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1932-2019. Los recuerdos de mi abuelo Antonio

¿Os suena de algo?

“Uno no escoge el tiempo para venir al mundo. Nadie debe evadir su responsabilidad tapándose ojos ni oídos. Todos tenemos un deber de amor que cumplir, una historia que escribir aunque sea con renglones torcidos, alguna meta que alcanzar y una labor que dedicar a que germinen las semillas que decidimos sembrar. Lo malo es cuando la semilla que plantas muere y se hace difícil sepultar en el olvido episodios vividos, borrarlos de la memoria, comenzar una historia nueva, escribir la primera línea de un libro previamente emborronado, arrancar las hojas del pasado, dibujar sonrisas que se desvanecen ante la mirada cuando suspiras por lo que un día fue tuyo y hoy está perdido en la profundidad de tu alma. Qué difícil no llorar si las esquirlas del recuerdo siguen encarnadas y sangras lágrimas furtivas que en tu interior, por mucho tiempo, estuvieron rezagadas.

Es duro escribirlo como ahora hago en este diario, con vocablos que pretenden expresar ideas y voces que provienen de la nada, plasmar sentimientos que parecen monedas lanzadas al aire que no caen en cruz ni en cara, siempre de canto. Muchas veces, cuando tratamos de aparentar que somos fuertes, guardamos todo el dolor que nos causó una situación, convirtiéndonos en un recipiente de presión a punto de explotar; así pues, es mejor llorar si tienes ganas, y apoyarte en esa persona que sabes que está dispuesta a escucharte con amor.

No podíamos seguir viviendo en aquella casa por no estar por más días donde murió nuestro hijo. Y nos volvimos a mudar, esta vez de realquilados a la calle Mercader, 28, segundo piso, en pleno centro de Barcelona, un lugar donde todos los días escuchábamos alborotos en las calles, sirenas provenientes de aquí y allá, e incluso muchos días hasta disparos y alguna que otra explosión, como en cierta noche en que tiraron cerca de nuestra casa, otra vez, varias bombas que volvieron a dejarnos aterrados.

Como ya he detallado, la guardia de asalto era una fuerza de choque destinada a actuar en las aglomeraciones con motivo de festejos, desfiles, manifestaciones… y que debía ser de probada fidelidad al régimen republicano, ya que las autoridades desconfiaban bastante de la policía y su organización –a saber qué motivos tendrían, seguramente políticos, pero aquello era algo que yo lo dejaba para ellos, bastante tenía con mis preocupaciones–. Al periodo de formación en la academia me condujo aquel largo viaje en tren que duró más de un día hasta llegar a Barcelona. Esta formación consistía mayoritariamente en aprender tácticas policiales para reprimir alborotos, manifestaciones y cualquier otro altercado donde hubiera que emplearse con contundencia, firmeza, preparación y ensayados métodos antidisturbios, ésas eran las consignas que una vez y otra nos repetían. También incluía el estudio de reglamentos y leyes básicas para nuestras funciones, todo ello cumplimentado con instrucción de orden cerrado, gimnasia y enseñanza para el manejo de diversas armas de fuego, teniendo asignados cada aspirante una carabina modelo Máuser 1893, una pistola Astra-m-900 calibre 7,63 mm y –la joya de nuestra dotación– una porra de cuero de ochenta centímetros a la que apodábamos ‘la matraca’, y que muchos saboreamos en nuestras carnes durante los simulacros y ejercicios destinados a familiarizarnos con su ‘correcto uso’. Se notaba que el gobierno deseaba que fuéramos su policía especial y estaba invirtiendo en ello, ya que diversas dotaciones de ametralladoras –pesadas y ligeras–, morteros, granadas de mano y gases lacrimógenos, entre otros materiales diversos, completaban el armamento.

