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Del castúo o habla rural extremeña

Nací en 1963, y hasta los diez años pasé toda mi infancia, en mi pequeño pueblo, llamado Hinojal, sito en la comarca más deprimida de Extremadura, denominada «Los cuatro lugares», con lo que el castúo (o habla rural extremeña) constituyó, por todas, la única lengua propia en dicho período de mi vida; y, por cierto, de lo más feliz y congraciado.

Recuerdo muy bien cuando en la escuela de la primera etapa de la EGB, allá por los años 70, el maestro (supongo que atendiendo a expresas indicaciones de sus superiores) nos decía: «no se dice arradiu, sino radio», «no se dice amotu, sino moto», no se dice «andalias, sino sandalias» o «no se dice indición, sino inyección». Era una época en que el medio de comunicación más extendido era la radio, por cierto, de válvulas, y en que llegaron los primeros televisores, de los que solo disponía quien disponía: el casino, el médico y los más pudientes. De hecho, recuerdo haber pagado dos reales en el bar por ver allí a Valentina y los Chiripitifláuticos, o las películas de Bonanza y las del Virginiano o las de Rin tin tin o Furia.

Luis Brenia según Miguel Gibello

También recuerdo cuánto circulaban los tebeos, las novelas de Corín Tellado y las del oeste, y los cómic de Hazañas bélicas, el Capitán Trueno y los de Jabato, que venían en castellano, y también los periódicos y semanarios que se tragaba mi padre y la revista Mundo joven que leían mis hermanos, o Corte y confección que tanto amaba mi madre.

Mas nuestra lengua coloquial lo era el castúo, con ella nos bastábamos y entendíamos entre nosotros los paisanos de las distintas generaciones, y sin ningún problema, al menos a mi joven edad; un habla eminentemente de transmisión oral, ya que la literatura en castúo es muy muy muy escasa; de hecho nuestros dos autores de referencia solo lo eran  (que yo sepa) Luis Chamizo (autor de El miajón de los castúos) y el poeta salmantino José María Gabriel y Galán, que escribía en castúo poemas que se han hecho tan famosos como El embargo.

Mas atendiendo a quienes jamás nos hayan oído hablar a los extremeños rurales, que no a los díscolos urbanitas (quienes únicamente han conservado de nuestra habla las eses aspiradas –que a la hora de trasladarlas a un escrito yo personalmente convierto en una «hj», ehjtamohj?–), les diré que es un habla derivada del castellano (a veces antiguo) que tiende mucho hacia las onomatopeyas y a las terminaciones vocálicas de las palabras con la u o la i (por ejemplo, er cantaru y la fuenti o er langohjtu   –o saltamontes– o er cerramicli –o cernícalo–); y que el diminutivo por excelencia termina en inu/a (por ejemplo, er gatinu –o gato chico– o la perrina –o perra pequeña– o er burranquinu –o cría del burro–).

También en el castúo se da mucho el caso de adaptar palabras castellanas a nuestra forma de hablar. Por ejemplo, la palabra dehjfaratal, o desbaratar o deshacer groseramente lo edificado; o antier o  antes de ayer y, también, trahjantier o el día de antes de antes de ayer.

También conservamos palabras o expresiones castellanas que están muy en desuso. Por ejemplo, carcavuezo, un hoyo mediano en la tierra; o traer al retortero que en castellano tiene diversas acapciones distintas del uso que nosotros le damos, que es el de «accion que denota que algo está mal colocado o que tiene un mal uso» aunque coincidimos en la de «hacer a alguien ir de un lado para el otro todo el santo día».  

Pero lo más fascinante del castúo, aparte de su musicalidad y deje, son nuestras palabrejas y expresiones, muchas de las cuales tienen par en castellano y otras no (por ejemplo, los sustantivos «barbiscache» –o cinta que se coloca debajo de la barbilla para sujetar el sombrero–, «rechuploso» –que se aplica a quien habla con mucha desenvoltura y salero, dando la sensación de saber mucho– el verbo «dehjforrifal» –que aproximadamente cabría traducirse como frotar o deshacer una materia hasta que pierda su consistencia natural– o el adjetivo «dehjgalamiu» o flaco por falta de apetito y poco ánimo; por poner solo unos ilustrativos ejemplos que ahora me vienen a la cabeza). Expresiones tan corrientes como «jincar el poleo» (o morirse), saltar un obstáculo a pativuelo (sin apoyar las manos), «tirar lohj pantalonihj» (o defecar), cantearsi (o girarse ciento ochenta grados o, sencillamente, volverse en la posición), hacer los oficios (o resolver los quehaceres de la casa), beber a garglo (sin tocar con los labios el borde del recipiente), gustonear (o darse el gusto de contemplar presencialmente un ambiente de gentes), o dar al alguien un aciburri, que es marearse o desvanecerse; ni bulle, ni tulle, cuando una persona que está enferma no mejora; u oler a zorrocotroco, oler muy mal.

