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Del trabajo honesto

Vengo trabajando, y de lo más honestamente, por cierto, desde niño, pues, como ya he adelantado, me inicié desde muy joven en los entresijos y las labores de nuestra tahona, y en un tiempo en que dicha incorporación tan temprana al mundo laboral se considerase o pudiere estimarse como explotación infantil ni nada parecido, sino, más bien, convivencia y educación familiar, que yo, tal y como se me dio, apruebo en todas sus extensiones.

Al principio, fue dormirme encima de los sacos de harina, ya entradas las altas horas de la madrugada, jugar con la masa del pan a hacer figuritas que mi papá me cocía o emular las tan lindas palomas con sus nidos que me enseñó a hacer mi mamá.

Luego fue comenzar a aprender a dividir los pastones de masa y a pesar las porciones en la robusta balanza de platillos, subido en una invertida caja de cervezas que mi papá me ideó.

Ya con ocho añitos, cuando más o menos ya me entendía  todo el proceso de elaboración, excepto el heñido y el horno, que eran cosas de mi padre, fue darme cuenta de cuánto me necesitaba allí éste, a tenor de cuan yo ya advertía, a mis maneras, su aún indiagnosticado padecimiento de un bestial desorden afectivo bipolar en lo referido a su tan inestable como afectada personalidad.

Con once, aprendí el manejo de la pala, y con doce me quedé a cargo de la comandatura completa del obrador durante una semana en la que, por sus motivos, se debieron ausentar durante una semana; y todo me fue bien.

Durante toda la adolescencia, y hasta que el negocio se puso a mi nombre, trabajé por puro amor al arte, en tanto mi incentivo capital era ofrecer a nuestra clientela pan de calidad y en tanto ésta era para mí la expresión del espíritu y maestría de su hacedor.

Pero hacer buen pan no es nada sencillo, ya que comporta el cuidado al dedillo de todo el proceso de elaboración, con el que se escribe de manera imborrable e irreversible en la propia materia una fidedigna narrativa, ya que el citado proceso comprende la sucesión de etapas interrelacionadas, de manera que las anteriores condicionan las posteriores, gravándose todas en el producto final, el pan a expender.

Con catorce años ya era el Jefe de Obrador, en tanto mi padre (que aunque amaba el buen pan, el buen hombre no contaba con el don de la panificación, pues él no era un artista sino un matemático) me iba a la zaga porque sabía de mis dotes y dones. Era yo quien amasaba, dosificaba la levadura, y gobernaba los cruciales tiempos en juego en relación a las temperaturas que hubiera; yo, quien equilibraba el horno de leña, quien estimaba, ordenaba y defendía en primera línea la producción; en fin, quien era el panadero.

Hacer buen pan se convertía en todo un compromiso personal con el trabajo, todo éste y cuanto le rodeaba estaba orientado a su consecución, y eso no era sencillo porque a veces comportaba tener que luchar contra los elementos, de manera que cada noche era una aventura única la que en el obrador se cursaba.

La narrativa del pan siempre quedaba fidedignamente escrita más había que saber interpretarla, apreciar las causas de todos los detalles, proceder a ver en qué se había atinado y en qué errado, levantando todo un examen al respecto, acompañado de un propósito de enmiendas y afirmaciones, una celebración de los aciertos y un dolor por las taras que hubiesen acaecido o se nos hubieren colado.

De manera que el arte de hacer buen pan era mi cotidiano desafío y mi bandera, y todo rondaba en torno a tales.

Luego ya, cuando comencé a comandar el negocio, y entraron en juego otros muchos roles, supe mantener mi culto por la calidad de mis acabados como columna vertebral de mi vida; de manera que bien puedo sostener que también durante mi durísima vida laboral puedo jactarme de haber trabajado por puro amor al arte y de tener en mi haber, y de lo más mamada, dicha escuela.

Una escuela de lo más bohemia, por cierto, ya que la panificación consiste fundamentalmente en gobernar caos desde el propio caos, y en saberlo hacer; y eso exige de mucha plasticidad, sexto sentido, laboriosidad y presteza.

También he profesado y vengo profesando, con el mismo ahinco e ímpetu, el oficio de escritor por puro amor al arte o, sí, en la fe de que algún día se me reconozcan los que son mis muchos méritos y que luego les deletrearé porcima.

Porque trabajar por puro amor al arte (que no, ni mucho menos, de cualquier manera, si no recta y honestamente) comporta hacerlo poniendo en el asador todo tu ser, y en la fe de que el mismo ejercicio sabrá iluminar tus pasos; porque se trata de trabajar a la carta, y de saberlo hacer; y hasta me atrevo a comparar la sabia elaboración de un buen pan con la escritura de, por ejemplo, una buena novela o el alzado de un ambicioso poema.

