto? – Siguió argumentando El Mando -. Pues que tu comportamiento hasta aquí merece un aprobado raspadito, flojo, falto de consistencia, casi un suspenso que hay que intentar recuperar en otra convocatoria. La propuesta tuya se podría definir como falta de proyecto de futuro, vaga, apática, fría, displicente. Necesitarías el apoyo de un bastión poderoso que inculcara en nuestros intelectos una misiva de condescendencia para seducirnos a gratificarte con la absolución. Me es indiferente la vía por la que se complete la información ausente en tu relato, pero os aconsejaría que reflexionaseis sobre ello y, tras refrescar las memorias tan castigadas por evocaciones nocivas para vuestras pírricas neuronas, refirieseis a este modesto auditorio el fragmento de la fábula que nos falta por digerir, evitando así la posible masacre que aquí tuviese lugar.

  – Pardiez que me emborracha tu verborrea – le seguí en su línea dicharachera y divertida -. No me dan miedo tus amenazas producto del hábito de amedrentamiento privado o público con el que estás familiarizado. Fanfarrones como tú, que desafían por norma a infelices como los aquí presentes, no merecen que se enaltezca más su ego con posturas medrosas que, a fuerza de ser sincero, no intuyo que pudiese tener beneficio alguno en la ventura de mi dermis – el resto del personal asistía a la batalla dialéctica entretenido por el tono clásico que tomaban nuestro vocabulario y expectantes ante qué sería lo próximo que nos declarásemos -. Te propongo una salida airosa de este tropel de barbaridades que estás cometiendo, que en modo alguno libraría a tu cuerpo de un juicio ante la madre Ley, mas sí purgaría tu alma con miras a un juicio final ante el Altísimo. ¿Aceptarías tratos con plebeyos de calaña muy inferior a la tuya, que no merecen otra cosa que besar donde tú pises y obedecer con categoría de ilota todo aquello que a tu antojo le plazca? – terminaba yo preguntando adoptando una pose de recitador de poesía barata, con una mano en el corazón y la otra estirada al aire.

 – ¿ Se puede sabeg qué clase de gilipollés genegalizada os ha dado a los dos?. Basta ya de godeos y dejemos las cosas clagas de una vez pog todas – desató su ira el francés a la vez que desenfundó de debajo de su pantalón, a la altura de su pantorrilla derecha, una diminuta arma que apenas asomaba de la palma de su mano. Se separó del grupo en el que estaba, adoptando una posición intermedia, entre dos mares, animándonos a todos a levantar las manos hacia el cielo, invitación que adoptamos Esther y yo de inmediato -. ¡Penta! – Gritó – ¡Limpia la sala que empieza el sogteo! – se oyeron abajo sendos golpes secos, como cuando se le sacude a un coco antes de lograr quebrar su cáscara, seguidos de otros dos, tipo cochino contra el suelo de la sala de despiece del matadero, frutos del desplome corporal que imaginaba yo habían sufrido en la planta inferior los dos hombres de confianza del jefe que acompañaban a El Penta y a sus cinco rufianes.

– ¡Hecho! – gritó El Penta como respuesta a la orden cumplida subiendo de nuevo junto a nosotros acompañado de tres de sus hombres, todos con sus pistolas empuñadas. Los dos que faltaban quedaron guardando el piso inferior -. Registradlos y quitadles todas las armas que encontréis – les dijo señalando al trío formado por El Mando, el jefe y Justo -. Y los de abajo – aumentó el tono de su voz –, si os dan mucho la lata esos dos, les aplicáis la Ley del Silencio por la vía rápida. Pero usad silenciadores, que no vayamos a dar más espectáculo del necesario – en ese momento dirigió el punto de mira de salida de su munición a las espaldas del francés, a una velocidad que apenas tuvo tiempo para reaccionar y sentir pasar al lado de su cabeza la bala que acabó entrando en la sien derecha del gorila que nos atrapó a Esther y a mí, y que, sigilosamente, se acercaba a la reunión a averiguar el porqué de tanto grito. Fue un disparo arriesgado, pero certero cien por cien, demostrando la pericia y buen hacer que tenía El Penta en su oficio. No se retorció de dolor lo más mínimo el finado.

 – Jodeg, pog un momento me vi fulminado. Sentí hasta el aigue que desplazó la maldita bala al pasag junto a mí – resoplaba aún el francés por el trance pasado, mientras, terminado el registro de los tres truhanes, el balance obtenido arrojaba la increíble cifra de nueve elementos de ataque y/o defensa. A saber: tres revólveres, dos pistolas similares a la que portaba el francés, dos navajas de medianas dimensiones, un rompecaras, o puño de mano, con manchas de lo que podía ser sangre reseca, y un spray paralizante a  medio usar, a tenor del ruido que procedía de su interior al ser agitado. Todas se las repartieron entre los cinco que estaban -. Vamos pgepagados paga la vida ¿eh? – ironizó el francés a sus tres, hasta ahora, compinches -. Hace tiempo que estoy hagto de vuestgos capgichos, de vuestgas ógdenes, de vuestgas exigencias, de no teneg el guespeto y gueconocimiento que, tanto El Penta como yo, meguecemos. Tanto luchag pog la compañía, agguiesgando nuestgas vidas, paga que los señogues se inflen, más y más, sus pulcgos bolsillos. Dando la caga por donde sea y con quien sea, sin pestañeag a la hoga de apgetag el gatillo o de togtugag a chicos, mayogues, incluso mujegues. Me hacéis gdacia ahoga, tan calladitos, ¿asustados tal vez? – se paseaba delante de ellos, dándome la espalda a mí, y recorriendo, con la mano que portaba la pistola, sus caras, agitándola como dedo condenatorio que clama una justicia esperada y planeada tiempo ha. Se le notaba disfrutar del momento. A él y a El Penta que, como niño haciendo travesuras, plantaba su redonda cara ante la de los otros y les hacía diversos gestos de burla, sacando la lengua, guiñando ojos, hinchando y deshinchando sus carrillos, abriendo y cerrando la boca, en definitiva, actuando como para, no teniendo bien la cabeza, romper el hielo del respeto y terror que hasta ese momento profesaba por ellos.

– Venga francés – intentó disuadirlo Fernando –, pelillos a la mar y busquemos un acuerdo que no satisfaga a todas las partes….

– ¡Que te calles! – le respondió éste atizándole un golpe en plena cara con el puño cerrado que le hizo doblar la rodilla, cerrando, de esta forma, el grupo de figuras con alguna forma de mancha en su ropa. Al quitarse la mano de la cara, pudimos ver que su ceja izquierda estaba abierta, dejando caer un hilo de sangre que goteaba al suelo desde la barbilla. Justo, de inmediato, le ofreció un pañuelo con que hacer presión en la herida y evitar tanto la visión del viscoso líquido, como una pérdida excesiva del mismo -. Te veo degotado y me cuesta creeglo. Ja, ja, ja ,ja – carcajeó sin ganas.