También ocurre que el castúo no es un habla generalizada que se da en todos los pueblos igual, sino que cada uno tiene una especie de vocabulario un tanto propio que comparte con los demas su mismo aire y deje. En internet caben encontrarse ciertos diccionarios locales extremeños; el de Hinojal se debe fundamentalmente a las labores de recopilación del finado Justo Macarrilla Díaz, antiguo cartero del pueblo, y de Fidel Macarrilla Durán.

En referencia a la literatura actual escrita en castúo que yo conozca a fondo, puedo elogiar, y muchísimo, el libro de Florencio Rodríguez Figueiras titulado Porque semos asina, el cual, escrito en muy asequibles y oportunos versos, resulta la mar de entretenido y nuestro, en cuanto derrocha nuestro sabor por los cuatro costados, y tanto en lo referido a sus formas como a sus contenidos. El autor y yo guardamos una sanísima amistad.

Y también quiero destacar y poner por todo lo alto la voluntariosa y conseguidísima traducción que Antoniu Garrido Correas hiciera del tan universal libro de Antoine de Saint-Exupéry titulado El principito, y que el autor tituló en un principio, y en la edición que yo tengo, Er prencipinu y luego, ignoro por qué, Il pequenu príncipi.

Yo también cuento con un extenso relato escrito en mi castúo y recogido en el tercer volumen de mi trilogía titulada Evangelio confidencial de un obrador bipolar, que narra un niño de unos seis años, titulado Er secretu lahj napolitanahj. Y aquí he de observar que los extremeños cuando hablamos en castúo tendemos a comernos ciertas proposiciones, y así para, por ejemplo, pedir un refresco de limón, decimos, dami un refrescu limón.

Por otra parte, también en el citado tomo de mi referida trilogía, cabe encontrarse una aventurada traducción al castúo del Jabberwocky de Lewis Carroll, un poema-cuento en el que el autor se inventa onomatopéyicas palabras, de manera que a los traductores se nos obliga a hacer lo propio en nuestra lengua, lo cual es todo un ejercicio de imaginación y resultonería. Conozco varias versiones en castellano, aunque la más famosa en la de Jaime de Ojeda, que tituló El Galimatazo, mientras que Erwin Brea optó por El Chacaloco, M. Manet por El Dragoban, Francisco Torres Oliver por El Jerigondor, Ramón A. Sánchez por El Fablistanón y no sé quién por El Flonstluo y tampoco sé quién por El Yaberguoko. Y es una narración breve que cuenta el enfrentamiento cíclico entre un niño y un monstruo.

Y antes de dar paso a mi traducción, por cuanto me escandaliza y duele, quiero hacer ver que mientras que en la zonas rurales el castúo aún pervive, las cuatro malnacidas, acomplejadas y a tal efecto hideputas ciudades extremeñas, dueñas y señoras de los medios de comunicación (que no dedican ni una sola línea o columna al castúo, ni tampoco un solo programa, ni hablan en él), son las grandes responsables de que el castúo se nos esté generacionalmente muriendo y eso lo considero todo un falaz asesinato al que es nuestro gran patrimonio lingüístico, mientras que el resto de regiones españolas saben conservarlo y vivificar sus lenguas. ¡Vade retro, Cáceres, Plasencia, Badajoz y Mérida!

Er Zamarramaju

  Relumbraba mu ojcuru er sol
 y laj glihjcosahj cogutahj
rolugondroneaban y s’arrebarrenaban en lohj artuzihj;
tó remelosuhj y d’oreja andaban lohj brugóviuhj
cuandu er catreru malrahj canteaba.
¡Sal juyendu der Zamarramaju, hiju míu!
Que no te jinqui lohj suhj dientihj dejforrifaorihj
ni te jechi encima lahj zarpahj arreguñaorahj.
¡Muchu cuidau con er pájaru Jubu-Jubu
y que no t’entalli er frumerosu Chupacabrahj.
Jechu’n mozu tomó en la su manu la rejilosa ehjpáa;
buhjcó un güen ratu alreor ar manzonazu enemigu;
aluegu s’echó a dehjcansal
ar renti del árbul der Tántanu,
y se queó, vélellí, cavilosu, pahjmau…
Tan campanti ehjtaba
cuandu se prejentó de gorpi porrazu,
con lohj suhj sojuhj fogosuhj,
er Zamarramaju,
que sali telosu d’la dhesa turgosa
y s’acerca prehjtu rehjquengliandu.
¡Plihj, plahj! Un’i’y’otra vehj,
dehjarreteoli con l’hoja cortisehjganti.
Er monhjtru jincó er poleu y con la su sesera
vorvió er micu triunfanti galompiandu.
¿Que l’hahj matau? ¿Ar Zamarramaju?
¡Abrázami, chiviriqueti sonriyiol!
¡Farbulosu día! ¡Tiriririlín! ¡Yajajajá!
Requeterrió er jombri, dichosu d’alegría.
Peru relumbraba mu ojcuru er sol
y laj glihjcosahj cogutahj
rolugondroneaban y s’arrebarrenaban en lohj artuzihj;
tó remelosuhj y d’oreja andaban lohj brugóviuhj
cuandu er catreru malrahj jundeaba…

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