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MERLÍN, EL MAGO: CUENTO

 EL cielo cambió de color. El aire limpio pronto se tiñó de rojo. Las nubes, que antes eran esponjosas, se prepararon para limpiar aquella suciedad, condensando su vapor en diminutas gotas que comenzaban a caer, refrescando el ambiente cálido y pegajoso. La humedad atrajo como un imán a más nubes, que se concentraron cubriendo todo con un manto negro. Había pasado de ser una llovizna delicada y sutil, de esas que parece que no mojan pero calan hasta los huesos, a una tromba de agua que amenazaba con destrozar todo a su paso. El viento, furioso, se le había unido en su lucha contra los desprevenidos transeúntes,  que corrían sin un rumbo fijo, intentando buscar un techo que les proporcionara resguardo. Pero era imposible. La lluvia, impulsada por el viento era un arma de doble filo. Los más previsores sacaron sus paraguas utilizándolos como escudos protectores contra aquel ataque, pero eso sólo sirvió para que arremetieran  contra ellos con mucha más fuerza. El cielo encapotado ya no era el lugar perfecto para que las aves surcaran con su vuelo relajado un atardecer de verano. Ahora, el cielo había quedado cubierto de objetos que se elevaban descontrolados, a merced de los caprichos meteorológicos. Jorge caminó todo lo deprisa que le permitían sus piernas. Ya no era un chaval.  Una vida no demasiado fácil trabajando en el campo y después en la mina le habían provocado una artrosis de campeonato y otros problemas de salud importantes. A pesar de su edad y de sus achaques, mantenía todavía un porte apuesto: una cabellera abundante, perfectamente cortada, de un color plateado en su totalidad le contrastaban con una piel curtida por el sol. Allí donde las arrugas se concentraban, el carbón se había impregnado bajo las líneas de expresión acentuando más su vejez. Dobló la esquina con mucho trabajo. Consiguió sacar las llaves de su bolsillo derecho y por fin entró en la casa, dándole con la puerta en las narices a la tormenta. El viento no estaba dispuesto a dejarse vencer y bramó con furia azotando los cristales de las ventanas, pero la casa estaba blindada para esas ocasiones y resistió a sus intentos por entrar. 

—Querida, ya estoy en casa — y sin esperar una respuesta, se dirigió hacia el salón. 

La estancia no era demasiado grande. Unos pocos metros cuadrados acotaban un espacio adornado de manera sencilla aunque con mucho gusto. El mobiliario se veía desgastado por el paso de los años, pero el color blanco de las paredes le proporcionaba una luminosidad digna de juventud. 

—Jorge, ya estás en casa. Me tenías muy preocupada. Mírate, estás empapado—una voz dulce y delicada sonó desde el otro lado de la habitación.

Allí, en uno de los rincones, al lado de la ventana, una mujer se balanceaba en una mecedora. Vestía una camisa de color marengo, con botones al frente y un pantalón negro. Su cabello, del mismo color que la camisa, estaba recogido en un moño que le dejaba al descubierto una nariz respingona y graciosa. Jorge se acercó a su lado y le dio un beso cariñoso en la mejilla.

—Nada, mujer. No te preocupes. Ha sido un poco de lluvia. Estoy bien—se sentó a su lado mientras la mujer le lanzaba una mirada de impaciencia. 

— ¿Y bien? — su voz sonó más aguda ahora, producto de la emoción—¿Lo has traído? 

Su esposo se llevó la mano debajo de la camisa y sacó un envoltorio de tela, aterciopelada y de un color azul marino que se reflejó en los ojos de la mujer. Su aspecto había recobrado años de vida, su tez parecía ahora más tersa y lustrosa, como años atrás, cuando Jorge la vio por primera vez. Sus pequeñas manos temblaron de emoción al desenvolver con cuidado la tela. Jorge no pudo dejar de sonreír al verla así, parecía una niña, impaciente al encontrar sobre la mesa un regalo para ella. El trozo de tela comenzó a moverse. Una cabecita llena de pelo asomó con timidez. Se desperezó  con lentitud, ajeno a los dos pares de ojos que lo miraban embobados. Un bostezo y un maullido completaron el ritual antes de darse cuenta de que no estaba solo. Sus grandes ojos de color miel se cruzaron entonces con los de Jorge y Anna. 

—Seguro que tiene hambre. En esos refugios siempre andan escasos de comida. Anda y trae un poco de leche— Anna le acariciaba con mucho cuidado.

Estaba segura de que habría sido una buena madre, pero la vida no siempre nos complace. Si pudiera volver atrás en el tiempo, tal vez… Una lágrima se detuvo en el borde de los ojos cuando oyó a Jorge que volvía de la cocina con un recipiente lleno de leche. 

