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El ágora de las vanidades

Desde allí proseguimos navegando con el corazón acongojado, y llegamos a la tierra de 1os Cíclopes, los soberbios, los sin ley; los que, obedientes a los inmortales, no plantan con sus manos frutos ni labran la tierra, sino que todo les nace sin sembrar y sin arar: trigo y cebada y viñas que producen vino de gordos racimos; la lluvia de Zeus se los hace crecer. No tienen ni ágoras donde se emite consejo ni leyes; habitan las cumbres de elevadas montañas en profundas cuevas y cada uno es legislador de sus hijos y esposas, y no se preocupan unos de otros.


Homero, La odisea.

Más allá del relato mitológico, cuando Homero nos habla de la tierra de los Cíclopes sin ley, parece estar describiéndonos, a través de las carencias de su organización, la forma ideal de gestionar una polis: primero, gente que trabaja y se esfuerza; después ágoras donde reunirse, donde intercambiar mercancías e ideas; por último, una ley común que rija la vida de la ciudad-estado en la que los unos se preocupan los unos por los otros. El viaje de Odiseo nos enseña varias formas de vivir, de aproximarse a la politeia. La ciudad de los Cíclopes es el contrapunto de la polis, en aquella época aún en formación, embrionaria forma de pequeño estado.

La falta del ágora se refiere, más que al espacio físico, a la falta de reunión en la polis: a la falta, en fin, de diálogo. El diálogo no sólo es el punto central de la organización de la polis, sino también, unos siglos después, el punto sobre el que se construye el pensamiento platónico. Dialogar, en el sentido político, significa razonar en grupo, pensar sin dogmas acerca algo. Aquellos diálogos en los que Platón se apoyó para fijar por escrito su pensamiento no eran una mera elección estilística, sino también una forma de perfilar su acercamiento a la razón, al logos, retándolo, cuestionándolo, huyendo de los dogmas y siempre dejándolo abierto: los personajes que dialogaban en los escritos de Platón se citan para otro momento, se emplazan a continuar más adelante con la discusión, con el pensamiento compartido, en ese ágora que en realidad puede ser cualquier lugar.

Ese logos, del mismo campo léxico de lego, es la ley dicha, la palabra identificada con la razón que lo rige todo -y que en Heráclito había alcanzado el nivel de arjé, de origen del orden del universo-. El logos es a la vez razón y dicho, estableciendo así una equivalencia entre pensamiento y lenguaje, nuestra forma de ordenar la realidad para comprenderla, para aprehenderla, ligando por tanto la necesidad de comunicar a la acción de razonar. Es esta palabra, esta razón, la que distingue al hombre del Cíclope.

Escucho estos días de campaña las palabras que salen del televisor sin conseguir extraer de ellas apenas un ápice de vocación desveladora, tan solo consignas que se emiten sin esperar una respuesta, el ruido de un reclamo de caza. El parlamento ahora es un plató en el que se posa para las cámaras. En el légamo del discurso de la mercadotecnia política no hay logos que tamizar, menos aún diálogo que eleve el parpar del politiqueo a la politeia, desvirtuada ya y convertida en un pobre zumbido de altavoces y de titulares. Zumbido, buzz, es la palabra que utilizan los mercantes de las redes sociales para nombrar al ruido que hacen sus hashtags, sus palabras sueltas –hash es muchas cosas en inglés, entre otras un revuelto o un conglomerado de hachís, un estofado de etiquetas-. No en vano, también Homero nos había advertido en sus escritos de los cantos de sirena que hacían enloquecer a los marineros.

No tener ágora equivale a renunciar a ese parlamento colectivo, a esa razón común en la que el conjunto piensa en el conjunto. No tener ágora, no dialogar -o hablar sin escuchar, emitir a secas-, es renunciar a la verdad -a la aletheia-, a cambio hundirnos en el letargo de la falsedad, el Lethe en el que todo queda olvidado, desconocido. No tener diálogo nos vuelve mudos, no sólo en lo social, sino también mudos de esa voz interna con la que pensamos con nosotros mismos. No tener diálogo, se diría, nos convierte en algo similar a los Cíclopes de aquella isla homérica a la que fue Ulises en su viaje: gente sin ágora, cada uno legislador de los suyo, si preocuparnos los unos de los otros.

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