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Mi compañera

Sobre el mediodía habíamos acordado que recorreríamos las calles de nuestra historia de amor. Luz Dary se puso un vestido celeste que jugaba con el gris de sus nostálgicos ojos, y se ceñía a su cintura de guitarra con la que mis manos tocaban fragmentos del cielo. Sus pezones se habían agrandado desde el nacimiento de nuestra hija Paz, y solían causarle complejos porque no tenían la misma firmeza de años atrás. Debo confesar soy un libidinoso que amo pegarme en ellos, retratarlos en mis lienzos en días de invierno, y contemplarnos en los lunes aburridos. Toda ella es una obra de arte entre universos de estrías, cólicos menstruales, pensamientos profundos, y ternura desmedida.

Han pasado seis años desde que nos elegimos, ella sigue siendo la musa de mis días, la rosa de que acaricia mi frágil corazón, y mi compañera de la vida.

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