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El día del padrevirus

El jueves pasado fue 19 de marzo, Día del padre. Nunca me he identificado mucho con eso del “Día de enamorados”, “Día del padre”, “Día mundial de cocotero de Bolivia”, o tantos y tantos días señalados que cada vez se inventan más las grandes cadenas comerciales o las distintas asociaciones de todo, que hay ya repartidas por el mundo.

Pero este 19 pasado fue un tanto especial. Nadie está ignorante de la situación de alarma en que estamos sumergidos en el país por un virus desconocido hasta ahora. La mayoría de las personas deben de estar aisladas en sus casas demasiado tiempo como para pensar en que esto es vida, pero lo será. Y se debe respetar ese aislamiento por los mil y un motivos que constantemente nos repiten por todos los medios de comunicación. Toda esta situación crea un clima de convivencia que nos pondrá a todos a prueba para recuperar aquello que hoy no podemos disfrutar.

Este 19 de marzo me acordé de mi buen amigo Paul Bitternut, director de esta revista y con recién estrenada paternidad, el cual habrá celebrado su nuevo estado de padre en una situación anómala, casi irreal, pero al que no le quepa duda que tendrá muchas más ocasiones de festejar el mencionado día como se merece. Felicidades de todas formas, que tampoco es para dejar pasar la ocasión del primerizo.

En mi casa, de pequeño, me acuerdo que ese día era festivo a nivel nacional pues se celebra a su vez el día de San José, lo cual abarca a un porcentaje mayor o menor de compatriotas abonados al nombre en su versión masculina o femenina, como único o dentro de una onomástica compuesta.

Recuerdo que mi madre solía ir a las “monjitas”, como decíamos nosotros, y encargaba dos cajas de pasteles de los de antes, no los bocaditos mini de ahora, no, PASTELES así, con mayúsculas, casi media tarta cada uno. Puede imaginarse el lector el momento de la apertura de esos cofres de cartón que contenían el dulce tesoro. Seis hermanos, mis dos padres, algún amigo, a veces la abuela o alguna tita despistada y las Fantas de bebida. Aún, hoy día, cada vez que por cualquier motivo, que no suele ser a menudo, pruebo alguna de estas bebidas, de naranja o limón, cierro los ojos y me imagino, mientras las burbujitas explotan por mi boca, todas aquellas celebraciones, aunque confieso que me pasa con muchos sabores y olores de aquellos años. Reconozco un placer para mis recuerdos conseguir esas sensaciones después de tantos años: las Fantas mencionadas, los yogures de fresa Danone, las Campurrianas, unas tortas de Málaga llamadas Tortas Ramos, la colonia Varon Dandy, en fin, muchas más que podría nombrar y que se grabaron a fuego en mi cerebro y me transportan cada vez que las reconozco.

Por todo lo anterior, y, repito, sin ser un amante de los “Días de”, este jueves pasado me ha quedado triste, silencioso, melancólico. Suele ser un día de excesivo consumo, de calles repletas de gente en familia, con bares y restaurantes con ofertas atractivas y colgando los carteles de completo. Es un día de homenaje festivo a la figura paterna, en donde predominan las sonrisas y se pierden las penas. Al final, te guste o no, no dejas de acordarte de aquel que te dio la vida, aunque sea por un día, lo cual no es un mal motivo para tener un “Día de”.

Calles vacías, miradas desconfiadas que te cruzas por la ciudad camino del trabajo, no hay escaparates adornados, llamativos, no hay invitaciones ni brindis a la vista de todos, no llegan abrazos, ni besos, ni tampoco manos estrechadas. Si acaso algo a distancia, de metro hacia delante, frío. No hay un “Día del padre” como Dios manda.

Pero ante este evidente estado de alarma, que parece que todo lo mata, hasta el virus famoso, tenemos la ilusión, la certeza y la esperanza, de que todo volverá a ser lo que era y, como dije antes, habrá muchos más 19 de marzo, en donde nos volveremos a saturar de comidas, gritos, excesos, regalos y apreturas en barras imposibles de atender en condiciones.

Ya sé que esta columna llegará con tres días de retraso respecto al “Día de”. Tampoco me seguirán gustando mucho estas celebraciones cuando todo esta situación especial pase. Pero hoy me apetece, me siento nostálgico. Desde el refugio de mi casa, que todos tratamos de mantener inmune, quiero felicitar, o felicitarnos pues yo también me incluyo, a todos los padres en su “Día del PADRE”, así, con mayúsculas. Darles un apretón de manos, un abrazo y un beso virtual que quedará pendiente de hacerse personal. Me apetece verte sonreír cuando estés leyendo esto. Me encantaría poder mandarte un cubo de ánimo para que lo lances sobre las cabezas de todos los que estuvieron, están y estarán contigo ese día y el resto de días.

No todo se para ese día 19. Seguimos luchando aunque sea quedándonos en casa.

Feliz Día del Padre.

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