c Recuerdo muy bien los primeros días de servicio, pero especialmente el viernes de la primera semana de octubre. Yo estaba integrado en la cuarta compañía, y varias de sus secciones fueron enviadas cerca de la calle Laurie, donde una manifestación de obreros, que en principio se había iniciado pacífica, había tornado en disturbios por las calles próximas. Llegamos al lugar en camionetas, y nos hicieron bajar a unos cien metros del lugar. Supongo que por el miedo que sentía, despertaron en mí los impulsos más elementales de supervivencia y, para ese momento, había afinado tanto mis sentidos, que hoy, escribiendo esto, siento como si todo hubiera ocurrido ayer. Al llegar nos organizaron por parejas; los cabos nos nombraron y quedamos un rato a la espera, pasado el cual se acercó el que parecía algún mando medio. Lo escuché condenando a los que estaban manifestándose, y que lo hacían con ocasión de una huelga de la construcción organizada por los sindicatos; los participantes no se avenían a razones y querían seguir manifestándose contra la patronal, que los ahogaba con sus bajos sueldos y largas y penosas jornadas laborales.

Espero que no, porque no es mi intención opinar sobre lo que allí sucedió, pero soy consciente de que esto que voy a narrar puede generar sensaciones encontradas, pues lo haré desde el punto de vista de alguien que cumplía su trabajo y que lo vivió personalmente. Puede haber antecedentes que desconozco, hechos de los que no he sido consciente, interpretaciones incorrectas de cosas que he visto, pero, desde luego, no hay mala intención en estas palabras. Si parece que describo de forma demasiado particular lo que allí se vivió de un lado u otro, lo siento. Tan solo he procurado describirlo de la forma más cercana y real.

El caso es que se presentaron allí los cabecillas de la manifestación y, vociferando, amenazaron con prender fuego a todo a su alcance si no les consentían manifestarse, y que de ningún modo permitirían que se disolviera toda aquella masa de gente que estaba luchando por sus derechos, y todo ello invocando la autoridad y la libertad que les otorgaba ser ‘el pueblo’. Subyacía la popular ley del embudo aplicada a aquella pretendida democracia: el lado estrecho para los pobres y el ancho para las clases dirigentes. El caso es que nuestro capitán no transigió y comunicó a los cabecillas las órdenes que tenía de disolver la manifestación. Uno de los dirigentes sindicales, presa de indignación, exhortó al capitán pidiéndole explicaciones, a lo que el oficial le reiteró que recibía órdenes, que los manifestantes se estaban extralimitando y que deberían atenerse a las consecuencias si no se disolvían. El ambiente era de tensión y yo sudaba mucho; y en ese momento se escuchó la explosión de lo que supuse era un petardo, pero bastante potente.

Desconozco qué fue lo que pasó realmente, pero lo cierto es que la gente corrió hacia nosotros y esto crispó más la situación, de forma especial a nuestros jefes de sección que, como si fueran uno, dieron simultáneamente la orden de cargar mientras los manifestantes nos increpaban, y algunos hasta nos tiraban piedras y adoquines arrancados de las calles. Deseaba escapar, quería estar lejos de allí, de los gritos y el tumulto que ganaban la plaza por la que avanzábamos entre una siembra de escombros. Todo enfrentamiento es un problema, y parece que lo es aún más cuando los oponentes quieren medir sus fuerzas, a pesar de que todos, en verdad, deseábamos lo mismo: no tener que estar allí. Pero así es la vida cuando te pagan por realizar tu trabajo, cuando deseas un plato caliente en tu mesa para tu familia, lo que no es óbice para sentirte raro por todo. Tuvimos que intervenir. No sé si, en general, se actuó bien o mal, pero sí, actuamos, con contundencia y sin reparos, ya que no eran precisamente panfletos lo que muchos manifestantes llevaban en las manos; quienes no llevaban alguna piedra llevaban palos, hierros o lo que fuera. Es indescriptible la angustia que sentía en ese momento, y lo que dijera sobre ello sería insuficiente. Desnudo mi incapacidad de describir con palabras sentimientos tan fuertes. No deseaba hacer daño a nadie, eso puedo prometerlo, pero pensaba que de todo aquello, del trabajo que debía realizar, me gustara o no, dependía el sustento de mi familia.

