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La soledad del portero

Mario no se lo podía creer. En el último suspiro, en la última jugada de la final, en una acción intrascendental, un resbalón suyo dentro del área le había llevado a zancadillear, sin querer, al delantero rival cuando la pelota se iba fuera, protegida por él, hacia la línea de fondo. “¡Penalti, Dios mío, penalti!” le machacaba el pensamiento mientras se levantaba y veía lo inevitable: caras de sorpresa, de preocupación, de desencanto en sus compañeros, contrastadas con la alegría desbordante de los jugadores y seguidores del equipo contrario. Él era el portero, así que podría tener la oportunidad de resarcirse de su error. Parado, en pie, mirando fijamente el trozo de césped suelto que había propiciado su error, no percibía bien los intensos movimientos que a su alrededor se sucedían perdido en sus pensamientos. Los suyos protestaban airadamente la decisión arbitral, sin mucha esperanza, rodeando a éste sin que el trencilla cambiara el rictus. Algunos de ellos iban y venían al banquillo buscando consejos, ánimo, directrices que manejar en esta situación, golpeando de vez en cuando, sin mucha fe, la espalda de Mario para infundirle la fuerza que iba a necesitar. Por otro lado, los premiados por la falta habían seleccionado al que pretendían que fuera el ejecutor de la misma convirtiéndose así en el héroe de la noche. Necesitaban de ese gol para hacerse con la copa del campeonato, al que tanto les había costado llegar a ambos contendientes. Sin ese gol, la copa se iría al otro bando y el héroe pasaría a villano.

Mario, con la treintena larga ya, estaba ante su última oportunidad, o al menos eso pensaba. Pero eran tantas las últimas oportunidades que había tenido que afrontar que una más no le asustaba. Con doce años sufrió su peor etapa, cuando descubrió que María no era lo que deseaba ser, cuando se enfrentó a todo y a todos. Más allá de lo que escuchaba por sus oídos, quería escuchar y comprender su cabeza, su mente. No le importaba, aunque le importunaba, todas las mentiras e insultos, todos los empujones físicos, todos los portazos sociales, todas las miradas burlonas. Y en un pueblo, donde las cosas se magnifican aún más y los secretos brillan por su ausencia. Era señalado por muchos, aunque siempre tuvo claro de dónde tomar la opinión sincera y el apoyo incondicional. Su familia nunca le dio la espalda, nunca se avergonzó y lo acompañaron en todo este camino lleno de obstáculos: el colegio, la adolescencia, los tratamientos hormonales salpicados de sicólogos, siquiatras, incluso cuando llegó el momento de cirugías no exentas de riesgo.

Aunque jugaban hoy en campo visitante, el torneo provincial era muy seguido por todos los pueblos participantes pues suponía un orgullo para los aficionados poder llegar a conseguirlo alguna vez. Allí, justo detrás de su portería, habían situado a la numerosa afición desplazada para animarles, aunque ahora un silencio sepulcral se había apoderado de ellos. Era la primera vez en su historia que habían conseguido estar en la final. Y había estado, o mejor dicho, aún estaba viva, muy viva, la posibilidad de alcanzar lo que luego en bares, calles, tiendas y demás establecimientos y lugares de reunión sería motivo de conversación y orgullo. Y de orgullo Mario sabía un rato. De orgullo, de paciencia, de lucha, de constancia y sufrimiento, porque todo eso había arrastrado, en diferentes momentos, su pelea por realizarse como la persona que él sentía. Y ese orgullo, y esa lucha también, había sorprendido, primero en el colegio y más tarde en la sede de su club, cuando quiso practicar el deporte que tanto le apasionaba, un deporte en el que el muchos estereotipos están muy marcados desde que se inventó y del que él quería disfrutar, de igual a igual, como un componente más del mismo, ya fuera en el patio de la escuela, en el del instituto o en campos federados como en los últimos diez años llevaba participando. Costó una vez más, otra más, vencer excusas, chistes fáciles y más insultos. Costó de nuevo remar solo, demostrar sus condiciones a quienes no querían verlas. Ayudó sin duda el que casi nadie quiere ser el portero, pero calló muchas bocas conforme cumplía años bajo el larguero aunque fuera a nivel provincial. Profesores, compañeros, entrenadores posteriores y colegas de vestuario fueron silenciando estupideces, y a estúpidos, a la vez que en su interior Mario dibujaba sonrisas de pequeños triunfos.

