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Maneras de vivir

Hay muchas maneras de vivir, casi tantas como de morir, o al menos así pensaba Soni mientras regresaba, a duras penas, a aquel cubículo que llamaba casa. El sol resplandecía ya y la noche había sido muy larga, demasiado para los años que reflejaba su documento de identidad. Hacía frío y la chupa de cuero negra se le quedaba algo corta para calentar ese cuerpo tan delgado, al que solo le gustaba vestir con camisetas del mismo color, al igual que sus pantalones de cuero ceñidos y las botas de punta que comenzaban a presentar algún descosido. El tambaleo de sus pasos obedecía a la mezcla de sustancias que durante la madrugada habían ido desfilando por delante de él, ninguna sana aunque todas necesarias para seguir el ritmo.

Mientras encendía un cigarrillo, en el banco de la parada del bus, una chica joven se sentó a su lado también a esperar esbozando una sonrisa de compromiso ante la imagen del roquero. Refugiado tras sus gafas de sol oscuras, Soni alcanzó a devolverle el saludo no fuera ella a pensar que él estuviera muy triste por no verlo sonreír. “Es simplemente despiste” precisaba en un susurro ronco, aumentando el contorneo de su cabeza para intentar despejarse de todo lo que rebotaba aún dentro de ella.

Sobre las siete de la tarde anterior toda la banda llegó puntual a la sala donde iban a protagonizar un nuevo bolo de rocanrol, de su rocanrol, al que toda su vida llevaba Soni dedicado, habiéndolo convertido en su manera de vivir. “Malvivir” seguía murmurando entre columnas de humo que expelía por su nariz y por su boca. Le sorprendió el bullicio de la entrada, aunque sabía que tenía tirón aún entre los viejos roqueros a los que no sabía ya qué decir cuando le pedían que jamás se retirase. Pero aquella iba a ser su última noche, su despedida definitiva de los escenarios. Lo había decidido por duro que le sonase. Seguir sería cambiar las cosas de sitio, poder llegar a romper lo que tanto trabajo le había costado hacer. Había visto cruzar el calendario con igual velocidad en todo este tiempo, más de cuarenta años, y en muy pocas ocasiones pudo subrayar alguna que otra página de su diario. Lo suyo fue la lucha diaria por sobrevivir con el rocanrol, por intentar vivir de él. Pero era su forma de vida, la manera que él eligió o ella lo eligió a él, no sabía bien.

Sin saber lo que es cantar se empeñó en ello. Sin conocer ningún instrumento acabó dominando alguno. Sin querer, o casi obligado, acabó siendo líder de un grupo de rock. Fue aprendiendo el oficio olvidándose del porvenir, quejándose sólo de vicio, y por vicios, pero era su manera de vivir.

Subieron juntos, la chica y Soni, al mismo autobús. A él le costó algo más subir los peldaños de acceso, pagar al conductor y llegar hasta un asiento a mitad del vehículo, pues más allá le parecía un desgaste físico excesivo. Mientras recuperaba el resuello, derrumbado en su sitio, espatarrado y con las gafas ya en la punta de la nariz, pudo percibir a la chica, sentada próxima a él, que le miraba divertida. Parecía querer buscarlo aunque él estaba ausente. “No podría ni decirle te quiero porque obviamente no es para ti” volvía a bromear para sí mismo a tenor de la escena que estaba ocurriendo. Sin más, ella se levantó y se sentó a su lado, para lo cual tuvo que empujar parte de la pierna derecha del cantante desplazando la bota de apoyo. Volvió su rostro hacia ella, con la misma cara de gilipollas sonriente que se había encajado en su rostro desde hacía un rato, con pretensiones de galán. “A lo mejor no es decente” pensó dentro de sus maneras de vivir, pero solo pensar que podría ser su hija lo frenó en seco achacando todo a su terrible resaca.

