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Una orgía en el Quijote o de la pericia de un Autor de Primera

¿Cuándo y por qué se calla un escritor, un Escritor de Primera?

Aparte de por la imposibilidad de dar abasto a cuanto pretendiere, las más de las veces porque lo que pudiere decir no superaría el propio discurso del silencio, otras porque no le ha hallado la vena al hilo de lo que pretende decir, y la tercera de las posibilidades es porque aún no sabe qué decir.

Hay que partir que el escritor nace desde el silencio preliminar, luego desde su ruptura (que a veces puede producirse por una fisura no más o, llegado el caso, una quiebra regular o irregular), y más tarde desde la propia edificación de su pronunciación.

El silencio, cuando no es meditabundo ni oración, es el mayor bochorno, químicamente puro, que puede asolar a un Escritor de Primera; mas es un estado que debe de conocer para cuidarse de él, aprender a fertilizarlo e incluso dinamitarlo.

No se debe confundir en ningún caso al silencio con la extenuación, el descanso, el bloqueo meditador, e incluso la obcecación; sino siempre referido a la esterilidad, la desidia, el taponamiento o, en un caso extremo, la prohibición. Los primeros estados son transitorios, en tanto que los segundos son pertinaces, y, particularmente el último de tales –el veto–, asfixiante (al que doy gracias de no haber conocido aún; nadie me ha controlado jamás literariamente, si bien puede darse el caso de que no se prohíba ya la creación, pero sí la lectura –sobran ejemplos al respecto en la historia, que, por su parte también abarca asesinatos y condenas a la propia creación –véase García Lorca, Solzhenitsyn, Shalman Rushdie…–).

Mas ¿Qué se le puede poner por delante a todo un Escritor de Primera?

Nada ni nadie.

Es así, y siempre ha sido y será así.

Cuando un Escritor de Primera pretende decir, siempre encuentra el modo de decir y de sortear los obstáculos para llegar cual en verdad pretende. Y, en este punto voy a permitirme poner un ejemplo, de lo más fino y peliagudo del que no he oído dar cuenta a nadie, que podemos hallar en el Quijote y que dice así:

El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despertó el ventero; y luego imaginó que debían ser pendencias de Maritormes, porque, habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta sospecha se levantó, y, encendiendo un candil, se fue hacia donde había sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo venía, y que era de condición terrible, toda medrosita y alborotada, se recogió a la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acurrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo:

–¿Adónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas.

En esto despertó Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla, y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre otras alcanzó con no sé cuántas a Maritormes, la cual, sentida del dolor, echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas, que, a su despecho, le quitó el sueño; el cual, viéndose tratar de aquella manera, y sin saber de quien, alzándose como pudo, se abrazó con Maritormes, y comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo.

Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba su dama, dejando a Don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario; lo mismo hizo el ventero, pero con intención diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo, sin duda, que ella sola era la ocasión de aquella armonía. Y así como suele decirse “el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo”, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y, como quedaron ascuras, dábanse tan sin compasión todos al bulto, que a doquiera que ponían la mano no dejaban cosa sana.

Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de la Santa Hermandad de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el extraño estruendo de la pelea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus títulos, y entró ascuras en el aposento, diciendo:

–¡Tenganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad!

Cualquier lector poco avispado y que no halla sido puesto sobre aviso (cual debió de ocurrirle a los censores de la época) tomaría el trascrito párrafo por la redación de una pendencia, de “una trifulca”, cual entiendo que, para curarse en salud, Cervantes se preocupa de aquilatar, con la entrada en escena del cuadrillero de la Santa Hermandad de Toledo “oyendo ansimesmo el extraño estruendo de la pelea”. ¿“Extraño estruendo” por qué? ¿Qué tenía de “extraño” dicho estruendo? ¿Acaso la hora o el lugar en que se producía u otros indicios no explicitados pero dados entender a un lector más refinado? ¿Y qué estruendo era ese? ¿Acaso el supuesto a primera vista u otro distinto? Cuando proponga mi interpretación y la desnude, tal vez se entienda mejor dicha “extrañeza” y, por supuesto, dicho “estruendo”.

Vamos allá.

