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Yo me quedo en casa

Lo último que hizo antes del encierro -lo recordaba aún, como recordamos lo que hacíamos la mañana de aquel 11 de septiembre- fue comprar un nuevo teclado para su ordenador. Una suerte, porque de otra manera hubiera estado toda la cuarentena tecleando con un alfabeto repleto de agujeros. -“Ola, kmo stas?”- como los adolescentes cuya ruidosa efervescencia escuchaba desde la ventana, y que ahora debían de estar enjaulados en sus casas, frustrados y malhumorados sin el contacto con su tribu. Él ya no era ningún adolescente. Tenía cuarenta y tres años, dos hijos y una vida funcionarial de empleado en una empresa de consultoría. Redactaba informes por encargo, documentos que decían lo que sus clientes querían que dijeran. Los adornaba con datos, encuestas, cifras tramposas, citas de expertos. En los pies de página, de los que se sentía particularmente orgulloso, hervían títulos de informes extranjeros, sesuda bibliografía, decenas de grandes apellidos escritos en mayúsculas y huérfanos de nombre -como mucho, una inicial-, como despojando al sujeto de cualquier cualidad que lo arroje al mundo de los vivos, de los que se contradicen, de los que se equivocan.  

Era, como decían sus compañeros, un “picapedrero”, especialista en el trabajo minucioso, en el estudio de textos interminables… El rey de la letra pequeña. El diablo está en los detalles, dicen los anglosajones. Así lo creía él. Y encontrar esos detalles, esos datos clave escondidos en tesis doctorales, o en reportajes de The Economist, era su especialidad. Le horrorizaba, sin embargo, el trato con el cliente, el cara a cara con ese ente todopoderoso al que consagraba su inteligencia y su tiempo. Eso -el traje y la corbata, la pose estudiada, el reloj antiguo, herencia de familia, que asoma bajo el puño de la camisa impoluta, el registro exacto, entre la erudición neoliberal y la camaradería- ah, eso se lo dejaba a otros. Quizá por eso, cuando la empresa anunció el nuevo protocolo de teletrabajo, aceptó la situación sin dramas. Trabajaría desde casa, cumplidor y meticuloso, igual que lo hacía desde la oficina.

Los primeros días del confinamiento echaba de menos algunas cosas: las bromas de sus compañeros, los -cada vez más escasos- sábados de cervezas con sus amigos, que fueron rápidamente sustituidos por encuentros de rostros sonrientes que asomaban desde sus perfectas cuadrículas de plasma. También caminar por el paso elevado que atraviesa la gran arteria de la ciudad, desde donde, a primera hora de la mañana, aun de noche, se ven las hileras de coches convertidas en interminables gusanos rojos y blancos. Los paseos con sus hijos, el olor que el sol y el aire puro dejan en la piel después de un día de playa o de campo -¡cómo le gustaba ese olor!- Los fines de semana en la casa de sus padres, donde, viendo entrar a su madre para levantar la persiana de su vieja habitación, recuperaba ese sentimiento de hijo necesitado de protección que, en el fondo, nunca le había abandonado.

Sin embargo, poco a poco, el recuerdo de esos pequeños grandes placeres fue quedando más y más lejos. Y al final, el tiempo y el efecto sedante de esa rutina segura y confortable en que el mundo parecía instalado, terminaron por anestesiar en él cualquier atisbo de deseo, de rebeldía extra doméstica.

Y luego estaban esas voces unánimes. “¡Quédate en casa!”, le decían los gobernantes y los presentadores de telediarios, tan convincentes, tan cívicos, tan responsables. “Yo me quedo en casa”, le gritaban, desde sus casas blancas con techos altos, actores y cantantes, a quienes, además, las musas parecían obsequiar con canciones y grandes historias en estos días de encierro. “Protege lo que más quieres, quédate en casa”.

Por la noche, echaba un vistazo a las redes sociales y, aunque con distintos matices, acentos y justificaciones, el mensaje volvía a ser el mismo. Por qué quejarse del confinamiento, si “uno no es más libre por pisar la acera si no sabe adónde va”, si “solo hallarás la felicidad mirando hacia adentro”, si “todo está en ti”, o si “ahí afuera no hay nada más que frivolidad”. Y luego que si el planeta, que si la boina de contaminación, que si Greta Thumberg, que si la insostenibilidad de un sistema económico basado en el eterno crecimiento.  Y no te olvides del dinero, que mira cómo estamos ahorrando no comprando lo que en realidad no necesitamos. ¡Qué decir de la creatividad! Ya se sabe que hay que aburrirse un poco para que llegue la inspiración… ¡que se lo digan a Shakespeare, que escribió el El Rey Lear durante una cuarentena!