  – ¡Traidor! ¡Maldito bastardo! – le tocaba el turno al jefe que bastante había tardado en reaccionar ante tanta humillación. Se abalanzó sobre el francés, cogiéndolo de la mano armada y cayendo los dos al suelo liados el uno en el otro. Temiéndome lo peor, me situé lo más protegido por la columna que pude, con Esther a mis pies, en cuclillas. El Penta no dejaba de apuntar a El Mando y a Justo mientras observaba con inquietud el devenir de los dos hombres de un sitio a otro, sin soltarse para nada, jadeantes, sudorosos, cada vez más sucios sus trajes, congestionados los rostros y sin aparente flaqueo de sus fuerzas. Un sonido, últimamente demasiado familiar, cesó la batalla ahogado entre los cuerpos de ambos. Abajo el francés, arriba el jefe. Parecían que se hubiesen dado una tregua, pero lo cierto es que un cadáver más estaba a punto de quedar anotado en mi registro. Los tres hombres que tenía en escena El Penta no habían movido un solo dedo por temor, creo yo, a ser ellos los elegidos en la ruleta rusa a que se estaba jugando allí. Una vez cesado el movimiento de pelea de ambos, sí que se acercaron a sacarnos de dudas a todos.

– ¡Vamos imbéciles! – tronaba de nuevo el timbre desagradable del francés -. Quitagme a este decomiso humano de encima. ¿No veis que me está poniendo pegdido de sangge? – enseguida lo cogieron de pies y manos, y lo arrastraron hasta donde se encontraba el otro que se cargó El Penta apreciándose, al remangársele la camisa, una herida de entrada de bala que lo dotaba de otro cráter umbilical, aparte del natural -. Un pgoblema menos que resolveg – sentenció sacudiéndose los pantalones y la chaqueta, lo que levantaba una nube de polvo irrespirable.

– No me mates, por favor, no me mates – se arrojó a sus pies llorando Justo, el oficial, cual serpiente rastrera y carroñera -. Haré lo que tú me pidas. Tengo familia y no puedo dejarlos en la estacada. Puedo ser muy útil. Tengo información que te interesará, y contactos fieles a mí que los pongo a tu servicio – de una certera patada rabiosa en las espaldas, El Mando lo hizo callar, con tan mala fortuna, que fue a topar de lleno su cabeza con un saliente puntiagudo ornamental de la pared. Rápidamente fue reducido por El Penta y sus hombres, que lo inmovilizaron con una llave de judo y bofetadas, gritos y rodillazos aparte.

– Lo… argfff… lo… hazzz maitao…- alcanzaba a entendérsele a Esther al arrastrarse hasta el cuerpo inerte de Justo. Puso su oído en el pecho y no percibió nada, supongo, pues a renglón seguido le soltó una serie de mamporros en las costillas, cerca de donde se supone late el corazón, que, o retornaba a latir, o definitivamente abandonaba su función por malos tratos. Dudaba yo hasta si no habría roto alguna costilla la muy burra. También intentó una reanimación pulmonar, con un boca a boca poco convincente que, más que finalidad sanitaria, diría que fue puro goce de hembra enamorada. Por cierto, en todo ese rato, no pareció dolerle mucho el belfo a la señorita, y eso que el apretón bilabial fue de órdago. Por fin, una tos seca sacudió el cuerpo de Justo indicando su retorno al mundo de los vivos, instante feliz para Esther que no impidió, en cuanto lo vio más repuesto, y recordando los acontecimientos de su casa, que le propinara un par de manotazos que cruzaron su cara en diagonal, de punta a punta, antes de retornar a su sitio, junto a mí, en la columna.

  – Paguece que no tienes intención de moguigte todavía, mon chêri – negaba Justo con la cabeza escuchando las palabras del francés, pero con el susto todavía encima-. Shena te tiene más afecto a ti que a mí, pog lo que veo. Puedes quedágtela, es toda tuya. Pego ten cuidado, no es de fiag, como compgobagas con el tiempo. Pog ahoga voy a pegdonagte la vida, pego no me des motivos paga cambiag de opinión, ¿Oui? – eliminados los gorilas no afines, eliminado el jefe, acallado El Mando momentáneamente, el francés se giró hacia mí. No estaba yo tan a cubierto tras la columna como cuando el rifirrafe suyo con el jefe, por la posibilidad de disparos a ciegas, pero tampoco se me veía todo el cuerpo. Me sonrió. El Penta, al darse cuenta de ello fue a buscarme no con buenas intenciones -. Penta, lo quiego vivo, todavía – le recordó antes de que diera rienda suelta a sus pasiones. Y menos mal que se lo recordó, pues su sola mano en mi cuello asemejaba lo que sentirían en tiempos de la Inquisición los condenados a garrote vil. Sin apenas poder inhalar una bocanada de aire, me sacó de mi escondrijo al centro de la instancia -. Suéltalo, hombge, que le estás haciendo daño – dicho y hecho. Me vi arrodillado ante el francés, apoyado con mis manos en el suelo, e intentando recuperar el hálito perdido en manos de esa mole. Al volcarme en exceso hacia delante, resbaló del bolsillo superior de mi cazadora el móvil que hasta ese momento, sin decir nada a nadie, ni siquiera al lector, me había mantenido en escucha directa con el comisario Peana desde nuestra  última conversación tras la que no corté la llamada. Habíamos acordado una contraseña que daría rienda suelta al cordón policial que suponía habrían tenido tiempo de montar en las proximidades de Los Palacios, pero nunca antes de que yo hubiese obtenido la verdad de boca de los asesinos verdaderos, aflorando las tan deseadas pruebas que me liberasen de toda sospecha. Ahora, con el móvil ante mí, a vista de todos, me arrepentía de no haber difundido antes la nombrada orden que pudiese salvar mis huesos de toda esta pesadilla. Estarían todas las conversaciones grabadas y mi libertad asegurada, pero la duda metódica es si vivo o muerto -. ¿Pego se puede sabeg qué es esto? – se inclinó el francés a coger el teléfono.

  – ¡A Popeye le gustan las espinacas! – grité la consigna con todas mis fuerzas, intentando aproximarme al micrófono del aparato -. ¡A Popeye le gustan…! – y recibí un soberano cogotazo a mano abierta por detrás, que me dejó de nuevo aturdido.

 – Lo que le gusta Popeye al pazguato este – comentó El Penta soplándose la palma de la mano con la que me había zurrado -. Buena manteca y castañas te voy a dar yo de seguir así.

