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Es tiempo de mirar por la ventana

    Acabo de encontrar a mi abuela sentada en la esquina de su cama. Sobre sabanas bien tendidas y sin arrugas, estampadas con flores de rojo apagado en sus desgastados tejidos, testigos que cubren por la noche un cuerpo descolorido y fibroso, un cuerpo cansado.

   No hice ningún ruido y la mirè desde el umbral de la habitación. Ella observaba con extraña desgana la ventana que tenía enfrente. El cuadrado negro estaba abierto a la mitad y el viento atraía hacia el exterior las pesadas cortinas de cerezos marchitos, volaban al ritmo de las corrientes en el aire veraniego como largos cabellos encendidos, tal vez, como lágrimas escurridas que tratan de despegarse del ojo silente en la pared de la ventana.

   Las manos de mi abuela se remueven en sus desgastadas rodillas tratando de sanar con dulces caricias la maldición de la vida, quizá se intenta consolarse o  buscaba aliento para continuar siendo testigo del invierno que cubre de canas el oscuro cabello que llegó a tener, pero ahora, solo tendrá que conformarse con la artificial decoloración capilar que mes con mes intenta rescatar de la nieve sobre su cabeza.

   Su expresión facial siempre ha sido como dos mascaras que van intercambiándose sin importar cual sea su estado de ánimo: una es escrutadora y firme, la otra, profunda y melancólica. Ahora las dos se superponen una encima de la otra dibujado en las arrugas alrededor de sus ojos una mirada cargada de emociones que no pude identificar, la comisura de sus labios parecía querer abrirse pero al mismo tiempo se contraia ¿querría decir algo? No lo se. Podría solo estar sintiendo con la punta de su lengua los dientes postizos que sustituyeron la dentadura que hace mucho fue  perdiendo.

   En ese momento la ventana se convirtió en una pantalla donde personajes se agitaban a través de los vidrios en la casa vecina. Un hogar de dos pisos en el que vive una pareja de jubilados. Vi que hablaban, vi sonreían despreocupadamente, ignorantes de los espectadores que seguían sus pasos desde la intimidad de una habitación silenciosa al otro lado de la calle. La dulce anciana guiaba tomando por los hombros a su compañero casi ciego, quien cargaba dos tazas -quizá de te- en ambas manos. Después desaparecieron y la película muda terminó con la pareja cerrando las persianas torpemente por causa de los rayos de sol cayendo directamente en el salon donde estaban instalados.

   Casi pude sentir lo que mi abuela estaba pensando, aunque puede que solo sea yo. Vi un pasado que no viví junto a ella pero que aun puedo escuchar con sus palabras hablando del arrebato adolescente que terminó embargando más de la mitad de su vida en un matrimonio frío, curtiendo su piel manchada con lágrimas que ahora no deja escapar ¿Porque, porque no llora? ¿ha llorado demasiado que ve una pérdida de tiempo en hacerlo de nuevo? No lo puedo explicar.

    Sin embargo aún quiere decir algo con la blusa azul celeste que llevaba puesta, en las elegantes hojas verdes y rosadas flores que la adornan se puede leer un sesgo de alegría que muestra al mundo, o,  a sí misma; aun hay brillo y encanto casi sensual en su escote, dejando al descubierto un pecho caído como los pétalos de una rosa marchita.

   Algunas rafagas de aire se remobian en mi interior al ver aquella figura maternal y solitaria en la esquina de su cama. Contando su vida sin decir una palabra.

 Decidí salir de mis ensoñaciones e, imprudentemente me acerque donde ella, le acaricié la nuca y sentí los huesos de su comuna sobresaliendo por el arco del cuello, me miró sonriendo.

  • ¿En que piensas?- pregunté, torpemente.
  • Que más tarde va a caer una tormenta… – dijo dulcemente. Y la acompañe a mirar por la ventana.

 El cielo de aquella tarde estaba limpio.

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