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Globos tristes

Caminando hacia el trabajo, una mañana temprano poco antes de las ocho, pasé, ensimismado en mis cosas, junto a una de tantas pequeñas farolas que salpican la barandilla de nuestro Río Genil. A los pocos metros, algo en mi mente me hizo reaccionar, frenar y volverme buscando una imagen subliminal que acababa de anclarse en mi cerebro. Estaba solo, en silencio, apenas se escuchaban los graznidos de los pocos patos que recorren el río a esas horas.

Algo había llamado mi atención y no sabía bien qué hasta que me fijé en la base de esa farola. Brillaba con tonos plateados y reconozco que en un primer vistazo no acertaba a averiguar lo que había allí colgado. Después vi las flores, tres rosas anaranjadas, de cabeza caída como indicando al que mire que lo auténticamente importante estaba debajo.

Allí, efectivamente, atados sin mucho tacto pero con toda la intención, estaban dos globos plateados, de esos que hemos usado tantas veces en cumpleaños de niños y grandes, aniversarios señalados o en fiestas de cotillón, aún henchidos de aire de alguien que dejó el homenaje. Dos globos apretados junto a sus fieles rosas por una cinta adhesiva de embalaje. Dos globos tristes que nada celebran, o sí. Acostumbrados, normalmente, a ser uno de los detalles vistosos de las fiestas, dando color, alegría, a ser objeto de juegos y risas, a huir de las lágrimas, parecían no pegar en aquella estampa.

Me quedo parado delante de ellos, observando mi cara reflejada en sus cuerpos tensos que logran formar un espejo. Me recorre una sensación de tristeza que activa de inmediato la mente arrastrando la lógica de un final.

Uno más, o una, qué más da. Los honores públicos allí representados me hacen pensar que el autor del mismo quiere, necesita, compartir ese duelo con los demás para agrandar así aún más el recuerdo del que se fue. La admiración, cariño, respeto y amor que profesara a esa persona la simboliza en esos globos y esas flores expuestas a todo el que quiera interpretarlo.

Ochenta y cuatro, muchos años, o no tantos, pero esa es la cifra mostrada. A partir de ahí dejo fluir los detalles que quiera imaginarme, que quiera creer que fueron, dulcificando una pérdida que jamás será repuesta. Porque para él, o para ella, dueños de este pequeño altar, no habría nunca una edad buena para irse, no habrían aceptado ningún acuerdo de posponer la despedida a cambio de otra fecha. No, al menos conociendo la misma.

Como símbolo del dolor ajeno, en los tiempos que corren, estaba seguro que la gente que pasara por su lado respetaría el tributo que un anónimo nos dejaba para reflexionar. Allí, probablemente, la intención principal era simplemente un adiós, pero, esa misma despedida, nos servía al resto para seguir meditando sobre lo ínfimos que somos, sobre el estado de paso en que muchos suponemos que estamos, sobre lo que tenemos y no valoramos.

Cae la noche y toca volver a casa. Me había olvidado de ellos durante el día, pero al pasar me fijo de nuevo en aquellos globos. Me paro, los miro y la sensación de tristeza cambia por la de esperanza. A quien representan no creo que fuera su deseo aumentar la angustia que hoy compartimos con su marcha. Es más, comienzo a creer que el recordarle precisamente con globos plateados, vivos, llamativos y visibles desde distancia, busca un efecto positivo que aparte el amargo duelo. Y como añadido, se suma a la fiesta la belleza nadando que una mamá pato y sus siete patitos recrean de fondo, ajenos a nuestras tragedias, indiferentes a nuestros sueños.

Camino solo, una vez más rodeado de silencio, pero hoy me acompaña el recuerdo de unos globos tristes que fueron capaces de cambiar el ánimo decaído de la mañana por la sonrisa diaria que tan necesaria la encuentro. No conocí, o eso creo, a quién ya no está con nosotros, pero en su nombre, y en el de tantos que a diario perdemos, mantendré la alegría y la cabeza bien alta cuando evoque su recuerdo.

Descanse en paz.

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