Porque quiero aclarar que, durante todas las décadas que he estado haciendo el pan, mi único jefe lo ha sido la propia levadura, un juez de lo más recto, justo y equitativo, que todo lo sabía, todo lo acusaba y todo lo premiaba o reprendía. Un ser que requería ser íntima y de lo más estrechamente amado y mimado para hacer buena yunta con él, un hongo que sabía a la perfección si ese día estabas triste o alegre, y que no pasaba por alto ni un segundo de su tan maravillosa como delicadísima vida.

De manera que tengo en mi haber toda una gran cultura del trabajo bien hecho, por lo que sé muy bien de qué hablo.

Al jubilarme, mantuve lo mejor de dicha longeva cultura del trabajo bien hecho en mi casi nueva profesión de novelista, exigiéndome cuanto me requería personalmente como Gran Maestro Panadero, es decir, calidad, entrega sin reservas, laboriosidad y honestidad (aunque es cierto que en muy determinadas ocasiones me he permitido plagiar o, mejor dicho, que así lo hayan hecho algunos de mis personajes; mas ni más ni menos que como lo ejerció Mateo Alemán; es decir, en casos muy puntuales y justificados). Mas no por eso entiendo que yo sea un Autor Menor o descalificado o un delincuente o un bandido.

¿No importé acaso masas madres específicas o llegué a vender bajo mi marca pan precocido? ¿No trabajé acaso con levaduras industriales y harinas que no me iban, tan solo porque sus mayestáticos molinos me permitían los pagos a mayor plazo, cuando yo estaba súper enamorado de las más naturales harinas de Serradilla y Mérida?

Mas el grueso de mi literatura es perfectamente propia y de lo más original; es Literatura de Autor, y a tal respecto la siento única y me siento enteramente yo.

Sé lo que es trabajar honestamente, y sé lo que es responder de ello ante mi nutrida clientela; sé lo que es trabajar a la carta, cuidando desde los más elementales acordes hasta los más mayores; y sé lo que es tener un consensuado prestigio profesional, y eso mismo es lo que pretendo y sé que he logrado escribiendo cuanto escribo, a pesar de que yo sea un Autor del todo desconocido para el gran público y al que no se le conoce ni en su propia tierra: esta tan acomplejada Extremadura que yo tanto amo y que tanto tiende a renegar de sus propios hijos, solo porque no sabe mirarse en los espejos adecuados.

Sé muy bien lo que es el trabajo honesto y lo que es editar tanto en formato de libro electrónico como de papel físico más de cinco mil páginas, y revisar y revisar los textos y perdonarme algunas erratas; mas todo me lo he currado yo, y sin ayuda alguna de nadie, y si eso no es trabajo que venga Dios y me arroje al averno.

Y sé que saber trabajar honestamente es un valor que se está perdiendo entre las nuevas generaciones que no han sido educadas en la cultura del mismo, que no han dado un palo al agua en sus vidas, que no saben lo que es doblar el espinazo ni derramar el sudor de sus frentes; y me apena sobre todo por ellos y la sociedad resultante.

Y hay trabajo, mucho trabajo en la redacción y composición de mis textos, al igual que en este artículo, porque yo sé exigirme color y altura, pegada  y resultabilidad.

Poseo cultura del trabajo y la tengo por un bien impagable y de lo más sabio; no soy de esos que se amilanan ante una gran faena o que se arredran a la hora de currarse un gran proyecto, no. La laboriosidad propia de la panificación la tengo tan asumida que hoy es una especie de extremidad más. De hecho, y por si no lo saben, les diré que tardé once años en escribir mi trilogía de 1.750 páginas titulada Evangelio confidencial de un obrador bipolar y algunos menos se me llevó Memorias de Supermyrmex, mi otra trilogía, en este caso de ficción.

O sea, que soy un currante nato, un currante responsable y de lo más curioso; porque sé lo que es trabajar y, más aún, hacerlo magistralmente.

Dos millones de kilos de harina no se resuelven en un día, ni siete mil páginas (como ya llevo redactadas), sino que es precisa toda una vida. Soy un corredor de fondo, un ave de muy altos vuelos, un halcón peregrino; soy, qué le vamos a hacer, Luis Brenia, un hombre hecho a sí mismo, un peso de lo más pesado, un héroe de sí, un artista de pies a cabeza, y, repito, mis obras son mis testigos.

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