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Manuel

Nunca valoramos lo que tenemos hasta que nos falta, o hasta que alguien nos hace ver lo importante que es tener todo lo que otros no tienen.

No me refiero a la falta de salud, tan añorada cuando nos falta, tan poco valorada cuando la tenemos.

No me refiero a la falta de libertad para salir a pasear por la ciudad y, que como ahora tanto añoramos y entonces no valorábamos su importancia porque era innato en nosotros.

No me refiero a las ganas libres de quedarse en casa sin nada que hacer, en pijama todo el día. Y que mal sienta a la mente cuando es por obligación.

No.

Me refiero a la falta de alguno de los sentidos, y en especial el de la vista.

Quien no ha dicho alguna vez, qué triste tiene que ser no poder ver la vida. Pero cuántos nos hemos parado a reflexionar con certeza en ello. Nadie. Todo se dice de pasada.

Yo también me hacía la reflexión rápida cuando me cruzaba por la calle con alguna persona ciega. Pero era solo eso, una reflexión rápida.

Hasta que una tarde quedé con mi amigo Manuel. Teníamos una fiesta de cumpleaños de un amigo de la pandilla. Manuel llevaba un tiempo fuera de la ciudad estudiando. Habíamos quedado en su casa. Yo tenía muchas ganas de verle. Éramos amigos especiales, así nos llamábamos nosotros mismos. Siempre íbamos juntos, Manuel y Lara. Esa soy yo. Lara, la amiga más íntima de Manuel.

Después de varios abrazos y besos, alguna lagrimita que se me escapó, pero de alegría, de emoción, subimos a su habitación para que él terminara de vestirse.

Se quitaba y se ponía un jersey tras otro. No sabía con cual quedarse y yo veía que se nos iba a hacer tarde.

—Manuel, ¿qué te pasa? El jersey de color azul te va muy bien. Sí, mejor que el verde y de negro, nada. Te come la cara. ¿Lloras? ¿Qué te pasa?

Llevábamos tantos años de amistad, compartiendo las habilidades de Manuel en el día a día que siempre se me olvidaba que mi querido amigo era ciego de nacimiento. Nunca me había parado a pensar, a reflexionar en el dolor que tal ausencia le acarreaba. Seguramente porque suponía que estaba hecho a ello.

Le cogí de la mano y le llevé a sentarse junto a mí en su cama. Le acaricié la nuca y le di un beso en uno de sus mofletes. Manuel era de cuerpo espigado, moreno, y lo primero que llamaba la atención al conocerle eran sus mofletes sonrosados.

—Manuel, dime ¿qué sucede?

Mi amigo llevó su mano hacía atrás, a nuestras espaldas, cogió uno de los jerséis, y palpando mis manos me lo depositó en ellas.

—Esto me pasa. ¡No sé qué color es el que dices que me va bien! No sé cómo es el azul, el verde ni el negro que dices “me come la cara”. Ya sé que debía de estar acostumbrado, pero siempre ha sido una pregunta que me he hecho y cuando os oigo “este color mejor que ese otro…”. No os culpo, y menos a ti. Lo siento, encima que me ayudas….

—Tranquilo, te entiendo. Vamos a jugar a sentir los colores. No, no es broma. Quiero ayudarte. No los podrás ver, pero los sentirás. ¿Lo intentamos?

—Confío en ti. Empieza.

—Manuel, ¿recuerdas aquel dolor inmenso que sentiste cuando murió tu perro Curro?

—¡Cómo lo iba a olvidar! Un vacío en el estómago. Un nudo en la garganta no me dejaba ni respirar.

—Pues ese va a ser el color negro. El color del dolor, de la angustia.

—Mis lágrimas de ahora ¿también?

—Sí, porque son de dolor, de pena, de rabia.

—¿Recuerdas aquel verano en el campo, en casa de mis abuelos? ¿Los paseos por el prado?

—Sí, las últimas vacaciones juntos antes de irme a estudiar a Salamanca. Cogimos fresas, estaban deliciosas. Anduvimos descalzos por la hierba.

—Describe lo que sentiste.

—Acababan de segarla. Su olor agradable, como a sandía. El frescor en mis pies y las cosquillas que me hacía al andar pisándola.

—Pues ese va a ser el color verde. El frescor en tu piel, esas pequeñas cosquillas que sentiste.

—¿El rojo? Espera, no me lo digas, a ver si acierto. ¿El sabor de aquellas fresas recién cogidas?

—Estupendo. ¿A qué te gusta el juego? Ahora nos queda el azul, el jersey que te has puesto hoy para la fiesta.

—El azul ya lo sé. La calidez del sonido de tu voz al hablarme. La calma que tu amistad, tu cariño me da. El azul eres tú Lara.

Nuestro juego de sentir los colores terminó con un fuerte abrazo que de nuevo nos hizo sentir el amor, el cariño que sentíamos el uno por el otro.

Para mí Manuel también es el color azul, porque también me da esa calma, esa paz que tantas veces se necesita tener en la vida.

Imagen de Bellezza87 en Pixabay
Bruno, en sus citas con Sorolla, nos lleva de viaje a su Corrala. Nos presenta a Elena y Atilano, sus padres, y a ciertos personajes que vivieron allí y que destaparon su Caja de Pandora. Navega en el mundo de los yoes. Se pierde. El tiempo es la llave para poder ser quién de verdad es… ¿Lo conseguirá?

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