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Leo

Una fila que comenzaba a la entrada del colegio y llegaba hasta la mitad del patio interior, era un escaparate de flores en ramo de distinta especie.
Una fila, de cabecitas bien peinadas iban marcando el trayecto poco recto de dicha fila. Sin orden de alturas, las más altas junto a las más bajitas, las más calmadas mantenían el lugar fijo en su sitio. Las más revoltosas, inquietas se salían una y otra vez de la fila. A la voz de una de las monjas que velaba porque los ramos en manos de las niñas llegaran “vivos” a la capilla de la Virgen.

Ramos de rosas con azucenas, alhelíes, siemprevivas, gladiolos, y claveles, distintas combinaciones iban dejando un aroma dulzón, casi mareante por aquel patio.

Todas con su ramo. Las madres habían acudido la tarde antes a la floristería del barrio y tal vez por el “que mi niña lleve el más bonito, el más grande” habían hecho que algunas niñas tuvieran que ir cogiéndolos con las dos manos.

Algunas se les torcía el ramo, la madre Asunción con las manos juntas, en posición de oración clamaba al cielo que llegarán bien a los pies de la virgen.

Era el mes de mayo. El mes de la virgen, el mes de adorarla con flores y una salve cantada.

Todas con su ramo. Todas menos una, la más menudita del grupo, delgada y para su edad, siete años, algo bajita. Cada día llegaba al colegio con un peinado distinto, una cola de caballo, dos coletas, una trenza, y otros días la melena suelta, a mitad del cuello, sujeta con una cinta elástica para que no la impidiera ver bien la pizarra. Siempre llevaba un bocadillo de mortadela, o pan con chocolate, que para ella era un tesoro. Llevar en su cartera de cuero con cinchas, aquel trozo de chocolate con leche, dentro de un pequeño hueco hecho en el pan, era para ella comenzar el día con más alegría que el anterior.

Pensar en el momento de desenvolverlo, llevarse a la boca aquel pedazo de gloria, hincarle el diente y saborearlo despacio. Su madre que conocía sus gustos, ya la avisaba “hoy te va a gustar el bocadillo más que ayer” “¿es chocolate?”. En ese momento las dos se fundían en un beso más eterno que el primero dado ya esa mañana.

Esa pequeña es Leo. Siempre con una sonrisa en su boca. Revoltosa, sí, es de las que más se mueven ahora en la fila. Va feliz. “Hoy la salve a la virgen, rézala despacito, que te escuche bien” “¿Para que tenga más bocadillos de chocolate?” “Si mi amor, para eso” “¿Le gustará mi flor? ¿La Madre Rosario, nos dijo que lleváramos un ramo de flores para la Virgen?” “Cariño, la Virgen no va a mirar si llevas un ramo o una flor, solo va a escuchar el latir de tu corazón al dejarle la flor. Le gustará ya lo verás. Es la rosa más bonita de nuestro jardín” “Mami, ¡qué no tenemos jardín! Son macetas”.

Las monjas del colegio alabaron la rosa que Leo con tanto amor entre sus manos llevaba. Todas conocían la escasa economía que reinaba en casa de la pequeña.

Su padre, Ramón, albañil en el paro por un accidente trabajando en una obra, no conseguía enderezar su espalda y calmar los dolores que desde entonces casi de continuo padecía.

El único dinero que entraba en casa era el ganado por Luisa, la madre de Leo. Todos los días, después de dejar a la peque en clase, se iba a hacer la limpieza de varios portales de casas del barrio.

La mayor alegría para ella era su pequeña, verla sonreír, y darle esos pequeños regalos, el chocolate para el recreo, las cintas de colores para el pelo.

No pudo comprarle el ramo, otro año más no pudo. El único jardín en casa, eran dos macetas, una con un rosal que le alegraba el despertar con aquellas bellas rosas rojas. Cuido con más esmero, la regó con más cuidado, solo el agua necesaria, le habló a la flor contándole que había nacido para alegrar a su niña, para ser llevada en el día señalado por las monjas, para honrar a la Virgen. Hoy la cortó con cariño, el tallo más largo que otras veces, quitó las espinas, “que mi Leo, no se las clave”. Luego mojó un algodón y el tallo envolvió “así, que el agua te alimente, y aguantes más”, después en un papel de seda blanco la envolvió, los que utilizaba Leo para hacer los mapas del cole, calcando del libro.

Y así entre risas y besos, Leo llegó a la fila del colegio más alegre que otros días. Feliz, sin mirar más flores que a su rosa.

Despacio fueron bajando las escaleras que comunicaban con la capilla del colegio.

Se fueron sentando en los bancos, oyeron las palabras del párroco, explicando porque estaban allí, “para alegrar a la Virgen con sus flores, era el mes de mayo”.

Luego una a una fueron levantándose y lentamente hacía el altar se acercaron. Allí en un lateral, las monjas sobre un pequeño altar habían dejado a la Virgen.

“Aquí te traigo, Señora, este ramo, para pedirte por todas nosotras, familia y por las madres”

Algunas titubearon al dejar el ramo en el suelo y santiguarse a la vez, a otras la frase se les olvidaba. Le llegó el turno a la pequeña Leo, que ya en el recreo iba pensando.

“Aquí te traigo la rosa de mi madre, y…que te guste espero, y me regales chocolate”.

Se santiguó y sonriente a su banco se retiró. Un gesto con la cabeza de la madre Rosario, hacía un lado y otro, un ademán con la mano en la misma dirección, la indicaban a Leo, que tal vez hoy el recreo, se lo pasaría en clase.

Pero se comería su pan con chocolate.

Imagen de Peggy Choucair en Pixabay

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