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Shakespeare: justicia andrónica

Valioso Andronicus, mal se os repaga,
por esa mano buena que al emperador enviaste;
aquí tienes las dos cabezas de tus nobles hijos,
y aquí tu mano, te devuelven como insulto,
tu dolor, su diversión; burlada tu firmeza
me apena pensar tus penas
más que el recuerdo de la muerte de mi padre.

William Shakespeare, Tito Andrónico

Es algún momento impreciso de los últimos años del Imperio Romano. Shakespeare nos pone frente a Saturnino y Bassiano, que discuten en un debate más que tenso para hacerse con el poder, vacante tras la muerte de su padre, el emperador. Vuelve Tito Andrónico de la guerra, tras «diez años gastados». Es anunciado por un capitán: «patrón de la virtud, y más bravo campeón de Roma, siempre feliz en las batallas que libras». De sus veinticinco hijos varones, veintiuno han muerto en la guerra con los godos. Tito trae consigo rehenes de alta alcurnia: Tamora, reina goda, y sus hijos. Para Tito y los hijos que le quedan, cuatro guerreros además de su única hija, Lavinia, Roma es burbuja, protección, el lugar donde descansar tras tanto guerrear. Tito Andrónico ofrece al primogénito de Tamora como sacarificio, siguendo un mandato ritual, «para aplacar las sombras dolientes de los que ya no existen». Tamora ruega postrada ante Tito, pero finalmente su hijo es sacrificado igualmente. A partir de aquí todo empieza a torcerse, o tal vez el hado ya andaba torcido de antes.

Tito apoya a Saturnino, éste escoge a Lavinia, hija de Tito, como su esposa y emperatriz. Saturnino, pese a su compromiso con Lavinia, muestra interés por la reina goda Tamora. Bassiano anuncia su amor por Lavinia, parece ser que ella le corresponde y que habían planeado formalizar su relación, así que escapan juntos. Mucio, uno de los hijos de Tito Andrónico, les cubre en la huída y en la refriega es asesinado por su padre. ¿Ha obrado mal Tito Andrónico? Mucio es su hijo pero también un cómplice de lo que él ha entendido el rapto de Lavinia —propiedad del emperador en tanto que su prometida—, de modo que repudia a sus hijos. «Mis hijos no hubieran querido jamás destronarme». Entre tanto, Saturnino no ha tardado en olvidar a Lavinia y toma entonces por esposa a Tamora, que se convierte en emperatriz roma. El único plan de la reina goda será vengarse de Tito Andrónico, conspirando con su amante, el moro Aarón. Estamos solamente en los primeros compases del primer acto, descubriendo a los personajes, y dos jóvenes inocentes, meros títeres de los designios de los tribunos de Roma, han muerto por la espada de Tito Andrónico. 

La primera tragedia de William Shakespeare tuvo éxito en su estreno, pero cayó en cierto desprestigio a partir de la época victoriana a causa de su truculencia, hasta nuestros días —ha sido representada en el Festival Internacional de Teatro de Mérida en varias ocasiones, la última el año pasado—. No podemos saber si Shakespeare pretendía espantar al público o darle a la violencia una dimensión tragicómica que la hiciera soportable al espectador. Tito Andrónico y Tamora, terminan por enloquecer, Saturnino ya tenía lo suyo desde el principio, y la pobre Lavinia sufre en su cuerpo las consecuencias de esta guerra de honores absurdos. Mutilaciones, decapitaciones, violaciones, ven su culmen en la cena que Tito Andrónico prepara a Tamora y Saturnino con la carne de sus hijos —perversión que inspiró a George R. R. Martin para un culinario pasaje de su Canción de hielo y fuego—.

El sino debe haber condenado a los personajes. Unos dioses de gusto macabro deben estar disfrutando con sufrimiento ineluctable que nos deja el espectáculo. El acto tercero se abre con una súplica de Tito Andrónico:
— ¡Tribunos!, liberad a mis hijos, anulad su sentencia de muerte y dejadme decir a mí, que nunca había llorado, que mis lágrimas son oradores persuasivos.
Lucio le intenta calmar:
— Padre, os lamentáis en vano. Los tribunos no os oyen; no hay nadie aquí, y contáis vuestras angustias a las piedras. 
Pero Shakespeare hace que Tito insista en sus ruegos:
— Lucio, déjame suplicar por tus hermanos. ¡Tribunos, una vez más os ruego…!
— Padre, no hay tribunos que puedan oíros. 
— Aunque me oyeran no me harían caso; o bien, si me tuvieran en cuenta, no se apiadarían de mí. Por eso cuento mis penas a las piedras. 

Aún siendo la obra más violenta de Shakespeare, no resulta dura por la violencia que hay en ella sino porque esa violencia se presenta siempre de manera injusta. En todo asesinato, en toda tortura, en todo acto pernicioso, vemos cómo queda abierta una interpretación diferente de las leyes, de las tradiciones o de las circunstancias, que podría dar lugar a un desarrollo diferente de los actos, a una parada de la violencia. Cada acto violento es consecuencia del encono personal de quien lo comete; existe siempre la posibilidad de omitirlo, es sólo una cuestión de voluntad. Estos personajes de los últimos días de Roma, que lo son también del siglo XVI de Shakespeare y de nuestro siglo XXI, atemporales sin duda, hunden sus raíces en las Metamorfosis de Ovidio. Puede ser que no enloquezcan a causa de la violencia, más bien la violencia parece el síntoma de su propia naturaleza cruenta, de su injusticia atávica. Entendemos ahora que, desde un principio, Tito Andrónico estaba condenado a no encontrar descanso jamás.

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