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Tren hacia el sur

Ya no soy yo, ahora son ellos: niños asomados en el borde del pequeño precipicio que corta la colina donde de muchachos solíamos contemplar los trenes que marchaban, con su lánguida longitud, hacia sus desconocidos destinos.

Dejé de mirar por la ventana y enfoqué el rostro de mi primo, sentado frente a mí. Con un leve alzamiento de cejas me indicó su deseo de ir al vagón con bar. Así lo hicimos, después de recorrer un estrecho, inestable y ruidoso pasillo.

El lugar se encontraba en aquel momento poco concurrido y pudimos acomodarnos a gusto. Pedimos unas cervezas, pese a que yo no tengo por costumbre tomar bebidas alcohólicas; pero la ocasión resultaba especial e incluso propicia.

Mientras mi primo entablaba conversación con un señor sentado a una mesa situada junto a la nuestra, yo comencé a pensar en el motivo por el que había resuelto emprender el viaje: fue una promesa que hice a mi madre, que a la postre resultó imposible de realizar con ella, puesto que se la comuniqué justo la noche en que falleció: «Mama, te juro que este año nos vamos a Andalucía, para que puedas volver a ver tu pueblo». «No. Yo ya no podré ir. Hazlo tú, mi vida», respondió fijando en mi cara sus ojos mateados, de ausentes reflejos, tan muertos como a ella la encontraría por la mañana, rígida en su cama.

La experiencia debería marcar pautas para que pudiese precaverme ante cosas tales como mis acciones, mis gestos, mis deseos…, ya que este tipo de actitudes mías provocan en los demás la intención de exprimir mi enfermiza bondad: en todos deposito mi afabilidad; y se aprovechan…
La cuestión es que hizo acto de presencia un tipo grande, de dulce inspiración debido a su rostro de beatífica luna. Se colocó en un asiento muy próximo a los nuestros, después de pedir a otro pasajero un cojín. Este último era un señor pequeño que estaba acomodado justo en el rincón opuesto al nuestro, en la zona del vagón que daba a la máquina de tracción. Me extrañó que el enorme hombre de apariencia cordial hubiera entrado por el extremo contrario y se recorriera todo el vagonbar a lo largo para pedir ese cojín específicamente, cuando semejantes objetos sobraban en ese momento; pero el señor pequeño no pareció ver nada anormal y con toda la amabilidad lo cogió y se lo entregó. Lo raro del acto me hizo pensar en que el recién llegado realizó algo similar a un marcaje territorial, como hacen los animales cuando depositan sus excrementos u orinan.

Me temo que la iniciativa de situarse en nuestras proximidades fue debida a que vio que yo manejaba bastante dinero, pues cuando hizo su aparición tenía en mis manos un buen fajo de billetes, pagando las consumiciones en la barra.

Pese al depredatorio gesto de imponer su presencia, resultaba innegable que parecía buena persona; coincidente yo con mi primo, porque en acto confesional así me lo susurró él al oído, justo habiéndome sentado, después de colocar en la mesa otro par de cervezas.

Una vez instalado el individuo de noble rostro en la banqueta que escogió, casi cara a cara con el hombre con quien mi primo dialogaba, se sumó de inmediato en el grupo. No recuerdo si se nos presentó, aunque sí puedo decir que en seguida entablamos una relación, en apariencia, de auténtica amistad. Sus ojos de cordero degollado apenas se desviaban de mi persona.
Los cuatro comenzamos a beber y beber cervezas que yo me encargaba de pagar. (El contertulio inicial abandonó el vagón poco rato después, realizando una escueta despedida.)

En un momento determinado, el hombre grande de rostro de bondadosa luna propuso que jugáramos a los chinos. Yo me negué debido a que nunca me atrajo semejante pasatiempo, así que se enzarzaron mi primo y él hasta que se aburrieron.

Hay en mí una mancha que se desparrama a través de mi memoria, y esa obturación mental quizás no sean más que circunstancias de elementos vitales que jamás podrán egresar de mí, por extraños e inmanentes; y siento una comezón, un ardor escupido directo al fondo de profundos túneles sumidos en ruido de succión, que conserva la esencia de algo inextricable, incomprensible, o puede incluso que sagrado… No sé si me explico bien, aunque en definitiva vengo a referirme a que sentí melancolía de repente, porque volví a pensar en los motivos por los que había decidido emprender el viaje; motivos que sólo eran míos, puesto que mi primo venía como acompañante.

