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Dulce postre para amargo final

Emma espera sentada en una mesa de la pequeña trattoria a la que suele ir con Ernesto los fines de semana cuando hace frío y no tienen otro plan. El último año la han frecuentado más que antes, cuando cualquier excusa era buena para verse sin importar el día y la sonrisa de Ernesto o el olor de su perfume disipaban cualquier nube gris de la jornada. Pero, ahora —que ya no hacen planes—, se ven directamente en la trattoria.

«A saber dónde se habrá metido esta vez. Solo espero que no se haya olvidado de que habíamos quedado para cenar». Emma vuelve a mirar su móvil. Han pasado doce minutos de la hora acordada y Ernesto no aparece ni ha enviado un mensaje. Una sombra cubre de repente su rostro. «Cualquier día de estos me va a dejar». Hace semanas que este pensamiento la atormenta. Tal vez se deba a que, después de un año viviendo juntos, la sonrisa de Ernesto ha perdido el brillo y su perfume, la esencia.

Coge la tetera que descansa sobre la mesa y se sirve media taza de rooibos. Mientras espera a que se enfríe, juguetea con el móvil. Entra en su galería de imágenes y bucea entre las carpetas hasta que da con una foto y una sonrisa se dibuja en sus labios. En la instantánea se ve a Ernesto, que la abraza por la espalda y, detrás de ellos, un grupo de rosados flamencos. Lo pasaron tan bien aquel día en el zoo… hace tres años. Y como por un soplo del viento, se desvanece la sonrisa con su destello.

—¿Deseas algo más? —pregunta amable el camarero, que no deja de observarla.

—No, Guido. Gracias —responde sin poder disimular su tristeza.

El retraso se acerca a los veinte minutos cuando suena su móvil; es Ernesto.

—Hola, cielo. La reunión de esta tarde, primero se retrasó y después ha sido más larga de lo previsto. ¿Llevas mucho esperando?

—Casi media hora —responde mientras remueve la infusión.

—Vaya, lo siento. Tómate algo mientras llego.

—En esas estoy. ¿No tardes, vale?

—Ya salgo para allá. Lo siento, un beso.

Desde hace meses siempre es así. Viajes, cenas, reuniones interminables, trabajo los fines de semana. Todo empezó con un master que cursó mientras trabajaba y un año después, tras pesados procesos selectivos, dio el gran salto a un puesto directivo en una prestigiosa compañía multinacional.

Guido se acerca y coloca frente a ella un plato con una tarrina de cristal y una cucharita.

—Tiramisú. Para alegrar esa cara tan bonita, que me apena verla así.

—Gracias, Guido. Tiene muy buena pinta pero no tengo hambre.

—Bueno, yo lo dejo ahí. Lo pruebas cuando quieras y me dices —responde con un guiño y se aleja hacia la cocina.

Vierte el resto de la tetera en la taza, remueve por enésima vez y da un par de sorbos. Mira de reojo la tarrina y se decide a probarlo, más por agradecimiento que por apetencia. Está delicioso, pero una presión en su interior le impide disfrutarlo.

Se calienta las manos con la taza mientras contempla a través de la ventana el trasiego en la calle. Continúa recordando aquel verano de hace dos años, el punto de inflexión. No se fueron de vacaciones, salvo un fin de semana de agosto, a la playa. Emma pudo haberse marchado con sus amigas a Mallorca, pero no quiso dejarlo solo aunque, al final, apenas se vieron. Fue entonces cuando Ernesto empezó a no tener tiempo para nada. Y desde entonces, en cierto modo, ella tampoco. Nunca puede planear una cena sorpresa, menos aún una escapada romántica o unas vacaciones, y eso está cambiando su carácter, antes tan espontáneo y resuelto. Casi sin darse cuenta, se ha comido el tiramisú.

—Cielo, siento el retraso…—. Emma se sobresalta—. Y el susto —añade Ernesto mientras se sienta a la mesa.

—Sí, no te había oído acercarte.

—Veo que estás… con el postre —señala sorprendido.

—Solo pedí una infusión, pero Guido me lo trajo.

Ernesto nota que sus mejillas se ruborizan.

—¿Quieres tomar algo más? —pregunta sin dejar de mirarla.

—No, no tengo hambre. Pide lo que quieras.

—Está bien, como prefieras. ¿Vino?

—Está bien.

Esta vez se acerca una camarera y Ernesto pide una botella de espumoso y un risotto con setas.

—Esta mañana dijiste que querías que habláramos. Bien, ¿de qué se trata?

—No sé si ahora, después de lo tarde que he llegado, es un buen momento. Esta semana ha sido dura y estamos cansados.

—Como siempre.

—Reconozco que los últimos meses el trabajo me tiene muy ocupado.

—Hace más de un año que apenas paras en casa y cuando estás, tus pensamientos se encuentran muy lejos.

—Tienes razón y me gustaría cambiar esta situación.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

La camarera trae una cubitera y sirve un par de copas. Ernesto espera a que se retire para continuar.

—Vayámonos. A otra ciudad, a otro país. Tú siempre quisiste irte fuera de aquí, ¿recuerdas? Querías ver mundo. Bien, pues hagámoslo ahora. ¿Por qué no? Nada nos lo impide, ahora es nuestro momento. Si queremos hacerlo, no debemos demorarlo más. Esto era lo que quería contarte.

Emma no parpadea. Se queda inmóvil, con la respiración suspendida en el aire, ese mismo que ahora le falta. Nunca hubiese esperado escuchar de su boca esas palabras. Ernesto le explica sus planes y es todo tan perfecto que cree estar soñando. Lo escucha desde algún lugar lejano. «¿Por qué esta conversación no sucedió hace seis meses? Antes de que… ¡Todo hubiese sido tan distinto!», la tortura a gritos su mente.

Ernesto ha terminado de hablar y la observa.

—Por una parte, desearía saber lo que piensas pero te veo tan…

—Esto… es muy repentino e inesperado, no sé qué decir.

—Lo sé, pero es real, Emma. Una ocasión única de hacer realidad lo que siempre has deseado.

—Una ocasión única…

—¿Entonces?

Por su cabeza pasan a mil revoluciones los paseos por el parque, los helados compartidos, aquellos ojos dulces que la traspasan, las canciones con guitarra tras horas de pasión furtiva, los poemas en el bolsillo, los besos que lo dicen todo sin palabras… Entonces, se vuelve y lo ve allí, a unos pasos de distancia, apoyado en la pared. Como un acusado esperando el veredicto final, él no deja de mirarla con el miedo en los ojos, la sonrisa helada y el corazón en un puño.

—Lo siento, Ernesto —dice con un hilo de voz y las lágrimas a punto de desbordarse—. Ahora, yo… no puedo.

—¿No puedes?

—Lo que quiero decir es… —como un pez que se ahoga, toma una bocanada de aire— que no puedo continuar.

—Pero… Emma —su voz es una mezcla de tensión y miedo—. ¿Qué ocurre?

—Yo —susurra— ya no te quiero.

Se levanta, coge su abrigo y el bolso y camina hacia la entrada sin notar el suelo bajo sus pies.

Se oyen ruidos de cristales estrellándose contra el suelo, una carrera desbocada y varias quejas de compañeros de cocina pero Guido ya ha alcanzado la calle. Ajenos al resto del mundo, fundidos en un abrazo, dos corazones celebran, con el mismo latido, el final de su oculta existencia.

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