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Saber escribir

 CUÍDATE DE LOS QUE SABEN ESCRIBIR


Cuídate de los que saben escribir
pues tienen el poder de enamorarte
sin siquiera tocarte. 

Cuídate de los que saben escribir
pues tienen el poder de desearte
con tan solo pensarte.

Cuídate de los que saben escribir
pues tienen el poder de amarte
sin siquiera tocarte.

Cuídate de los que saben escribir
pues tienen el poder, de lograr de ella
que extasiada de versos me diga.

Que así me desea, SOÑÁNDOME
Que así me piensa, AMÁNDOME


Y los dos sin siquiera tocarse.
 
 
Miguel Ángel Bayona

Beethoven (como buena fe nos da casi casi todo su catálogo –que es a quien al respecto corresponde la palabra–) es, para mí, sin el ánimo de desmerecer a nadie, una de las personas que más y mejor ha sabido encumbrarse como Artista y hacer del Arte, además de su mejor aliado, su mejor y más idónea plataforma de expresión personal, consiguiendo (como he leído en alguna parte) erigirse en “el compositor que mejor ha sabido hablarle al alma humana”. Viene al caso porque, sorprendentemente (en tanto que hasta entonces le debemos sobradas e incuestionables maravillas, y ello comprende, al respecto de lo que voy a decir, toda una lección de pasmosa humildad), no fue, hasta bien entrado en edad, méritos, experiencia, reconocimientos y de lo más críticos juicios propios, y haber compuesto la sonata Hammerklavier, cuando se atrevió a declarar algo que, si no viniere de quien procede, podría sonar a pedante soberbia o vano alarde, pero que, habida cuenta del universal e indiscutible consenso aplomado y cifrado al respecto, no podemos considerar sino como una íntima y sincera convicción: «ya sé componer».

De seguro que dicha certidumbre devino, no sólo del arduo trabajo que dicha pieza le llegó a acarrear, con los consiguientes obstáculos que hubo de saber vencer a fin de lograr rescatarla, sino también del propio resultado; es decir, amén de oírse a sí y evaluarse, de escuchar la propia pronunciación de su pieza como nadie mejor que él sabía hacerlo: con imparcial honestidad y sabios criterios. Pero, con cuanto hasta entonces ya se traía consigo arrastrado el genial compositor, cabe preguntarse por qué no acaeció antes, como a nuestro juicio podría haber resultado, sin demasiado riesgo de yerro. ¿Por qué tuvo que ser esa sonata la que se lo confirmase? ¿Sólo por su intrincada dificultad de ejecución? Creo que no. ¿Acaso decidió enfrentarse a la resolución de tan complejo galimatías para probarse? ¡Nunca lo sabremos! Lo cierto es que tal pieza le sirvió de certificación, al constatarle que ya sabía que sabía componer.

Es como si, al declarar «ya sé componer», testificase que  nada, de cuanto musicalmente pudiera o pudiese proponerse, se le podría poner por delante, abatirle o descalificarle.

Como se hace ver en la preliminar reseña, además de Literato, soy Maestro Panadero, de lo que cabe desprenderse (y no es, al igual que en el caso de Beethoven, por echarme flores o vanagloriarme; sino por mera convicción harto testada) que sé hacer el delicadísimo pan candeal a un destacadísimo nivel de excelencia (que es algo de lo que, en contra de lo que pudiere parecer, muy pocos pueden jactarse). Y, como en el caso del compositor alemán, me remito, no al título de este artículo, sino a la consensuada calidad que abanderaba mis elaboraciones, la que, hecha materia, hablaba por mí a la vista y paladares de mi clientela, redundando en mi prestigio.

Esto último viene a cuento porque, habiendo sido una profesión que he defendido durante cuarenta y seis años, la certidumbre plena de contar con dicha sabiduría también me llevó lo suyo adquirirla, defenderla y refrendarla. Antes de albergarla, nadaba en la sospecha, con algunos reveses de por medio que, con sus taras, conseguían minarla y ponerla en entredicho; de manera que no fue hasta que, bien metido en harina, decidí acometer un estudio por escrito (que luego me serviría de base para edificar la trilogía que tengo dedicada al efecto) cuando, desgranando toda la letra pequeña y las propias entre líneas del oficio y sus facetas, pude asegurarme toda la biotermorrelojería implicada y aquilatarla como Dios mandaba, revirtiendo todo ello en un conocimiento harto más profundo de la disciplina y una sellada constancia cualitativa en mis resultados panes, y cualesquiera que fueren las coyunturas o las circunstancias climatológicas, o de cualquier otra índole, que se pudieren darse y/o cruzarse.

Quiero decir: al menos por La Vía de La Panificación, sé qué significa y cuánto comprende aseverar «ya sé hacer tal».