El bar se llenaba poco a poco de gente, a medida que se iba plasmando la noche. Ésta se consolidó poco después, y sólo algunas luces deprimidas y fantasmales se dejaban ver detrás de los cristales.

Mi primo cometió la indiscreción de comentar el motivo de nuestro viaje, y de inmediato las personas que se encontraban en nuestra cercanía decidieron que una muestra de semejante magnitud sentimental debía ser celebrada. Las rondas de cerveza corrieron por el vagonbar; a mi costa.

Ebria apoteosis cuando decidí irme a descansar a mi compartimiento. Antes de entrar en éste, fui al baño a orinar. Mientras en ello estaba, escuché que se abría la puerta —no había echado el cerrojo— y advertí la disculpada introducción en el habitáculo del hombre grande y bondadoso. Después de hacer cosas entre ambos llegué por fin a mi asiento e intenté dar una cabezadita para ver si me despejaba.

Estaba yo en duermevela cuando en la estación de Jaén el tren realizó una parada de un cuarto de hora. El bar del vehículo ya lo habían cerrado pero mis compañeros de viaje se sentían urgidos por continuar con la fiesta: justo cuando comenzaba a dormirme irrumpió mi primo, e importunándome sin compasión, me tiró de una manga y seguidamente me pidió dinero; la cantina de la estación de Jaén todavía estaba de servicio y querían comprar unas decenas de latas de cerveza. Yo, en mi embriaguez y semisueño, no tuve en cuenta el hecho de protestarle que si querían beber, ya iba siendo hora que pagase otra persona, así que le entregué el dinero. Acto seguido, con mi mente algo más despejada, descorrí la cortina que antes de recostarme había cerrado, y contemplé como la silueta de mi primo, difuminada por la luz artificial, atravesaba a saltos el par o tres de andenes y las varias vías que lo separaban de su objetivo, para al cabo de pocos minutos volver con su carga. Ya él en el convoy, en una de las plataformas que dan a las puertas, reiniciaron su bacanal; y yo, desvelada del todo mi persona, me uní a ellos.

No paramos hasta que se nos agotó la bebida, en las cercanías de Sevilla, nuestro destino final. Ignoro cómo se encontraban los demás pero yo sentía una fuerte jaqueca, malestar estomacal y cierta sensación de sonambulismo debido a la prolongada ingestión de alcohol y a la falta de reposo. Cuando el tren ultimó su trayecto en Sevilla, al despuntar el alba, me di cuenta de que mi cuerpo y mi mente estaban casi a las últimas, de que me urgía un descanso; y en cambio no me resultaría posible llevarlo a cabo hasta que encontrásemos un hostal, por lo que no quedaba otro remedio que aguantar un poco más.

Unas tres horas tardamos mi primo y yo en alquilar los cuartos de una pensión, que previamente nos recomendó el hombre bondadoso, en el andén, mientras nos despedíamos de él.

Necesité guardar cama todo el día para recuperarme.

A la mañana siguiente fuimos a parar a la terminal de autocares, desde la cual el vehículo que realizaba el trayecto adecuado nos trasladó al pueblo donde nació mi madre.

Es un deber dejar de lado las pequeñas ruindades y bajezas que tuvieron lugar durante el viaje, puesto que hoy, varios años después, siento cierta nostalgia de aquellos hechos marcados por el ajetreo y la precipitación.
Se encuentra mi cutis algo envejecido, y mi mente serena; y ésta me transmite que, en el tranquilo y apacible poso en que se convierten los recuerdos, contemple con la óptica del homenaje y el afecto tan intrascendentes sucesos, y ensalce solamente los motivos por los que realicé semejante gesto.

A veces, cada vez en más contadas ocasiones, entre ensueños, dejo volar mi fantasía, e imagino que la máquina no se detiene en Sevilla y continúa hacia la costa, y que, cerca ya del horizonte, unos operarios imposibles siguen colocando traviesas: raíles sobre el mar que ascienden y ascienden: imagen diluida entre el estallido policromo de un celaje crepuscular, en donde el tren se aleja arrastrando la carga de mi vida hacia el firmamento, a la búsqueda de mi madre.

Entrevista a Pedro Carbonell

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