– Me temo que no es amog pog los forrajes – advirtió el francés mirando la pantalla digital del móvil en donde seguramente estaría la palabra PEANA reflejando quién estaba al otro lado -. El desggaciado este acaba de dag una ogden en clave a la policía. Quien estaba a la escucha de todo lo que hemos dicho desde que estos dos entgagon es el comisaguio jefe Peana – El Penta se echó las manos a la cabeza escupiendo maldiciones de todo tipo sobre mí, zarandeándome con fuerza -. Un saludo comisaguio y hasta pgonto – cortó comunicación el francés pulsando la tecla correspondiente -. Y ahoga cuéntame qué clase de acuegdo tienes tú con la policía. Y gápido o tegminamos la chagla con otgo fiambge entge nosotgos – me metió el cañón de su diminuta pistola en las narices, estirando el ala izquierda de las mismas hasta casi rozar el carrillo, obligándome a ponerme de pie a fuerza de tirones de pelo. Soltaba yo lágrimas de dolor cuando en ese instante sonó el timbre del móvil. Me salvaba la campana por ahora, pero tendría que inventar una salida, y rápida, ante el talante borrascoso que tomaba la escena. El francés vio de nuevo el nombre del comisario como autor de la llamada. Me abandonó por unos instantes y se dispuso a negociar, o por lo menos a escuchar, ofertas que le hiciese llegar, cuando, tras tres pitidos continuos y uno más de fin de señal, se desconectó sólo el aparato. “Tierra trágame”, pensé -. Miegda de avances tecnológicos. Se ha consumido la bateguía por completo con lo que estamos incomunicados – arrojó el aparato contra el muro que tenía más próximo haciéndose trizas y aumentando la tensión en los que manteníamos la esperanza de salir vivos de allí. Hasta mis pies llegó el teclado del mismo, ya sin el dos ni el siete -. Dime de una vez, gockego, ¿Qué planes tiene la poli? – se le notaba cada vez más nervioso, lo cual, unido al baile que delante de mis ojos ejecutaba su mano armada, aumentaba el grado de peligrosidad que corría la tapa de mis sesos.

– Está bien, te lo contaré todo. Pero quítame de delante esto que me pone nervioso, no vaya a tener razón el que dice “que las carga el diablo”. Los juegos estos no van mucho con mi carácter.

 – ¿Y sin embaggo, mientgas te cgeías pgotegido por la poli, bien que te lo has pasado, eh? – alzó de nuevo el puño para asestarme otro mandado.

– No me pegues más – reclamaba yo a la vez que me protegía con ambos brazos en cruz sobre mi cabeza. Viendo que bajaba la mano y optaba por dejarme, retomé la palabra para completar lo que conocía de los planes -. Mira, como sabes, Peana está al tanto de lo que aquí se ha hablado. Supongo, al menos ese era el plan, que la zona está acordonada con miembros de la policía y de la Guardia Civil, incluso reforzados por grupos de operaciones especiales preparados para la lucha antiterrorista – exageré – de esos con casco adornado con born to kill, nacidos para matar, tú ya me entiendes – asentía ensimismado -, y coordinados por altos cargos de sus cuerpos correspondientes entre los que está, como hombre de contacto conmigo, el comisario Peana. Me extraña que no se oiga ya el helicóptero que, en estas ocasiones, siempre sobrevuela la zona en busca de algún enemigo que pueda intentar la fuga desde puntos elevados, aunque claro, hoy en día la tecnología avanza tan rápido que los autogiros de antes pueden ser silenciosos como los chismes esos de aire acondicionado modernos que nunca sabría uno si está encendido o apagado si no tuviese la lucecita que lo indica. La lástima es haber perdido el contacto con ellos para negociar. Capaces son de entrar aquí, sin miramientos de ningún tipo, y que paguen justos por pecadores.

– ¿Y quienes se suponen aquí los justos? – reivindicó El Penta.

– Ese detalle es superfluo – continué ignorándolo en lo que pude -. Es una manera de hablar. ¿ No os dais cuenta de que de todas formas vamos a ir todos en el mismo saco?. Un soldado de elite, preparado como estos, no mira si eres tú, aquél o el otro el que se le cruza en su camino. Sólo entiende que debe dejar la zona conflictiva libre de posibles elementos incómodos y, es notorio y palpable, que todos nosotros lo somos, yo mismo incluido – luchaba por sembrar miedo intentando reforzar mis palabras de una seguridad de la que carecían por completo. Deseaba que me dieran una oportunidad de asemejarme a ellos, para que no encontraran motivo para liquidarme con la rapidez que me auguraba yo. Y en esto estaba cuando los ruidos en el exterior de coches y motos, acompañados de carreras cortas, cortaron nuestras respiraciones. A Fernando se le veía realmente asustado. Notaba que estaba presenciando el capítulo final de su carrera profesional, política, pirata y quién sabe si de su vida. Desde que Justo le dio el pañuelo para protegerse la herida, no había vuelto a abrir la boca. Seguía apoyado en su rodilla, con el flequillo tapándole la cara y la mirada perdida en el suelo. Así visto, hasta daba pena.

– ¡Bajad y migad a veg que pasa! – gritó el francés a los tres hombres de El Penta. Estos descendieron raudos por los tres cortos tramos de escalera que los llevaban al piso de abajo. Durante un minuto se les oía susurrar entre ellos, rumor que desapareció de golpe. Permanecimos en silencio, con los oídos bien abiertos, a la espera de algún ruido familiar o alguna información que nos llegase desde la entrada. Ante la tardanza de noticias, decidió El Penta ver qué ocurría personalmente, no sin antes juntar en la columna, al lado mío y de Esther, a Justo y El Mando, siempre apuntados por la pistola del francés. Esther le solicitó permiso para encender un pitillo, a lo que respondió con un encogimiento de hombros. Sentimos a El Penta cómo pululaba de un sitio a otro, llamando a voces a sus hombres, maldiciéndolos hasta la extenuación a la vez que se incrementaba el ritmo de sus jadeos al respirar. Temí que le diera un infarto y finiquitara sus días de forma natural, no violenta como estaba llamado a cumplir. Un portazo cesó sus investigaciones sobre el paradero de sus rufianes.

– ¡Francés… argfff…, francés! – le increpaba el gordo subiendo las escaleras a duras penas -. Estos… argff… estos hijos de puta, … argff… nos han abandonado – sentenció al llegar a nuestra altura -. Abajo no queda ni el olor de esos canallas – descansaba tras cada frase para oxigenar la mole que tenía que desplazar -. Se habrán asustado al oír lo de tener la policía tan cerca y la verdad es que, por lo menos desde la puerta de entrada, las vistas del exterior no son muy reconfortantes. ¡Tú deja de fumar, coño, que me asfixio! – dicho lo cual de un manotazo mandó el cigarrillo de Esther a la otra habitación, quedándose esta a la espera de más polémicas, pero no era ahora momento de seguir con minucias. Había que pensar, y rápido, un plan de fuga.