Todas esas voces iban dejando su poso y él, obediente, deseoso de creer, no solo las escuchaba, sino que, en una especie de deformación profesional, las trabajaba, tallaba y mejoraba, dotándoles de una solidez intelectual inquebrantable. El gran informe sobre las bondades del confinamiento estaba escrito con tinta invisible en sus neuronas. Como en aquella historia clásica (griega o romana, qué importaba) del esclavo tatuado, que tanto le gustaba. Aquel esclavo que, en tiempos de guerra, ayudó a su amo a transmitir un mensaje de vital importancia a un confidente. Sin levantar sospechas. Sin resultar prendido por los soldados que vigilaban los caminos. Sin ni siquiera conocer él mismo el mensaje. ¿Que cómo lo hizo? Las palabras -exactas, decisivas, urgentes- viajaron seguras como venas azules, tatuadas por su amo en la piel del cráneo de aquel hombre, ajeno a su hazaña. Palabras invisibles que solo quedarían al descubierto al llegar a su destino, donde el esclavo debía cortar al cero su pelo y … ¡voilà! El mensaje quedaría al descubierto.  

Sus cavilaciones sobre la cuarentena, invisibles y salvadoras, no viajaban, ni falta que hacía. Estaban confinadas en su cabeza. Tampoco necesitaban llegar a nadie más que a él mismo. Gracias a ellas, se entregó feliz y serenamente a la reclusión, con pleno convencimiento de causa, y con la tranquilidad de espíritu de quien se sabe en el lado bueno de la historia.

Los días se sucedían como una corriente densa y apacible. Se avergonzaba de pensarlo, pero nunca había sido tan feliz. Las restricciones de la pandemia habían destilado su existencia y, como en “El Perfume” de Patrick Süskind, el resultado era embriagador. Lo que consideraba lo mejor de su vida -su mujer, sus hijos, su trabajo- permanecía intacto. No solo eso, estaba más cerca de él que nunca. Sin embargo, sus inseguridades, su torpeza social, el terror mal disimulado con el que encaraba cualquier acontecimiento multitudinario (bodas, celebraciones, cumpleaños), habían dejado de atormentarlo. Su vida se había sublimado.

Un día, mientras trabajaba en las conclusiones de un complejo y laborioso texto, recibió un mensaje de su mujer. Era extrañamente largo, y, según su costumbre, leyó entre líneas buscando las palabras clave, esas que permitían comprender la esencia del texto: “He conocido a alguien. A alguien de verdad, con un cuerpo que pasea, que viaja, que abraza. Que huele a sol, como tú decías” (…) “Me voy. Nos vamos. De hecho ya nos hemos ido” (…) “no puedo permitir que nos arrastres en tu locura” (…) “ayer dejé las tres maletas en la puerta, no te diste ni cuenta” (…) “los niños vivirán conmigo, pero podrán pasar contigo en casa algún fin de semana” (…) “No dudes de que te he querido. Te quise muchísimo, te quise hasta que llegó esta maldita pandemia” (…) “Ahora tengo que decirte adiós”.

Se le aceleró el corazón. No recordaba ya esa sensación. Corrió hasta su habitación y comprobó que, en efecto, no había apenas ropa en el armario de su mujer. Tampoco en los de los niños. Releyó el mensaje, como un autómata, y encontró en esas palabras hirientes, descaradas, el coraje necesario para ir en busca de más pruebas. Bajó al trastero. De las cuatro maletas, sólo estaba la suya, polvorienta y solitaria. El temido hueco, la temida ausencia. Recordó el momento exacto en que las compraron, todas iguales, aunque de distintos tamaños, en aquella época lejana en que aún proyectaban grandes viajes en familia. Un escalofrío le recorrió la espalda y sintió en el pecho el ahogo paralizante del miedo. Pensó por un momento en aquel virus épico, y en cómo dejaba sin aire a quienes lo padecían. Se dio cuenta, espantado, de que en aquel informe nunca escrito, y sin embargo vertebrador de esta última etapa de su vida, no había ni una referencia a los enfermos, a los muertos, a los viudos, a los hijos huérfanos. Nunca, entre las páginas dedicadas a los pros y los contras del confinamiento duradero, había considerado su origen, su razón de ser: la imposibilidad de llenar los pulmones de aire, el zumbido aterrador de los respiradores, las máquinas, las UCIs. El dolor, la agonía.

Subió las escaleras, mareado, jadeante. Ya ni la rabia lo acompañaba. Ella tenía razón. Todo había sido por su culpa. Por culpa de un gran error de cálculo. Llegó al portal. Por un momento sintió deseos de salir, de atravesar el umbral de la puerta, de correr a buscarla. Ganas de decirle que sí, que era capaz de regresar a la vida de antes, de planearle por sorpresa una cena romántica en un buen restaurante, de salir alguna vez con ella y sus amigos, ante quienes se sentía tan inseguro a pesar de los años, de llevar a los niños a Euro Disney. De oler a sol y a olas él también.

  • Pero bueno… ¿quién está aquí? ¡Cuánto me alegro de verle!

El portero no podía creer su buena estrella. Ante sus ojos se desarrollaba un gran acontecimiento: el misterioso vecino que llevaba -decían- recluido en su casa desde el comienzo de la gran pandemia, en pijama, a solo unos metros de él. La mano pálida, huesuda y temblorosa de aquel hombre, que era la comidilla del barrio, sobre el pomo de la puerta.

  • ¿Va usted a salir?

Un incómodo silencio. La acústica terrible del portal prestándole a aquel espectro la voz que le faltaba.

  • No, gracias. Yo me quedo en casa.

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