De nuevo solo, como en tantas otras ocasiones, tenía que afrontar una responsabilidad, en este caso deportiva. Una responsabilidad para él pero que también alcanzaba a la ilusión y ánimo de todo un pueblo. No era como otras veces en donde, a lo sumo, estaban preocupados por sus decisiones unos pocos de los que le rodean. Allí, entre los tres palos, podía palpar el sueño de muchos que se podía hacer humo de un puntapié. Mientras el árbitro se le acercó para darle las consignas de lo que puede y de lo que no puede hacer antes del lanzamiento de la falta, Mario se giró para dar la cara al grupo animador de los suyos. En campos de estas categorías, apenas el fondo de la red es lo que te separa de ellos, con lo que cada gesto, cada movimiento, cada parpadeo de cada uno de los presentes era visto por nuestro protagonista perfectamente. Estaban serios, como él. Con una ojeada rápida reconoció prácticamente a todos. Desde que superó el tramo final de su objetivo, la operación de cambio de sexo, Mario fijó su meta, deportivamente hablando, en llegar a estar en donde en ese momento estaba. Sería otra pequeña batalla ganada dentro de la guerra vital que, conforme pasaba el tiempo, parecía normalizarse, si no toda, en casi la totalidad de los aspectos cotidianos. En los inicios no fue suficiente su valía para el puesto, pues eran muchas las reticencias de diversa índole que surgían a todos los niveles. Hasta le llegaron a aislar en otro vestuario. Cuando su trabajo y resultados parecían que le iban a abrir las puertas llegó el espaldarazo definitivo con el inicio de una amistad, que luego fue a más, con la persona que definitivamente consolidaría un proyecto de vida a su lado y que jamás dudó en apoyarle y respaldarle ante todos. Y en una esquina de aquel grupo de hinchas, con sus padres, con los de Mario, con algunos amigos y familiares más, allí, estaba ella, cruzando su mirada con los ojos de él, arrancándole la sonrisa y la seguridad que tanta falta le hacía en ese trance.

-Y encima se ríe – comentó en voz alta, sin entender nada y rompiendo el silencio de la grada, el imbécil de turno que siempre estaba buscando algún motivo para enfrentársele. Manteniendo la misma sonrisa, Mario se llevó el dedo índice a la boca y lo mandó callar mientras el resto de la grada comenzó a corear su nombre, conscientes de la importancia del momento, quedando el inoportuno comentarista ridiculizado. Ahora todos aplaudían, animaban, recuperaban la esperanza, volvían a creer en un “sí se puede” que tantas veces él había gritado. Se sentía arropado, querido y admitido como cualquier jugador más del equipo y ahora, su afición, en el peor momento de una temporada larga, dura, difícil y en la que él tanto les había dado, no estaban dispuestos a dejarle solo pasara lo que pasara. Querían empujarle a agarrar esa pelota y con ella el campeonato. Querían devolverle el ánimo, la mano, la mirada, el abrazo, el reconocimiento que muchos, muchas veces, le habían negado.

Recuperó su posición en la línea de gol, frente a frente con el delantero. Era consciente de que no perdía la sonrisa enviada por ella. Era consciente de que su triunfo no dependía de que un balón entrara o no en su portería. Camino quedaba, pero mucho estaba recorrido. Recordaba cuando niño, siempre solo, y solo se reía. “La soledad del portero” pensaba mientras ignoraba tantas tonterías que llegaban a sus oídos. “Que si ten cuidado con la derecha, que si chuta por la izquierda, que si aguanta y no te tires demasiado rápido”, y mientras sonreía por las conquistas venideras, que se las merecía. Pita el árbitro. Arranca la carrera el lanzador. Mario oscila intentando engañar a la vez que adivinar por dónde vendrá un balón ganador mientras ruge el fondo apretando al rival. Chuta fuerte uno, vuela rápido el otro, y…

¡Qué más da! El caso es que él pudo, lo consiguió, llegó a alcanzar su proyecto de vida, acabó siendo quién se sentía ser y quién deseaba ser. Tuvo apoyos. También muchos, demasiados, detractores, demasiadas paredes sordas con las que topar con sus convicciones. Pero llegó.

Por los muchos que no llegaron y los que buscan cómo llegar. ¿Qué más da si el penalti entró?

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