– ¿Qué se ve fuega? – se interesó el francés.

Lo que el pordiosero este – se refería a mí – nos ha referido. Pasma hasta debajo de las piedras. De todos los tipos y colores. No me han volado la sesera de milagro, ya que estando yo buscando a los desagradecidos, traidores, infames e ingratos que nos han dejado desamparados en este cuchitril, estaban tomando posiciones para proceder al asalto de la casa varios miembros de los Cuerpos de Operaciones Especiales, muy cerca de mi posición. A Dios gracias que el portón de abajo es de chapa gruesa y, estando ligeramente entornado, me ha sido fácil cerrarles el camino de una patada. Pero no sé por cuánto tiempo. La situación se prevé muy fea.

– ¡Nos van a matar! ¡Nos van a matar a todos! – rompió a gritar histérico perdido Justo, el oficial, con los nervios desbocados y acompañando de una pataleta la llantina siguiente. Parecía poseso o atacado de convulsión. Emitía espumarajos por la boca, se le volvieron los ojos hasta el punto de apreciarse nada más que la parte blanca del globo ocular, las manos agarrotadas se doblaron al pecho y, por fin, en una demostración de lo insostenible de la situación, se meó y se cagó en los pantalones. Esto último lo apreciamos cuando la posición junto a él se hizo insoportable para nuestras pituitarias y cada uno desvió su atención a extremos opuestos de donde él retozaba.

  – Maldita loca – lo vilipendiaba El Penta -. Como no te calles te ingreso en el club del silencio de nuestros antiguos compañeros – le advertía señalando al jefe y al gorila muertos -. Bastantes problemas hay como para que nos desquicies tú con tus frivolidades. ¿Alguna propuesta por parte de alguien con algo de cordura?

 – ¡Les habla la policía! – Se oyó a través de la ventana la voz del comisario Peana amplificada por un altavoz, lo cual distorsionaba algo su timbre, al que estaba yo ya acostumbrado -. ¡Les informo que están rodeados sin posible escapatoria! ¡Salgan con las manos en alto y no ocurrirá nada! ¡Serán juzgados, los que tengan alguna cuenta pendiente con la justicia, claro, los que no, pues eso, no! ¡Si se resisten, nos veremos obligados a entrar por la fuerza, con el riesgo de daños personales que eso puede acarrear! – Hizo una pausa para toser y eliminar una garraspera que le molestaba, todo lo cual fue oído por todos los presentes debido a la alta calidad y tecnología punta que estos artilugios soportan hoy en día -. ¡Les dejo cinco minutos para que nos den una respuesta, tiempo en el que me comprometo a que, aun estando vigilados todos los accesos a la casa, no intervendrá ningún miembro de este despliegue si no existe agresión por su parte! – un pitido de acople al megáfono confirmaba que esta vez sí lo había desconectado.

 – Lo más sencillo sería entregarse – mostré mi opinión, tras un momento de silencio y reflexión, a ver si colaba -. El gesto puede servir de atenuante. Lo demás sería aumentar más la cruz que cada cual va a tener que soportar. Y si no, que hable el señor abogado Don Fernando.

 – Sí, eso, habla. ¿Qué opinas que podemos haceg? – apeló el francés para recabar la opinión del, hasta hace un rato, mandamás de la compañía.

 – Bueno, os daré mi opinión sobre la situación actual en que nos encontramos – respiró hondo e inició su particular oratoria -. Es cierto que lo mejor sería entregarse sin demora y sin mostrar la más mínima resistencia, acatando todo aquello que nos impongan, ya que eso atenuaría nuestra pena. Asimismo, es cierto que todo lo que sea cooperar con la justicia, y no enredar más, es premiado, por jueces y fiscales, con sentencias menores a las reales, aparte de que, cara a la opinión pública, los delitos de sangre son muy mal encarados en general, prestándose el pueblo a solicitar castigos ejemplares, mayores cuanta mayor es la gallardía del reo. Escarmientos en toda regla, podríamos llamar. Ahora bien, también es cierto que todas las acusaciones que se verterían sobre nosotros se basarían en la arenga que este tunante aquí presente – o sea yo – nos ha soltado, y a la vez les ha soplado a la policía, pues dudo que estos tuvieran siquiera sospecha de la existencia de nuestra sociedad y, por consiguiente, de nuestras actividades. Siendo, como es, el único testigo, sin contar a la señorita Shena, cuyos favores no dudo que recuperaríamos a poco que sople el viento a nuestro favor, y, no variando en gran medida, fiambre arriba, fiambre abajo, nuestra pena por lo que añado a continuación, no vería inconveniente alguno, al contrario, sólo consecuencias positivas para el grupo, en darle pasaporte a este pelagatos de tres al cuarto que ha torpedeado sin compasión la línea de flotación del imperio que tanto nos ha costado erigir, alcanzando a destrozar gran medida de nuestro armazón, pero que no dudo todavía tiene grandes posibilidades de sobrevivir a medio plazo, una vez cumplamos con la ley, período que os puedo garantizar será lo más corto que mis amplias e influyentes amistades vean posible sin llamar la atención pública. Es más, podemos atribuir los óbitos acaecidos en esta tarde al mismo idiota que he propuesto eliminar. Un lógico reparto post mortem de las armas en las manos de los fallecidos puede inducir a los de balística, donde por cierto conozco a un primo hermano segundo de la consuegra de la tía de mi mujer, mozo muy discreto y leal donde los haya,  a pensar que un intercambio de disparos dio por saldada la cuenta que entre ellos se suponía existía, asistiendo el resto como testigos mudos de un hecho tan rápido en tiempo, como imparable en su ejecución. ¿No está mal el plan, eh? Qué opináis.

 – Mmmmm, no sé, ¿dónde está el tguco? – preguntaba el francés dudando de la posible lealtad de Fernando en ese proyecto.

 – Pero qué fantasma eres, Fernandito – me animaron las dudas del francés – ¿ Tú te crees que se puede fiar uno de ti después de todo lo que has hecho y cómo lo has hecho?. Yo sí que puedo darles más salidas a estos señores como testigo de las presiones que por parte tuya sufrían y que no les dejaban alternativa de actuar como lo hacían por salvar el cuello. Eso sí puede, no a medio plazo, sino desde ya – confiaba que  no supieran ni jota de estos temas – salvarles de caer en chirona, en la trena, en unos submundos que no conocéis, y, si los conocéis, supongo que no os aportarán ni gratas ni apacibles vivencias. Yo sí que puedo declarar que tú, y sólo tú, eres el cabecilla de todo este complot contra todo el mundo y las buenas costumbres. Yo sí que soy testigo de… – paré un segundo a reconocer el olor que me llegaba al olfato, dudé y, viendo los gestos de los demás contrayendo sus narices a la vez que miraban hacia todos lados, iniciándose en el grupo una ola de pánico, recordé el cigarro de Esther palmeado por El Penta. Y recordé el colchón abandonado en la otra habitación. Y, cuando quise seguir recordando, una nube de humo muy denso nos hizo perdernos de vista unos a otros.

