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Soy rico

Pues sí, señoras y señores, soy rico, no puedo ocultarlo más. A estas horas de este domingo, querido lector, cuando se hayan publicado estas letras que componen mi Columna de Humo y estéis en vuestros quehaceres dominicales habituales de rutina, yo estaré en la barra de cualquier bar, garito, antro de perdición y/o restaurante de lujo brindando por mi suerte y la fortuna que me acompaña.

No es un pellizquillo de esos con el que todo el mundo se
da por satisfecho, no. Son mínimo un par de “kilos” de euros caídos del cielo,
por mor y gracia de los 5 décimos premiados con el Gordo que a última hora de
ayer compré a un desdichado que andaba quejándose de no haber podido venderlos
y se los tenía “que comer”, palabras del susodicho, porque le obligaban a
quedárselos en su peña de fútbol para recaudar fondos para la misma. Entre
cerveza y cerveza de mediodía, con sus correspondientes tapas, en el “Descansen
en paz”, tugurio muy recomendable a todo el que quiera darse por comido y por
bebido con dos consumiciones, no pude aguantar más sus lamentos y le arranqué
una sonrisa cuando le ofrecí cien euros por los 5 que le quedaban, pero la
gabela la pagaba él. Supongo que ahora estará la criatura buscándome por toda
la ciudad, aunque sea para abonarle el plus de cada boleto.

Ahora, mientras pido al camarero que me llene la copa de un
exquisito tinto crianza de Deifontes y lo acompaño de un buen plato de queso de
Lanjarón, placeres al alcance de cualquier paladar sin que te tenga que tocar
la lotería, disfruto asombrado de mi nuevo status social. Tengo pendientes
varias charlas con directores de banco, que no sé si me merecerán la pena, así
como mandar a la mierda a algún que otro especimen que hace tiempo que se lo
merece. Tendré que aprender a mirar por encima del hombro, a decir gilipolleces
que sólo me crea yo, a no pegar palo al agua y algún otro deporte de alta
alcurnia que se me escapa por poca práctica. No sé si valdré para eso, porque
lo que tengo claro es que mi familia y a mis amigos no los toco. “Joder” me
regaño hablando conmigo en silencio, “no sé si seré un buen rico”.

A mi lado, en la barra atestada de gente a estas horas de
tapeo, hay un tipo de cierta edad, pelo y barba canosos engreñados, empeñado en
que le cobren por un café 21,20 euros, pero que le den de vuelta su décimo
premiado. Me sonrío y miro al otro lado para encontrarme con varias jóvenes de
buen ver vestidas de burbuja de champán, yo prefiero la sidra aunque tendré que
acostumbrarme a lo otro por mi nuevo pedigrí, que no terminan de entender a una
señora que afirma que su ex suegro ha compartido con ella un décimo premiado
“porque le tiene cariño”,  según afirma y
nadie cree.  

Por no reírme más, pago mi cuenta y salgo de allí camino a
casa cuando me cruzo con un par de amigos, con una copia de un décimo aireada
en una de sus manos, que gritan a voces todo lo que les ocurre, y les va a
ocurrir, pues conocen a ciencia cierta cada paso siguiente que les depara el
futuro. “Y mañana igual, otra vez premiados”, insisten mirándome burlones. “Esto
es de locos” me sorprendo, “solo me falta una marciana ganadora por gracia de
un terrícola”, afirmación que me deja pensativo al mirar a una extraña pareja
charlando en la cola de un cine que no tendría que estar abierto a estas horas.
“Prometo no beber ni un anisete en el resto del día” me dije medio en broma. “A
ver si todo es un montaje en la ciudad para hacerme sentir rico, que me estén
haciendo un Carmina, vamos”, las risas son ya imparables ante la mirada
desaprobatoria de todo el que me cruzo. “Me falta oír a la Caballé, al
Bustamante, Rafael y alguno más, mientras bailo con el calvo ese famoso, para
que esto sea una cámara oculta de las mejorcitas que he visto” desvarío
llegando al portal.

Me paro un momento y pienso que deberíamos cambiar de domicilio
a otro más céntrico, más grande y de mayor nombre, con ascensores exteriores,
dos porteros, cuatro escaleras, tres puertas de entrada, cuatro trasteros y
cinco cocheras mínimo. Agitando la cabeza, sorprendido de tanta tontería que se
le sube a uno por cuatro perras gordas mal contadas, subo por la escalera, como
siempre, hasta llegar a mi planta.

Giro la llave y entro en casa con las ideas claras del giro
que vamos a dar a nuestras vidas, convencido de que esta oportunidad basada en
dinero no la podemos dejar pasar. Estoy ansioso de confirmar a mi familia lo
dichosos que vamos a ser a partir de ahora, sin nadie que nos tosa al lado.

Corro hasta el salón, paro en seco al entrar y recibo la
sonrisa impagable, el abrazo incondicional y el beso de amor de quiénes
realmente me han hecho rico, no hoy, sino hace muchos años. En lo alto de la
mesa principal se encuentran, como todos los años, los décimos de la lotería
revisados, no premiados y rotos en pedazos una vez descartada la suerte.

Pero para suerte la mía, con los míos, con los que
verdaderamente soy rico sin necesidad de una inmensa fortuna monetaria. Y eso,
señoras y señores, no se consigue en un sorteo, se gana día a día. Luego, jugar
a ser rico en dinero como he podido jugar hoy en esta columna, más de “humo”
que nunca, tiene su gracia, y muchísimo más con permiso de mis lectores,
esperando que todos hayamos pasado un rato divertido, pero sin ser comparables
ambas riquezas. La mía es incalculable, afortunadamente.

Tengan ustedes un muy feliz arranque oficioso de las
fiestas.

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