Fotografía del Autor de Julián Rocha
del 13 de noviembre de 2018 en Boogaloo Café

Pero, no se preocupen, Queridos Lectores Míos, que no me voy a extender al respecto, sino que, tras estos prolegómenos que he considerado necesario apuntalar, a fin de hacer ver La Propiedad que, como Maestro, me asiste, voy a ceñirme por completo a cuanto refiere el título del presente artículo.

Saber escribir; de chico, en cuanto aprendemos a manejarnos con las grafías, se dice «ha aprendido a escribir» pero, evidentemente, lo que se pretende afirmar no es que dominemos el Arte de La Escritura, sino que ya contamos con lo que es meramente imprescindible para poder lograrlo. Sin embargo, dicho Arte (mucho menos frecuente de lo que se cree) requiere de ciertos roles que solamente la vida, la lectura y nuestra propia aplicación nos pueden brindar; es decir, que es un Arte que precisa de curtido (no cupiendo la precocidad), y a la sazón les diré que mi padre siempre fue de la opinión de que una persona no estaba terminada de hacerse hasta no haber cumplido los treinta y ocho años; de manera que dicha escuela es especialmente íntima y cara (en cuanto que precisa de mucha ejercitación, experiencia, observancia y reflexión).

Dicho esto, y obviando la pasmosa pobreza de la definición de la palabra «Arte» que nos brinda el Diccionario de la Real Academia de La Lengua Española (que no se excede de considerarlo, miserablemente, no más que «una mera habilidad» y/o «una manifestación de la actividad humana»; y no así como yo, grosso modo, lo comprendo, y hasta vivo y profeso, «el más idóneo vehículo para dialogar con las divinidades»), y considerando a La Literatura (así escrita: con mayúsculas) como el gran apogeo del Arte de La Escritura, quiero destacar, especialmente, como gran propiedad de la misma, la capacidad de hacer magia con el lenguaje, de crear, sí, Palabras Mágicas; algo que puede parecer mítico pero que, al traducirse en nuestra mente en pura fisiología, por esa propiedad única de El Verbo de hacerse carne y habitar entre nosotros, se torna en pura realidad tan palpable y/o factible como la materia, la energía o la propia vida.

Como cabe admitirse, cosas muy distintas son el saber que se sabe a creer que se sabe que se sabe. De hecho, la prueba más evidente de ello es que, aun pudiéndonos resultar engañoso discernir por nosotros mismos entre ambas acepciones, los resultados de ambas cuestiones difieren, y lo suyo, entre sí; ya que si, en el primer caso (o sea, cuando efectivamente se sabe que se sabe) se ofrecen resultados completamente herméticos y redondos, en el segundo (cuando se cree que se sabe pero realmente no se sabe) los resultados, ora por aquí, ora por allá, pecan de porosas deficiencias que, al colársenos, desvirtúan la creación, ofreciéndola defectuosa, tarada o indispuesta; de manera que no llega a terminar de valerse ni de coronar cuanto se propuso o ambicionó, pagándonos, como si nos traicionase, con los reveses de sus menoscabos y no bastándose, como debiera ser, por sí misma, debido a sus siempre patentes flaquezas.

Otra cuestión que no quiero dejar sin mencionar, habidas sus relevantes importancias, es el peso que se deriva de esa poderosa potencia que, tiñéndolo todo, tanto nos nubla, es el amor (en este caso, propio). Sí. Puede parecer mentira, pero la incidencia de nuestro amor propio nos puede procurar, torticeramente, apreciaciones desviadas tan conseguidas como puros espejismos, que consiguen hacernos ver las cosas como no lo son realmente, llegando incluso a lograr que nos creamos que cualquier tercero (que, como tal no nos ama como nosotros mismos) habrá de ver exactamente lo mismo que incorporamos, tanto en las líneas como incluso en las entre líneas, desde nuestros autoinfluenciados y colateralmente retroalimentados ojos; cuando la verdad es que si el texto flaquea nunca sucederá así; sino que, como no puede ser, en verdad, de otra manera, su propio discurso será muy distinto al que amorosamente nosotros vimos; algo semejante, por poner un evidente ejemplo fácil de captar, a como cuando le enseñamos a un tercero una fotografía de nuestra mascota, a quien nosotros, con nuestros amorosos ojos embriagados, vemos mucho más allá de cuanto ofrecen los píxeles, en tanto que dicha persona, como cabe comprenderse, no los transgrede.

Ya se preocupó Beethoven –toda una autoridad donde las haya– de señalar que «nada resulta más insoportable que tener que admitirse a uno mismo nuestros propios errores».