– ¿Se puede saber qué está pasando ahí arriba? – Peana alarmado requería una respuesta que creo nadie estaba por la labor de darle, entre otras cosas porque tampoco estábamos seguros de qué estaba ocurriendo -. ¡Por favor, salgan de ahí inmediatamente y con las manos en alto! ¡Hay una intensa humareda que sale del primer piso! ¡No demoren mucho su decisión pues, aunque vienen los bomberos de camino, no están Los Palacios como para aguantar muchos trotes!

Sentí que me asfixiaba y me negué, después de todo lo que me había pasado, a que aquel fuera mi epílogo. A mi alrededor, comenzaron a oírse gritos, peticiones de auxilio y maldiciones, junto a empujones, guantazos, caídas y alguna carrera. Sin apenas tiempo de reacción, una lengua de fuego avanzó hacia nosotros, abrazándonos, sin querer soltarnos. Me rebelé ante la evidencia y, en una reacción instintiva, me tiré al suelo e hice rodar mi cuerpo hasta golpear con mis rodillas en el escalón que iniciaba la subida a las plantas superiores. Medio cojo, medio desahuciado por mis cicatrices, y, no medio, sino casi asfixiado de la humareda inhalada, junté fuerzas de donde no las había, tosiendo cual tuberculoso de otros siglos, y encaminé mis pasos, peldaño tras peldaño, buscando aire limpio que renovase el que tiznaba mis pulmones. Acerté a ver, entre algunos claros que permitía la nube oscura, a Justo inerte junto a la columna y a una Esther, desprovista de su indumentaria superior, agitándose contra el suelo para apagar el fuego que prendía su vaquero. Oí un golpe proveniente del tramo de escalinata que descendía, seguido de lo que entendí que sería alguien rodando por la misma. Sin demorar más mi fuga, alcancé el piso superior y luego el siguiente. En todo momento, una columna negra acompañaba mis pasos por el hueco de las escaleras. Ya en el tercer piso, dejé las escaleras a tiempo de ver cómo los tramos por los que había huido, fundamentalmente los que comunicaban el primero con el segundo y parte de éste con donde yo estaba, quebraban afectados de las primeras llamas que los alcanzaron, precipitándose el conjunto al vacío como si un castillo de naipes se tratara y dando lugar a un estruendoso final al percutir sobre el hall de entrada. Me acordé de quienquiera que fuese el que rodó con sus huesos hasta allí, ahora estaría con no sé cuántos kilos de escombro y madera encima. Tres disparos provenientes de armas distintas, según sus diferentes orígenes apreciables por mi sentido de la orientación, rompieron el gallinero en que se había convertido los entornos de la casa. En el silencio presente sólo se alzaba una voz, la del comisario Peana y su altavoz.

 – ¡Entréguense sin resistencia o no respondo de mis hombres! – Insistía una y otra vez al parecer a alguien localizado unos pisos más abajo -. ¡Desarmadlo, registradlo y esposadlo! ¿Queda alguien más vivo en la casa? ¡Les ruego den señales de vida para que podamos localizarlos, de lo contrario repito, no respondo de agresiones de mis hombres! ¡Repito, está el edificio rodeado, entréguense sin condiciones y de forma pacífica!

Pasé a lo que en otros tiempos sería una de las viviendas del bloque, en el ala opuesta al que se había producido el incendio,  y busqué la primera ventana que diera a la fachada principal y me permitiera dar cuenta de mi posición e identidad. Percibía el sonido de los chorros de agua provenientes de las mangueras de los bomberos, que comenzaron su labor de extinción, como cataratas envasadas a presión. Me percaté de que eran varios los frentes del líquido elemento que se estaban utilizando, no gustándome en demasía que uno de los pisos a anegar fuese el que tenía sobre mi cabeza. Si el edificio no estaba para mucho fuego, tampoco es que estuviera para mucha agua. Buscaba la maldita ventana, encontrándome todas las apetecibles selladas con tabiques rudimentarios a los que no me atrevía a tocar por si, en vez de hacia mí, les diera a los ladrillos por dirigirse a la calle, lo cual con certeza, debido a mi suerte, remataría mi historia con un homicidio involuntario de un miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Vislumbré una ventana con apenas un palmo de tabicado que, aunque diera a una calle lateral, me serviría para poder comunicarme con alguien o, por lo menos, llamar la atención a bocinazo limpio. Presto a ir allí, una sacudida del piso por donde transitaba casi da conmigo de bruces en el suelo. Noté que la solería que pisaba, junto con las paredes de donde me encontraba, oscilaba tanto arriba y abajo, como a ambos lados, producto del derrumbe del tejado del extremo contrario a donde me encontraba, en la misma tercera planta. Preso del pánico me arrojé hacia la ventana en cuestión con tal ímpetu que, como antes temía y preveía, el corto cierre que cubría el tercio inferior de la luz de la misma se desplomó al vacío sin dar tiempo a avisar a nadie. Por fortuna no alcanzó a dar a nadie, aunque el susto del recuerdo perdura hoy en día en mi mente

 – ¡Socorro! ¡La casa se hunde! – gritaba alarmado confiado en que me hicieran caso a la mayor brevedad posible pues, de no ser así, lo poco que quedaba en pie de la estructura terminaría por conformar mi panteón particular. Las manos las mantenía en todo momento visibles y sobre mi cabeza, para evitar confusiones que pudieran derivar en consecuencias irreparables -. ¡Paren de echar agua a los tejados! ¡No quiero perecer ahogado ni abrasado, pero menos aún sepultado! ¡Comisario Peana, comisario Peana! – invoqué el nombre del que se me hacía más lúcido de toda la panda de Rambos que por allí pululaban. Un frenazo bajo mi ventana de un camión de bomberos, de esos que llevan detrás una cesta unida a un brazo metálico extensible en donde se ubicaba un componente de dicho cuerpo, me hizo albergar esperanza de que por fin fuera a ser rescatado. Vi ascender el cubil con el bombero, más pendiente del mecanismo articular que manejaba que de la víctima a rescatar, en este caso yo -. ¡Corra, suba, que esto es capaz de desmoronarse como los muñecos de arena de la playa! ¡No hay tiempo que perder! – seguía gritándole para estimularlo, pero al buen señor parecían importarle más las maniobras de aproximación. Cuando por fin levantó la cabeza hacia mí, a poco más de medio metro del ventanal, la visera del casco me permitió ver su cara dejándome helado.

