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LA HUMILDAD

Hoy os traigo un cuento que se desarrolla en un hermoso lugar, “Medina Azahara”. Se trata de una bonita historia que forma parte de mi última novela “Los Sepulcros Blanqueados”. Deseo disfrutéis con su lectura.  

Como todas las tardes de verano, Antonio, sentado bajo la
sombra de un antiguo y hermoso chaparro, se preparó para contar otra de sus
hermosas historias.

Los niños y los que no lo eran tanto se hallaban en
silencio, deseando escuchar su dulce y seductora voz. A la paz que allí
reinaba, acompañaba el suave murmullo del agua en la fuente de la plaza y el
alegre canto de los pajarillos que revoleteaban alrededor de él; parecía que
ellos también querían escucharle. Sus ojos verdes brillaban con intensidad, como
si se preparara para hablar de sus recuerdos y no de una leyenda… ¡Quién sabe,
si no era así! Ante la atenta mirada de todos dio inicio a su historia:

Érase
una vez un bonito lugar en tierras cordobesas. Medina Azahara se llamaba, y fue
la ciudad más bella de occidente. Se construyó en el año 936, por orden de
Abderramán III, en honor de su concubina favorita, Azahara. Una bella esclava
cristiana que, según cuenta la leyenda, murió de tristeza, añorando las blancas
colinas nevadas de Granada, su tierra natal.

Pasados unos años de la triste historia, una tarde paseaba
por la ciudad una bella joven, Karima, junto a su esposo, Anwar; la muchacha
era engreída, orgullosa y altanera, se creía merecedora de todo lo que ella
deseara. Anwar sentía pasión por ella, pero estaba bastante cansado de su
soberbia. A veces dudaba de que tuviera sentimientos, ya que cuando algo no era
de su agrado trataba a los demás de un modo despectivo.

Karima detestaba su nombre, pensaba que su significado,
«Generosa, noble», no hacía honor a su perfección. Deseaba llamarse
Kamila, que significa «Muy perfecta», así se sentía ella. Anwar,
conocedor de sus sentimientos, decidió darle un escarmiento ese día mientras
paseaban.

—Karima, mi amor, esta tarde me gustaría jugar contigo
—dijo Anwar, sonriendo al ver la cara de sorpresa de su amada.

—¿Un juego?, ¿a qué jugaríamos? No pienso arriesgarme a
estropear la seda de mi túnica —respondió con tono enfadado. No entendía qué le
ocurría a Anwar.

—Tienes que ir encontrando pistas que he escondido, éstas te llevarán a un tesoro —le explicó con tono divertido mientras disfrutaba viendo el desconcierto en los ojos de su joven esposa—. La primera pista se encuentra escrita aquí. —Le entregó un bonito pergamino, en el que había escrito un versículo del Corán que decía así:

No vuelvas tu rostro a la gente [con desprecio] y no andes por la Tierra con arrogancia. Ciertamente Alá no ama a quien es presumido y engreído.

(Corán 31:18)

—¿Y ahora? ¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó cada
vez más irritada y sin ganas de seguir el tonto juego.

—Dice que no andes por la Tierra, tal vez deberíamos
caminar por el césped del jardín —le ayudó para no enojarla más de lo que ya
estaba.

Karima se introdujo en el jardín y le llamó la atención
otro pergamino encima de un hermoso banco de piedra, se dirigió hacia él y lo
recogió. Comenzó a leerlo en voz alta:

A mi amada Karima:

Siempre reniegas de tu hermoso nombre y deseas fervientemente poderlo cambiar. No lo entiendo, la verdad.

Te haré una pregunta, y la respuesta bien deberás pensar.

Si Alá nos bendice con una hermosa hija y de estos dos nombres uno tuvieras que elegir. ¿Cuál escogerías para reflejar sus virtudes?

Karima: Generosa y noble. Virtudes hermosas que la harán ser feliz.

Kamila: Muy perfecta. Cualidad difícil de conseguir, útil solo si tiene humildad.

De tu amado Anwar, deseando con su luz alumbrar tu caminar.

Al terminar de leer, le resultaba imposible hablar. La
emoción amenazaba con ahogarla y las lágrimas comenzaron a rodar por sus
mejillas, sin importarle en absoluto estropear la bonita seda de su túnica.

Anwar la abrazó y comenzó a besarla suavemente, limpiando
su llanto con besos llenos de amor.”

—Te amo y necesito tu luz para no perderme en mi orgullo
—dijo Karima cuando consiguió hablar—. Gracias por este tesoro que me has
ofrecido.

Siguieron paseando, abrazados y disfrutando de una hermosa
tarde en aquel bonito lugar.

El anciano los miró a todos sonriendo, y como siempre hacía cuando terminaba su cuento, se levantó y se despidió de todos con un gesto suave de la mano. Al día siguiente volvería para contar otra nueva y hermosa historia.

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