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La paciencia es la madre de la cadencia

Gestionamos nuestras vidas, nuestro día a día, nuestra semana, nuestras vacaciones, los horarios del trabajo, de los niños, lo que vamos a comer el lunes, y un largo etcétera de actividades. Nos convertimos en agendas automatizadas que van de acá para allá, corriendo como locos para llegar a todo lo que nos hemos marcado para ese día. Y vamos dejando de lado nuestra vida social, nuestra parte más humana, la familia, los amigos, incluso no tenemos ningún problema en deshacernos de aquello que nos impide realizar nuestra logística vida. Admiro a esas personas que viven y disfrutan del día a día, con toda la tranquilidad, saboreando cada segundo Disfrutan de un día de sol, disfrutan de una tarde con sus nietos, disfrutan de un helado en un parque, de una conversación sin tener que estar pendientes del reloj porque tienen solamente dos minutos para hablar. Es verdad que el trabajo nos quita la mayor parte de esos pequeños regalos, pero de momento, a no ser que nos toque la lotería, no podemos dejar de trabajar, así que hay que contar con ello. Tampoco creo que los lujos sean necesarios, os lo digo en serio, prefiero salir a dar un paseo por el campo, en compañía de amigos y familia, con un bocadillo de tortilla y una botella de agua, a viajar a Cancún sola y sin poder salir del recinto y tener un menú de lo más sofisticado (por supuesto para gustos, los colores).

Cuando veo a los chavales que están agobiados con los deberes del «cole», con tan sólo 8 años, que los lunes y miércoles van a inglés dos horas cada día (bien, porque hay que saber idiomas), los martes a natación y a fútbol (bien, porque el deporte es bueno), los jueves a cocina para ser como «Karlos Arguiñano» ( bien, hay que aprender a cocinar con “fundamento y rico rico”. Que conste que veo su programa casi todos los días y me encanta), los viernes van a clase de música, a robótica y ya, el fin de semana, una de dos, o siguen con las actividades, o no hacen nada de nada, me da qué pensar.

Lo que sí me he dado cuenta es que, con esta vida frenética que todos llevamos, cada vez tenemos menos paciencia y menos capacidad de atención. Estamos a tantas cosas, que no estamos a ninguna y, por suerte o por desgracia, “la paciencia es la madre de la ciencia”. Queremos conseguir cosas rápidamente y sin esforzarnos y de momento, no parece ser que sea viable este método. Es más, nosotros mismos nos vamos generando más trabajo y obligaciones de las que deberíamos (y si no, ya se encargará otro de buscarte esas obligaciones).

Es importante preparar la comida del lunes, por supuesto (también la del resto de la semana), pero también lo es el escuchar a ese amigo que tiene un problema y no estar como en la consulta del médico, con el reloj en la mano para saber que sus dos minutos de tiempo ya pasaron, o mirando el móvil al mismo tiempo que pides la compra por Internet y cocinas para ese lunes.

Pensamos que el tiempo no va a pasar nunca, que siempre vamos a estar igual, en las mismas condiciones, con los mismos años, sin achaques, con las mismas energías, y de repente, ¡zas! Te levantas una mañana, uno de esos días en los que estás hasta las narices de todo, han pasado veinte años desde aquel día en el que te ibas a comer el mundo, en el que tenías un montón de proyectos, de ganas de vivir, y te encuentras con que todo se ha esfumado en el aire. Veinte años, y nada.

Cuando trabajaba en mi libro «Disculpa, ¿me recuerdas?» e intenté echar la vista atrás en el tiempo y sacar a la luz una parte de esos recuerdos, vi cómo nos vamos envolviendo en tantas capas, que perdemos gran parte de esa vida pasada. Fue un ejercicio muy enriquecedor para volver a vivir situaciones que habían quedado perdidas. Así que, desde ese día, he intentado poco a poco disfrutar más de los momentos y grabarlos en mi memoria para poder recordarlos.

Como ya os dije en el artículo anterior, Marzo es el mes de la poesía, me despido de vosotros con

AROMA DE MI INFANCIA. Hasta la próxima.

 «Con el paso de los años 
permanece escondido
pero te devuelve al pasado
el recuerdo de un olor.
 
Añoranza de mi infancia,
de mi abuela en la cocina,
amor cocinado a fuego lento,
guisos cocinados con corazón.
 
Un fogón que tiene alma,
un aroma a limón,
la cocción de tu cariño
y el almíbar de su amor».

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