 – ¿Pero cómo? ¿Tú otra vez? – se preguntaba acalorado, y congestionada su inmensa cara, el cabo Rupérez, conocido por todos del inicio de mi episodio -. ¿Cómo has podido escaparte? ¿Y pretendes que salve la vida de un miserable chupa charcos baboso como tú? ¿Pero has visto qué aspecto tienes? Antes por lo menos podías hacerte respetar, pero lo de ahora es de nota. Pareces un pies negros, de esos que rulan por Plaza Nueva y alrededores del Río Darro tocando la guitarrita al lado de un perro anoréxico cargado de pulgas – al parecer no estaba informado de mi inocencia y me cargaba aún el mochuelo de Nola -. ¿Pues sabes lo que te digo?: ¡ Que te zurzan! – y como colofón de su discurso me pegó un corte de mangas, con tanta virilidad, que el mando con el pulsador que dirigía los movimientos del armatoste en donde estaba subido se le cayó de las manos, yendo a topar por fuera con uno de los laterales del receptáculo con tan mala suerte que éste comenzó a descender. Viendo que se me escapaba, y empujado en gran medida por otra nueva avalancha de cascajos que seguían cayendo del techo, no me lo pensé dos veces y salté sobre él como un poseso, abrazándome a su rollizo cuello, derrumbándolo dentro de la cabina, y yo con él, mientras sentí cómo mi pantalón se rompía entre mis nalgas fruto del esfuerzo, dejando las susodichas partes a la intemperie. Me jugué la posibilidad de caerme al vacío desde esa altura y haberme matado o, lo que es peor, haberme quedado lisiado para toda mi vida -. ¡Cabrón, hijo de puta, me vas a matar! ¡Yo te extermino antes, por mi santa madre que Dios la tenga en su gloria! – acabado de decir esto último me soltó un directo a la mandíbula que convertí yo, con mis reflejos agachando la cara en postura inequívoca de defensa, en todo un pleno en mi ojo izquierdo del que perdí la visión ipso facto. Atacado en su locura de justicia espartana, intentó levantarme para arrojarme por la borda -. No vas a joder a nadie más, ¿ entiendes?. Hasta aquí llegaron tus fechorías – en la disputa, entre cumplir sus amenazas y negarme yo a ellas, rodaron por el suelo las esposas que aún guardaba en mi cazadora, lo cual me abrió el cielo a una idea socorrida. Concentré mis energías en mi mano izquierda y, como los buenos boxeadores, esperé paciente el momento en que su guardia me ofreciera una vía de fácil acceso al punto elegido por mí. Como buen marrullero boxístico, no cesaba de agarrarme como podía a su enorme silueta evitando separarme de él. De repente, y sin opción de respuesta por su parte, aticé con violencia su zona abdominal derecha hasta casi sentir sus riñones. Se cortó la respiración de mi amigo el cabo y aproveché, antes de que volviera por sus fueros, para esposarle las manos a la espalda  rodeando la barandilla en la que terminaba el mirador del cubículo donde estábamos. A esa altura del rifirrafe me percaté, a través del ojo útil que me quedaba, que estábamos a punto de tomar tierra sin que nadie frenara la tina que nos paseaba, por lo que me encamaré a la espalda de mi querido cabo para que él amortiguara el golpe. Hundí su cuerpo hasta hacerlo arrodillar producto de la inercia que llevábamos, saliendo yo ileso del inevitable trancazo contra el suelo. De inmediato, puse los pies en la calle, y me separé del tal Rupérez que, bien por lo maltrecho que quedó el cacharro, o bien porque se hubiese activado de nuevo el pulsador del mando, ascendía a los cielos por segunda vez en pocos minutos. Ahí lo dejé, con varios compañeros que acudieron en su auxilio para detener primero el brazo mecánico y rescatar al malhumorado cabo después.

Caminé tres pasos hacia la fachada principal del solar cuando cuatro hombres, con ropa militar caqui verdoso, caras ennegrecidas con corcho quemado, cascos de los que llevan como hojitas de perejil, armados hasta las orejas y con poca conversación, por no decir ninguna, cargaron sus repetidoras delante de mi jeta y de mi desarropado culo al grito de ALTO por parte de uno de ellos. Alcé mis manos y uno de ellos, con una llave de judo ágil y muy eficaz, me inmovilizó contra la pared próxima, sufriendo en mis carnes los enésimos golpes y arañazos que toda maniobra de este calibre aporta al que la sufre. Era tal el apretón que me estaba propinando mi aguerrido atacante, que apenas un hilo de aire me llegaba al cuerpo, creyéndome desfallecer de seguir éste en su empeño.

 – Dejadlo, que lo vais a matar, y éste es precisamente el que no nos interesa que se nos muera – ordenó una voz conocida por mí y a la que me alegré de sentir de nuevo. Al soltarme los cepos que tenía por manos el individuo en cuestión, tardé en sentir circular de nuevo la sangre por mis deterioradas arterias y venas. Me volví apoyado contra la pared, pero aspirando todo el aire que mi tórax daba de sí, aire que por fin sería de libertad. Sonreí como pude al comisario Peana, ofreciéndole mi mano izquierda para saludarle, pues la derecha desde el hombro hasta la punta del dedo corazón, el más largo, no me parecía conveniente agitarla en exceso, en caso de que a éste le diera por estrecharla como los hombres curtidos en mil batallas como él la estrechan. Se limitó tan sólo a saludarme con una elevación de su mano, tipo estrella de cine cuando ve a los periodistas que esperan declaraciones suyas a la entrada de un restaurante y no sabe cómo quitárselos de en medio. Debía ser mi aspecto el que no invitase precisamente a contactar conmigo, ni siquiera para saludos de cortesía. Poco a poco recuperaba la visión del ojo golpeado por el cabo Rupérez, pero siempre embutido en una niebla que sí pensaba dudaría un tiempo aún. Era un tipo, el tal Peana, de complexión fibrosa, delgado pero se le notaba fuerte, de mi altura más o menos. Portaba un chubasquero grueso, hasta las rodillas, azul marino. Tendría unos cuarenta y muchos pero bien llevados, con un pelo peinado hacia atrás de un tono rubio que parecía artificial, y sin un pelo en la cara, rigurosamente afeitado -. Para su tranquilidad le diré que está todo grabado. Lo único que nos hace falta es que se ratifique en todos los puntos ante un juez sin caer en contradicciones ni antes ni después en el juicio que no sé qué tardará en celebrarse – asentí conforme con la propuesta -. ¿Está bien?

  – Pschss.. He tenido días mejores – bromeé –, pero si le digo la verdad, menos el anillo de bodas, todo lo demás me lo han aporreado. Y algunas partes varias veces.

 – Esas cosas tiene la aventura, la acción – se cachondeaba de mí mientras sacaba un paquete de cigarrillos y me ofrecía uno.