Mi longeva experiencia como escritor me ha hecho ver que cada texto tiene su propia escuela –no se vayan a pensar que nací ducho ni que mi dotación haya sido automática–, y hasta sus propias directrices y vindicaciones, y que ante él, como Autor, cada uno ejerce, a la par, como su propio alumno y profesor; artífice y cobaya.

Claro que, dicha escuela se agota en sí misma, y nos doctora, cuando todo todo su jugo ha sido debidamente exprimido. Nunca antes. Para lograrlo, uno se tiene que hartar de mirar y remirar, a fin de asegurarse que no queda ni una sola gota en el tintero, ni una fibra de más ni de menos; puesto que los textos pueden adolecer tanto por defecto como por exceso; y esto es una ardua y meticulosa labor que carece de receta estándar, en tanto que, como la vida, cada caso es cada caso; y cada cual, cada quien.

Los defectos de los textos literarios de quienes creen saber escribir pero, en verdad, no terminan de saberlo, podrían resumirse en que, por unas u otras incomposturas, no terminan de ser ni autosuficientes ni mágicos; quedándose, los pobres, en meras pretensiones que sus propios Autores, por lo que fuere, no han sido capaces de ver ni de subsanar; y, por lo menos a mí (que soy especialmente riguroso y exigente; y así defiendo que debo comprometerme), siempre me molestan y hasta consiguen que me sienta insultado como Lector, cuando no timado; por lo cual, no los aguanto; de lo mucho que consiguen revolverme las vísceras e incomodarme (y, por supuesto no me refiero a alguna errata que se hubiere podido colar, ya que esto lo puedo contemplar como una mera incidencia de nuestra imperfecta mente; que no como flaqueza en sí; y así queda recogido en la conocida expresión de errar es humano).

Cosa bien distinta es un texto bien acabado, un texto hábil que sabe funcionar, una pergeñada página de Flaubert, Borges, Onetti o Cervantes; por citar unos pocos ejemplos.

Claro, que una cosa es un texto traducido por un tercero y otra el cifrado en nuestra lengua (o sea, un texto derivado o un texto auténtico). En el primero (traductor/traidor) hemos de incorporar (¡qué remedio!) cierta tolerancia; mientras que con los fidedignos textos originales, podemos ser del todo exigentes, marciales e intolerables, ya que podemos otorgarnos la licencia de librarnos por completo de excusas con que perdonar y exigir magia en estado puro; por esta poderosísima razón y cuanto comprende, habida cuenta del colosal, magnífico e inagotable repertorio que, entre la cuna de mi país e hispanoamérica, gozamos los castellanoparlantes, agradezco finita e infinitamente esta portentosa y maravillosa lengua materna (de la que ya precisó el políglota Carlos V que era la más idónea para hablar con Dios) en la que he aprendido a darme y a recibir; además de en el castúo o habla de mi tierra, la cual constituyó por completo la lengua (y no ya el habla) de mi infancia y en la que también me he permitido literaturizar y metaliteraturizar.

¿Pero cómo discernir entre la creencia de que se sabe y la certificación de que se sabe? Pues, como Beethoven: siendo humildes y sinceros con nosotros mismos, con el espejo del texto enfrentado, y sin precipitarnos hasta que la adquisición de la sabiduría necesaria (que no la engañosa inteligencia o la vana soberbia) nos delate, brindándonos la imparcialidad y la lucidez y volviéndonos verdaderos ingenieros y pacientes de nuestra propia magia medicinal resultada: solamente entonces; es decir, cuando hemos adquirido sabios criterios y podemos decir que estamos suficientemente capacitados para juzgar indiscriminadamente el lenguaje literario.

¿Y cómo se gesta la sabiduría? Pues con lo mismo que la propia literatura: con ejercitación, retos, experiencia, observancia, reflexión y mucha mucha paciencia; que Zamora, no se ganó en una hora.

¿Y merece la pena? ¡Cómo no! Si la sabiduría es la potencia más preciosa y versátil que nos ha sido dada alcanzar.

Recuerdo haber leído en cierto diario que alguien –un inepto– declaraba: «¡aquí hemos venido a vivir; no a aprender a vivir!». ¡Oh, qué malversador error más descomunal! ¿Cómo vamos a vivir sin saber vivir, si cada instante es, en sí, pedagogía si se lo sabe observar? Si, como se dice, sólo se vive una vez.

¡Allá se lo haya Marta con sus pollos!  Que, por mi parte, he de aplicarme cuanto pueda y, tal y como ahora mismo lo estoy haciendo –cubierto por entero de dicha y fulgor–, me afanaré por ordeñar cuanto pueda el tiempo con la mejor de las herramientas que ya sé, y más que de sobra, que personalmente puedo hallar y domesticar: La Literatura.

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