Como introducción previa señalaré que esa noche el arriero había quedado en el mentado aposento con Maritormes para que le ofreciera sus servicios sexuales. Antes Don Quijote había confundido a Maritormes con su Dulcinea y al ver el arriero las flores loadas que Don Quijote la estaba dedicando, se fue para él y le propinó una buena tunda, esto es, una buena sarta de palos que le dejaron medio muerto.

Son los preliminares que anteceden al presentado párrafo en cuestión, y que los aclaro para situar mejor al lector (en este caso al lector del que pretendo apoderarme, con perdón de Don Miguel, su Autor, para beneficio de su mejor comprensión y su encomio como escritor).

Comienza el párrafo cuando el arriero, pretendiendo incorporarse al lecho en el que Sancho Panza yacía, vence, con la suma de su añadido peso, la resistencia del catre que, no pudiendo soportarlo, se desploma, causando un gran ruido (hemos de recordar que Maritormes se haya ya en el aposento) que despertó al ventero, que tras llamar a grito pelado a Maritormes, y viendo que ésta no le responde, imagina que ella es su causa (de lo cual no andaba del todo errado) y con esta sospecha se incorpora de su cama y se encamina al lugar de la presunta disputa, alumbrado con un candil. Al sentirle acudir, Maritormes se cobija en la derruida cama en la que yacía Sancho Panza que, sumido en su sueño, no se había enterado siquiera de que el catre se había venido abajo; y allí se acurrucó y se ovilló, en tanto que el ventero entra en la dependencia preguntando, presumiblemente a viva voz, por ella.

Hasta aquí, todo correcto. Todo literal, pero a partir de este mismo instante propongo pensar mal con el fin de acertar con el verdadero sentido que Cervantes quería dejar entrever sin nombrar para así sortear los inconvenientes de la rígida censura de entonces y cumplir con la necedad de los lectores que no supieren ir más allá y que se quedarían con el literal y mostrado sentido de que lo que en verdad ocurrió allí fue una pelea y no así algo de muy distinta naturaleza.

En esto que despierta Sancho y siente a Maritormes encima de sí, y en vez de darse plena cuenta de ello, estima estar sufriendo una pesadilla (que por serlo le hace sentirse irresponsablemente libre). Es decir, sospecha estar en sueño con una mujer en su lecho y comienza a dar puñadas a una y otra parte, con alguna de las cuales acierta a Maritormes. ¿Qué son exactamente esas puñadas? ¿Puñadas o empellones? ¿Dónde y cómo la acierta? Esto el autor, cuidándose mucho de ello, no nos lo explicita. La cual sentida del dolor (¿qué dolor?) echa a rodar su honestidad (precisión menos ambigua imposible) y así da el retorno con tantas que, a su despecho, le quitó el sueño, despertando de verdad a Sancho Panza, el cual, viéndose tratar de aquella manera (¿qué manera?) se alzó como pudo, se abraza a Maritormes y comienzan entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo (¿y cuál es dicha escaramuza tan reñida como graciosa a la par que el autor da como por sobreentendida?

Prosigo sin proponer mis malpensadas alternativas, dejándole de momento licencia por su cuenta al lector.

Viendo entonces el arriero cual anda su dama, deja de vapulear a Don Quijote para acudir a la fiesta y darle socorro a Maritormes, cual haría el ventero con distinta intención. Explicitando Cervantes que acude a castigarla creyendo que la muchacha es la causa de toda aquella ARMONÍA que se está produciendo (y no ya a la anteriormente producida, o sea, a la anteriormente referida como pendencia, causa del alboroto). ¿Armonía? ¿Se puede calificar de “armonía” a una trifulca o es que el autor se nos está refiriendo a otra cosa de, nuevamente, muy distinta naturaleza?

Y así como suele decirse “el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo”, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban (¿cómo que menudeaban? ¿Qué es eso de que menudeaban? ¿qué quiere decir usted, Don Miguel?) con tanta priesa que no se daban punto de reposo.

Es decir, los personajes “se dan” pero ¿qué es lo que se están dando, palos u otros menesteres de muy distinta naturaleza?

Ya me preocupé antes de advertirle al lector y para meterle en vena de que, para consonar con mi forma de interpretar el texto, y en aras de descubrir, a mi particular modo de ver, mejor la fineza y pericia de Cervantes, pensare mal. Y ya, a estas alturas, debe el lector de estar haciéndolo, y más que bien.  