 – No se puede imaginar con qué alegría le rechazo la oferta, pues las últimas veces que se me ha ofrecido tabaco por poco acompaño a las cenizas.

  – ¿Tiene cosas que no le pertenecen y quiere deshacerse de ellas? – me susurró próximo a mí abriendo su tres cuartos y ofreciéndome un bolsillo interior amplio en el que, captado el mensaje, descargué sin testigos la pistola y la cartera del policía con la placa, la funda de plástico con los papeles de El Penta y la pequeña agenda de Esther.

 – Las esposas las tiene el bombero – terminé sonriendo -. Parece que las necesitaba para mantenerse tranquilo en el tiovivo ese del camión.

– Menudo golfo es usted – zanjaba el asunto cerrando la cremallera de su abrigo.

– ¿ Qué fue de los que estaban conmigo en la casa?. Sentí que a uno lo detuvieron, pero ¿ y los demás?.

 – Sí, detuvimos al pez gordo, el del flequillo, pero no sin antes tener que abatir al tuerto que no parecía dispuesto a vender fácil su pellejo. El gordo salió mal parado de su intento de bajar las escaleras. Usted fue más listo subiendo. A él se le cayó, parece ser, parte de las escaleras encima, y en estos momentos están intentando, la gente de protección civil y los bomberos,  dar con el cadáver, pues nadie apuesta que esté vivo debajo de todo ese montón de cascotes y desechos. El otro tipo, con pinta de lelo – se refería al oficial Justo – es el que está con un pie aquí y otro allí. Parece ser que se desvaneció, o algo así, y ha tragado más humo que el tiro de una chimenea, además de estar algo churrascadito.

  – ¿Y la chica?

– ¿Tiene algo con ella, malandrín? – cotilleó interesado. Al ver mi negativa prosiguió -. Parece ser que por poco no lo cuenta. Cuando la han recogido estaba como su madre la trajo al mundo, muy bien por cierto, pues sus ropas se habían prendido y tuvo que deshacerse de ellas. Escapó del primer hundimiento de milagro – como todos, pensé yo -. En fin, cuatro quemaduras de poca monta, unos pocos de bronquios alquitranados por el humo y un despelote, que, por los tiempos que corren en el oficio, nunca está de más por la alegría que supone a la vista de algunos. De todas formas, se le ha proporcionado rápidamente mantas y ropas nuevas con que pudiera taparse, no piense usted mal.

 – ¿Se le quemó su casa, no? – intenté averiguar el fin de aquel otro incendio -. El cara de lelo y sus secuaces no tuvieron recato en lanzar a su interior sendos cócteles molotov.

– ¿Ah, sí? – respondió curioso -. Pues no olvide esos detalles en su declaración y nos quitamos una pérdida de tiempo enorme en esa investigación. Se lo agradecería de corazón, aparte de que, conociendo que sabe algo del tema, ya me encargaré de que le refresquen la memoria llegado el momento.

 – ¿Y se vieron afectadas casas colindantes, algún vecino o mobiliario urbano? – insistía yo, erre que erre, evocando la millonada escondida.

– Bueno, afectó a la casa entera de la señorita y, por cercanía, a dos solares abandonados, declarados en ruina total, que ni parecen tener dueño, ni importancia social o urbanística. En definitiva, cuatro piedras con aluminosis de los tiempos de Alfonso XII.

– ¿Un antiguo taller de coches o motos no estará entre los afectados? – me temblaban las manos sólo de pensarlo.

– Sí, ese y una antigua casa de costuras, o de modistas, o algo así – al ver el gesto de contrariedad en mi cara se extrañó y me preguntó -. ¿Tenía interés o aprecio por alguno de esas madrigueras?

  – Bueno, es una tontería – le respondí con otro talante para disimular -. Es que en la casa de costuras – mentí – nació mi tatarabuela, y el taller lo fundó mi bisabuelo. Ya ve, soy un nostálgico.

  – Pues nada, hombre, si quiere le hago llegar a casa una urna con cenizas del lugar y la pone en lo alto del televisor, para ver la telenovela – reímos juntos la ocurrencia, aunque la procesión la llevaba yo por dentro.

 – Y la compañía, ¿habremos terminado con ella? – buscaba una alegría que me hiciera olvidar mi pérdida de riqueza.

 – Un golpe bueno sí hemos dado, pero tanto como para afirmar que se ha acabado la actividad mafiosa es difícil. Otros habrá que cojan las riendas y, tarde o temprano, organicen de nuevo grupos como este, pero por lo menos retrasamos el crecimiento y expansión de esta gentuza. Que por lo menos les cueste el mayor trabajo posible renacer de sus cenizas.

Cerraba la noche sobre nuestras cabezas en medio de un frenético ir y venir de agentes, bomberos y sanitarios, estos últimos cada vez en menor número, y dejando paso al Juez de guardia y empleados fúnebres. Unos buscando salvar vidas y otros cerrarlas para siempre. Probablemente ni El Penta, ni Rice, ni el francés y, no sé bien si ni siquiera el jefe, tendrían a alguien que los llore o eche de menos. Yo tampoco estaba muy por la labor. Más añoraría, es un decir, a Nola o a El Mechas. Pero, como todos, ellos tuvieron su fin. Tal vez no el más adecuado, ni el más digno, ni mucho menos el más justo. Pero, en definitiva, su fin. Unos potentes focos daban luz a los que todavía registraban el interior del edificio amenazado de derrumbe. En la calle, la luz tenue de los farolillos típicos del barrio servía de sobra para que cada cual siguiera con la tarea que tuviese encomendada. Llegaba a contar hasta tres coches patrulla, dos furgones, tres ambulancias, dos camiones de bomberos, motos y un camión militar con una reseña en la capota que servía de techo donde se leía Grupo de Operaciones Especiales del Acuartelamiento Pizarro. Puestos así, lo podían anunciar en el periódico. En fin, en cuestiones de estado mejor mantenerse al margen. Lo que me extrañó fue la falta de helicóptero, por lo que impone y viste en operaciones de este calibre, sobre todo si hay prensa y televisión, que no era el caso.

 Pasaba en esos instantes, tumbado en una camilla de Cruz Roja, el cabo Rupérez, convaleciente aún del accidentado paseo en barca conmigo. Llevaba todavía las esposas rodeando sus muñecas, pues al parecer no habían encontrado llave que las abrieran y habían optado por serrar la cadena que las une. Me permití desearle una pronta recuperación y “que no abusara de las bajas laborales, porque su falta en el cuerpo era un lujo que no se podía permitir esta ciudad”. Peana tuvo que girarse para que nadie lo viera retorcerse de la risa, mientras los camilleros se alejaban con el bombero algo más agitado.

– Un favor más sí le voy a pedir – quise dejarle claro -. Existen en este barrio dos personajes a los que debo mi vida y que me han ayudado en este éxodo de tres días. Uno lo conocerá de oídas del cabo Ramírez. Su nombre es Nómedes.

