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“El primer requisito de la inmortalidad es la muerte”.

 “El primer requisito de la inmortalidad es la muerte”.

STANISLAW JERZY LEC, escritor polaco.

Según Raymond Moody, autor del libro Vida después de la vida, son dos las razones que justifican que sea para nosotros tan difícil hablar de la muerte: la primera es que es un tema tabú; cualquier contacto con la muerte, por indirecta que sea, nos enfrenta con la perspectiva de la nuestra. La segunda tiene que ver con el lenguaje. Generalmente, el lenguaje humano alude a cosas que se han experimentado con los sentidos. Sin embargo, la muerte va más allá de la experiencia consciente, porque nunca hemos pasado por ella. O al menos no recordamos haberlo hecho (más adelante hablaremos de ello).

Stanislaw Jerzy Lec

Entre las analogías empleadas con la muerte, el sueño es quizá la que más simpatía despierta. Así, nos referimos a ella como «el sueño eterno» y, cuando alguien muere, solemos expresar condolencia y respeto con frases como «descanse en paz». Solo los más esperanzados creen de veras que los muertos han pasado a «mejor vida», aunque no aclaran si se imaginan esa vida subidos a una nube tañendo animadamente una lira como la musa Erato en el cuadro de Eduardo Rosales.

Sin embargo, las experiencias relatadas por Moody en su libro —cuya lectura aconsejo encarecidamente—, no corroboran la teoría del sueño eterno. Todo lo contrario: al parecer hay una vida más allá de la vida. Ante esta posibilidad, y tratando de ser lo más objetivo posible, no puedo más que estar de acuerdo con la psiquiatra y escritora Elizabeth Kübler-Ross, autora de La rueda de la vida —otro libro a tener en cuenta—, que nos anima a tener el coraje de abrir nuevas puertas y admitir que nuestras actuales herramientas científicas son inadecuadas para muchas de las nuevas investigaciones.

La escritora suiza-estadounidense declaró que morir es un proceso tan natural como nacer y crecer, pero culturalmente se ha convertido en un acto aterrador. Esta percepción de la muerte del ser humano como punto final, como finitud de su propia existencia es la que lo obliga a negarla, a alejarse de ella, a no pensar en que, irremediablemente, vendrá a visitarle en su momento.

Y es aquí donde surge la idea de vencerla y comienza la lucha científica contra reloj por alcanzar primero la máxima longevidad posible y al fin la inmortalidad.

Sabemos, gracias a la literatura y al cine, lo triste que puede resultar una existencia inmortal en un mundo mortal en el que todo sigue una secuencia lógica excepto para el pobre inmortal, que termina siempre solo, condenado a vagar eternamente en una realidad que no lo tiene en cuenta, para la que no puede ser visible. Por otro lado, también nos advirtió José Saramago en su novela Las intermitencias de la muerte de las fatales consecuencias derivadas de que la parca se tomase un respiro: la ancianidad se convertiría, de la noche a la mañana, en la nueva plaga de la humanidad.

Si resultara cierto que la muerte es solo una puerta (curioso que las dos palabras solo se diferencien en la primera y última letra; en el principio y en el final), significaría que una nueva realidad estaría esperando por nosotros tras el umbral de lo desconocido.

Retomemos aquí el debate sobre lo que creemos que ocurre después de la muerte: ¿Evolucionamos? ¿Podemos quedar atrapados en este mundo?

Siguiendo a Brian Weiss, otro eminente psiquiatra de la universidad de Yale y autor de títulos como Los mensajes de los sabios, Lazos de amor y Muchas vidas, muchos maestros, entre otros, ¿cabe la posibilidad de volver a encarnarnos para redimirnos y seguir aprendiendo? ¿O tal vez tienen algunas personas la oportunidad de echar una ojeada y volver con un mensaje esperanzador tal y como nos cuenta Raymond Moody?

La experiencia nos dice que da igual lo que cada uno experimente, porque se trata de una experiencia personal de la que solo se podrá hacer partícipes a los demás a través de la palabra. Y ya dijimos que la palabra, señoras y señores, no es suficiente cuando hablamos de la muerte. En cualquier caso, si evolucionamos, si pasamos de nivel, no regresaremos a este mundo de mortales a contar los parabienes de esa otra dimensión. Si por el contrario quedamos atrapados, nos bastaría leer alguna de las historias de fantasmas que forman parte de la literatura universal para hacernos una idea de cuan desolador sería el futuro que nos espera. Y, por último, lo de echar una ojeada y volver es justamente lo que se supone que hicieron los pacientes con los que el doctor Moody tuvo la oportunidad de hablar. En esos casos, el mensaje recibido por todos era algo parecido a esto: «Eres bienvenido, pero todavía no es tu hora. Ya te llamaremos».

Y al final, todo se reduce a una cuestión de fe. O quizás no.

Es cierto que la inmortalidad puede ser entendida también como un modo de permanecer en los otros; hacerse inmortal en el pensamiento colectivo y en la historia. Conocemos innumerables casos de personajes que consideramos tan inmortales como sus obras o su legado, precisamente porque siguen vivos a través de estos.

Ahora bien, tal y como yo lo veo, la inmortalidad es nuestra esencia, nuestra naturaleza. La vida es una experiencia personal y eterna. Y la única posibilidad de constatar esa inmortalidad es precisamente muriendo.

Es por eso por lo que el aforismo de Stanislaw Jerzy Lec, cuya muerte ocurrió curiosamente un mes y un día antes de mi nacimiento, se me antoja una máxima aceptable para entender la naturaleza del ser humano. Me niego a pensar en la nada después de este efímero paso por la Tierra. Llámame soñador, pero si es verdad que la vida es sueño, como escribió Calderón de la Barca, morir es el único modo de despertar.

2 Comments

  1. Alma Alma 31 octubre, 2020

    Gran artículo, sin duda alguna. Felicidades

  2. Germán Vega Germán Vega 6 noviembre, 2020

    Muchas gracias, Alma.
    Abrazote.

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