Lo que vino después fue el proceso de calmarnos una vez se decidió que la situación estaba controlada y la manifestación había sido disuelta. Era difícil, me sentía muy agitado, hasta con ganas de vomitar y dolor de cabeza fruto de la tensión. No sería fácil acostumbrarme a aquellas situaciones. Mientras intentábamos recomponer las secciones de la compañía pude ver cómo varios de mis compañeros tenían heridas, algunos sangraban por alguna brecha en la cabeza, por la nariz rota, la boca partida u otros desgarramientos. Recuerdo haber visto cómo se llevaban en un coche a José Ruíz, un valenciano con el que había cruzado algunas palabras, y se lo llevaban porque estaba medio muerto, con una gran herida en la frente de la que no dejaba de brotar sangre. Días después nos enteramos de que no se había recuperado bien, y algunas semanas más tarde abandonó el Cuerpo, lisiado e incapaz para su trabajo.

En el trayecto de regreso a los cuarteles, los mandos nos aleccionaban respecto a que no podíamos revelar aspecto alguno de nuestro trabajo; nada de bravuconadas contadas con un vaso de vino en la mano, aquí y allá fuera de la unidad, que nos mantuviéramos al margen de cualquier opinión y provocación, que olvidáramos lo que había pasado si nuestro trabajo había sido satisfactorio y recapacitáramos sobre nuestros errores si no lo habíamos hecho bien, y que el que hablara demasiado debería atenerse a las consecuencias.

De entre las miserias impuestas a la humanidad, algunas son menores y, sin embargo, mientras duran, son tan penosas que uno se pregunta cómo, a lo largo de la historia, la sociedad no ha encontrado la manera de aliviarlas.

El año comenzó y continuó como dejamos el anterior, pocos cambios en nuestras vidas y pocos cambios en las calles, donde seguía la agitación social. Toda esa tensión hizo que mucha gente, incluidos muchos de mis compañeros, tuvieran razones para recurrir al alcohol, como si al encontrarse bajo sus efectos hubieran encontrado la verdad sobre la vida, una experiencia reconfortante y poco común en los momentos de sobriedad. Beber para olvidar, algo que no funciona porque luego, al disiparse los efectos etílicos, las miserias y los problemas siguen igualmente ahí, no se han ido, y persisten la ansiedad, el odio a ti mismo, el sentimiento de fracaso y el miedo al futuro, que comienzan a corroerte de nuevo. Cuando los sentidos se adormecen, el mundo parece desvanecerse, pero sigue ahí, esperándonos. Yo, por mi parte, nunca he sido hombre de más de dos vinos seguidos porque, consciente de todas mis dudas y todos mis miedos, decidí libremente apostar por afrontar todo con la compañía de Esperanza y tejer con ella mis ensoñaciones.

Durante los meses finales del 1934 nos ofrecieron la posibilidad de cambiar de destino: quien no quisiera estar en Barcelona podía pedir otro emplazamiento. Yo pedí volver a Madrid. Mientras, seguían las huelgas de transporte; cada día íbamos noventa parejas de guardias a los autobuses para garantizar el servicio y hacíamos doce horas de turno diarias –cuando menos–.

Los autobuses empezaron la huelga el 18 de noviembre, en vísperas de las elecciones, y Esperanza y yo ya sabíamos que el 30 de abril causaba baja en mi destino en Barcelona y nos trasladábamos a Madrid.”

4 Comments

  1. Sisian Reysha Sisian Reysha 23 octubre, 2019

    Historia de una vida dura que deja con ganas de saber más. Muchos hoy, en nuestros días, debieran conocer más el esfuerzo y penurias del pasado para evitar repetir errores. Pero las orejeras extremistas les impide ver más allá.

  2. Sofía Robles Sofía Robles 27 octubre, 2019

    Las emociones y la dureza de una historia que refleja muy bien el pasado.

  3. Esperanza Benayas Esperanza Benayas 2 noviembre, 2019

    Gracias a todos por comentar, es cierto que no aprendemos en cabeza ajena, ojalá no tengamos que aprenderlo en la nuestra.

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