– ¿Nómedes Plastisana? ¿También lo conoce? – se sorprendía el comisario -. No me lo diga: usted lo ayudó a fugarse de la residencia esta mañana.

  – ¡Premio para el caballero, premio para el empresario! ¡Premio para el tío feo, premio para el comisario! – le rimé en voz alta ante la mirada de alguno de sus hombres que, de reojo, no alcanzaban a comprender cómo su jefe tiraba tanto rato con un pordiosero nauseabundo como yo -. Ese es precisamente parte del favor que quiero. Olvídense de él, no le busquen ni le hagan la vida imposible. Yo respondo por él si en algún momento vuelve a delinquir o molestar y, si así fuera, llámenme y déjenme actuar a mí. Bórrele a Ramírez su nombre de la cabeza y permítanle disfrutar de una segunda oportunidad en su vida. No digo que estuviera mal encerrarlo el tiempo que estuvo allí, pues le ha templado los nervios y le ha hecho ver lo que tiene que apreciar de verdad, pero, si vuelve allí, se morirá. Créame, comisario, se morirá. Pregunte en el barrio por él y verá lo querido y apreciado que es por sus vecinos.

 – Es usted la salsa de todos los platos. Pero bien, eso que pide es factible. De Ramírez me encargo yo. Pero, ¿cuál es la otra parte del favor? Porque, de parte en parte, al final me pide la nómina.

  – La otra parte se llama Quini, ¿le conoce?

 – Un golfillo de poca monta. No es peligroso. Lleva aquí ya varios años. No hay quejas de él…

– Sí, sí, no se enrolle y escúcheme. Quiero gestionar que tenga documentación en orden, escolarización en el barrio, alguna ayuda económica por parte del Estado o de la Junta de Andalucía para menores que viven en rangos de pobreza y, si ambas partes están de acuerdo, que no haya ningún problema para nombrar a Nómedes su tutor. Ambos son felices juntos, a su modo, libres por el barrio y creo que ese papeleo les haría bien, sobre todo al chaval. Lo que no quiero son las esperas insoportables e interminables que estas gestiones conllevan. Comprendo que todo será a base de favores a devolver en el futuro, pero entiendo que usted está lo suficientemente bien relacionado como para que esos cables se muevan ligeros. ¿ Puedo confiar en ello?.

– Hable con el chico y que venga a verme a la comisaría de La Plaza de los Lobos, solo o con usted, y ya veremos qué podemos hacer. Si quiere y puede, que también venga el futuro tutor. Dígale que no tenga miedo a nada. Le doy mi palabra. Con respecto a usted, a partir de ahora no quiero oírle pedir ningún trato de favor más, ¿me oye?. Hoy lo dejo escapar para disfrutar de los suyos por esta noche, y que descanse, pero mañana, a las ocho de la mañana, lo quiero en la puerta de mi despacho lavado, afeitado, bien vestido, comido, meado y cagado, dispuesto a declarar ante el juez minuciosamente todo lo que ha averiguado en estos tres días. La señorita Esther será, eso espero, su complemento ideal en la narración de los hechos. ¿Quiere que le acompañe a casa? ¿Quiere que lo vea un médico? ¿Quiere algo más?

– No, gracias, pues lo del ojo creo que bien lo arreglo con un filete fresco puesto sobre él toda la noche y, lo demás, no necesita más que una buena ducha, un par de aspirinas y dormir a pierna suelta en mi cama de un tirón hasta mañana. Con respecto al vehículo que me ofrece, con o sin su compañía, no es por desmerecerle, que su compañía bien grata que me resulta, pero prefiero darme un paseo disfrutando de mi libertad, a la que he cogido gran estima durante las horas que se ha prolongado este trance. Miro la luna y las estrellas y no parecen las mismas de estas noches atrás, tan ingratas y llenas de pesadillas. Como mi casa no está lejos, pasearé pues. Que tenga un buen fin de jornada, comisario, y no dude que antes de que llegue a entrar mañana en su oficina me tendrá esperándole en la primera silla que se me ofrezca. Por tanto, buenas noches y hasta mañana.

 – Hasta mañana, buen hombre. Y preséntele mis excusas a su señora por si en algún momento mis hombres o el cabo Ramírez, la han importunado más de la cuenta. Y recuerde lo que en nuestras conversaciones por teléfono le recomendaba, cuídese – me palmeó la espalda como signo de despedida.

 Caminé entre los pocos coches de policía que quedaban ya en la zona, atendiendo a felicitaciones que agentes y miembros de salvamento me lanzaban con gestos de agradecimiento. Las ambulancias, que habían recogido a Esther y Justo, hacía rato que partieron a sus hospitales de destino custodiadas por motoristas de la Guardia Civil. Los de las funerarias seguían quejándose de lo que un Juez de guardia puede tardar en llegar al lugar donde le espera un cadáver, reteniendo al resto de personas que tienen que trabajar a posteriori. Ojeaban un listado de tarifas discutiendo sobre el precio de los ataúdes elegidos para la ocasión. Parecía ser que los había más baratos, por la posibilidad de que nadie se hiciera cargo de los difuntos, pero el encargado se había confundido mandando lo que ellos denominaban “dos auténticos sarcófagos de Tutankamon”, que salían por un disparate. Uno proponía cambiarlo luego, una vez vuelto a las instalaciones de la funeraria, y pensé, medio en broma, que no quisiera ser yo el que lo usara luego, de segunda mano.

 A medida que me alejaba de aquel lugar, mi moral y mi físico mejoraban notablemente. Poco me importaban ya todas las penalidades pasadas y sufridas, ni mi aspecto despeinado, con un ojo suponía que morado, sangre por la cabeza, la cual, como poco, presentaba un piquete, con halitosis producto de mi falta de higiene bucal durante estos tres días, desarmado de hombros, con media joroba y cojeando notablemente. Me preocupaba, ligeramente, el recibimiento que Chris y las niñas me depararían, qué explicaciones me  dejaría dar en medio del griterío de reproches que se avecinaba. ¿Habrían limpiado el cuarto de las niñas? ¿Cómo explicarle lo del armario? ¿Y mi cambio de ropa? ¿ Me mirarían igual los vecinos?. Caminaba, no obstante, tranquilo, con las manos en los bolsillos de la cazadora, entornando los ojos para disfrutar del momento, e ignorando por completo el rumor creciente que a mis espaldas me despedía, formado por un coro de carcajadas, con todo tipo de comentarios, entre los que sobresalía el del comisario Peana, que llorando, y no precisamente de dolor, no cesaba de airear a los cuatro vientos, con megafonía incluida, para que no hubiese nadie allí que se lo perdiese, “Se le ve el culo”.

Y todo, por seis números rojos.                     

Fin

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