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PERDIDA EN LA CIUDAD.

En el año 2020 es prácticamente imposible encontrarse con alguien que no tenga teléfono móvil. Y es que este pequeño dispositivo ha pasado a ser un elemento  imprescindible en nuestro día a día. Como siempre, el avance tecnológico tiene sus ventajas si se utiliza con cabeza y sus desventajas, si se utiliza de manera descontrolada. Gran parte de nuestras actividades diarias dependen de nuestros teléfonos móviles, desde números de teléfono, horarios de actividades, anotaciones, recordatorios, despertador, acceso a Internet, podemos leer, escribir, jugar, hablar por teléfono, tener acceso a nuestras cuentas bancarias, podemos estar localizables en cualquier momento del día y casi en cualquier lugar y, así, un largo etcétera. En mi no tan larga vida tecnológica sólo he pasado por una situación  de verdadera angustia por culpa del móvil, que si tenemos en cuenta la cantidad de horas que le damos uso, no parece ser algo desorbitado. 

Esto fue lo que ocurrió.  «Fue en el mes de enero. Lo recuerdo porque me acababan de regalar un teléfono nuevo por mi cumpleaños y apenas tenía días de haberlo utilizado. Pues bien, como todos los miércoles, me tocaba trabajar por el centro de la ciudad, desde por la mañana hasta por la noche fuera de casa, con todo lo necesario en mi mochila: dinero, abono transporte, llaves de casa, comida y, como no, el teléfono. En la estación los viajeros,  petrificados a causa del frío y el sueño,  parecían estatuas metidas en una recreación. Todo parecía inerte. Nuestros rostros se relajaron al entrar en contacto con la calefacción del tren. Unos prefirieron dormitar acurrucados en sus asientos, otros se entretenían  mirando el paisaje a través de la ventanilla, otros pasábamos el tiempo con la mirada navegando por  la pantalla de nuestros teléfonos. El viaje transcurrió sin más novedades. Tras una hora y media de trayecto, por fin, llegué a mi destino. 
En el trabajo la jornada transcurrió con normalidad las dos primeras horas, pero luego tuve que ausentarme durante unos minutos. No imaginé que esos escasos cinco minutos desencadenarían todo lo que vino a continuación. Confiada de mí ( ya no lo he vuelto a hacer, ni para ir al baño) dejé la mochila en el trabajo y cuando volví había desaparecido. Me entró un ataque de pánico. Estaréis pensando, qué exagerada, tampoco es para tanto. ¿A quién no le han robado algo? Lo sé. 

Me encontré a kilómetros de casa, sin dinero, sin posibilidad de coger el transporte de vuelta, sin poder avisar a nadie, primero, lo más obvio, no tenía ni teléfono,  ni dinero, ya no existían las cabinas, y lo que molestó muchísimo más que toda esa impotencia, no recordaba de memoria ningún número de teléfono de nadie conocido. Mi única preocupación en ese momento, además del disgusto del robo, era que cuando alguien de mi casa intentase contactar conmigo y no pudiera, se iba a llevarse un gran susto. 
Me dirigí caminando hasta la comisaría más cercana. Le dije al policía que formalizó la denuncia lo que había pasado y que no tenía posibilidad de contactar con nadie porque no me sabía ningún número de teléfono. El hombre me miró como si yo fuese un espécimen llegado de otro planeta. Ahí quedó todo. Regresé al lugar de trabajo. Por la calle se me ocurrió pedir algo de dinero para regresar a casa o, en otro caso, tendría que coger un taxi de vuelta y pagar al taxista una vez hubiese llegado a mi destino (un «pastón considerable»). Pero, ¿y si no había nadie en casa y no podía pagarle? Mi imaginación se disparó como un detonador, con el consiguiente aumento del nivel de angustia, que cada vez me ahogaba más. Opté por coger un taxi (la broma me salió por cerca de 60 euros, más el teléfono perdido, el dinero que llevaba, más el día de trabajo que perdí,  más luego me puse mala por la tensión nervios y tuve que perder más días de trabajo). 

Hoy, visto desde la distancia,  pienso en otras opciones que en ese momento no se me ocurrieron. Desde ese día, siempre que salgo de casa, llevo algo de dinero en el bolsillo,  junto con las llaves y el móvil y, por supuesto, con los números de teléfono bien guardados en la memoria. 

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