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Tenemos que hablar

Tenemos que hablar, ¿no crees?

Después de que pase todo tenemos que hablar pero esta vez no en las urnas. Esta vez no.

Esta vez somos nosotros los candidatos de nuestro propio futuro porque algo ha pasado y no sé muy bien qué es, pero este virus nos tiene que hacer entrar en razón.

El virus no me ha cambiado, me ha cambiado el silencio, el aburrimiento y no precisamente de estar en casa con mi familia. Estoy aburrido de ver cómo nos faltan el respeto los mismos de siempre y, para entretenernos, encima nos permitimos el lujo de defenderlos.

Da igual el color, ¿no crees?

Porque si crees que el color importa no hablamos el mismo idioma.

Si crees que el color importa no ha servido de nada tu confinamiento.

Si crees que el color importa es que no has entendido el vacío de un pueblo que espera algo más que un volver a la normalidad, una normalidad impuesta y orquestada.

Vamos a hablar, ¿no crees?

Yo estoy dispuesto a escuchar, lo que no consiento es hablar de colores porque mi color no está en su arcoiris.

Mi color eres tú, mi vecino, mi hermano, mi compañero de trabajo, mi familia, mi amigo, aquellos que levantamos el país porque esa responsabilidad recae sobre nosotros, porque somos nosotros los que nos remangamos.

Mi color es el rojo, pero el rojo de la sangre que derramamos y nos corre por las venas.

Mi color es el azul, pero el del cielo.

Mi color es el verde, el de la esperanza en que nos entendamos, salvando las diferencias que caen sobre su propio peso y podemos ver a simple vista pero nos hacemos los ciegos.

El naranja del sol y ¿el morado?, morados cómo nos vamos a poner de comernos la vida que nos merecemos y sin atragantarnos.

Nos toca hablar, ¿no crees? Pero tú y yo, como seres humanos y no como partidarios ni partidistas.

Volver a la normalidad es conformarnos con lo que había y lo que había no me gustaba y lo que viene no será mejor si seguimos separados.

Cuando salgamos a la calle quiero abrazarte y abrazar una nueva vida porque nos vamos a necesitar. Defender ciegamente una idea hasta el punto de perder la objetividad no nos hace más libres, por el contrario nos hace más esclavos.

Tenemos que hablar, ¿no crees? Con una cerveza, con un vino, con lo que se te antoje, pero sin sacarnos los colores. Porque apuesto que tú también estás harto de que te toquen los cojones o los ovarios, para ser más preciso, incisivo e inclusivo.

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