“…y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y, como quedaron ascuras, dábanse tan sin compasión (nuevamente: ¿Qué?) todos al bulto (¡al “bulto”, eh?), que a doquiera que ponían la mano (y no ya el palo o los puños, y para que no quepa ya duda alguna) no dejaban cosa sana (¡Y tanto, pues menudos cuatro! ¡Anda que no debían de estar pasándoselo en grande!).

Tras todas estas pistas mías, más mis correspondientes insinuación, la incógnita de la intrincada ecuación queda más que clara: en lugar una pelea, cual a simple vista parece, lo que se está produciendo es ¡una apasionada, revuelta y febril orgía! (!Menudeando con tanta priesa que no se daban punto de reposo! ).

Al principio, la cosa empieza en una especie de entresueño entre Sancho Panza y Maritormes (que comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre otras alcanzó con no sé cuántas a Maritormes, la cual, sentida del dolor, ECHANDO A RODAR LA HONESTIDAD, dio el retorno a Sancho con tantas, que, a su despecho, le quitó el sueño). Luego se incorpora al tema el arriero, en ara de auxiliar a su dama (palabra con la que ironiza el autor sobre la calidad de la prostituta, al calificarla de tal), y más tarde el ventero. Y el modo en que se acoplan no puede ser más explícito considerando su parodia: “y así como suele decirse “el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo”, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban”. O sea, en tanto que Sancho fornica con Maritormes por el conducto del retorno que en su momento le dio ésta, el arriero se ventila a Sancho Panza (de hecho, más adelante se observará en la misma primera parte de la fascinante novela que, en determinado momento posterior, a Sancho Panza le avergüenza volver a la venta, y por qué si no por esto que muestro) y el ventero cubre vaginalmente a Maritormes.

Tal vez haya quien tras toda esta interpretación se atreva a acusarme de malversador del ambiguo texto, mas mi malpensada (o acertada) interpretación casa al dedillo con lo tan (a mi juicio) sibilinamente expuesto por Cervantes de tan decorosa manera.

Ahora quiero aclarar que esta forma de entender el pasaje es genuinamente mía (con lo que no sé si fue anteriormente sostenida por nadie), por lo que afirmo no haber hallado jamás interpretación ajena semejante (¡y mírese el tiempo que lleva la obra publicada!). Lo cual en ningún caso, en ninguno, debe servir de argumento para tumbar de plano mi tesis.

Y, ahora, recuperando el hilo dejado antes de dar paso a esta anecdótica audacia literaria (que se quedó en la afirmación de que nada ni nadie puede interponerse en el pretendido camino de un Escritor de Primera) que he usado como ejemplo de la maña de un autor de primera clase para sortear graciosa e ingeniosa (ingeniosa como el hidalgo caballero) a sus censores y enemigos, entiendo que estoy plenamente facultado para sostener sin ningún género de dudas mi tan rotunda afirmación.

Porque un Escritor de Primera es quién es, y por serlo nada ni nadie (ni censores ni inquisición, de los que de seguro Miguel de Cervantes se reiría a espuertas viendo cómo se les había colado tan detallado escándalo) puede cortarle las alas, puesto que vuela muy por encima de quienes no lo son y que, por no serlo, no le llegan.

Fíjense cuántas palabras he tenido que emplear a la hora de diseccionar apenas tres párrafos del inmortal autor y padre de la literatura, en tanto que él, gracias a su maravillosa gestión de la economía lingüística, tan ecomiable como diestra, comprime a más no perder y sin perder fibra de sentido, su honda significancia. Un logro que sólo puede ser obra de un autor de primera, de un Artista en todo el sentido de la palabra, de un genio.

¿Quién y cómo habría de poder con él?

Un Autor de Primera lo es, además de por sus pericias, por ese conocimiento sin par de saber ser libre, de saber volar, y más que prodigiosamente, cual ave de altos vuelos que es.

España lleva tiempo, muchísimo tiempo ansiando a alguien que sepa recoger su testigo.

¿Me dejarán hacerlo a mí, a Luis Brenia? ¿Acaso lo podré y sabré hacer?

Ya lo veremos, pues tinta no me falta.

¡Vaya que sí!

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