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Duende

Descubrí, en una tarde de verano, una pequeña criaturita ataviada con florecillas rosas que recordaban a las petunias. En sus cabellos, diminutas violetas los adornaban realzándolos, aún mas, mientras la brisa acariciaba su rosado rostro. Sus piececillos danzaban entre damasquinos y sus manitas mimaban las rojas dalias. Toda ella pertenecía al imperio del verano.

Pequeña hada que, sin tocarla, me mostró las maravillas de la naturaleza. Maravillas ocultas al ojo humano en esta época del año. Sorprendida, alzó sus ojillos hacia donde yo estaba. Brillantes y oscuros encerraba en ellos toda la sabiduría, toda ciencia… Se acercó pausadamente, sin apartar su vista, y me dejó una semilla como regalo. Después, alzó el vuelo.

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