—Habrá que ponerle un nombre. No será completamente nuestro hasta que no le pongamos uno—miró a su mujer, que parecía no escucharle, absorta en sus pensamientos

—Espera, ahora que pienso, el dueño del refugio me dio un collar con una inscripción… Quizás ya tenga nombre—dijo pensativo. 

Se metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño collar de color blanco, con una chapa metálica en forma de círculo. Se acercó todo lo que pudo a ella e intentó leer lo que ponía…

—Maldita sea…¿Y mis gafas? —sus manos palparon  todos los sitios posibles de su ropa en donde podrían estar sus lentes, pero al cabo de unos segundos, se dio cuenta de que los tenía sobre la nariz, mojados todavía por la lluvia. Una vez limpios, volvió a ajustárselos hasta estar completamente seguro de que podría leer sin dificultad la inscripción. 

— Mer…lín…, Merlín. — incrédulo releyó una tercera vez. 

— Merlín, ¿como el mago?— le preguntó su esposa.  

—Eso parece,  tenemos aquí al consejero del Rey Arturo —soltó una carcajada—. El dueño del albergue para animales me dio también una nota…a ver, ¿dónde la puse…? Ah sí,  aquí está…—y leyó: » Como mago, no vivo en el mundo, el mundo vive dentro de mí. Serás capaz de ser lo que seas capaz de soñar» 

— ¿Qué significa? No tiene ningún sentido—dijo Anna mirando con incredulidad la nota que Jorge acababa de leer. 

— No le des más importancia, mujer. El hombre querría gastarnos una broma con el nombre del gato, nada más. A ver, Merlín, te nombro oficialmente consejero gatuno de esta nuestra humilde morada—y con una reverencia de lo más cómica se dispuso a colocar el collar alrededor del cuello del gato, pero un chasquido en la espalda no se lo permitió. 

—Anda, no hagas el tonto, ya se lo pongo yo —Anna le colocó a Merlín su collar, formalizando todos los trámites como nuevo miembro de la familia. 

Después de los preparativos para acomodar a Merlín a lo que sería su nuevo hogar, Jorge y Anna estaban agotados. El día había sido demasiado largo, muchas emociones y muchos sentimientos encontrados. Era hora de descansar. Ya en el dormitorio, Merlín se acurrucó en un cojín a los pies de sus nuevos dueños, en el suelo, pero luego pensó que estaría más cómodo en la cama, y de un salto se hizo un sitio entre ambos. Jorge se durmió enseguida, pero Anna no dejaba de darle vueltas a sus pensamientos. Las palabras se mezclaban sin sentido entre sueños: » El mundo vive dentro de mí «,» serás capaz de ser lo que seas capaz de soñar»… Las palabras daban vueltas en su cabeza… «capaz de soñar…, de soñar… soñar…». Y soñó. Soñó con una niña, de piel blanca, como la leche, ojos como la noche y labios del color de las fresas. Una vocecita dulce y melodiosa pronunció una sola palabra: Mamá, y las lágrimas ahora sí que cayeron como una liberación, mágicas. Una luz iluminó la habitación, seguida del maullido de un gato.  A la mañana siguiente, el sol brillaba con todo su esplendor, sin resquicios de la tormenta. Jorge se levantó mucho más descansado que de costumbre, se estiró y de un salto se puso en pie. Algo había cambiado, se notaba diferente. No quería despertar a su esposa y salió de puntillas del dormitorio. Con los ojos llenos aún de legañas se dirigió a la cocina para preparar el desayuno. Una dulce melodía que provenía de allí le recordó a…una nana. Allí estaba Anna, dándole de comer a su pequeña. Se la veía tan joven y hermosa,  llena de vida. Entre sus brazos sujetaba a una niña, de piel blanca como la leche, ojos como la noche y labios de color de las fresas… Su pequeña, María. Se frotó los ojos con fuerza por si aún seguía dormido, incrédulo por la imagen que llegaba a sus retinas. Merlín maullaba alrededor de ellos , orgulloso de pertenecer a aquella familia,  y su collar tintineó como un cascabel. Jorge le miró extrañado, tenía un brillo especial en sus ojos felinos. ¿Qué pensaría un gato llamado Merlín? Se encogió de hombros y se dio media vuelta para abrazar a su mujer y a su hija. Merlín salió de la casa sin mirar atrás. 

— ¿ Por qué has tardado tanto? Llevo un buen rato esperándote — el dueño del refugio tenía un tono de voz molesto, pero se le fue pasando

—Has hecho un gran trabajo, te has ganado un enorme tazón de leche —le acarició la cabeza negra con suavidad. 

El gato maulló, clavando la mirada en el hombre. Sabía que allí había terminado su misión y una nueva les aguardaba. Lamió las manos de su dueño ante la risa de éste. 

—Para, me haces cosquillas, jajaja—y al doblar la esquina, desaparecieron entre la multitud. 

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