-¿Eres Soni, el cantante?- disparó a quemarropa la adolescente con cierta excitación. Impresionado y sorprendido, recompuso algo la figura, se recolocó las gafas, carraspeó para evitar un gallo o la ronquera que pudieran dañar su imagen dura y contestó con un escueto “sí”-. ¡Joder, en casa tenemos todos tus discos!- y sin dar tiempo a nada continuó-. ¡Un selfie! – y lo agarró del cuello para plasmar un sinfín de imágenes que luego vete tú a saber donde acabarían. Lejos de molestarle, la alegría que irradiaba, la inocencia que transmitía y el grado de ilusión que le hizo verlo animaron a nuestro músico a prestar atención a aquella muchacha. Morena, pelo rizado, cazadora vaquera abrochada hasta arriba y con un fular ochentero negro de gasa no desentonaba en exceso junto a aquel viejo roquero. Le habló de su padre, de su lealtad a su música, a sus letras, de su afición por tocar la guitarra aunque “a nivel de andar por casa”. Le contó la de veces que le había oído en discos puestos por él en casa, y que, gracias a ello, había llegado a gustarle sus canciones, a hacerse una fan más.

-¿Estuvisteis anoche en el concierto?- quiso saber Soni por aportar algo a la charla. La chica en ese momento perdió la sonrisa y retiró la mirada. Sin saber donde había metido la pata, pero seguro de ello como tantas y tantas veces, masculló una media excusa e hizo el amago de irse a otro asiento cuando de nuevo ella intervino.

-Sí, allí estuvimos, en primera fila- aclaró mientras él intentaba recordar sus caras sin mucho éxito-. Luego fuimos al backstage con las entradas, a que nos las firmases, y a conocerte, pero nos dijeron que no recibirías a nadie, lo cual fue una desilusión tremenda- aclaró mientras le devolvía de nuevo la mirada lo que hizo a Soni conmoverse por su comportamiento ante gente por la que él había peleado toda su vida. Su estilo de vida el más cómodo, ni probablemente el más inteligente, pero en él eran parte imprescindible aquellos a los que hubiera llegado con su música, a los que realmente había emocionado, alegrado, consolado o simplemente invitado a bailar con alguno de sus temas. Para eso se había preparado y golpeado muchas puertas. Y ahora les había fallado por no dedicarles unos míseros minutos.

Paró el autobús en medio del silencio que se instauró en la conversación y la chica se levantó para bajarse en su parada. A Soni aún le quedaba camino y su cuerpo pedía a gritos una ducha, algo de comer rápido y cama durante todo el día…pero él sabe que hay prioridades. Con un grito mandó parar al autobús, que ya arrancaba tras bajar su pasajera, y descendió a trompicones deslumbrado por los rayos de sol.

-¡Eh! ¡Espera!- pidió a la chica-. ¿Vives cerca?- ella asintió dubitativa-. ¿Estará tu padre allí?- una sonrisa alumbró su rostro esperando algo más-. Pues tendré que ir a firmar esas entradas, ¿no?- a lo que la muchacha respondió con un “¡sí!” emocionada, lanzándose a darle un abrazo que creyó le acabaría de destrozar lo poco de cuerpo que le quedaba intacto -. Pero no os saldrá gratis, ¿sabes? Me tenéis que invitar a un buen desayuno – bromeó mientras enfilaban la calle.

Al final del día, tumbado boca arriba en su cama, con la última energía por quemar recorriendo sus sentidos, una mueca de satisfacción suavizaba su cansancio. El encuentro con Fran, su hija Xela y el resto de la familia, había sido muy divertido. Lo que se había previsto como firma y café pasó a un recorrido por toda su carrera, contado en primera persona por el protagonista, interrumpido mil veces para responder a otras tantas preguntas que llevaban por otros derroteros para explicar su peculiar manera de vivir. En un ambiente cordial y distendido, fue obligado a comer con ellos y hasta merendar chocolate con pastas, cosa rara en un roquero, lo cual aceptó de muy buen grado. Y ya de noche, no puso ningún reparo en que lo terminaran acercando en coche hasta su domicilio, no sin antes cerrar la promesa de regresar otro día, más descansado, y probar hacer dúo con un guitarrista casero que jamás olvidaría ese día ni su entrada firmada.

Este relato está basado en la música y letra de una increíble canción, “Maneras de vivir” del mítico grupo de rock llamado Leño. Subid el volumen por encima de lo normal, preparad vuestra cabeza y pies para no parar de moverlos y simplemente disfrutad de una canción irrepetible que nos enganchó a muchos.

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