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Una de mascarillas a la brava

A los que, por motivos principalmente laborales, tenemos cierta familiaridad con el uso de las famosas mascarillas nos hacíamos una idea de lo engorroso que iba a resultar utilizarlas de forma generalizada. Implantadas obligatorias desde hace una semana por las autoridades sanitarias (antes no eran “necesarias” porque no había), una vez la “desescalada” avanza y consecuentemente aumentan las salidas a la calle de grupos más numerosos de personas, dejan ya, en este corto espacio de tiempo, suficientes detalles como para escribir un libro.

Jamás podíamos pensar que veríamos una escena así por nuestras calles, en donde el raro ahora es el que no la lleva, jugándose además una suculenta multa de la que tan necesitados están nuestros gobernantes. Antes del coronavirus, ahora dicen de broma A.C. parodiando al antes de Cristo, los sufridos alérgicos eran mirados como seres de otro planeta cuando los veíamos caminar con sus protecciones más o menos aparatosas. Casi que no comprendíamos cómo podían aguantar ese elemento de tortura aún reconociendo que era su salvación a muchas patologías. Hoy estamos todos en el mismo barco y es difícil reconocer un afectado por los pólenes de un previsor del contagio dichoso.

Me comentaba mi mujer el otro día, con toda la razón del mundo, que con mascarilla, gafas de sol y gorra deportiva, que también se ha unido al look COVID normalizándose como de toda la vida, me sería difícil hasta a mí reconocerla. Esto último no me dejaba muy tranquilo, pues ese mismo anonimato puede ser utilizado por más de un malnacido para perpetrar toda clase de fechorías sin levantar sospechas de inicio y dificultando su identificación. Algo parecido a lo que ocurre en ocasiones en época de carnaval. Alejé de inmediato esos malos pensamientos y confié en la nobleza de la gente que ahora está más acentuada y solidaria.

Lo que sí está claro es que también el uso de esta careta sanitaria obligatoria despierta el espíritu creativo, en unos, y empresarial-lucrativo, en otros. La cantidad de tipos distintos de mascarillas que desfilan por la enorme pasarela que son nuestras calles es infinita. Estamos los clásicos, los más generalizados, con la quirúrgica de siempre, verde o azul, que se sustentan en nuestras orejas con las gomas malditas que rozan sin piedad al cabo de unas horas. Pero luego hay de materiales dispares como tela, plástico, goma, con filtro, sin filtro, de todos los colores lisos que se le ocurran a uno, o multicolores como se ven algunos modelos que no sé cómo calibrarán el estado de limpieza de las mismas. Las hay que protegen lo básico y las que poco menos que emiten un informe de cada partícula que se les acerca. Encuentras de equipos de fútbol, de grupos musicales, con logos famosos o mensajes pintados. Hasta las que se destapan frontalmente para poder fumar, comer y/o beber.

Igual ocurre en precios, hay variedad según el “artista” que comercie con ellas o el grado de filtro del elemento. A.C. (antes del coronavirus, recuerden), yo he llegado a comprar, en mi distribuidor habitual, al principio de este año 2020, paquetes de 50 unidades quirúrgicas por menos de 7 euros. Calcule el lector el negocio cómo ha cambiado, independientemente de que la distribución está cortada a ciertos sectores, que también nos consideramos esenciales, obligándonos a entrar en los circuitos comerciales sociales de ahora que para nada tienen que ver con los profesionales. Esto con unas mierdas de mascarillas. Miedo da lo que se haya movido con EPIs, ventiladores mecánicos, test rápidos (también de mierda), medicaciones, guantes o agua bendita que hiciera falta. Acojona cuando se obtengan las vacunas pues la banda de traficantes hijos de puta seguirá creciendo y manipulando.

Por dejar de encabronarme más con ciertos aspectos del elemento protagonista de esta columna, referiré algo que sin duda es la parte más cómica de su boom social: las mil formas de llevarla por la calle por el ciudadano no habituado. He de reconocer que para mí es todo un divertimento durante los aproximadamente 10-12 minutos que tardo en desplazarme de casa al trabajo y viceversa. Incluso durante mi jornada laboral, de cara al público, no son pocas las ocasiones que no puedo disimular la sonrisa viendo al personal “pelearse” con la misma y olvidándose por completo del mantenimiento aséptico que debe tenerse. Los hay que la llevan colgando de una oreja sólo, caída por el lateral de la cara, con la misma utilidad del casco de moto en el codo, o sea, no les sirve para nada, pero les da seguridad de poder ponérsela con margen si el policía de turno se acercara. “Caerán multados” pienso. Los hay que la llevan con la nariz al aire, tapando sólo barbilla y boca. Tiene idéntico problema, dejan una vía de entrada libre al posible contagio aparte de lo ridículo que queda. Dos modalidades de esta última son los que sólo tapan la barbilla y, el extremo más inservible, los que solo tapan su papada, que suelen coincidir con las mascarillas más guarras del desfile. Unos las llevan en las manos, otros ni la llevan alegando mil excusas que a veces cuelan y otras no.

Total, un mundo amplio el de este sistema de seguridad sanitaria que esperemos quede, en un futuro, como anécdota de un tiempo pasado para aprender.

Pónganse bien las mascarillas y pasen de fase.

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